Cristo, las primicias

Charles H. Spurgeon (1834-1892)

“Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho” (1 Corintios 15:20).

El texto nos dice que Cristo es “primicias de los que durmieron”. Algunos profesantes se deleitan mucho en la esperanza de que se encuentren entre “los que vivimos, los que hayamos quedado” (1 Ts. 4:15, 17) en la venida de Cristo y así, no morir nunca. Confieso que me regocijo mucho en la esperanza de que Cristo vendrá; pero la perspectiva de no morir nunca, no tiene ningún tipo de atractivo para mí porque creo que los que nunca mueren pierden un gran privilegio. Al menos para nuestra comprensión, así parece, pues Cristo es “las primicias de los que durmieron”. Oh, entonces, es una cosa bendita dormir para que Cristo esté para nosotros en la posición de las primicias. Los que nunca mueren, difícilmente pueden experimentar la comunión con Cristo en su muerte como aquellos que duermen en Jesús. Mientras que tú y yo, que sentimos el aguijón del dardo de la muerte, podremos decir en la eternidad: “Yo también pasé por el sepulcro. Él estaba conmigo pasando por el valle de la sombra de muerte. Yo, en mi propia persona, conocí la muerte y la resurrección también, como lo hizo mi Señor, pero que tú que nunca has muerto, sólo puedes comprenderlo de oídas y de palabra”. ¡Oh, dichosos los que mueren! Los que estén vivos y permanezcan, no les superarán en ningún privilegio ni honor.

Pero, ¿qué significa que Cristo sea “las primicias”? Recordarán que había una fiesta de los judíos llamada la fiesta de las primicias, cuando se sacaba la primera gavilla de la cosecha como señal de la totalidad. En primer lugar, se levantaba como ofrenda elevada y luego, se mecía de un lado a otro como una ofrenda mecida, siendo así, dedicada a Dios en testimonio de la gratitud de los propietarios de la tierra por la cosecha que el Señor había dado. Ahora, esto ocurría el primer día de la semana. Recordarán que primero se celebraba la Pascua; luego venía un día de Reposo; después venía la fiesta de las primicias. Así que Cristo murió en el día de la Pascua; Él, como el Cordero de Dios inmolado de la Pascua de Dios, murió exactamente en la fecha de la Pascua. El día siguiente era el reposo sabático: Por lo tanto, el cuerpo de Cristo permaneció en la tumba. Luego, temprano en la mañana del primer día, antes de que amaneciera, cuando todavía el sol estaba saliendo sobre la tierra, Cristo resucitó en la mañana de la fiesta de las primicias. Así, Él se revela como la bendita gavilla mecida que precede y consagra toda la cosecha. Pero el creyente no instruido me pide que lo explique con más detalle.

Amados, recordad entonces que Cristo fue el primero que resucitó de entre los muertos en orden del tiempo. Me mencionarás a Enoc (Gn. 5:24) y a Elías (2 R. 2:11-12). Te contestamos que ellos nunca murieron, sino que fueron trasladados para no ver la muerte. Me recordarás al hijo de la viuda que fue resucitado por Elías (1 R. 17:17-24) y al joven revivido por Eliseo (2 R. 4:12-37). Sí, pero estos no son los casos en cuestión. Ellos fueron resucitados, pero volvieron a morir. Todos los casos en el Antiguo Testamento, son sólo restauraciones temporales y, así también, en el Nuevo. En ningún caso, excepto en el de Lázaro (Jn. 11:1-44), fueron enterrados en realidad, de modo que ninguno de ellos, salió de sus tumbas. Incluso en el caso de Lázaro, vivió para luego morir. Tuvo una licencia1 para salir de la tumba; pero al expirar el debido tiempo, su cuerpo fue entregado al guardián designado. Cristo fue el primero que, realmente, resucitó para no morir. Él encabeza la vanguardia a través del oscuro desfiladero2 y su frente saluda primero la luz de las llanuras del cielo más allá de las tinieblas… Oh, entonces, cantadlo con cánticos, hacedlo sonar con voz de trompeta hasta los confines de la tierra: ¡Cristo es el primero que regresó de las fauces de la muerte para anunciar la inmortalidad y la luz!

