Naturaleza de la santificación

J. C. Ryle (1816-1900)

“La voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tesalonicenses 4:3).

Me temo que el tema de la santificación es uno que a muchos les desagrada considerablemente. Algunos hasta lo rechazan con desprecio y desdén. Lo último que quisieran es ser un “santo” o un hombre “santificado”. No obstante,… es un tema de suma importancia para nuestras almas. Si la Biblia dice la verdad, entonces es cierto que, a menos que seamos “santificados”, no seremos salvos. Hay tres cosas que, según la Biblia, son absolutamente necesarias para la salvación de cada hombre y mujer en la cristiandad. Estas tres son: Justificación, regeneración y santificación. Las tres se encuentran en cada hijo de Dios: El que ha aceptado a Cristo como su Señor y Salvador es nacido de nuevo, justificado y santificado. Al que le falte uno de estos tres elementos, no es un verdadero cristiano a los ojos de Dios y, si muere en esta condición, no lo encontraremos en el cielo ni será glorificado en el día final.

Éste un tema muy apropiado para esta época porque han aparecido últimamente, doctrinas extrañas, sobre todo, acerca del tema de la santificación. Algunas de estas doctrinas parecen confundirla con la justificación. Algunos la rebajan al grado de anularla bajo la excusa de tener un gran celo por la gracia y la descuidan, prácticamente, en su totalidad. Otros tienen tanto temor de que las “obras” sean incluidas como parte de la justificación, que casi ni pueden encontrarle un lugar a las “obras” en su religión. Otros más, adoptan una norma equivocada con respecto a la santificación, nunca la logran, desperdician sus vidas en repetidos cambios, de iglesia en iglesia, de congregación en congregación y de secta en secta con la esperanza inútil de que encontrarán lo que quieren. En tiempos como éste, un examen sereno del tema, como uno de los temas principales del evangelio, puede ser de mucho provecho para nuestras almas… Si usted es un cristiano reflexivo, razonable y sensible, me atrevo a decir que encontrará que vale la pena tener algunos conceptos claros acerca de la santificación.

NATURALEZA DE LA SANTIFICACIÓN: Santificación es la obra espiritual interior que el Señor Jesucristo lleva a cabo en el hombre por medio del Espíritu Santo cuando lo llama a ser un verdadero creyente. No sólo 1) Lo limpia de sus pecados con su propia sangre, sino que también, 2) Lo separa de su amor natural por el pecado y el mundo, 3) Pone un principio nuevo en su corazón y 4) Lo hace practicar la piedad en su vida. El instrumento por el cual el Espíritu hace esto es, generalmente, la Palabra de Dios, aunque a veces usa aflicciones y visitaciones providenciales “sin palabra” (1 P. 3:1). El sujeto de esta obra de Cristo por su Espíritu es llamado en las Escrituras un hombre “santificado”.

El que supone que Jesucristo sólo vivió, murió y resucitó a fin de proveer justificación y perdón de pecado a su pueblo, tiene todavía mucho que aprender. Aunque lo sepa o no, está deshonrando a nuestro bendito Señor y convirtiéndolo en apenas un Salvador a medias.

El Señor Jesús se ha hecho cargo de todo lo que las almas de los suyos requieren; no sólo para librarlos de la culpa de sus pecados por medio de su muerte expiatoria, sino también del dominio de sus pecados, colocando al Espíritu Santo en sus corazones, no únicamente para justificarlos, sino también para santificarlos. Es Él, de este modo, no sólo la “justicia” del creyente, sino su “santificación” (1 Co. 1:30). Prestemos atención a lo que dice la Biblia: “Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados” (Jn. 17:19). “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado” (Ef. 5:25-26), Jesucristo “…se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tit. 2:14), Cristo “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia” (1 P. 2:24), “…os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Col. 1:21-22). Consideremos con cuidado el significado de estos cinco textos. Si algo significan esas palabras, es que Cristo lleva a cabo la santificación, tal como lo hace en el caso de la justificación de su pueblo creyente. Se hace provisión para ambas igualmente, “en ese pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y… guardado” (2 S. 23:5), del cual el Mediador es Cristo. De hecho, Cristo es llamado en otro lugar, “el que santifica” y a su pueblo se le llama “los que son santificados” (He. 2:11).

