Santificación definitiva y progresiva
John Murray (1898-1975)
Cuando hablamos de santificación, por lo general, pensamos en ese proceso por el cual el creyente se transforma gradualmente en su corazón, mente, voluntad y conducta, y se va conformando, cada vez más, a la voluntad de Dios y a la imagen de Cristo, hasta que al morir su espíritu incorpóreo1 es perfeccionado en santidad; y, en la resurrección, su cuerpo también será conformado a la imagen del cuerpo glorificado de Cristo. Es bíblico aplicar el término santificación a este proceso de transformación y conformación. Además, es un hecho, demasiadas veces olvidado, que en el Nuevo Testamento, los términos más característicos que se refieren a la transformación, son usados, no como un proceso, sino como un acto definitivo, de una vez para siempre.
Pensamos correctamente que el llamado, la regeneración, la justificación y la adopción son actos de Dios efectuados de una sola vez y no requieren ni admiten repetición. Son, por su naturaleza, definitivos. Una gran parte de las enseñanzas del Nuevo Testamento, coloca a la santificación en esta categoría. Cuando Pablo, por ejemplo, se dirige a los creyentes en Corinto llamándolos de la iglesia de Dios, “santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1 Co. 1:2) y, más adelante en la misma epístola, les recuerda que han sido lavados, santificados y justificados (1 Co. 6:11). Coordinó su santificación con el llamado eficaz, con su identificación como santos, con la regeneración y con la justificación. Además, en 2 Timoteo 2:21 leemos: “Si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra”; tal declaración no deja lugar a dudas de que el término santificado es usado en el mismo sentido. Y cuando Pablo dice: “…así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Ef. 5:25ss), es muy probable que sea la santificación a la cual se refiere en términos de “lavamiento del agua por la palabra”. Aunque en Hechos 20:32 y 26:18, “los santificados” pueden referirse a la santificación total de la era que vendrá, el uso de la palabra en las epístolas de Pablo favorece el significado de que los creyentes son los santificados.
Santificación [sustantivo] tiene una connotación similar. “No nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación” (1 Ts. 4:7). “Dios os [ha] escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio” (2 Ts 2:13-14). Los vocablos usados para significar purificación se usan en el mismo sentido (Hch. 15:9; Ef. 5:26; Tit. 2:14).
Por todo esto, estamos obligados a tener en cuenta el hecho de que la palabra santificación es usada para referirse a una acción decisiva que ocurre al principio de la vida cristiana, misma que caracteriza a la identidad del pueblo de Dios llamado eficazmente por la gracia de Dios. Sería entonces, un desvío de los patrones del lenguaje y significados bíblicos, pensar en santificación, exclusivamente, en términos de una obra progresiva.
¿Qué es santificación? No existe pasaje en el Nuevo Testamento que sea más instructivo que Romanos 6:1-7:6. Aquí, la enseñanza va orientada contra la pregunta con la cual comienza Pablo: “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”, —pregunta provocada por la [introducción] atribuida a la gracia en el contexto que la precede—. “Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (Ro. 5:20-21). Si la gracia de Dios y, por lo tanto su gloria, abundan en proporción al pecado, la inferencia pareciera ser “sigamos pecando para que la gracia de Dios aumente”. El Apóstol rechaza esta inferencia con los términos más negativos a su disposición, que en hebreo sería como decir: “¡Prohíbalo Dios!”. La perversidad de la inferencia se manifiesta, en su totalidad, al postular otra pregunta: “Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Ro. 6:2). Lo esencial de la refutación es “hemos muerto al pecado”. ¿Qué quiere decir Pablo?