También es el primero en cuanto a la causa. Porque cuando regresa de la tumba, lleva a todos sus seguidores detrás de Él en una gloriosa marcha… De repente, brilló como un sol sobre la noche de la muerte y dispersó su oscuridad. Como Sansón en Gaza arrancó las puertas de la muerte y se llevó los barrotes del sepulcro. Como David, libró a su rebaño de las fauces del león y tomó al monstruo por la quijada y lo mató. Como Abraham, regresó triunfante de la matanza de los reyes. Como Moisés, sacó a su Israel de la casa de servidumbre… ¿Quién es éste que sube de la tierra de las tinieblas a las puertas del sepulcro? ¿Quién es éste que arrastra cautivo al sombrío príncipe de los reinos de la sombra de la muerte? ¿Quién es éste, tan fuerte, tan poderoso que los muros diamantados3 ceden ante Él y las puertas de bronce se rompen en dos? ‘¡Es Él!’ ‘¡Es Él!’… ¡La victoria en la cruz es sucedida por una victoria en la tumba! El que ganó el cielo para la tierra cuando murió, gana el cielo para los muertos cuando desciende a la tumba. ¡Entonad sus alabanzas! ¡Anunciad sus victorias! Que el mismo cielo se encargue de la tarea: “Él ‘llevó cautiva la cautividad’ (Ef. 4:8), [ha despojado] el sepulcro y ha quitado a la muerte su aguijón. ¡Él es la muerte de la muerte y la destrucción del infierno!”.

Pero además, Él es el primero en cuanto a la garantía. Las primicias eran una garantía de la cosecha… ¿De dónde, oh poder divino, trajiste esta gloriosa gavilla, este cuerpo de nuestro Señor, tan brillante y glorioso? ¿De dónde lo trajiste, oh Espíritu del Señor? ¿Existe una cosecha de muchos cortes4 de gavillas como ésta? “Sí, ciertamente”, dice el maestro; “éste es sólo uno entre muchos, el primogénito entre muchos hermanos”. Sabemos muy bien que debe haber una gloriosa cosecha de cuerpos de resurrección y cuerpos inmortales, puesto que Jesucristo, revestido de inmortalidad y luz, camina entre los hijos de los hombres [como] garantía de todos los demás.

Él fue, de nuevo, las primicias, no sólo como garantía, sino como representante de la totalidad. Cuando la gavilla de las primicias era mecida delante de Dios, se consideraba que toda la cosecha había sido traída al santuario; toda era dedicada, toda consagrada, desde esa misma hora. Así, cuando Cristo resucitó como una ofrenda elevada desde el sepulcro y cuando anduvo entre el pueblo como una ofrenda mecida, moviéndose entre sus discípulos, consagró toda la cosecha. Todos los muertos justos fueron, virtualmente, resucitados en Él. Todos los miembros elegidos de su cuerpo tuvieron una resurrección cuando su cabeza apareció como “resucitad[a]… verdaderamente” y, además, todos fueron dedicados y consagrados a Dios por la dedicación [de Cristo] como primicias al Altísimo. ¡Triunfen, hijos de Dios, triunfen en esto! ¡Hoy están resucitados en Cristo! No vemos a los santos todavía ascendidos; más bien, vemos sus huesos secos en el valle y preguntamos: “¿Vivirán estos huesos secos?” (Ez. 37). “Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte” (He. 2:9), y sabemos que ha resucitado y está sentado a la diestra del Padre. Y por la fe, percibimos que como nuestra cabeza del pacto, “juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Ef. 2:6), incluso en Él; porque Él es “cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Ef. 1:22-23). Nunca dudes, creyente, de tu resurrección, dado que el segundo Adán fue liberado de las ataduras del sepulcro.

