¡Entonces brillemos!

Horatius Bonar (1808-1889)

Aquello que con tanta frecuencia entre los hombres se denomina santidad, dista mucho de parecerse a la realidad bíblica. Ya sea que se use para referirse a la rigidez de una ortodoxia sin vida o a la búsqueda ilusoria de la perfección o a la zalamería de un supuesto idealismo1 o a la regularidad de una devoción mecánica o a la superstición religiosa de reverenciar imágenes o a las austeridades y mortificaciones2 farisaicas o al sentimentalismo de una teología liberalizada o a los sueños confortables de un panteísmo3 sincero, las palabras santo, santidad y espiritualidad han llegado a ser erróneamente interpretadas o aplicadas a códigos secretos, con un significado tan ambiguo y profano como hubiera sido el efod de Aarón4 sobre los hombros de un sacerdote de Baal. Este uso de fórmulas y terminología bíblica después de que han excluido su verdadero significado, es uno de los engaños sacrílegos de la época que resultan sumamente ofensivos al estudiante sincero de la Palabra…

[Cristo] es la representación, la ilustración, el modelo; parecerse a Él es santidad. El que es santo se conforma a su imagen. Cualquier otro ideal es vanidad. Tenemos que aprender de los cuatro Evangelios lo que es una santidad viva; para ver una exposición doctrinal sobre ella, tenemos que ir a las epístolas. De allí, aprendemos lo que es y no lo que es. “Permaneced en mí” (Jn. 15:4), “aprended de mí” (Mt. 11:29), “Sígueme” (Mt. 4:19; 16:24; Jn 12:26), son expresiones que instauran el contenido y el resumen del libro de estatutos cristianos que constituye el verdadero directorio y guía de la búsqueda de santidad. En los Evangelios encontramos:

  1. La vida. “Permaneced en mí”. Del Príncipe de la vida, recibimos la vida nueva, también de su muerte y sepultura, porque “fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección” (Ro. 6:5). Hemos “muerto, y [nuestra] vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:3). Por lo tanto, para que “vivamos para la justicia” (1 P. 2:24) —vivimos, pero ya no nosotros, mas Cristo vive en nosotros— (Gá. 2:20). Acudimos a Él para obtener vida o, más bien, primero viene Él a nosotros con vida. Nosotros lo asimos a Él o, más bien, somos “asido[s] por Cristo Jesús” (Fil. 3:12) y permanecer en Él es una continuación del acto inicial de “haber venido”. Luego corresponde crecer, haciendo durante toda nuestra vida lo que hicimos en un principio. Por eso vivimos… Porque Él vive, nosotros vivimos y viviremos para siempre. Su vida es nuestra y nuestro cristianismo tiene que ser (como su fuente) una cosa de vitalidad, poder y gozo —nuestra vida la más amable, sincera y útil de todas las vidas, emanan desde dentro de nosotros, “ríos de agua viva” (Jn. 7:38)—.

  2. La erudición. “Aprended de mí”. La suya es la escuela del cielo, la escuela de luz. Aquí está toda la verdad sin ningún error. El Tutor es tan perfecto así como “manso y humilde” (Mt. 11:29). Es el Maestro y, a la vez, la lección. Su capacitación, disciplina y sabiduría son perfectas. No hay ninguna falla, ningún fracaso, nada incompleto en la educación que Él imparte. Enseña a conocer, amar, actuar, perseverar, regocijarse; también a estar triste, a tener abundancia y a padecer necesidad (Fil. 4:12). El alcance de erudición de sus discípulos se puede medir sólo por sus riquezas divinas, sus “tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:3). La finalidad de su instrucción y disciplina es hacer hombres santos, conformados a su imagen e imitadores de su perfección celestial.

