Mortificación y vivificación

A. W. Pink (1886-1952)

La SANTIFICACIÓN… comienza con la regeneración y continúa como consecuencia de ella. Considerada desde el punto de vista de la experiencia y la práctica, la santificación no es un acto divino, sino una obra de la gracia de Dios que, partiendo del momento mismo en que ocurre el nuevo nacimiento, sustenta y desarrolla, continúa y perfecciona. Considerada de esta manera, la santificación es un crecimiento bajo las influencias sustentadoras y fructíferas1 del Espíritu Santo: Un crecimiento desde la primera infancia hasta la niñez, desde la niñez hasta la juventud y desde la juventud hasta la madurez espiritual. Este crecimiento sigue un proceso doble: La mortificación2 de la antigua naturaleza y la vivificación3 de la nueva.

A lo largo de ese proceso doble, hay un acuerdo entre el Espíritu y el creyente, y esto porque la santidad es, tanto un privilegio como un deber, un don divino y un logro humano… Desde un punto de vista, santificación es, ciertamente, la obra de Dios; pero desde otro, es la obra del hombre, ayudado por la gracia sobrenatural. Como un privilegio, es objeto de promesa y oración (Ez. 36:25-27; Jn. 17:17; 1 Ts. 5:23). Pero como un deber, la santificación es objeto de exhortación (Ez. 18:31; 2 Co. 7:1; 1 P. 1:15)…

La santificación es obra nuestra, no en el sentido que pudiéramos cambiar nuestros propios corazones y dejar de amar al pecado y amar a Dios; ni siquiera somos cambiados para llevar adelante ese cambio hasta perfeccionarlo o completarlo. No, es sólo en la medida en que de lo Alto somos capacitados para hacerlo porque nosotros mismos nada podemos hacer (Jn. 15:5). Nuestra responsabilidad es usar diligentemente los medios ya determinados por Dios y confiar que Él los hará efectivos. Es la obra de Dios en la que el Espíritu emplea motivos poderosos para impulsarnos a entrar en acción. Por ejemplo, nos impresiona con el hecho de que los ojos de Dios están siempre sobre nosotros y eso nos hace andar con cuidado delante de Él. O aplica a nuestro corazón las advertencias solemnes de las Escrituras para que tengamos miedo de jugar con el pecado o ceder a las seducciones de Satanás. O llena nuestro corazón de la realidad del amor de Cristo, demostrado al morir por nosotros, para que broten manantiales de gratitud y nos esforcemos por agradarle y glorificarle. De maneras variadas, el Espíritu Santo motiva al creyente a resistir el pecado y cultivar la santidad.

Por consiguiente, el proceso de nuestra santificación es tanto divino como humano… Este proceso es [prolongado], por el cual el creyente va amando, gradualmente, menos al pecado y amando más la santidad. Ahora bien, como hemos dicho anteriormente, este crecimiento espiritual es un proceso doble de mortificación y vivificación. No obstante, los dos no son tan diferentes que uno puede suceder independientemente ni en un tiempo diferente del otro, porque el uno, obligadamente, acompaña al otro. No obstante, para explicar ese proceso de santificación empírico, tienen que ser considerados separadamente. Un poco de reflexión mostrará el orden en que deben ser considerados —tenemos que morir al pecado, antes de poder vivir para Dios—.

“Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas…” (Col. 3:5). Esto significa hacer morir esas lascivias carnales relacionadas con objetos carnales y así, evitar dar sus frutos impíos de “fornicación, impureza, pasiones desordenadas”, etc. Esta expresión: “lo terrenal en vosotros”, equivale al “cuerpo del pecado” (Ro. 6:6) que no significa nuestro cuerpo físico, aunque el pecado actúa a través de él. La expresión mortificad [o haced morir] no es usado en las Escrituras para indicar matar y destruir absolutamente, de modo que lo que fue mortificado ya no exista, sino que debe ser interpretado como haberlo hecho impotente e inútil, incapaz de producir obras impías…

