Santidad en las cosas pequeñas

Horatius Bonar (1808-1889)

El abecé1 de la verdad del evangelio es que “Cristo murió por nuestros pecados” (1 Co. 15:3). Por medio de la muerte de Cristo somos salvos, obteniendo paz con Dios y “entrada… a esta gracia en la cual estamos firmes” (Ro. 5:2). Además, los que esto creen son partícipes de Cristo (He. 3:14), partícipes de la naturaleza divina (2 P.1:4), partícipes del llamamiento celestial (He. 3:1), partícipes del Espíritu Santo (He. 6:4) y partícipes de su santidad (He. 12:10). En la persona de su Garante, el creyente ha resucitado al igual que ha muerto; ha ascendido al trono, está sentado con Cristo en lugares celestiales (Ef. 2:6), su vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3). Considera como si hubiera sucedido ahora aquello que habrá de ser en el día de la venida del Señor y así es como lo trata Dios. La fe, en un sentido, lo lleva a mirar adelante a la gloria; en sentido opuesto, lo lleva a mirar atrás a esta tierra agotada como si ya hubiera terminado su peregrinaje. “Os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial” (He. 12:22).

Es seguro entonces, que el cristiano es llamado a ser consecuente y decidido, al igual que feliz, no conformado a este mundo (Ro. 12:2), sino al mundo venidero que ya mora en él por fe. ¿Qué clase de persona debe ser él en toda santa conducta y piedad? (2 P. 3:11)… Indiscutiblemente, el que es “resucitado con Cristo” debe ser como el Resucitado. Se espera que sea manso y humilde, dócil y cariñoso, amable y solícito, generoso, que no se enoje fácilmente por provocaciones ni se ofenda fácilmente, transparente y honesto; por otro lado, no es egoísta, ni intolerante, ni codicioso, no es vanidoso, ni mundano ni renuente a ser enseñado… El cristiano auténtico es sano, no es débil, frágil ni sentimental; pero, por otro lado, no es duro, mezquino, antipático ni desagradable… No queremos sólo una teología excelsa y erudita, queremos que esa teología sea llevada a la práctica en la vida, hecha carne noblemente en el quehacer diario…Cuanto más elevada sea la teología, más distinguida y noble debe ser la vida que resulta de ella. Debe conferir firmeza y sencillez al carácter y la conducta del cristiano; dignidad genuina, sin orgullo, dureza ni frialdad; verdadera fuerza de voluntad, sin terquedad, caprichos ni inconstancias. Cuanto más elevada es la doctrina, más debiera conectarnos con la mente de Dios, la cual es “la verdad” y con la voluntad de Dios, la cual es “la Ley”… Valoramos las elevadas enseñanzas de la epístolas, pero no por eso damos menos valor a “la ley y los profetas” (Mt. 7:12; 22:40; Lc. 24:44). Escuchamos la doctrina apostólica y aprendemos a decir: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gá. 2:20); pero no por eso, rechazamos los preceptos apostólicos como si fueran inferiores: “Desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo” (Ef. 4:25). “El que hurtaba, no hurte más”. “(Ef. 4:28). “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia” (Ef. 4:31). “Inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros… ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías” (Ef. 5:4). “Dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca” (Col. 3:8). “No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos” (Col 3:9)… Estos son los mandamientos del Espíritu Santo, y son la Ley, tan cierto como lo que fue proclamado en Horeb entre el fuego y las tinieblas.

La verdadera cuestión con nosotros no es si obedeceremos ésta o aquella ley, sino cualquier ley en absoluto. Si la obediencia a la Ley apostólica no es legalismo, tampoco lo es la obediencia a la Ley Moral… La vida [auténtica] entonces, no es una vida contra la ley, ni una vida sin ley, ni una vida por sobre la ley, es una vida en la cual la Ley encuentra su desarrollo más pleno y perfecto. Así fue en el caso de Jesús y así debe ser en nosotros hasta que nos parezcamos más a Él en espíritu y en nuestro diario andar. Es una vida completamente responsable, recta, honorable… [responsable] en las cosas pequeñas como en las grandes, en los negocios, en tener orden en nuestro hogar, en administrar bien nuestro tiempo y nuestro dinero, en cumplir los compromisos, en cumplir las promesas, los deberes, en ser testigos de Cristo, en no conformarnos al mundo.

El hombre que sabe que ha resucitado con Cristo y ha puesto su mira en las cosas de arriba, será un hombre justo, digno de confianza, sincero, generoso y veraz. Agregará a su fe, “virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor” (2 P. 1:5-7). No querrá ser “ocioso ni sin fruto” (2 P. 1:8). “Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre” (Fil. 4:8) —en estas cosas pensará y estas hará—.