  3. La senda. “Sígueme”. No es sólo una vida a la cual somos llamados a un caminar —un “transitar de aquí para allá” como implica el griego—. No es sentarse solos, ni disfrutar privadamente de la religión, sino caminar —un caminar en que somos visibles por todos los costados, un caminar que atrae la mirada de muchos, un caminar en que llegamos “a ser espectáculo” al cielo, la tierra y al infierno (1 Co. 4:9)—. No es un descanso inmóvil, ni aislarnos de nuestros prójimos, sino andar en medio de ellos, estar en contacto con amigos y enemigos, un ir de acá para allá por los caminos y vallados del mundo. Así como fue el Maestro, debe ser el siervo. Camino a la cruz, miró a su alrededor y dijo: “Si alguno me sirve, sígame” (Jn. 12:26). Camino al trono, después de haber pasado por la cruz, dijo lo mismo (Jn. 21:22). Hemos de seguirle a la cruz y perseguir la corona. Es un camino hacia las dos.

Aquel que anhela ser santo, tiene que ser como Cristo, y el que quiere ser como Cristo, tiene que ser “lleno del Espíritu” (Ef. 5:18). El que quiere tener la mente de Cristo, debe tener la misma “unción” que Él tuvo —el mismo Espíritu que habita y obra en Él, el Espíritu de “adopción”, de vida, fe, verdad, libertad, fortaleza y gozo santo—. Es a través del poderoso Dador de Vida que nos revive. Es a través de la “santificación por el Espíritu” que somos santificados (2 Ts. 2:13; 1 P. 1:2). Él realiza su obra en calidad de Huésped; no obra sin que el Espíritu esté morando en el alma, ni mora el Espíritu en el alma sin que obre (2 Ti. 1:14), no ejerce una mera influencia como la de la música en el alma que sufre, a menos que entre y more en ella primero. De manera que, siendo llenos de su compañía al igual que impregnados por su poder, somos totalmente “transformados”. No se nos presenta con argumentos ni con “persuasiones morales”, sino que nos conmueve con el toque irresistible de su mano divina y penetra en nosotros con su propia energía vital. No, nos impregna con su propia pureza y vida, a pesar de nuestra desesperada resistencia, tozudez e incredulidad, todos los días de nuestra vida.

El que quiere ser como Cristo tiene que estudiarlo. No nos podemos hacer santos a nosotros mismos por medio de esforzarnos por serlo, así como no podemos forzarnos a creer y amar con la simple energía del esfuerzo. No hay fuerza que pueda efectuarlo. Los hombres procuran ser santos y fracasan. No pueden tener santidad por su simple fuerza de voluntad. Deben concentrarse en el objeto sagrado para poder ser cambiados a su imagen “de gloria en gloria” (2 Co. 3:18). Deben contar con un Ser santo como su mejor amigo. La comunión íntima con Jesús como la que tenía Juan, es lo único que hará que nos asemejemos al discípulo o al Maestro.

El que quiere ser santo tiene que empaparse de la Palabra, tiene que disfrutar del sol que irradia cada página de la revelación. Es por medio de la verdad que somos santificados (Jn. 17:17). Exponiendo constantemente nuestras almas a esta luz, llegamos a ser más a fondo, “hijos de Luz”… Es “la espada del Espíritu” bien afilada con la que nos abrimos paso entre las miles de hostilidades. Es la vara de Moisés por la que dividimos el Mar Rojo, vencemos a Amalec y hacemos brotar agua de la roca… ¿Qué impiedad, qué enemigo, dentro o fuera, hay que pueda vencer esta Palabra gloriosa e invencible? El objetivo de Satanás, en la actualidad, es socavar esa Palabra y desacreditar su perfección. Entonces, magnifiquémosla y usémosla constantemente. Es, por cierto, sólo un fragmento del lenguaje humano, compuesto de letras y sílabas humanas, pero está dotada de una virtud sobrehumana. La vara en la mano de Moisés, ¿qué era? Una pieza de madera común. No obstante, partió el Mar Rojo por la mitad. Esa serpiente en el poste, ¿qué era? Un poco de bronce. Sin embargo, curó a miles. ¿Por qué? Porque esa madera y ese bronce estaban conectados con la Omnipotencia y eran conductores de la electricidad celestial. Entonces, dejemos que la Biblia sea para nosotros el libro de todos los libros para herir, curar, avivar, fortalecer, confortar y purificar.