La subyugación del pecado que mora en nosotros, a fin de que ya no tenga poder de producir las obras de la carne, es el deber incesante del creyente. La salud y el bienestar de su vida espiritual de ello depende: tiene que hacer morir el pecado cada día o el pecado lo matará a él. “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Ro. 8:13). “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Co. 9:27). Las graves alternativas presentadas en estos pasajes son demasiado claras como para ser mal interpretadas… Estos pasajes deben ser tomados en serio porque no existe conflicto entre ellos y ningún otro: los creyentes son preservados en las sendas de justicia y, en ninguna parte, ha prometido Dios proteger a ningún alma que juega con el pecado.

El proceso de mortificación es muy difícil, especialmente considerando la prevalencia de la corrupción y la multitud de tentaciones a las que estamos expuestos, la sutileza y la perseverante vigilancia de Satanás que anda por todas partes como león rugiente buscando a quien devorar… En sus ataques, el enemigo aprovecha la inestabilidad de nuestras resoluciones y la inconstancia de nuestros afectos, los esfuerzos incesantes de nuestras corrupciones para ganar ventaja sobre nosotros… Ahora bien, es esto lo que hace que sea tan esencial que hagamos buen uso de los métodos que Dios ha dispuesto para la mortificación del pecado, siendo el principal recurso, negarnos a nosotros mismos y tomar nuestra cruz. Y esto es algo que hay que hacer cada día (Lc. 9:23)… Es debido a lo extremadamente difícil de la obra de mortificación, que Cristo pide a los que contemplan ser sus discípulos, se sienten y calculen el costo primero (Lc. 14:28). No obstante, tenemos que decidirnos a luchar contra el pecado o a estar eternamente perdidos…

La influencia del bendito Espíritu sobre el principio de la gracia en el creyente es absolutamente necesario para hacer morir el pecado. La carne no necesita influencias externas para entrar en acción; es capaz de manifestarse en todo momento sin ayuda externa. Pero no es así con la gracia que mora en nosotros, esta depende totalmente de Dios para fortalecerla y motivarla: “no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios” (2 Co. 3:5). El Espíritu mantiene consciente al creyente de lo pecaminoso del pecado, sin lo cual nunca podríamos oponernos seriamente a él. El Espíritu sugiere a la mente argumentos y motivos para mantenernos en guardia contra los embates de Satanás y nos motiva a luchar contra nuestras pasiones. Él es quien nos hace sensibles a las tentaciones, nos advierte contra ellas y, a menudo, nos da las fuerzas para resistirlas. Nos lleva a meditar en los sufrimientos de Cristo por nuestros pecados y nos mueve a luchar contra ellos. Esto nos lleva a hablar, más definitivamente, sobre los medios y métodos de mortificación.