Porque existe el peligro de caer en un cristianismo afeminado y pusilánime, en busca de una teología elevada y etérea2. El cristianismo nació para la tenacidad; no es una planta exótica, en cambio, sí es fuerte, reforzado por los embates del viento, no lánguido, ni infantil ni cobarde. El cristiano camina con paso firme y cuerpo erguido. Es amable, pero firme; es gentil, pero honesto; es tranquilo, pero no superficial; servicial, pero no tonto; decidido pero no grosero. No teme argumentar con palabras firmes de condenación contra el error ni levantar su voz contra el mal circundante con el pretexto de que él no es de este mundo. No rehúye reprender honestamente a alguien por temor de que lo juzguen de mostrar un espíritu no cristiano. Al pecado lo llama “pecado”, en quien quiera que se encuentre, y prefiere correr el riesgo de ser acusado de actuar con un mal espíritu, que no cumplir con un deber explícito… Tanto la religión del Antiguo Testamento como la del Nuevo, se caracterizan por sus testimonios fervientes y francos contra la maldad. Decir cosas suaves en tal caso, puede ser sentimentalismo, pero no es cristianismo. Es una traición a la causa de la verdad y la justicia. Si alguien hay que debiera ser franco, varonil, honesto, animoso (no digo brusco ni grosero porque el cristiano tiene que ser cortés y respetuoso), es aquel que sabe, por experiencia, que el Señor es clemente, anticipando la venida del Día del Señor. Sabe que el amor cubre multitud de pecados, pero no llama bueno a lo malo porque un hombre bueno lo haya cometido. No justifica las inconsistencias porque el hermano inconsistente tenga buena reputación y un espíritu ferviente. Lo torcido y lo mundano sigue siendo torcido y mundano, aunque lo practique alguien que parezca haber alcanzado la cumbre de la espiritualidad.

Muchos de nosotros no hemos madurado en la vida cristiana. “Vosotros corríais bien; ¿quién os estorbó para no obedecer a la verdad?” (Gá. 5:7). Ha sido una obra que se inició bien, pero dejada sin terminar; una batalla emprendida con valentía, pero librada a medias; un libro en que se escribió el prefacio y nada más. ¿Acaso no deshonra esto a Cristo? ¿No representa esto mal a su evangelio, se niega su cruz, se menosprecian sus palabras y se anula su ejemplo?… Si una vida santa consiste de una o dos obras nobles —en algunos ejemplos de personas que han perseverado o sufrido— podríamos contar esa experiencia como un fracaso y considerarla como una deshonra hasta el punto de darnos por vencidos. Pero la vida santa está compuesta de una multitud de cosas pequeñas… palabras pequeñas, no discursos o sermones elocuentes; pequeñas acciones, no milagros, ni batallas ni grandes actos de heroísmo de poderoso martirio; en todo ello es lo que consiste la verdadera vida cristiana… Evitar las maldades pequeñas, los pecados pequeños, las inconsistencias pequeñas, las pequeñas debilidades, las pequeñas tonterías, las pequeñas indiscreciones e imprudencias, las pequeñas manías, las pequeñas indulgencias al yo y a la carne, los pequeños actos de indolencia o indecisión o indiferencia o cobardía, las pequeñas equivocaciones o aberraciones de una integridad absoluta, las pequeñas demostraciones de avaricia o mezquindad, las pequeñas señales de avaricia y codicia, pequeñas señales de mundanalidad y frivolidad, pequeñas indiferencias hacia los sentimientos o deseos de otros, pequeños estallidos de mal humor, enojo, egoísmo, vanidad —evitar cosas pequeñas como estas, nos ayuda a mantener la belleza de una vida santa—.

Por otro lado, la atención a los pequeños deberes del día y de la hora, ya sea en transacciones públicas o relaciones particulares o asuntos de familia; a las pequeñas palabras, las miradas y los tonos de voz; las pequeñas demostraciones de bondad, paciencia o ternura; las pequeñas evidencias de abnegación, de autolimitaciones y del olvido de sí mismo, de pequeños planes de aquietada bondad y de atenta consideración hacia otros; la puntualidad, método y los objetivos reales al organizar cada día —estas son muestras de progreso de una vida santa, el conjunto de pequeños actos de los cuales se compone—… Es de cosas pequeñas que se forma una vida grande y todo el que reconozca que ninguna vida es grande, excepto la compuesta por cosas grandes, encontrará poco en los personajes de la Biblia para admirar y emular.

Todo aquel que “aprendió de Cristo”, que “camina con Dios”, no será alguien artificial que únicamente está representando un papel o un personaje. Será auténtico en sus modales, palabras, miradas, tonos y hábitos. Será el más auténtico de todas las criaturas, un niñito. El cristianismo se torna repulsivo en el instante en que se sospecha que es falso… Las cartas de Cristo “conocidas y leídas por todos los hombres” (2 Co. 3:2) tienen que ser transparentes y naturales. Al vivir para Cristo, tenemos que seguirle íntegramente, no copiar a una copia, sino copiarle a Él. De otra manera, el nuestro será un testimonio imperfecto, un reflejo de una religión débil, carente de paz, sencillez y gracia, llevando las marcas de una imitación y artificialidad, sino de una falsificación.

Tomado de El camino de Dios hacia la santidad (God’s Way of Holiness), disponible en Chapel Library, solamente en inglés.


Horatius Bonar (1808-1889)

Footnotes

  1. Abecé – Conjunto de rudimentos o principios de una disciplina o ciencia.

  2. Etérea –Vaga, sutil, vaporosa. El autor parece referirse a algo sin substancia, que no se puede materializar.