No obstante todo lo dicho, el que quiere ser santo tiene que luchar. Debe pelear bien en las batallas del Señor (1 Ti. 1:18); pelear la buena batalla (1 Ti. 6:12), pero no con armas carnales (2 Co.10:4). Debe pelear de rodillas, siendo sobrio y velando en oración (1 P. 4:7). Tiene que lidiar con principados y poderes, ser fuerte en el Señor y en el poder de su fuerza, habiendo tomado toda la armadura de Dios: Ceñidos los lomos con la verdad, vestido con la coraza de justicia, el escudo, el yelmo y la espada (Ef. 6:13-17). Esta batalla no es de los fuertes (Ec. 9:11), sino para los débiles; se pelea en debilidad y la victoria es de los que carecen de fuerza. Porque este conflicto no es algo que le sucede a todos; sino a los que confiamos en la victoria desde el principio, sabiendo que somos vencedores por medio de Aquel que nos amó y alentó con la recompensa séptuple: “Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios” (Ap. 2:7ss). Aunque enfrentamos la hostilidad de los demonios en nuestro diario caminar y enfrentamos lucha terrenal, contamos con la ayuda de los ángeles, que no son más que espíritus al servicio de Dios, y son enviados para ayudar a los que recibirán la salvación (He. 1:14), al igual que con el poder del Espíritu Santo (Ef. 1:13).

El que quiere ser santo tiene que velar. “Pero tú vela en todo,…”5 (2 Ti. 4:5). “Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos” (1 Co. 16:13). Los hijos de las tinieblas duermen o tropiezan en la oscuridad, en cambio, nosotros que somos del día, seamos sobrios para que no nos venzan las tentaciones y caigamos en las artimañas del diablo o las seducciones de este mundo licencioso. “Bienaventurado el que vela” (Ap. 16:15). Mientras velamos, testifiquemos de la buena profesión (1 Ti. 6:13), sin avergonzarnos de Aquel cuyo nombre llevamos. Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. “Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia” (He. 12:1) y sigamos “la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre” (1 Ti. 6:11), puestos los ojos en la venida y en el reino de nuestro Señor Jesús (Tit. 2:13).

El que quiere ser santo tiene que [entender] su responsabilidad de serlo. Debe comprender su compromiso como miembro del cuerpo de Cristo, al igual que partícipe del Espíritu Santo. El pensamiento de que no alcanzaremos la perfección aquí, no debe ser motivo para debilitar nuestro sentido de responsabilidad ni para dar cabida a lo que contristaría “al Espíritu Santo de Dios, con el cual [fuimos] sellados para el día de la redención” (Ef. 4:30)… No, porque la posesión personal de esa plenitud, hasta donde vasijas como nosotros pueden contenerla, es responsabilidad de cada santo. Somos santificados por la sangre (He. 13:12), a fin de que seamos santificados por el Espíritu Santo (1 Co. 6:11), guiados por el Espíritu Santo (Gá. 5:18), sea nuestro cuerpo, templo del Espíritu Santo (1 Co. 6:19), andemos en el Espíritu (Gá. 5:16), hablemos por el Espíritu (1 Co. 12:3), vivamos en el Espíritu (Gá. 5:25) y teniendo la comunión del Espíritu Santo (2 Co. 13:14)…