El tema que tenemos ante nosotros es tan profundo y de tanta importancia que requiere protegerlo, vigilarlo, aclararlo y delinearlo por todos sus costados… Por lo tanto, no vacilo en exponer a mis lectores a una serie de proposiciones o declaraciones conectadas, tomadas de las Escrituras, que creo encontrarán útiles para definir la naturaleza exacta de la santificación… Algunas de ellas pueden ser discutidas y rebatidas, pero dudo que alguna pueda ser descartada o encontrada falsa. Sólo pido para ellas una consideración justa e imparcial.

Santificación es, pues, el resultado invariable de esa unión vital con Cristo1 que la fe auténtica da al cristiano. “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Jn. 15:5). La rama que no lleva fruto, no es una rama viva en la vid. La unión con Cristo que no produce ningún efecto en la vida, es una mera unión de forma, que no tiene valor ante Dios. La fe que no tiene una influencia santificadora sobre el carácter del creyente, no es mejor que la fe de los demonios. Es una fe “muerta en sí misma” (Stg. 2:17). No es un don de Dios. No es la fe de los escogidos de Dios. En resumen, donde no hay una santificación de la vida, no hay una fe verdadera en Cristo. La fe verdadera obra por el amor. Constriñe al hombre a vivir para el Señor como efecto de un profundo sentido de gratitud por su redención. Le hace sentir que nunca puede hacer demasiado por Aquel que murió por él. Habiendo sido perdonado por mucho, mucho ama. Aquel a quien la sangre de Cristo lo limpia, vive en la luz. El que tiene una auténtica esperanza viva, se purifica a sí mismo, tal como el Señor es puro (Stg. 2:17-20; Tit. 1:1; Gá. 5:6; 1 Jn. 1:7; 3:3).

Santificación es el resultado y la consecuencia inseparable de la regeneración. El que es nacido de nuevo y hecho nueva criatura, recibe una nueva naturaleza y nuevos principios de vida, y vive siempre una vida nueva. Una supuesta regeneración que puede tener el hombre y, no obstante, vivir en el pecado o mundanalidad, sin importarle, es una regeneración inventada por teólogos poco inspirados, que las Escrituras no mencionan. Por el contrario, Juan dice expresamente que: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado” (1 Jn. 3:9), “hace justicia… ama a su hermano” (3:10); “vence al mundo” y “Dios le guarda” (5:4, 18). En suma, donde no hay santificación, no hay regeneración y donde no hay una vida santa, no hay un nacimiento santo…

Santificación también es la única certeza de la evidencia de que el Espíritu Santo mora en él, lo cual es esencial en la salvación. “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Ro. 8:9). El Espíritu no se mantiene dormido ni inactivo dentro del alma; siempre da a conocer su presencia por el fruto que causa que nazca en el corazón, en el carácter y en la vida. “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza” y cosas similares (Gá. 5:22-23). Donde existen estas virtudes, allí está el Espíritu; donde faltan, los hombres están muertos para Dios… Es necio suponer que tenemos el Espíritu si no andamos en el Espíritu (Gá. 5:25). Podemos depender de esto como una gran certeza: Que donde no hay un vivir santo, no hay Espíritu Santo… “…Todos los que son guiados [realmente] por el Espíritu de Dios, éstos” estos únicamente “son hijos de Dios” (Ro. 8:14).

