El poder de la resurrección de Cristo

George Whitefield (1714-1770)

“A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (Filipenses 3:10).

Lo que más debería preocuparnos es estar seguros de… si hemos experimentado el poder de su resurrección, es decir, si hemos recibido o no al Espíritu Santo, y si por sus poderosas operaciones en nuestros corazones, hemos sido levantados de la muerte del pecado a una vida de justicia y verdadera santidad.

Esto era lo que el gran Apóstol deseaba saber principalmente. Estaba convencido [de que] la resurrección del cuerpo de Cristo no le serviría de nada, si no experimentaba el poder de la misma al resucitar su alma muerta.

Además, y un fin principal de la resurrección de nuestro bendito Señor de entre los muertos, fue entrar en el cielo como nuestro representante y enviar el Espíritu Santo para aplicar a nuestros corazones esa redención que Él había consumado en la cruz, obrando un cambio completo en ellos. Sin esto, Cristo habría muerto en vano porque no nos habría servido de nada tener su justicia externa imputada a nosotros, a menos que tuviéramos una justicia interna inherente forjada en nosotros. Porque —siendo concebidos y nacidos en pecado, y consecuentemente, incapaces de tener comunión con un Dios infinitamente puro y santo— no podemos ser hechos [aptos] para verlo o disfrutarlo hasta que una renovación1 completa haya pasado por nuestros corazones.

Sin esto, dejamos fuera al Espíritu Santo en la gran obra de nuestra redención. Pero como fuimos hechos por la concurrencia y consulta conjunta de la bendita Trinidad, y como fuimos bautizados en su nombre, así todos ellos deben concurrir en nuestra salvación: Como el Padre hizo y el Hijo redimió, así debe el Espíritu Santo santificarnos y sellarnos, o de lo contrario, habremos creído en vano. Esto, entonces, es lo que el Apóstol quiere decir con “el poder de su resurrección” y esto es lo que nos interesa saber experimentalmente, tanto como que Él resucitó.

Sin esto, aunque podamos ser moralistas, aunque podamos ser personas civilizadas y bondadosas, no somos cristianos. Porque no es un verdadero cristiano el que lo es sólo exteriormente; ni tenemos, por tanto, derecho porque diariamente profesemos creer que Cristo resucitó al tercer día de entre los muertos. Sino que es un verdadero cristiano el que lo es interiormente. Sólo podemos ser llamados verdaderos creyentes cuando, no sólo profesamos creer, sino que hemos sentido el poder de la resurrección de nuestro bendito Señor de entre los muertos al ser vivificados y resucitados por su Espíritu —cuando estábamos muertos en delitos y pecados— a una completa novedad, tanto de corazón como de vida.

Los mismos demonios no pueden sino creer la doctrina de la resurrección y temblar; sin embargo, siguen siendo demonios porque los beneficios de esta resurrección no se han aplicado a ellos, ni han recibido de ella un poder renovador para cambiar y despojarse de su naturaleza diabólica. Así que, a menos que no sólo profesemos saber, sino que también sintamos que Cristo ha resucitado realmente, al nacer de nuevo de lo alto, estaremos tan lejos del reino de Dios como ellos: Nuestra fe será tan ineficaz como la fe de los demonios.

Nada ha hecho más daño al mundo cristiano, nada ha hecho que la cruz de Cristo tenga menos efecto, que la vana suposición2 de que la religión es algo [externo a] nosotros… Como Cristo nació del vientre de la Virgen, así Él debe ser formado espiritualmente en nuestros corazones. Como Él murió por el pecado, así nosotros debemos morir al pecado. Y como Él resucitó de entre los muertos, también nosotros debemos resucitar a una vida divina…

Es cierto que, en cuanto a la obra externa de nuestra redención, fue un acto transitorio3 y, ciertamente, fue consumado en la cruz. Pero la aplicación de esa redención a nuestros corazones es una obra que continuará siempre, incluso hasta el fin del mundo. Mientras haya un hombre elegido que respire sobre la tierra, que sea naturalmente engendrado4 de la descendencia del primer Adán, el Espíritu vivificador —comprado por la resurrección del segundo Adán, aquel Señor del cielo— debe respirar en su alma. Porque aunque existamos por Cristo, no puede decirse que existamos en Él hasta que estemos unidos a Él por un solo Espíritu y entremos en un nuevo estado de cosas, tan ciertamente como Él entró en un nuevo estado de cosas después de que resucitó de entre los muertos.