El cristiano no debe jugar con el pecado bajo ningún pretexto y, menos, con la excusa de que no está “bajo la ley”. Las advertencias y los preceptos apostólicos son tan explícitos como los de Moisés y mucho más numerosos… Como poseedores del Espíritu de amor debemos amar, dejando a un lado toda malicia, maldad, hipocresía, maledicencia, pagando cada día la deuda que nunca puede ser pagada, [el amor] (Ro. 13:8). Porque el Espíritu que mora en nosotros no es ocioso ni estéril, siempre produce fruto, fruto divino en el corazón humano, fruto celestial en suelo terrenal, fruto que demuestra su origen interior y, en su interior, cuenta con el glorioso Huésped: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gá. 5:22-23)… Como los que han sido librados del “presente siglo malo” (Gá. 1:4), separémonos del mundo como lo hicieron los santos de antaño, manteniéndonos alejados de sus fiestas como hombres que no tienen tiempo para semejantes cosas, aunque sean inocuas, manteniendo nuestras vestiduras sin contaminación. Desconfiemos de las conversaciones y bromas vanas, cuidémonos de su literatura superficial porque “carcomerá como gangrena” (2 Ti. 2:17), corrompiendo el gusto y debilitando el alma. Mantengamos sin mancha nuestro gusto por la oración y comunión con Dios como el gran preservador contra las seducciones de la época; porque sólo la intimidad con Dios puede impedir alguna intimidad con el mundo. No tratemos de combinar la novela con la Biblia, el armario con el salón de baile —tampoco intentemos servir a dos señores, tomar de dos copas (1 Co. 10:21), adorar a dos dioses, disfrutar de dos religiones, arrodillarnos ante dos altares—.

Estemos en guardia contra el viejo hombre en todas sus formas, sea indolencia, mal genio, frialdad, rudeza, desobediencia o descuido, mezquindad6, codicia, falta de respeto [ligereza], engreimiento, soberbia, astucia, obstinación, amargura, trivialidad en asuntos serios, estupideces o amor por la preeminencia. Cultivemos una conciencia sensible, evitando antiguas ideas y presunciones, cuidando de no cometer pequeños pecados ni omisiones de pequeños deberes; redimiendo el tiempo, pero sin afanes; tranquilos, alegres, transparentes, felices, afables, generosos, desinteresados, considerados con los demás. En vista de que tenemos que protestar contra el mundo en relación de muchos puntos importantes, procuremos diferir con él, lo menos posible en asuntos indiferentes, demostrando siempre amor hacia aquellos con quienes nos encontramos, no importa lo irreligiosos y antipáticos que sean, evitando, en especial, exhibir un espíritu despectivo o un aire de superioridad.

Como discípulos de Cristo, que sea nuestro discipulado íntegro y consecuente, nuestra conexión con Él se exhiba en conformidad con su semejanza. Sea nuestra vida un credo completo, nuestro andar la personificación de todo lo que es honesto, hermoso y de buen nombre. La verdad de Cristo santifica y también libera, su sabiduría purifica y también aviva. Tengamos cuidado en aceptar la libertad sin la santidad, la sabiduría sin la pureza, la paz sin celo y amor.

Seamos personas fieles en el mejor sentido de la palabra: Fieles con nosotros mismos, fieles a nuestro nuevo nacimiento y nuestro nombre nuevo, fieles a la iglesia de Dios, fieles al Espíritu que mora en nosotros, fieles al Señor y a su doctrina, fieles a ese libro del cual Cristo es el tema central.

Seamos fieles a la verdad, amándola, no porque sea agradable, atractiva o antigua, sino porque es la verdad y es divina. Alimentémonos de ella cada día con renovado apetito, pues así agregaremos no uno, sino muchos codos a nuestra estatura, creciendo en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo…

