En Cristo Jesús
David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2:4-7).
Hay un cierto sentido en el que podemos decir, con toda razón y verdad, que tenemos aquí una de las declaraciones más profundas con respecto a la condición y la posición del cristiano que se pueda encontrar en cualquier parte de las Escrituras… Ahora, hay, obviamente, una serie de observaciones preliminares que uno debe hacer sobre una declaración como ésta. La primera que me siento constreñido a hacer es que éste es el verdadero cristianismo, que es la esencia misma del cristianismo y nada menos que eso. ¡Lo que se describe en estas palabras es el nervio mismo de todo este asunto! Esto es lo que Dios ha hecho a nosotros y por nosotros, y no principalmente, algo que hayamos hecho nosotros. El cristianismo, en otras palabras, no significa, simplemente, que tú y yo hayamos [tomado] una decisión… La gente puede decidir dejar de hacer ciertas cosas y empezar a hacer otras: eso no es cristianismo. La gente puede creer que Dios perdona sus pecados, pero eso no es cristianismo en sí mismo. La esencia del cristianismo es la verdad que tenemos aquí: Esto es lo real y nada menos que esto es lo real.
Yo también enfatizaría que esto es cierto para cada cristiano… Aquí nos encontramos, cara a cara, con la maravillosa enseñanza y doctrina sobre la unión del cristiano con el Señor Jesucristo… Esto es lo que nos hace cristianos; aparte de esto, no estamos en la posición cristiana, en absoluto.
Por lo tanto, es importante que comprendamos de una vez que realmente estamos tratando aquí con algo que es básico, fundamental y primario. Al mismo tiempo, por supuesto, la doctrina es tan gloriosa y grande que incluye toda la vida cristiana. La vida cristiana es un todo y ustedes, por así decirlo, tienen el todo de una vez y, luego, proceden a apropiárselo en sus diversas partes y a comprenderlo cada vez más. Esto es el cristianismo: “Estando nosotros muertos en pecados, [Dios] nos dio vida juntamente con Cristo… Y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”.
¿Qué sucede, me pregunto, cuando nos examinamos a la luz de tal declaración? ¿Podemos decir que siempre nos consideramos a nosotros mismos como cristianos en estos términos? ¿Es ésta mi manera de pensar como un cristiano? ¿O todavía tiendo a pensar de mí mismo como cristiano en términos de lo que estoy intentando y esforzándome por hacer, y de lo que estoy intentando hacer por mí mismo o hacer de mí mismo? Ahora, esto es, obviamente, muy básico porque todo el énfasis del Apóstol aquí es que lo principal, lo primero, es lo que Dios nos hace, no primariamente, lo que tú y yo hacemos por nosotros mismos.
Hay dos maneras de ver esta gran afirmación. Algunas personas adoptan un punto de vista puramente objetivo. Piensan en ella, exclusivamente, en términos de nuestra posición o nuestra situación en la presencia de Dios. Lo que quiero decir es que la consideran como algo que, en cierto sentido, ya es cierto de nosotros en Cristo, pero que no lo es de nosotros en la práctica. Consideran que es una afirmación del hecho de que más allá de la muerte, resucitaremos y compartiremos la vida de gloria que espera a todos los que están en Cristo Jesús. Sostienen que la verdad es que el Señor Jesucristo ya resucitó de entre los muertos; fue vivificado cuando estaba muerto en el sepulcro, resucitó, se apareció a ciertos testigos, ascendió al cielo, está en la gloria en los lugares celestiales. “Ahora”, dicen, “eso le ha sucedido a Él y si creemos en Él, nos sucederá a nosotros”. Dicen que esto es cierto para nosotros por la fe ahora, pero en realidad, sólo por la fe. No es real en nosotros ahora: es enteramente en Él. Pero se hará realidad en nosotros en el futuro. Esto es lo que yo llamo el punto de vista puramente objetivo de esta afirmación. Y, por supuesto, como afirmación, es perfectamente cierta, excepto que no va lo suficientemente lejos. Todo eso es cierto para nosotros. Llegará el tiempo cuando todos nosotros, quienes somos cristianos, seremos resucitados, a menos que nuestro Señor regrese antes de que muramos. Nuestros cuerpos serán transformados y serán glorificados; y viviremos, y reinaremos con Él, y entraremos y compartiremos su gloria con Él. Eso es perfectamente cierto.