Podemos agolparnos y amontonarnos en torno a Cristo y llamarle “Señor, Señor” cuando venimos a adorar ante el estrado de sus pies; pero no le hemos tocado, efectivamente, hasta que, por una fe viva en su resurrección, percibimos una virtud divina que emana de Él para renovar y purificar nuestras almas.

¿Cuán grandemente entonces, se equivocan los que se basan en una mera fe histórica en la resurrección de nuestro Salvador y sólo buscan pruebas externas para evidenciarla? [Incluso si] nosotros, los más eruditos disputadores de este mundo, pudiéramos hablar de la certeza de este hecho con la lengua de los hombres y de los ángeles, sin este testimonio interno de ello en nuestros corazones —aunque pudiéramos convencer a otros— nunca seríamos salvados por ello. Porque no somos más que hombres muertos; somos como tantos cadáveres envueltos en vendas funerarias hasta que ese mismo Jesús que llamó a Lázaro de su tumba —y en cuya propia resurrección muchos de los que dormían se levantaron (Mt. 27:52-53)— nos resucite también a nosotros por su Espíritu [vivificador] de nuestra muerte natural, en la que hemos permanecido tanto tiempo, a una vida santa y celestial.

Podríamos considerarnos felices si hubiéramos visto al santo Jesús después de que resucitó de entre los muertos y nuestras manos hubieran tocado a aquel Señor de la vida. Pero más felices son aquellos que no le han visto y, sin embargo, habiendo sentido el poder de su resurrección, creen en Él. Porque muchos vieron a nuestro divino Maestro, pero no fueron salvados por Él. Pero quien ha sentido así, el poder de su resurrección, tiene las arras5 de su herencia en su corazón; ha pasado de la muerte a la vida y nunca caerá en la condenación final.

Soy muy consciente de que esto es una locura para el hombre natural, como lo fueron muchas verdades similares para los propios discípulos de nuestro Señor (cuando sólo eran débiles en la fe), antes de que Él resucitara. Pero cuando estos hombres naturales, como [los discípulos], hayan sentido plenamente el poder de su resurrección, entonces reconocerán que esta doctrina proviene de Dios y dirán con los samaritanos: “Ya no creemos solamente por tu dicho” (Jn. 4:42) porque nosotros mismos, lo hemos experimentado en nuestros corazones.

Y, oh, que todos los incrédulos, todos los maestros letrados de Israel —que ahora consideran la doctrina del poder de la resurrección de Cristo (nuestro nuevo nacimiento) como un fábula ociosa y condenan a los predicadores de la misma como entusiastas6 y locos— simplemente sintieran el poder de la misma en sus almas, ya no preguntarían cómo puede ser esto. Pero estarían convencidos de ello, tanto como lo estuvo Tomás cuando vio al Cristo del Señor y como él, cuando Jesús le pidió que extendiera sus manos y las metiera en su costado, en una santa confesión gritarían: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn. 20:28).

Pero, ¿cómo podrá un incrédulo, cómo podrá el cristiano formal llegar a “conocer a Cristo, y el poder de su resurrección”? Dios, quien no puede mentir, nos ha dicho: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Jn. 11:25). También, dice el Apóstol: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Ef. 2:8).

Éste, éste es el camino: —¡Camina en él!— Cree y vivirás en Cristo, y Cristo en ti. Serás uno con Cristo y Cristo uno contigo. Pero sin esto, tu bondad exterior y tus declaraciones no te servirán de nada.

Pero entonces, por esta fe no debemos entender una fe muerta y especulativa7,… sino un principio vivo obrado en el corazón por las poderosas operaciones del Espíritu Santo, una fe que nos permitirá vencer al mundo y abandonar todo el afecto [del mundo] por Jesucristo. Porque así habla nuestro bendito Maestro: “Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:33).

Y por eso, el Apóstol… dice: “Llegando a ser semejante a él en su muerte” (Fil. 3:10), implicando así que no podemos conocer el poder de la resurrección de Cristo, a menos que seamos hechos semejantes a Él en su muerte.