Nuestra constitución espiritual tiene que ser reforzada, no sólo para estar fuerte para hacer la obra o pelear la batalla, sino también para estar inmunizados contra la infección de la época, contra el veneno con el que el dios de este mundo, el “príncipe de la potestad del aire” (Ef. 2:2), ha impregnado nuestro ambiente. Para esto necesitamos, no sólo “alimento sólido” recomendado por el Apóstol (He. 5:12-14), sino también el aire penetrante y fresco de la montaña que son las pruebas, vicisitudes y dificultades por las cuales nos hacemos fuertes y robustos, protegidos contra el contagio (sea que proceda del riguroso pictorialismo eclesiástico o liberalismo religioso) de los embates de Satanás el fariseo o Satanás el saduceo. Los que han caído en un credo (no saben cómo), se han soñado con él o han sido arrastrados por la multitud; aquellos para quienes el hallazgo de un credo ha sido cuestión de lectura, educación o emoción; aquellos para quienes la fe ha sido sólo el resultado de un conflicto intelectual, no una lucha a muerte de la conciencia —aquellos, no poseen el verdadero poder para resistir—.

No poseen ninguna virtud desinfectante ni ningún poder repelente de errores. Las epidemias de la época les dicen mucho; a pesar de que pueden haberse apoderado de la verdad, es evidente que la verdad no se ha apoderado de ellos. En un momento de incertidumbre, escepticismo, especulaciones y progreso falso, necesitamos identificar el significado completo de las expresiones apostólicas “sabemos” (1 Jn. 5:13-20), “creemos” (2 Co. 4:13), “vivimos confiados” (2 Co. 5:6), “estoy seguro” (2 Ti. 1:12). Porque lo que es divino tiene que ser verdad y lo que, por lo tanto, es divinamente verdad y cierto, tiene que ser inmortal. Al igual que los resultados de las ciencias exactas, es fijo, sin variantes para todas las personas y todos los tiempos. Lo que fue cierto, es cierto y será cierto para siempre… Pongámonos sencillamente en las manos del Espíritu vivificador. Derramará en nosotros la plenitud de una vida diversificada, fructífera y saludable. La maldad en nosotros es demasiado fuerte como para que la venza algún poder que no sea la Omnipotencia. La resistencia de la voluntad humana es demasiado poderosa para la filosofía, la lógica, la poesía o la elocuencia. ¡Sólo el Santo puede hacernos santos!

La vida no se trata de una sola batalla, sino de muchas. Incluye fracasos, al igual que victorias. No nos preocupemos demasiado ni nos desanimemos cuando perdemos una batalla. Siempre hay tiempo para ganar otra, y cosas como el escapismo o la desmoralización, no tienen lugar en el ejército del Dios viviente… “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Ro. 8:31). “Me ceñiste de fuerzas para la pelea” (Sal. 18:39).

La vida cristiana es maravillosa, una de las cosas más extraordinarias sobre la tierra. Aunque compuesta de “cosas pequeñas” cotidianas, dista de ser una pequeñez. Si es vivida con fidelidad, sea por el pobre o el rico, por el niño o el adulto, es noble en todo; una parte del maravilloso todo, en el cual y por el cual será anunciado a principados y potestades en los lugares celestiales… la multiforme sabiduría de Dios (Ef. 3:10).

No tiene que ser una vida prolongada; una existencia corta puede ser tan fiel y santa como una larga. Vivir pocos años no es un fracaso. Juan el Bautista tuvo, quizá, uno de los ministerios más breves de la Iglesia, pero no fue un fracaso, fue uno de los más exitosos. “Él era antorcha que ardía y alumbraba” (Jn. 5:35)… No tiene que ser alguien que lleva muchos años de creyente para desplegar las hermosuras de la santidad.