Pero me parece que interpretar esta afirmación, únicamente de esa manera, es malinterpretarla muy gravemente. Y eso lo puedo demostrar. Hay dos argumentos que la hacen bastante inadecuada como interpretación. El primero es que todo el contexto aquí es experiencial1. El Apóstol no está tan preocupado por recordarles a estos efesios algo que les va a suceder: su gran preocupación aquí es recordarles lo que ya les sucedió y su posición actual. Es importante que tengamos siempre presente el contexto. Lo que preocupa al Apóstol en toda esta declaración es que podamos conocer “la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos” (Ef. 1:19-20). En otras palabras, él está orando para que estos efesios tengan los ojos de su entendimiento tan iluminados que puedan saber lo que Dios está haciendo por ellos ahora, en ese mismo momento, no algo que Él vaya a hacer en el futuro… Él se preocupa de que ahora, en medio de todas sus dificultades, aprecien lo que realmente es cierto para ellos.
Pero me parece que hay una prueba, aún más contundente, en el quinto versículo. El Apóstol dice: “Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” y luego, en un paréntesis, “(por gracia sois salvos)”. En otras palabras, él dice: “De lo que estoy hablando es de vuestra salvación en este momento”. “Por gracia sois salvos” significa “por gracia habéis sido salvos”. Ese es el tiempo verbal: “Ustedes han sido salvados”. Es evidente que se trata de algo experiencial. Es algo subjetivo, no algo puramente objetivo. La tragedia es que la gente, muy a menudo, pone estas cosas como opuestas, cuando en realidad la Escritura muestra siempre que las dos cosas deben ir juntas. Hay un lado objetivo en mi salvación; pero gracias a Dios, también hay un lado subjetivo… Eso es lo que el Apóstol está tan ansioso de que entendamos. En otras palabras, esto debe ser interpretado espiritual y subjetivamente. Debe entenderse de manera experiencial. “Lo que Dios ha hecho con nosotros espiritualmente”, dice el Apóstol, “es comparable a lo que hizo con el Señor Jesucristo en sentido físico, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo llevó consigo para sentarlo en los lugares celestiales”.
Debemos volver al final del primer capítulo. El poder que está obrando hacia nosotros y en nosotros, los que creemos, es el mismo poder que Dios “operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales” (Ef. 1:20). “Ahora”, dice Pablo, “quiero que sepáis que el mismo poder que hizo eso, está obrando en ustedes espiritualmente”. Esto, entonces, nos permite decir que todo lo que nos ha sucedido, si somos cristianos, ha sucedido por ese mismo poder de Dios. Todos los tiempos verbales que el Apóstol usa aquí en estas mismas palabras que estamos estudiando, están todas en pasado. No dice que Dios nos va a resucitar, que nos va a vivificar, que nos va a sentar en los lugares celestiales; dice que ya lo ha hecho —que cuando estábamos muertos, Él nos dio vida…—. Debemos decir de nosotros mismos como cristianos que hemos sido vivificados, que hemos resucitado, que estamos sentados en los lugares celestiales.
O, tal vez, podemos expresarlo mejor así —y seguramente esto es lo que el Apóstol tenía en mente— la posición del cristiano es exactamente la opuesta a la del hombre que no es cristiano. El hombre que no es cristiano es un hombre que está muerto en delitos y pecados. Está siendo guiado según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. Su conducta está en los deseos de la carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente; está bajo la ira de Dios por naturaleza. Ese es el no cristiano.