Y ahora, por último, cerraremos notando la influencia de toda la doctrina de la resurrección y la conexión de Cristo con ella sobre nuestros propios espíritus. Primero, miremos bien la santidad de nuestros cuerpos. “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él” (1 Co. 6:19, 3:17). No creemos en los templos consagrados; pensamos que es totalmente absurdo, hablar de ladrillos y concretos sagrados; pero sí sabemos por la autoridad bíblica que el cuerpo es santo —que el cuerpo del santo es realmente tan santo como los hombres pretenden que pueden ser las iglesias y los templos—. Ahora, hermanos, si nuestros ojos miran la vanidad, hemos profanado las ventanas de la casa de Dios; si nuestras lenguas hablan lo que es malo, ¿no hemos profanado las puertas del templo del Señor? Procuremos que nuestros pies no nos lleven a ninguna parte, sino a donde nuestro Maestro pueda ir con nosotros, no sea que las columnas de nuestra casa se conviertan en nuestra destrucción, como las columnas del antiguo templo filisteo (Jue. 16:30). Cuidemos de que nuestras manos sólo estén extendidas a lo que es puro y hermoso, no sea que, como Belsasar, profanemos los vasos del templo del Señor (Dn. 5:2-4). Los que miman el cuerpo, los que se fijan en su adorno, los que consideran su salud física más que su pureza moral, olvidan el fin superior de su ser. ¿Qué es la belleza después de todo? ¿Qué es la belleza que puede dar la habilidad humana? ¿Ves esa calavera? “Id, llevadlo a la habitación de mi señora, y decidle que, aunque se maquille con una pulgada de grosor, al final llegará a este semblante”5. Y di a todos los que piensan tanto en la belleza y en la elegancia: “Ese color marrón mortecino que los gusanos y la tierra le darán, es la semblanza natural del hombre y, al final, a ese color debe llegar la más bella”. Pero hay otra manera de cuidar tu semblante: Procurando que tu mejilla no se sonroje nunca de vergüenza, que tus manos no se oscurezcan por las malas acciones y que tu carne no se manche por la lascivia o el contacto con lo que es malo. “¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera?” (1 Co. 6:15), dice el apóstol Pablo, cuando pide a los hombres que procuren que sus cuerpos sean castos y puros. ¿No sabéis que, si sois cristianos, vuestra misma carne ha sido comprada con la sangre de Cristo y que vuestro mismo polvo es precioso a sus ojos? Tened cuidado, oh tened cuidado, de que no venga aquí la inmundicia de la serpiente y de que contaminéis los miembros de vuestro cuerpo, no sea que el Señor os aborrezca y os expulse de su presencia, como cosas que no le importan, pues no son suyas.

Miremos las cosas bajo esta luz y así, por el Espíritu Santo, escapemos del pecado. ¿Qué? ¿Se deleitarán con la vanidad estos ojos que un día “verán al Rey en su hermosura” (Is. 33:17)? ¿Hablarán estos labios que han de estar afinados con melodiosos sonetos “cantados por lenguas flamígeras de lo alto”6, lo que es liviano, frívolo y que no sirve para edificación? ¿Qué? ¿Se entregarán estos dedos que han de tocar las arpas de oro a obrar la injusticia con avidez? No, puesto que hemos de ser compañeros de los ángeles —y más gloriosos que ellos— y puesto que estos cuerpos han de ser hechos semejantes al cuerpo de Cristo, mantengámoslos puros, lavados con agua limpia por su Espíritu, renovados y preservados, para que no nos desviemos hacia el pecado.

Pero, en segundo lugar, surge aquí otro pensamiento. ¿Estamos entre aquellos para los que Cristo se presentó como primicias? Porque Cristo ha de resucitar primero, como las primicias, “luego los que son de Cristo, en su venida” (1 Co. 15:23). Entonces, ¿cuándo resucitarán los impíos?

Hay dos resurrecciones, y “bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre estos” (Ap. 20:6). Cuando el Señor venga del cielo con la trompeta del arcángel y la voz de Dios, entonces los muertos en Cristo despertarán repentinamente de su sueño y serán ofrecidos a Dios como la gran cosecha, el gran Pentecostés, del que la resurrección de Cristo fue las primicias.

¿Qué será entonces de los impíos? Seguirán pudriéndose en sus tumbas. El gusano se alimentará de ellos; serán cenizas bajo los pies de los santos. Y mientras los justos pisan esta tierra y, en el escenario de su conflicto, disfrutan de mil años de triunfo; mientras los pies de Cristo se afirmarán en los últimos días sobre el Monte de los Olivos; mientras su pueblo se inclinará en torno a Él y reinará con Él, triunfante sobre la criatura que, una vez, estuvo sujeta a la vanidad, bajo sus pies estarán los cadáveres de sus impíos perseguidores7. En lo profundo de sus tumbas, se pudrirán aquellos reyes y príncipes infames, y aquellas multitudes y naciones negligentes que no conocieron a Jehová y no quisieron ser obedientes a su Hijo, dijeron: “Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas” (Sal. 2:3). Y ahora, ¿dónde están? “La muerte los pastoreará, y los rectos se enseñorearán de ellos por la mañana;… ¡cómo han caído los valientes en medio de la batalla!… serán porción de los chacales” (Ver Sal. 49:14; 2 S. 1:25; Sal. 63:10).