Está usando el lenguaje de ese fenómeno con el que todos estamos familiarizados: el hecho de la muerte. Cuando muere una persona, deja de ser activa en el ámbito, la esfera o relación referente a la cual murió. Su relación con ese ámbito se ha disuelto; ya no tiene más comunicaciones con los que todavía viven en ese espacio, ni ellos con él. Ya no tiene ninguna relación con la vida aquí, ya no es la esfera de vida y actividad para él. Las Escrituras traen a nuestra atención la realidad de esta experiencia… “El hombre, como la hierba son sus días; florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció, y su lugar no la conocerá más” (Sal. 103:15-16).
Coincidiendo con esta analogía, el que vive en pecado o para pecar, vive y actúa en el ámbito del pecado, es la esfera de su vida y actividad. Y el que murió al pecado, ya no vive en esa esfera. Su atadura a ella ha sido rota y ha sido trasladado a otra esfera… Ésta es la división decisiva que el Apóstol tiene en mente. Es el fundamento sobre el cual se basa todo su concepto de la vida del creyente y es una división, una brecha, un traslado tan real y decididamente cierto en la esfera de la relación moral y religiosa como lo es la experiencia de la muerte física. Hay una ruptura definitiva e irreversible con el ámbito en el cual reina el pecado y para muerte.
La antítesis que instituye el Apóstol en este pasaje sirve para destacar la brecha decisiva que involucra este cambio. Muerto en pecado significa servir al pecado como esclavos (Ro. 6:6, 16-17, 20); el pecado reina en nuestro cuerpo mortal (6:12); obedecemos las concupiscencias del pecado (6:12); presentamos nuestros miembros como instrumentos de iniquidad (6:13, 19); somos libres acerca de la justicia (6:20); el pecado tiene dominio sobre nosotros y estamos bajo la ley (6:14). Muerto al pecado significa que el viejo hombre ha sido crucificado y el cuerpo de pecado destruido; ya no servimos al pecado (6:6); vivimos justificados del pecado (6:7); estamos vivos para Dios y vivimos para Él (6:10-11); el pecado no reina más en nuestro cuerpo mortal y no tiene dominio sobre él (6:12, 14); nos presentamos a nosotros mismos a Dios y a nuestros miembros como instrumentos de justicia para Dios, de modo que somos siervos de justicia para santidad (6:13, 19); estamos bajo el dominio de la gracia (6:14); obedecemos de corazón a la forma de doctrina cristiana (6:17); el fruto es la santificación y el fin, la vida eterna (6:22). Este contraste es prueba de lo decisivo del cambio. No hay posibilidad de atenuar la antítesis; aparece a lo largo de la línea de los diversos aspectos desde los que se deben ver la vida y el actuar. Existe una diferenciación absoluta en cuanto a todos los criterios por los cuales puede ser medida la vida espiritual y moral. Esto significa que hay una brecha decisiva y definitiva con el poder y servicio al pecado en el caso de todos los que alcanzan a estar bajo el control de las provisiones de la gracia… La persona nacida de Dios hace justicia, ama y conoce a Dios, ama a los nacidos de Dios y guarda los mandamientos de Dios (1 Jn. 2:3-6, 29; 4:7, 20-21; 5:2-3)…
Por el énfasis del Nuevo Testamento en cuanto al rompimiento definitivo con el pecado y la novedad de vida en el Espíritu que la unión con Cristo involucra, pareciera que no hay lugar para un proceso de mortificación y santificación por el cual el pecado muere gradualmente y la santificación es adquirida progresivamente. Romanos 6 es el pasaje que más enfatiza la liberación decisiva del poder y la corrupción del pecado. Pero en esa misma epístola, el Apóstol define para nosotros el conflicto que surge para el creyente, debido al pecado que mora en él. Y es significativo que se acusa a sí mismo diciendo: “…mas yo soy carnal, vendido al pecado” (7:14); “pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (7:23-24); “yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (7:25). Aun en Romanos 6, encontramos exhortaciones que implican la necesidad de una constante vigilancia contra las intromisiones del pecado.
