Definición de santificación
Octavius Winslow (1808-1878)
Mientras estamos en el umbral de nuestro tema, establezcamos una premisa: Existe un orden, al igual que una armonía, en las operaciones del Espíritu que es muy importante [observar]… El orden del Espíritu es éste: Regeneración del corazón primero, luego su santificación. Si invertimos esto, alteramos cada parte de su obra, y en cuanto a lo que abarca nuestro beneficio individual, lo hace totalmente inútil… La santificación tiene su comienzo y su crecimiento diario en un principio de vida implantado en el alma por el Espíritu eterno. Buscar santidad en un individuo todavía muerto en pecado, es buscar fruto donde no fue sembrada una semilla, buscar señales de vida donde no existe ningún principio de vida. Es, en las palabras de nuestro Señor: Pretender cosechar “uvas de los espinos” (Mt. 7:16). El primer e imperioso deber del hombre no regenerado es postrarse en profunda humillación y verdadero arrepentimiento delante de Dios. La mirada altanera tiene que tornarse sumisa, y el rebelde tiene que ser humillado. Alguien abrumado por un sentido de culpa tiene que posar su mirada de fe en el Salvador crucificado y obtener de Él vida, perdón y aceptación. Es muy cierto que es indispensable seguir “la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (He. 12:14); pero todo intento de lograr santidad antes de arrepentirse delante del Señor y de confiar en Jesucristo, no hará más que decepcionar al alma que la busca.
Por esta obra de renovación…, los motivos y exhortaciones a una vida de santidad, encuentran una pronta respuesta en el corazón [el cual es] ya el templo del Espíritu Santo. La semilla incorruptible (1 P. 1:23) allí sembrada, germina y llega a ser planta que florece y madura hasta dar frutos de santidad. El manantial de “agua viva” allí creado, brota y vierte su corriente de vida y pureza, adornando y fertilizando el jardín del Señor. Entonces, tengamos cuidado de no querer alterar lo establecido y de invertir el orden de la obra del Espíritu bendito…
¿Qué es la verdadera santificación? La pregunta tiene mucha más importancia de lo que parece a simple vista. Existen conceptos contrarios a las Escrituras, no sólo entre los inconversos, sino también en la Iglesia de Cristo. Aun así, cada hijo amado de Dios que sinceramente desea seguir plenamente al Señor y vivir como Templo del Espíritu Santo, siente una profunda necesidad de la enseñanza del Espíritu en una cuestión tan personal y tan trascendental como ésta… La santificación ha sido definida como “la obra del Espíritu de Dios, por la que somos renovados en todo a imagen de Dios y nos vamos capacitando, más y más, para morir al pecado y vivir para Dios”1. Breve y enfáticamente, es una conformidad de la totalidad del hombre a la naturaleza divina.
[Durante la época del sacerdocio levítico], el término santificado tenía un significado muy particular. Se decía que las personas y cosas santificadas eran las “separadas, apartadas y ofrecidas a Dios”. De esta manera, el mobiliario del templo era declarado santo o santificado; el arca, el altar, todos los utensilios del templo y las vestiduras de los sacerdotes eran considerados santificados porque [habían sido] apartados y dedicados a Dios. Por la misma razón, se decía que las personas eran santificadas porque estaban consagradas, exclusivamente, a servir. Habiendo pasado la dispensación de rituales, naturalmente, la palabra ha pasado a tener un significado más integral y evangélico: Ahora se usa para expresar el desarrollo del creyente en conformidad con el corazón, la voluntad y la imagen de Dios.