Pero, ¿entonces qué? Cuando los esplendores de la era milenaria hayan terminado, entonces, vendrá el fin. El Rey ascenderá al tribunal; Aquel que vino a reinar con su pueblo, repentinamente, sentado en su trono, ordenará a su ángel que proclame el [juicio] final. Entonces, de mala gana, las almas atormentadas en el infierno volverán de Tofet8 para reunirse con sus cuerpos igualmente culpables y Aquel que es capaz de destruir tanto el cuerpo como el alma en el infierno, dirá: “Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla” (Mt. 13:30). Él pronunciará su sentencia: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt. 25:41). ¡Oh! Que tú y yo estemos entre la cosecha y no entre la vendimia[^75]. Como recordarás, hay dos reuniones mencionadas en el Apocalipsis. La cosecha es la reunión de los justos; ellos son cuidadosamente alojados en el granero de Dios. La vendimia es la reunión de los malvados; ellos son arrojados al lagar de la ira del Dios todopoderoso: “Fue pisado el lagar fuera de la ciudad, y del lagar salió sangre hasta los frenos de los caballos” (Ap. 14:20).

Ahora, ¿cómo puedo saber si pertenezco a esa porción de la que Cristo es las primicias? Pues, así: Si Cristo resucitó por mí y, si yo resucité en Él, entonces morí en Él. Oh, alma, ¿crees que Cristo murió por ti? ¿Tienes parte en su pasión? ¿Esperas en sus agonías? ¿Descansas en su cruz? Si es así, Aquel que murió por ti, también resucitó por ti, y tú eres parte de ese sagrado grupo del cual Cristo fue la ofrenda santa. ¿Has muerto tú mismo con Cristo? ¿Estás muerto para el mundo? ¿Odias las cosas que antes amabas? ¿Te has liberado de tus antiguos placeres? ¿Buscas algo más elevado y mejor? ¡Ah! Entonces, si has muerto con Él, has resucitado con Él. Dime ahora, ¿deseas ser uno con Cristo? Pues si eres uno con Él en el corazón, serás uno con Él en todos sus trofeos y sus glorias. ¿Dices: “No. No me interesa Cristo”? ¡Alma! ¡Alma! Si mueres con esa mentalidad, no tendrás parte en la primera resurrección; pero cuando los malvados resuciten, entonces despertarás “para vergüenza y confusión perpetua” (Dn. 12:2). Pero si esta mañana, dices en tu corazón: “Creo que Jesucristo resucitó de entre los muertos según las Escrituras, y pongo mi única confianza en Él; Él es para mí toda mi salvación y todo mi deseo”, sigue tu camino; “y te levantarás para recibir tu heredad al fin de los días” (Dn. 12:13); tendrás tu parte entre los santificados; te regocijarás junto a Él y te sentarás en su banquete de bodas para siempre.

Tomado de un sermón predicado el domingo por la mañana, el 20 de abril de 1862, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista inglés; nacido Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Footnotes

  1. Licencia –Permiso por un tiempo.

  2. Desfiladero – Paso estrecho y empinado en el cual se requería que las tropas marcharan en una sola fila.

  3. Diamantados – Como una piedra de dureza superior, por lo tanto, incapaz de ser penetrado.

  4. Cortes – Grupos de doce gavillas de grano colocadas en posición vertical y apoyándose unas en otras para permitir que el grano se seque y madure.

  5. Nota del editor – Referencia de Charles H. Spurgeon al Acto 5, Escena 2 de Hamlet de William Shakespeare.

  6. Robert Robinson (1735-1790) – Pastor inglés. Fragmento del himno Ven, Fuente de toda bendición (Come Thou Fount of Every Blessing).

  7. Nota del editor – Entendemos que no todos están de acuerdo con el punto de vista de Spurgeon sobre el fin de los tiempos y el milenio como se expresa aquí.

  8. Tofet – Pozo de fuego o pira funeraria. Lugar en Jerusalén en el Valle del hijo de Hinom (Gehena) donde los israelitas celebraban sacrificios humanos inmolando a sus hijos al dios Moloc.