Si el cristiano ha de hacer morir el pecado que mora en él, si ha de vencer las tentaciones con éxito, entonces, primero, tiene que hacer diariamente un verdadero esfuerzo por mantener en su mente un sentido constante de lo atroz que es el pecado, que es esa cosa abominable que Dios aborrece. El creyente nunca pondrá sus mejores esfuerzos en su contra mientras que no tome en serio el pecado. Segundo, debe esforzarse por mantener a su conciencia bajo la vista de Dios porque ésta es la gran prevención contra el pecado. Sin esto, todas las otras reglas y ayudas externas nada significan porque “con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal” (Pr. 16:6). Tercero, debe haber una vigilancia diligente contra las ocasiones para pecar, contra las cosas que excitan nuestras corrupciones y nos tientan a obrar mal. Los que realmente se preocupan por esto, busquen y reflexionen sobre los siguientes pasajes: Job 31:1; Salmo 18:23; Proverbios 4:14-15 y 5:8; 1 Tesalonicenses 5:22; Judas 23. Nuestra desobediencia es la culpable de gran parte de nuestro fracaso. Cuarto, asegúrate de no darle ventaja al pecado al hacer provisión para sus deseos. En este sentido, qué diligentes somos en lo que respecta al cuerpo: si tenemos alguna debilidad física, cuánto cuidado ponemos en ella; ¡qué vergüenza para nosotros el hecho de que somos menos diligentes con lo que respecta a nuestra alma! Quinto, forme el hábito de cortar de raíz el pecado en cuanto aparece. Esa es más de la mitad de la batalla: atender inmediatamente las convicciones que proceden del Espíritu. Sexto, entrena la mente para reflexionar seriamente en la enorme magnitud del pecado, lo terrible que es su culpa, lo horrible de su corrupción; piense en lo que le costó a Cristo hacer expiación por él. Séptimo, que haya un autoexamen frecuente a nuestras motivaciones y finalidades, y para descubrir lo que más cautiva nuestro corazón. Octavo, una humillación profunda por los pecados del pasado genera aborrecimiento por el pecado y nos defiende en su contra (2 Co. 7:11). Noveno, haga su máximo esfuerzo para nutrir y desarrollar las gracias opuestas a los pecados que lo asedian. El orgullo se debilita por cultivar humildad, la inmundicia por la pureza de la mente y la conciencia, el amor al mundo por mantener nuestros pensamientos en las cosas de arriba. Décimo, esté dispuesto a ser reprendido por sus faltas (Sal. 141:5). Undécimo, medite con frecuencia en la vanidad de la criatura y lo transitorio de todo placer terrenal. Los placeres más dulces que este mundo puede ofrecer, no son más que flores que se marchitan y hierba que se seca. Duodécimo, clame intensamente a Dios que le preserve de la soberbia para practicar la integridad (Sal. 19:13). Aprópiese de promesas como Miqueas 7:19 y Romanos 6:14; suplique por la sangre de Cristo para victoria. Decimotercero, procure que las disciplinas y aflicciones de su alma sean santificadas (Is. 27:9; He. 12:11). Por último, ruegue al Espíritu que le enseñe a vestirse de “toda la armadura de Dios” (Ef. 6: 10-18). Hemos cubierto mucho terreno con estos catorce puntos, los cuales deben ser motivo de cuidadosa reflexión para que realmente sean de ayuda en esta obra…

Ya hemos destacado que las dos obras diferentes del cristiano en cuanto a la mortificación y la vivificación… tienen que ser explicadas separadamente. El orden en el cual debemos considerarlas es obvio: tenemos que morir al pecado (relativamente hablando), antes de poder vivir (en alguna medida) para Dios… La enfermedad tiene que ser curada antes de que se pueda disfrutar de salud; la lámpara tiene que ser limpiada antes de que su luz pueda brillar claramente; los harapos tienen que ser descartados antes de vestir ropa nueva. Este orden aparece consistentemente a lo largo de las Escrituras: “Dejad de hacer lo malo” precede a “aprended a hacer el bien” (Is. 1:16-17). “Aborreced el mal, y amad el bien”: lo segundo es imposible sin lo primero. El yo debe ser negado antes de que se pueda seguir a Cristo (Mt. 16:24). “Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios” (Ro. 6:13). “Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2. Co. 5:15): Tenemos que dejar de vivir para nosotros mismos, a fin de poder vivir para Cristo; sí, tenemos que hacer nuestras las palabras de Gálatas 2:20: “Con Cristo estoy juntamente crucificado”, antes de poder vivir por fe. Despojarnos del viejo hombre precede a vestirnos del nuevo (Ef. 4:22-24). Debemos conformarnos a la muerte de Cristo antes de que podamos obtener la resurrección (Fil. 3:10-11). Renunciar a la impiedad y las lascivias del mundo, viene antes de vivir sobria, justa y piadosamente (Tit. 2:12). Tenemos que despojarnos de todo peso antes de poder correr con éxito la carrera que tenemos delante (He. 12:1).