Santificación también es la única señal segura de la elección de Dios. Los nombres y la cantidad de escogidos son algo secreto, sin duda, que Dios se ha guardado para Él y no ha revelado al hombre. No nos es dado en este mundo estudiar las páginas del Libro de la Vida y ver los nombres que contiene. Pero hay una realidad clara y simple de la elección y es ésta: Que los hombres y mujeres escogidos pueden ser conocidos y distinguidos por su vida santa. Está escrito expresamente que… “nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos” (Ef. 1:4). Por esto, cuando Pablo vio el obrar de la “fe y el “amor” en la práctica y la “esperanza paciente” de los creyentes tesalonicenses, dijo: “Conocemos, hermanos amados de Dios, vuestra elección” (1 Ts. 1:3-4). El que se vanagloria de ser uno de los escogidos de Dios mientras que, intencional y habitualmente, vive en pecado, sólo se engaña a sí mismo y blasfema. Por supuesto que es difícil saber lo que realmente es la gente; muchos que parecen bastante buenos externamente, pueden resultar hipócritas con un corazón corrupto. Pero el individuo en el que no hay, al menos, alguna indicación externa de santificación, podemos estar seguros de que tampoco es escogido…

Santificación es algo de lo cual cada creyente es responsable… Afirmo que los creyentes son, principal y particularmente, responsables, y tienen una obligación especial de vivir una vida santa. No son como los demás: muertos, ciegos y carentes de renovación; están vivos para Dios, tienen luz, conocimiento y nuevos principios dentro de ellos. ¿Quién tiene la culpa de que no sean santos, sino ellos mismos? ¿A quién le pueden echar la culpa de que no son santificados, sino a ellos mismos? Dios, quien les ha dado gracia, un corazón nuevo y una naturaleza nueva, los ha dejado sin excusas, si no viven para su alabanza.

Éste es un punto demasiado olvidado… La Palabra de Dios siempre dirige sus preceptos a los creyentes como seres que rendirán cuentas y a quienes considera responsables. Si el Salvador de pecadores nos otorga una gracia renovadora y nos llama por medio de su Espíritu, podemos estar seguros de que espera que usemos esa gracia y que no nos quedemos dormidos. Olvidar esto es lo que causa que muchos creyentes constriñan al Espíritu Santo (Ef. 4:30) y los lleva a ser cristianos muy inútiles y desagradables.

Santificación es un proceso que admite crecimiento y grados. El hombre puede subir de un escalón de santidad a otro y ser mucho más santificado en un periodo de su vida que en otro.

No puede ser más perdonado ni más justificado que en el momento en que creyó, aunque sienta que va creciendo. Si puede ser más santificado porque cada gracia en su nuevo carácter puede ser fortalecida, aumentada y profundizada… Y hay un punto en el que coinciden los santos más consagrados de Dios, que es éste: Ven más, saben más, sienten más, hacen más, se arrepienten más y creen más al ir creciendo en su vida espiritual y en proporción a cuan cerca caminan de Dios. En resumen, “creced en gracia” (2 P. 3:18) como exhortan San Pablo y San Pedro que lo hagan los creyentes y que “abundéis más y más” (1 Ts. 4:1).

Santificación es algo que depende mucho del uso diligente de las Escrituras. Los “medios de gracia” son la lectura de la Biblia, la oración privada y la adoración regular a Dios en la iglesia, donde se escucha la enseñanza de la Palabra y se participa de la Cena del Señor. El hecho simplemente es que nadie que descuida tales cosas puede pretender progresar significativamente en santificación. No encuentro ningún registro de ningún santo eminente que haya descuidado estos ejercicios espirituales. Son los canales designados por medio de los cuales el Espíritu Santo nos suple gracia fresca al alma y fortalece la obra que comenzó en el hombre interior… Nuestro Dios es un Dios que obra a través de medios y nunca bendice el alma del que pretende ser superior y muy espiritual, prescindiendo de ellos.