Al explicar la naturaleza de la santificación basándonos en las Escrituras, en primer lugar, hemos de establecer la espiritualidad de la Ley Divina. En un sentido,… el creyente está muerto a la Ley. Su unión con Cristo lo ha librado de la Ley que consistía en un pacto de obras… Los creyentes son “aceptos en el Amado” (Ef. 1:6): perdonados, justificados y santificados en Cristo… El creyente en Cristo ha sido librado de [la Ley] teniendo como base la aceptación, no como un estándar de santidad… Santificación es, entonces, una conformidad creciente con la espiritualidad de la Ley Divina… Cuánto más sea el parecido del creyente con la espiritualidad de la Ley de Dios en su vida, su temperamento y hábito de su mente, sus principios, su andar cotidiano en el mundo y fuera del mundo, entre los santos o rodeado por los impíos, está avanzando en su alma más a fondo la obra de santificación.
En todo esto, hay más que una simple entrega de la voluntad a Dios. El santo Robert Leighton2 ha comentado que decir de corazón: “Sea hecha tu voluntad”, constituye la esencia misma de la santificación. Hay mucha verdad en esto, más de lo que pueda parecer a simple vista. Antes de la conversión, la voluntad —el principio rector del alma— es la sede de toda la oposición a Dios. Se levanta contra Dios, su gobierno, su Ley, su Providencia, su Gracia, y contra su Hijo. La voluntad del hombre es hostil a todo lo que tiene que ver con Dios, la voluntad no regenerada del hombre es hostil. Aquí yace lo profundo de la impiedad del hombre. Su voluntad está contra Dios: mientras se niegue a obedecerle, la criatura sigue siendo impía. No necesitamos argumentos extensos para demostrar que cuando la voluntad, renovada por el Espíritu Santo, se somete a Dios, la santidad del creyente es en proporción directa al grado de su sumisión… La voluntad de Dios es supremamente obedecida en el cielo y en esto consiste la santidad y la felicidad de sus gloriosos moradores…
La verdadera santificación es la voluntad revelada de Dios en la que el creyente debe andar como un niño obediente: “¡Oh, si hubieras atendido a mis mandamientos! Fuera entonces tu paz como un río, y tu justicia como las ondas del mar” (Is. 48:18). Y cuando las siguientes son las reacciones de su alma: “He amado tus mandamientos más que el oro, y más que oro muy puro. Por eso estimé rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas, aborrecí todo camino de mentira… Por el camino de tus mandamientos correré, cuando ensanches mi corazón” (Sal. 119:127-129, 32), el alma está madurando en santidad y haciéndose apta “para participar de la herencia de los santos en luz” (Col. 1:12).
Además, la santificación incluye una creciente semejanza a la imagen de Cristo. ¡Con cuánta hermosura y exactitud se ha presentado esto en su Palabra! La exhortación de nuestro amado Señor es: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11:29). La misma verdad es evidente en los escritos de sus Apóstoles: “A los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Ro. 8:29)… Tenemos aquí un modelo glorioso de un hijo de Dios. Santificación es la conformidad a la imagen y al ejemplo de Cristo. Cuanto más avanza el creyente en su imitación de Cristo, más está avanzando en santidad. Por el contrario, cuanto menos se asemeja a Cristo, en sus principios, en el hábito de su mente, en su espíritu, temperamento, diario vivir, en cada acción y en cada mirada, menos avanza en la gran obra de santidad.
Tomado de La santificación del Espíritu (The Sanctification of the Spirit), 105-36, en La obra del Espíritu Santo (The Work of the Holy Spirit), reimpreso por The Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org, usado con permiso.
Octavius Winslow (1808-1878): Pastor no conformista; nacido en Londres, Inglaterra.
Cuando el término santificación se aplica a los cristianos, se usa para designar tres cosas o tres partes de un todo: Primero, el proceso de ser apartados para Dios o de constituirlos santos (He. 13:12; 2 Ts. 2:13); segundo, el estado o condición de una separación santa a la cual son llevados (1 Co. 1:2; Ef. 4:24) y tercero, la santidad personal evidenciada por un vivir santo que procede de este estado (Lc. 1:75; 1 P. 1:15). —A. W. Pink
Octavius Winslow (1808-1878)