Teológicamente hablando, el término vivificación significa vivir para Dios. No basta que el creyente muera al pecado: tiene también que andar en novedad de vida. Apartarse del mundo no vale nada, a menos que nos conduzca a acercarnos a Dios. La santidad práctica no consiste tanto de abstinencia de una vida sensual4, sino principalmente en vivir para Dios; deleitarse en Él, anhelarlo, ser cuidadosos en agradarle, negarnos a ofenderle. Dios ha impartido gracia a los regenerados, no para que simplemente lo sean, sino para que usen esa gracia para su gloria. “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (Gá. 5:25). La gracia que Dios ha dado a los suyos tiene que ser practicada por ellos en el curso de una dinámica obediencia a Él, de acuerdo con las instrucciones que Él ha dado en su Palabra.

Dios ha predestinado a su pueblo para ser conformado a la imagen de su Hijo; Cristo murió al pecado (Ro. 6:10), lo mismo tenemos que hacer nosotros. Cristo vive para Dios, lo mismo tenemos que hacer nosotros. En la mortificación hay un parecido a la muerte de Cristo y, en la vivificación (o vivir para Dios), hay una semejanza a su resurrección; lo último es un agregado inseparable del primero. Cristo no puede ser dividido; los que son partícipes con Él en el primer acto, son partícipes con Él en el segundo. Dios no dejará incompleta su obra en nosotros; si nos hace aborrecer y renunciar a la impiedad, nos hace también amar y procurar lo bueno. El Salmo 1, no sólo describe al hombre justo diciendo que no anda en consejo de malos, ni en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado, sino también como alguien que se deleita en la Ley del Señor y da fruto en su tiempo, meditando en ella de día y de noche. Dios apaga el pecado en nosotros para abrir el camino a una vida de rectitud y justicia.

Desde el punto de vista de la experiencia, la santificación es la manifestación práctica de ese principio santo recibido en el nuevo nacimiento. En el momento de la regeneración, una naturaleza nueva es otorgada al recién nacido, esto hace que vuelva el alma hacia Dios, de modo que se inclina el corazón hacia Él, en Él se deleita, a Él lo desea. Pero seamos más específicos y describamos algo de esta nueva disposición de la mente.

Primero, hay ahora una reverencia santa consagrada a Dios debido a su persona, sus perfecciones, sus obras. De los no santificados dice la Biblia: “No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Ro. 3:18). En cambio, donde un principio de gracia y santidad ha sido infundido, aparece, al instante, el temor del Señor porque es “el principio de la sabiduría” (Pr. 9:10). El hombre regenerado, ya no puede hacer las cosas que hizo antes y que otros siguen practicando: Nehemías, comparándose con los gobernadores que fueron una carga para el pueblo y que le antecedieron en el poder, dijo: “Pero yo no hice así, a causa del temor de Dios” (Neh. 5:15). Es este sobrecogimiento ante Dios, esta reverencia santa, este temor filial, lo que constituye una de las raíces de la cual surge la obediencia espiritual, porque tal reverencia, causa necesariamente sumisión a la voluntad revelada de Dios. Cuando en el Sinaí Israel prometió: “Haremos todas las palabras que Jehová ha dicho”, Él respondió: “Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre!” (Dt. 5:29). El temor de Dios, entonces, precede a guardar sus mandamientos. Es éste el principio de reverencia santa que el Señor ha prometido dar a su pueblo, según los términos del Nuevo Pacto: “Les daré un corazón, y un camino, para que me teman perpetuamente” (Jer. 32:39). Ese “temor” es lo mismo que el “espíritu nuevo” de Ezequiel 11:19 y escribir su ley en sus corazones (He. 8:10). Esta misma gracia es llamada también temer “a Jehová y [no a sus “juicios” sino] a su bondad” (Os. 3:5).