Ningún escritor del Nuevo Testamento es más insistente en cuanto al carácter definitivo de la santificación del creyente que el apóstol Juan. Tan arrasadoras son sus afirmaciones que nos es sumamente difícil reconciliarlas con las enseñanzas en otros pasajes del Nuevo Testamento y las realidades evidentes de la experiencia cristiana. “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Jn. 3:9). “Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido” (1 Jn. 3:6). No obstante, Juan dice en la misma epístola: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Jn. 1:8). No considera al creyente perfectamente sin pecado porque presenta un consuelo para el creyente cuando peca: “…abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Jn. 2:1). Y para Juan hay un aspecto auto purificador en la vida del creyente: “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:3).
Cuando consideramos que el pecado todavía existe en el creyente y que aún no ha llegado a la meta designada para él, aceptamos que la condición del creyente en esta vida… es una de progresión, una progresión, tanto negativa como positiva, en su carácter. Abarca, tanto la mortificación como la santificación.
En cuanto a la mortificación, dos pasajes en el Nuevo Testamento son, particularmente, interesantes por los contextos en que aparecen. “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Ro. 8:13). “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría” (Col. 3:5). Estos dos pasajes son muy instructivos porque ocurren en contextos en los cuales la muerte al pecado y el traslado a la esfera de la vida nueva en Cristo son preponderantes. En Romanos 6, el énfasis es sobre la transición definitiva y el punto fundamental es que “hemos muerto al pecado”. Pero en Romanos 8:13, el Apóstol se dirige a los creyentes y dice claramente que tienen que poner de su parte en hacer morir las obras de la carne, una obligación más digna de notar porque ha dicho anteriormente que el cuerpo del pecado había sido destruido (Ro. 6:6). Esta actividad se puede llevar a cabo sólo por el poder y la gracia del Espíritu Santo, y es a la que se refiere Pablo cuando dice: “Por el Espíritu”. Pero es una actividad en que se deben ocupar los creyentes, comparable al acto violento de matar. El contexto de Colosenses 3:5, contiene la misma reflexión sobre la muerte, una vez para siempre, del pecado por la muerte de Cristo. “Si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos?” (Col. 2:20). “Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:3). La exhortación: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros”, surge de las proposiciones categóricas que la preceden. Resulta claro, como en Romanos 8:13, que la participación del creyente es incluida en este proceso. Por lo tanto, la implicación es que, a pesar de la muerte definitiva del pecado a la que se refiere Colosenses 2:20 y 3:3, el creyente no está tan libre del pecado en su lascivia y corrupción y, por lo tanto, necesita ocuparse activamente de dar muerte a sus propios pecados… Este proceso tiene su mejor expresión, particularmente, en conocimiento y amor. La importancia dada al conocimiento y a la iluminación del entendimiento (Ver Ef. 1:17, 18; 4:13-15; 2 P. 3:18) de la verdad, refuerza la lección de que es en proporción a este aumento que puede haber un aumento del fruto del Espíritu en amor, gozo y paz… Como nos recuerda Juan: “Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él” (1 Jn. 4:16). Pero el amor no es una emoción estática: tiene que aumentar y abundar cada vez más (Ver Fil. 1:9; 1 Ts. 3:12; 4:10). Y el amor se alimenta de la comprensión creciente de la gloria de Aquel que es amor y en quien se manifiesta el amor de Dios.
Tomado de Santificación definitiva (Definitive Sanctification), 277-80 y Santificación progresiva (Progressive Sanctification), 294-99, en Las obras recopiladas de John Murray (The Collected Works of John Murray), Tomo 2, publicado por The Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org, usado con permiso.
John Murray (1898-1975): Teólogo reformado; autor de numerosos libros y artículos; tuvo un papel decisivo en la fundación del Seminario Teológico de Westminster; nacido en Badbea, Condado de Sutherland, Escocia.
John Murray (1898-1975)
Footnotes
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Incorpóreo – Que carece de cuerpo. ↩