Santificación no es algo que previene al hombre de tener muchos conflictos espirituales interiores. Por conflicto, quiero decir una lucha dentro del corazón entre la vieja y la nueva naturaleza, la carne y el Espíritu que cohabitan en cada creyente (Gá. 5:17). Un sentido profundo de esa lucha y la gran inquietud mental derivada de ella, no prueban que alguien no sea santificado. No, más bien, creo que son síntomas saludables de nuestra condición, que prueban que no estamos muertos, sino vivos. Un verdadero cristiano es aquel que, no sólo tiene paz en su conciencia, sino también libra una guerra en su interior. Tal creyente puede ser conocido por sus luchas, al igual que por su paz…

Santificación es algo que no puede justificar al hombre y, no obstante, agrada a Dios. Las acciones más santas del santo más santo que jamás haya vivido, todas, en menor o mayor grado, tienen defectos e imperfecciones. Sus motivaciones están erradas o defectuosas en su manifestación y, en sí mismas, no son más que “pecados espléndidos”, merecedores de la ira y condenación de Dios. Suponer que tales acciones pueden aguantar la severidad del juicio de Dios, expiar el pecado y merecer el cielo es, sencillamente, absurdo. “Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado…”. “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Ro. 3:20, 28). La única justicia con la cual podemos comparecer ante Dios es la justicia de Otro2 —es la justicia perfecta de nuestro Sustituto3 y Representante, Jesucristo el Señor. Su obra, y no la nuestra, es nuestro único derecho de entrada al cielo—. Ésta es una verdad que deberíamos estar dispuestos a defender hasta la muerte.

A pesar de todo esto, la Biblia nos enseña claramente que las acciones santas del hombre santificado, aunque imperfectas, son agradables a los ojos de Dios. “De tales sacrificios se agrada Dios” (He. 13:16). “Hijos, obedeced a vuestros padres en todo… porque esto agrada al Señor” (Col. 3:20). “Hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Jn. 3:22). Nunca olvidemos esto porque es una doctrina muy reconfortante. Como un padre se complace por los esfuerzos de su hijito por complacerlo, aunque no sea más que cortando una margarita o caminando hacia él de un extremo hacia otro de un cuarto, así se complace nuestro Padre celestial con las pobres actuaciones de sus hijos creyentes. Él se fija en las motivaciones, los principios y las intenciones de sus acciones, y no meramente, en su cantidad y calidad. Los considera miembros de su propio Hijo amado y, por Él, se complacerá, donde quiera que haya un solo ojo puesto en Él…

Por último, la santificación es absolutamente necesaria, a fin de capacitarnos y prepararnos para ir al cielo. La mayoría de las personas espera ir al cielo cuando muera; pero me temo que pocos, se toman la molestia de preguntarse si disfrutarán del cielo si van allí. El cielo es esencialmente un lugar santo, todos sus habitantes son santos; sus ocupaciones son todas santas. Para ser realmente felices en el cielo, resulta claro que tenemos que prepararnos para ir al cielo mientras estamos en la tierra… Si acaso llegara al cielo, ¿qué haría allí un hombre no santificado? Encaremos esa pregunta de frente, al igual que su respuesta. No es posible que alguien sea feliz, si no está en su elemento y donde nada a su alrededor coincide con sus gustos, hábitos y carácter. Cuando un águila sea feliz en una jaula de hierro, cuando una oveja sea feliz en el agua, cuando el búho sea feliz recibiendo los rayos del sol del mediodía, cuando un pez sea feliz en tierra seca, entonces, y sólo entonces, admitiré que el hombre no santificado pudiera ser feliz en el cielo.

Extraído de J.C. Ryle, Santidad: Su naturaleza, obstáculos, dificultades y raíces (Holiness: Its Nature, Hindrances, Difficulties, and Roots), disponible en Chapel Library.


J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana, autor de Santidad y Nudos desatados (Holiness and Knots Untied), y muchos otros; nacido en Macclesfield, Cheshire County, Inglaterra.


J. C. Ryle (1816-1900)

Footnotes

  1. Ver FGB 214, Union with Christ, en inglés (Unión con Cristo), disponible en Chapel Library.

  2. Ver Portavoz de la Gracia N° 7: Justicia Imputada. Disponible en Chapel Library.

  3. Ver Portavoz de la Gracia N° 9: Sustitución. Disponible en Chapel Library.