¿Qué es un cristiano? Es exactamente lo opuesto a eso —vivificado, vivo, resucitado, sentado en los lugares celestiales, enteramente diferente, un contraste completo—. El “pero” resalta en todas partes este aspecto de contraste. Obviamente, no podemos entender verdaderamente nuestra posición como cristianos, a menos que nos demos cuenta de que es un completo contraste con lo que una vez fuimos. Puedes ver cuán importante es en la interpretación de la Escritura tomar todo en su contexto. Debemos ser claros acerca de nuestro estado en pecado porque, si no lo somos, nunca seremos claros acerca de nuestro estado en gracia y en salvación.
Si esa es la verdad sobre nosotros como cristianos ahora, dos asuntos principales deben ocupar nuestra atención. La primera es: “¿Cómo nos ha sucedido todo esto? ¿Cómo ha llegado a ser esto verdad para mí como cristiano?”. El Apóstol responde a la pregunta: Es “juntamente con Cristo”.
¿Notan el énfasis que repite constantemente? “Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo, y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”. Aquí estamos, indudablemente, cara a cara con una de las más grandes y maravillosas de todas las doctrinas cristianas, una de las más gloriosas más allá de toda duda. Es toda la enseñanza de la Escritura con respecto a nuestra unión con Cristo. Es una enseñanza que se encuentra en muchos lugares. Me gustaría remitirles al quinto capítulo de la Epístola a los Romanos que es, en muchos sentidos, la declaración más extensa de la doctrina que se puede encontrar en cualquier lugar. Pero se encuentra, exactamente de la misma manera, en el sexto capítulo de la Epístola a los Romanos. También se encuentra en 1 Corintios 15, el gran capítulo que se lee con tanta frecuencia en los servicios funerarios; pero se ve con igual claridad en 2 Corintios, capítulo 5. De manera similar, es la enseñanza que se encuentra en esas hermosas palabras al final del segundo capítulo de la Epístola a los Gálatas: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20). ¡Esto es lo más maravilloso y lo más asombroso de todo, y para mí es siempre motivo de gran sorpresa que esta bendita doctrina reciba tan poca atención! Por una u otra razón, los cristianos parecen tenerle miedo… [Sin embargo], según esta enseñanza en Efesios 2 y en otros lugares, ustedes no son cristianos en absoluto, a menos que estén unidos a Cristo y “en Él”…
¿Qué significa que estemos unidos a Cristo? Se usa en dos sentidos. El primero es en lo que puede llamarse un sentido federal o, en otras palabras, un sentido de pacto. Esa es la enseñanza del capítulo quinto de Romanos, versículos 12-21. Adán fue constituido y considerado por Dios como la cabeza y el representante de la raza humana. Él era la cabeza federal, el representante federal, la cabeza del pacto. Dios hizo un pacto con Adán, hizo un acuerdo con él, le hizo ciertas declaraciones en cuanto a lo que haría, etc. Ahora, ese es el primer sentido en el que se enseña esta doctrina de la unión. Y lo que se dice, por lo tanto, acerca del Señor Jesucristo es que Él es nuestra Cabeza Federal, Él es nuestro Representante. Adán, nuestro representante, se rebeló contra Dios: Pecó, fue castigado y le siguieron ciertas consecuencias. Pero como Adán era nuestro representante y nuestra cabeza, lo que le sucedió a Adán, también le sucedió a toda su posteridad y a nosotros.