Si la vida nueva fuera sólo quitarle el herrumbre a lo viejo; si consistiera nada más que en endulzar el pozo de Mara (Éx. 15:22-25) de nuestra naturaleza corrupta, no sería más que un proceso común, sin ningún milagro; si todo lo bueno fuera de fácil acceso para cualquier persona buena; si una literatura refinada o una teología liberal, y el cultivo de lo bello y de la ciencia social, y más recreación alegre, fuera el remedio para toda la maldad en nosotros y en nuestra época, entonces significaría que se ha dado mucha importancia a lo de poca importancia; significa que la Biblia es una exageración y el don del Espíritu Santo una exhibición superflua de poder. Si el pecado fuera simplemente una cicatriz común o una arruga que puede ser borrada de la superficie del alma por unos simples toques, si el perdón fuera simplemente un recurso retórico —significando la amplia benevolencia de Dios o su complaciente indiferencia hacia la impiedad— por qué hablar de ira, de juicio, del gusano que nunca muere y del fuego que nunca se apaga (Mr. 9:46). ¿Se complace Dios en atormentar a sus criaturas con palabras duras o llenar su mente con imágenes de penalidades que no tiene la intención de aplicar? ¿O por qué se afligió, lloró y sufrió el Hijo de Dios? Si el error fuera algo insignificante, una debilidad o, en el peor de los casos, inusual, o si fuera un despliegue de propósitos sinceros y el resultado inevitable del libre pensamiento, ¿por qué habla la Palabra tan mal de un “poder engañoso” (literalmente, “la energía del error”) por el que son “condenados todos los que no creyeron la verdad” (2 Ts. 2:12)? ¿Por qué dijo el Señor, una y otra vez, refiriéndose a la falsa doctrina, “la que yo aborrezco” (Ap. 2:15)?

Así como el elemento más fuerte, pero más tranquilo en el mundo es la luz, la vida cristiana debe ser la más fuerte y grande, al igual que la más quieta y, a la vez, luminosa. Así como el rayo de luz es lo único perfectamente derecho y como la única sustancia pura es la luz del sol, así debe ser nuestro vivir y así debiéramos querer brillar como luces en el mundo, reflejos de Aquel que es su luz —lo único recto y puro sobre la tierra—.

¡Entonces brillemos! Somos estrellas, no soles; pero aun así, estrellas somos, no simples sirios[^36] ni meteoritos. ¡Brillemos! Dando quizá una luz sutil, pero luz segura y pura, —suficiente como para advertirle a los hombres: “Está oscuro”, para que no se equivoquen, pero no necesariamente tan brillante como para pensar que ya está amaneciendo; lo suficiente como para guiar a los que buscan su camino o llevar a los errados a buen camino, pero no lo suficiente como para iluminar el mundo entero. Sólo el sol puede hacerlo. El sol nos muestra todo el panorama, las estrellas sólo se muestran ellas mismas. Por lo tanto, mostrémonos de manera inequívoca. El día cuando todas las cosas sean vistas en toda su plenitud, será el día cuando aparezca el sol excelso.

“La noche está avanzada, y se acerca el día” (Ro. 13:12). No nos ocultaremos, ni nublaremos; simplemente nos perderemos en la luz. Y no lo resentiremos recordando que el esplendor en el que se absorbe nuestra luz es la del Sol eterno. A medida que su esplendor va en aumento, nuestra luz decrece, entonces ¿no diremos acaso: “Mi gozo está cumplido” (Jn. 3:29)?

Tomado de El camino de Dios hacia la santidad (God’s Way of Holiness), disponible en Chapel Library, solamente en inglés.


Horatius Bonar (1808-1889): Pastor presbiteriano escocés cuyos poemas, himnos y tratados religiosos eran muy populares durante el siglo XIX; nacido en Edimburgo, Escocia.


Horatius Bonar (1808-1889)

Footnotes

  1. Zalamería… idealismo – Las ocurrencias, absurdamente irreales, en busca de la perfección.

  2. Austeridades y mortificaciones – Prácticas de severos autocastigos y flagelaciones para aplacar las pasiones propias.

  3. Panteísmo – La creencia de que Dios es todo y que todo es Dios.

  4. Efod de Aarón – Vestimenta sacerdotal de Aarón hecha de oro, púrpura, escarlata y lino fino.

  5. Cita de la Biblia Reina Valera 1909 (RVA 1909).

  6. Mezquindad – Conductas despreciables.