Si podemos reconciliar la luz y las tinieblas, el cielo y el infierno, entonces podemos esperar conocer el poder de la resurrección de Cristo sin morir a nosotros mismos y al mundo. Pero hasta que podamos hacer esto, bien podríamos esperar que Cristo tenga concordia con Belial (2 Co. 6:15). Porque hay tal contrariedad8 entre el espíritu de este mundo y el Espíritu de Jesucristo, que el que quiera ser amigo de uno debe ser enemigo del otro: “No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt. 6:24).

Esto puede parecer, ciertamente, una frase dura; y muchos, con el joven rico del Evangelio, pueden estar tentados de irse tristes. Pero, ¿por qué habría de ofenderles esto? Porque ¿qué es “todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida” (1 Jn. 2:16), sino vanidad y aflicción 9de espíritu?

Dios es amor; por eso, si nuestra propia voluntad o el mundo nos hubieran hecho felices, Él nunca habría enviado a su propio y querido Hijo Jesucristo a morir y resucitar para librarnos del poder de ellos. Pero como sólo nos atormentan y no nos pueden satisfacer, Dios nos demanda que renunciemos a ellos… ¡Oh, la profundidad de las riquezas y excelencias del cristianismo! ¡Bien pudo el gran san Pablo considerar todas las cosas como estiércol y escoria por la excelencia de su conocimiento; bien pudo desear, tan ardientemente, conocer a Jesús y el poder de su resurrección! Porque incluso en este lado de la eternidad, nos eleva por encima del mundo y nos hace sentarnos en lugares celestiales en Cristo Jesús. Bien pudo esa gloriosa compañía de dignos, registrados en las Sagradas Escrituras, apoyados en un profundo sentido de su llamado celestial, despreciar los placeres y beneficios de esta vida y vagar cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, en guaridas y cuevas de la tierra, siendo destituidos, afligidos, atormentados (Ver He. 11).

Y ¡oh, que todos fuéramos de un mismo sentir! ¡Que sintiéramos el poder de la resurrección de Cristo como ellos! ¡Entonces, consideraríamos “todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, [nuestro] Señor” (Fil. 3:8)! Entonces, podríamos recuperar nuestra dignidad original, pisotearíamos la tierra bajo nuestros pies y con nuestras almas, estaríamos continuamente anhelando a Dios.

Y, ¿qué es lo que impide que podamos tener esa mentalidad? ¿Acaso Jesucristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, ha cambiado? No, Él “es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8). Y, aunque está exaltado a la diestra de Dios, no se avergüenza de llamarnos hermanos. El poder de su resurrección es tan grande ahora como antes y el Espíritu Santo —garantizado para nosotros por su resurrección— está tan listo y es capaz de darnos vida a los que estamos muertos en delitos y pecados como a cualquier santo que haya vivido. ¡Solamente clamemos, ahora mismo, a Aquel que es poderoso y capaz de salvar! ¡Renunciemos a nosotros mismos y al mundo con sinceridad y verdad, sin ocultar la menor parte! Entonces, sí seremos cristianos de verdad. Y aunque el mundo nos eche fuera y se separe de nuestra compañía, Jesucristo caminará con nosotros y permanecerá en nosotros. Y en la resurrección general del último día, cuando la voz del arcángel y la trompeta de Dios ordenen al mar y a los sepulcros que entreguen a sus muertos, y todas las naciones comparezcan ante Él, entonces Él nos confesará ante su Padre y los santos ángeles; y recibiremos esa invitación que, entonces, pronunciará a todos los que le aman y le temen: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mt. 25:34).

Tomado de Los sermones selectos de George Whitefield (The Selected Sermons of George Whitefield), de dominio público.


George Whitefield (1714-1770): Ministro anglicano, evangelista en el Gran Despertar, uno de los fundadores del Metodismo; nacido en Gloucester, Inglaterra.

Footnotes

  1. Renovación – Renacimiento realizado por el Espíritu Santo.

  2. Suposición – Idea que se tiene por verdadera sin pruebas ni conocimiento cierto.

  3. Transitorio – Que dura muy poco tiempo; de corta duración.

  4. Engendrado – Producido; concebido.

  5. Arras – Prenda que se otorga como garantía en un contrato.

  6. Entusiastas – Aquellos que creen que reciben una revelación directa y personal de Dios.

  7. Especulativo – No se basa en hechos ni en investigaciones.

  8. Contrariedad – Oposición en la naturaleza; desacuerdo.

  9. Aflicción – En el original, vejación, estar preocupado o angustiado por alguna molestia.