Éste es un aspecto muy importante de este asunto. Entendemos algo de esto en la vida ordinaria y viviendo. El embajador de este país en un tribunal extranjero representa a todo el país y participa en acciones en las que todos estamos implicados, queramos o no. Como ciudadanos de este país, todos sufrimos las consecuencias de acciones que se tomaron antes de que naciéramos… Lo que hace el líder o el representante oficial de una nación es vinculante para todos los ciudadanos de esa nación. Ahora, eso fue cierto para Adán. También es cierto para el Señor Jesucristo. Adán fue el primer hombre; Jesucristo es el Segundo Hombre. Tenemos al primer Adán; tenemos al Último Adán. Ahora, Jesucristo, según esta enseñanza, es el Representante de esta nueva humanidad. Por lo tanto, lo que Él hizo y lo que Él sufrió es algo que se aplica a toda esta nueva raza que ha llegado a existir en Él. De modo que la unión del creyente con Cristo debe considerarse en ese sentido federal.
Pero no se queda ahí. Hay otro aspecto de la unión que podemos llamar místico o vital. Es algo que enseñó el propio Señor en las famosas palabras del capítulo quince del Evangelio según san Juan, donde dice: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos” (Jn. 15:5). La unión entre los sarmientos y la vid no es mecánica: es vital y orgánica. Están unidos: la misma savia, la misma vida está en el tronco y en los pámpanos. Pero no es la única ilustración utilizada. Al final del primer capítulo de [Efesios], Pablo dice que la unión entre un cristiano y el Señor Jesucristo es comparable a la unión de las diversas partes del cuerpo con todo el cuerpo y, especialmente, con la cabeza. Ahora, cualquiera de mis dedos es una parte vital de mi cuerpo. No está simplemente atado: hay una unión viva, orgánica, vital. La sangre que fluye por mi cabeza fluye por mis dedos. Eso indica una especie de unidad interna, esencial, y no meramente, una unión federal, legal o de pacto.
Todas estas bendiciones que disfrutamos, llegan a ser nuestras porque estamos unidos a Cristo de esta doble manera: De la manera forense2, federal, a manera de pacto, pero también de esta manera vital y vívida. Por tanto, podemos afirmar que lo que le sucedió a Cristo nos ha sucedido a nosotros. ¡Ésta es la maravilla y el misterio de nuestra salvación, y es la cosa más gloriosa que jamás podamos contemplar! El Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Divinidad eterna, descendió del cielo a la tierra; tomó para Sí la naturaleza humana, unió la naturaleza humana a Sí mismo, compartió la naturaleza humana y como resultado de su obra, nosotros, los seres humanos, compartimos su vida y estamos en Él, y somos partícipes de todos los beneficios que proceden de Él. Ahora, ya se los recordé al principio y debo repetirlo: Eso y nada menos que eso, es el cristianismo. Si no nos damos cuenta de esto, me pregunto ¿qué es nuestro cristianismo? Esto no es algo a lo que se llega; es algo con lo que se empieza… Lo que el Apóstol quiere subrayar, principalmente, es que considerando que estábamos muertos, ahora estamos vivos.
La pregunta surge de inmediato: “¿Cómo puede suceder esto?”. Algo debe suceder antes de que nosotros, que estamos muertos y bajo la ira de Dios, podamos ser vivificados. No puedo obtener beneficio alguno hasta que se haya hecho algo para satisfacer la ira de Dios, pues no sólo estoy muerto y soy una criatura de concupiscencias y controlado por el dios de este mundo, sino que estoy bajo la ira de Dios —“éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Ef. 2:3)—. Y, gracias a Dios, algo ha sucedido. Cristo ha tomado sobre Sí nuestra naturaleza, Él ha tomado sobre Sí nuestros pecados, Él ha ido al lugar del castigo; la ira de Dios ha sido derramada sobre Él. Ese es todo el significado de su muerte en la cruz: es el pecado siendo castigado; es la ira de Dios manifestándose contra el pecado. Y si no vemos esto en la cruz del Calvario, estamos mirando esa cruz sin los ojos del Nuevo Testamento. Existe ese aspecto terrible en la cruz y nunca debemos olvidarlo. Nunca debemos olvidar el grito de abandono: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Eso fue porque Él estaba experimentando la ira de Dios contra el pecado, nada menos. Pero el Apóstol, aquí, se preocupa mucho más de subrayar el aspecto positivo. Cristo no sólo murió y fue sepultado, sino que se levantó. Dios “resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra” (Ef. 1:20-21). Todo eso implicaba una vivificación, una resurrección y una exaltación. Y lo mismo, dice el Apóstol, es verdad para nosotros porque estamos en Cristo —“nos vivificó juntamente con él”—. Esto ha sucedido a todos los que son cristianos. Es la acción de Dios. Ciertamente, esto no necesita ninguna demostración. Ese hombre que está muerto en pecados y bajo la ira de Dios, ¿qué puede hacer? No puede hacer nada. Dios lo hace por él; Dios lo vivifica. Así como Él vivificó el cuerpo muerto de su Hijo en la tumba, Él nos vivifica espiritualmente.