Segundo, a esta admiración filial le sigue, naturalmente, un amor sincero y santo del cual brota una obediencia aceptable a Él. Ese amor consiste en acercar su corazón a Dios y deleitarse en Él. Es una disposición e inclinación del alma a disfrutar de contentamiento por estar en comunión con Él, de modo que ahora afirma: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Sal. 73:25). El hombre no regenerado no tiene la capacidad de amar a Dios ni de deleitarse, en absoluto, de sus perfecciones, sus caminos ni de su adoración, porque “los designios de la carne son enemistad contra Dios” (Ro. 8:7). El deseo de los no santificados es apartarse de Él y quitarlo de sus pensamientos. Dice Job del hipócrita: “¿Se deleitará en el Omnipotente? ¿Invocará a Dios en todo tiempo?” (27:10) —no, por cierto que no—. Pero con la regeneración, el Señor circuncida el corazón del que se acerca a Él o lo renueva y santifica de modo que lo ama con toda su alma, y esto, sincera y alegremente.

Tercero, la vivificación se manifiesta en un sometimiento total a la voluntad de Dios en todas las cosas. No sólo a su voluntad preceptiva, sino también a su voluntad decretiva, incluso en las dispensaciones más adversas de su Providencia.

Son ejemplos, casos como los de Aarón, Elí, David y otros, quienes no se rebelaron ni murmuraron, sino que permanecieron quietos y en silencio, resignados a la voluntad divina bajo las adversidades más severas y las pruebas más dolorosas (Lv. 10:3; 1 S. 3:18; 2 S. 15:25-26). Mucho de la santificación radica en la conformidad de nuestra voluntad con la voluntad de Dios. Como dijo el santo Usher5: “Santificación es, nada menos que, el hecho de que el hombre sea llevado a una rendición total de su voluntad a la voluntad de Dios, y vivir en una entrega continua de su alma en las flamas del amor como una ofrenda totalmente quemada”.

Cuarto, la vivificación se expresa por medio de ocuparse del Espíritu. “Ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Ro. 8:6) o sea que la concentración e inclinación de una mente renovada es por cosas espirituales porque es así que vivimos para Dios y disfrutamos de paz con Él. Por naturaleza, nos ocupamos sólo de las cosas de la carne, pensamos en lo terrenal (Fil. 3:19) —nuestros corazones corruptos están puestos en ella, son atraídos por ella, se entusiasman por cualquier cosa que lleva a gozar de ella—. En cambio, los regenerados se ocupan de las cosas de arriba y, en la vivificación, sus afectos están fijados en ellas (Col. 3:3)… Sólo Dios puede satisfacer a los santificados.

Quinto, la vivificación se muestra en prácticas religiosas o actos de devoción a Dios, particularmente en las obras de la gracia en ellas. También aquí, existe una diferencia radical entre el no regenerado y el regenerado; el primero realiza sus prácticas religiosas cumplidamente, como un deber; el segundo (mientras tiene buena salud) se deleita en ellas. El ministerio de la Palabra es cumplido con afecto y la oración es elevada con fervor porque la oración es el aliento mismo del alma santificada hacia Dios. El creyente no difiere tanto del no creyente en lo que a la práctica externa se refiere como difiere en las obras santas de su corazón, como en su anhelo profundo de que estas lo lleven a la comunión con Dios. El alma santificada no puede estar satisfecha con usar los medios de gracia si con estos no se encuentra con Dios. El alma santificada busca la gloria de Dios en todo lo que hace.

Tomado de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures), disponible en Chapel Library, sólo en inglés.


A. W. Pink (1886-1952)

Footnotes

  1. Fructificar – Hacer que dé fruto, por lo tanto, producir buenas obras de acuerdo con la Escritura.

  2. Ver Portavoz de la Gracia N° 29: Mortificación. Disponible en Chapel Library.

  3. Vivificación – Volver a la vida; vivir para Dios.

  4. Sensual – Denotar la naturaleza y características no espirituales del alma, la vida natural que los seres humanos tienen en común con las bestias (Jud. 1:19).

  5. James Usher o Ussher (1581-1656) – Teólogo; arzobispo de la Iglesia de Irlanda.