¿Qué significa “vivificar”? Significa “dar vida”, significa “impartir vida”. Entonces, lo primero que es verdad para el cristiano es que ha llegado al fin de su muerte —estábamos muertos en delitos y pecados, no habíamos nacido espiritualmente—. No hay ninguna chispa divina en nadie nacido en este mundo. Todos los que nacen en este mundo, porque son hijos de Adán, nacen muertos —nacen muertos espiritualmente—. Toda esta idea de una chispa divina que permanece en el hombre es una contradicción, no sólo de esta Escritura, sino también de toda la Escritura. La posición de toda persona nacida en este mundo es que está muerta. La comparación usada para ilustrar esto es el cuerpo sin vida del Señor Jesucristo enterrado en una tumba con una piedra rodada sobre la entrada. Ésta es, pues, la primera verdad positiva: He llegado al fin de mi muerte. Ya no estoy muerto en delitos y pecados, ya no estoy muerto espiritualmente. ¿Por qué? Porque he muerto con Cristo. He muerto con Cristo a la Ley de Dios y a la ira de Dios.
Ahora, un cristiano es un hombre que debe afirmar esta verdad. El principio del cristianismo, es decir: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1). El cristiano no es un hombre que espera ser perdonado; el cristiano no es un hombre que espera que, en última instancia, podrá satisfacer las exigencias de la Ley y presentarse ante Dios. Si es un cristiano que entiende el cristianismo, dice: “¡Ya estoy allí, ya no estoy muerto, estoy vivo, he sido resucitado, he sido vivificado!”. El primer aspecto importante de esa afirmación es el negativo, que dice que ya no estoy muerto. He acabado de morir; estoy muerto al pecado, estoy muerto a la Ley, estoy muerto a la ira de Dios. “Ahora, pues, ninguna condenación hay”. ¿Puedes decir eso? Es la afirmación que todo cristiano debería poder hacer… Las Escrituras hacen esta afirmación definitiva: No soy cristiano; no puedo ser cristiano, en absoluto, sin estar en Cristo. Se deduce que, si estoy en Cristo, lo que es cierto de Él, también es cierto de mí. Él ha muerto al pecado una vez y yo he muerto al pecado una vez, en Él. Cuando el Señor Jesucristo murió en esa cruz en el monte del Calvario, yo estaba muriendo con Él… cuando Cristo murió en esa cruz y soportó la ira de Dios contra el pecado, yo estaba participando en ella. Yo estaba en Él, estaba muriendo con Él. Estoy muerto a la Ley, estoy muerto a la ira de Dios… Pero, además, Él nos ha vivificado, nos ha dado vida… ¿Estás muerto espiritualmente o estás vivo espiritualmente?
Pero mira el caso de forma más positiva. Significa que Dios ha puesto en mí, un nuevo Espíritu de vida. “La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Ro. 8:2). “La ley del Espíritu de vida en Cristo” está en el cristiano. Esto es lo opuesto de la muerte y la mortalidad. Antes de que este nuevo Espíritu de vida en Cristo Jesús entrara en nosotros, estábamos muertos en delitos y pecados, y sujetos a un espíritu muy diferente —“el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Ef. 2:2)—. Pero eso ya no es verdad. Hay un nuevo Espíritu de vida.
¿Qué es la “vivificación”? La vivificación es la regeneración y nada más. Cuando el Apóstol dice aquí: “Os dio vida a vosotros”, es decir, los vivificó, quiere decir: “Os regeneró a vosotros”. Les ha dado nueva vida, han sido nacidos de nuevo, han sido creados de nuevo, han llegado a ser partícipes de la naturaleza divina. ¿Qué es la regeneración? No se me ocurre una definición mejor que ésta: La regeneración es un acto de Dios por el cual se implanta en el hombre un principio de vida nueva y la disposición rectora del alma es hecha santa. Eso es la regeneración. Significa que Dios, por su poderosa acción, pone una nueva disposición en mi alma. Fíjense que digo “disposición”, no facultades. Lo que el hombre en pecado necesita, no son nuevas facultades. Lo que necesita es una nueva disposición. ¿Cuál es la diferencia, se preguntarán, entre facultades y disposición? Es algo así: La disposición es lo que determina la inclinación y el uso de las facultades. La disposición es lo que gobierna y organiza el uso de las facultades, lo que hace que un hombre sea músico y otro poeta y otro cualquier otra cosa. Así que la diferencia entre el pecador y el cristiano, el incrédulo y el creyente, no es que el creyente, el cristiano, tenga ciertas facultades de las que carece el otro hombre. No, lo que sucede es que esta nueva disposición dada al cristiano, dirige sus facultades de una manera totalmente diferente… Lo que es nuevo es una nueva inclinación, una nueva disposición. Ha tomado una dirección diferente; hay un nuevo poder obrando en él y guiando sus facultades.
Esto es lo que hace a un hombre cristiano. Existe este principio de vida en él; existe esta nueva disposición. Y afecta a todo el hombre: Afecta su mente, afecta su corazón, afecta su voluntad…
¿Estás vivo? ¿Ha puesto Dios este principio de vida en ti? Tal como estás en este momento, ¿sabes que esto te ha sucedido, que existe esta diferencia esencial entre tú y el hombre del mundo?… ¡Vivificado! Estábamos muertos, sin vida, no podíamos movernos espiritualmente, no teníamos apetito espiritual, ni aprehensión o entendimiento espiritual. Pero si somos cristianos, eso ya no es verdad. Hemos sido vivificados junto con Cristo, el principio de vida ha entrado, hemos sido regenerados. No hay cristianismo aparte de eso… Debido a que estamos unidos a Cristo, algo de su vida está en nosotros como resultado de esta unión vital, indisoluble, esta conexión íntima y mística… ¿Tienes vida? ¿Has sido vivificado? Es el comienzo del cristianismo. No hay cristianismo aparte de esto… ¿Eres consciente de un principio que está obrando en ti, por así decirlo, a pesar de ti mismo, influyendo en ti, moldeándote, guiándote, convenciéndote, conduciéndote? ¿Eres consciente de ser poseído? —si me permites decirlo así, a riesgo de ser malinterpretado—. El cristiano es un hombre poseído; este principio de vida ha entrado en él, esta nueva disposición lo posee. Y él es consciente de una obra dentro de él… Dios ha comenzado una buena obra en mí y yo lo sé. Él ha puesto esta nueva vida en mí… —¡en mí!—. He nacido de nuevo y estoy unido a Cristo.
Que Dios por su Espíritu, ilumine los ojos de nuestro entendimiento para que podamos empezar a comprender esta poderosa obra del poder de Dios en nosotros.
Tomado de La manera de Dios para la reconciliación: Una exposición de Efesios 2, (God’s Way of Reconciliation: An Exposition of Ephesians 2), 70-81, publicado por The Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org. Usado con permiso.
David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Reconocido predicador expositivo y ministro de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68; nacido en Gales, Reino Unido.