Resurrección y santificación
David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)
Pablo estaba muy preocupado por la vida de los miembros de la iglesia de Corinto y, en particular, por su conducta. En otras palabras, estaba preocupado por su santificación. Allí estaban ocurriendo cosas que estaban muy mal. Por ejemplo, había un abuso en el servicio de la comunión, dado que algunos comían y bebían demasiado. También había problemas con el hermano más débil, con las carnes ofrecidas a los ídolos y con toda la cuestión de las sectas, las divisiones y el cisma. Ahora, el Apóstol estaba preocupado por estos asuntos, no sólo desde un punto de vista teológico primario, sino particularmente, por su efecto en la vida diaria de la Iglesia y en la vida de sus miembros.
Y exactamente de la misma manera, se preocupó por ellos sobre esta cuestión de la resurrección porque ciertas personas les habían estado enseñando una falsa doctrina al respecto… Estaban despojando toda la idea de la resurrección de nuestro Señor de su verdadero sentido y significado, y el Apóstol estaba muy preocupado por esto…
El Evangelio del Nuevo Testamento, el mensaje de la Iglesia cristiana desde el principio, se basa en la resurrección física literal del Hijo de Dios de la tumba. Se basa en la tumba vacía, en el hecho histórico literal de Cristo resucitado en el cuerpo de entre los muertos.
Y esto es vital, como enfatiza aquí el Apóstol, desde el punto de vista práctico. Su importancia emerge cuando vemos el efecto de la doctrina errada en nuestra vida diaria. ¿Te das cuenta de su argumento? Dice: “¿Qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan?… ¿Y por qué nosotros peligramos a toda hora?” (1 Co. 15:29-30). “Si estoy arriesgando mi vida y mi reputación en este asunto, como lo estoy haciendo”, dice Pablo, “soy un tonto si la resurrección no es un hecho”. “Os aseguro, hermanos, por la gloria que de vosotros tengo en nuestro Señor Jesucristo, que cada día muero” (15:31). Él moría diariamente por el Evangelio, pero dice: “Todo esto está mal, si esa otra doctrina es correcta”. “Si como hombre batallé en Éfeso contra fieras, ¿qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos” (15:32). “Así que no haya error en todo esto”, dice el Apóstol. “Lo que un hombre cree sí importa; lo que un hombre cree en detalle sí cuenta”.
Y es tan cierto en la Iglesia de hoy como lo era cuando Pablo escribió esas palabras. Lo que un hombre cree va a determinar, en última instancia, su vida. Un hombre que es flojo en la doctrina, eventualmente se vuelve flojo también en su vida y en su conducta… No se pueden separar estas cosas; la doctrina y la conducta están indisolublemente1 unidas. Por eso el Apóstol escribe el capítulo y lucha como lo hace por la verdad de esta doctrina en particular.
Veamos pues, por qué todo esto es cierto y cómo funciona. ¿Por qué debemos creer en la doctrina del Nuevo Testamento de la resurrección física literal? Te daré varias respuestas a esa pregunta. La primera es que es la única, por encima de todo lo demás, que realmente demuestra que Jesús de Nazaret es el Hijo eterno de Dios. No quiero concentrarme en esto ahora porque estamos más preocupados por los aspectos prácticos de la carta. Pero seamos claros al respecto: “Fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (Ro. 1:4). Fue la resurrección lo que, finalmente, convenció a los discípulos que hasta entonces, habían estado inseguros y dudosos y escépticos. Estaban cabizbajos y abatidos por la muerte en la cruz. Fue cuando se enteraron que había resucitado cuando comprendieron que era el Hijo de Dios. La resurrección es la verdad final última de la deidad única del Señor Jesucristo. Es la certeza última del hecho de que Él es, verdaderamente, el Hijo unigénito de Dios.
Y eso, por supuesto, lleva a esto: Corrobora su afirmación de que el Padre lo envió al mundo para hacer una obra específica. Él siguió diciendo eso; es el gran tema de Juan 17. Había sido enviado al mundo por el Padre para hacer una obra determinada y aquí, mediante la resurrección, Él demuestra que ha hecho la obra y la ha completado. Pablo dice en Romanos: “El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Ro. 4:25). Si el Señor Jesucristo no hubiera resucitado literal y físicamente de la tumba, nunca podríamos estar seguros de que realmente hubiera terminado la obra. ¿Y cuál era la obra? Era satisfacer las demandas de la Ley. La Ley de Dios exige que el castigo por el pecado sea la muerte y si Él ha muerto por nuestros pecados, no sólo debemos estar seguros de que ha muerto, sino que ha acabado con la muerte y que ya no hay más muerte. Él ha respondido a las máximas demandas de la Ley y, de la misma manera, ha respondido a todas las máximas demandas de Dios. El argumento del Nuevo Testamento es que cuando Dios resucitó a su Hijo de entre los muertos, estaba proclamando a todo el mundo: “Estoy satisfecho en Él: Estoy satisfecho en la obra que Él ha hecho. Lo ha hecho todo. Ha cumplido con todas las demandas. He aquí, Él ha resucitado; por lo tanto, estoy satisfecho en Él”.
Y no sólo eso. La resurrección demostró que Él ha vencido a todo enemigo que se oponía a Él, a Dios y a nosotros. No sólo ha satisfecho la Ley y conquistado la muerte y el sepulcro, sino que ha vencido al diablo y a todas sus fuerzas, y al infierno y a todos los principados y potestades del mal. Ha triunfado sobre todos ellos y lo demuestra en la resurrección. El diablo no puede retenerlo; la muerte y el infierno no pueden retenerlo. Los ha dominado a todos; ha emergido al otro lado. Él es el Hijo de Dios y ha completado la obra que el Padre le había enviado a hacer.
Y todo esto, por supuesto, es de vital importancia para nosotros. Es sólo a la luz de la resurrección que tengo, por fin, la seguridad de que mis pecados han sido perdonados. Es sólo a la luz de la resurrección que, finalmente, sé que estoy en la presencia de Dios, absuelto de la culpa, la vergüenza y de toda condenación. Ahora puedo decir con Pablo: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1) porque miro el hecho de la resurrección. Es allí donde lo sé.
Nota cómo Pablo argumenta en 1 Corintios 15:17 cuando dice: “Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados”. Si no es un hecho que Cristo, literalmente resucitó de la tumba, entonces todavía eres culpable ante Dios. Tu castigo no ha sido pagado, tus pecados no han sido tratados, todavía estás en tus pecados. Eso es lo que importa: Sin la resurrección, no puedes presentarte [ante Dios]. Todavía no estás seguro de si eres perdonado y si eres un hijo de Dios. Y cuando un día llegues a tu lecho de muerte, no lo sabrás, no estarás seguro de a dónde vas, ni qué te va a pasar. “El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Ro. 4:25). Es allí, en la resurrección, donde me presento ante Dios libre y absuelto2, y sin temor, y sé que soy realmente un hijo de Dios. Entonces, ¿ves la importancia de aferrarse a esta doctrina y por qué debemos insistir en los detalles, y no contentarnos con una creencia vaga y general en el Señor Jesucristo?
“Pero espera un momento”, me imagino a alguien diciendo. “Sí, creo todo eso, pero mi problema es, ¿cómo voy a vivir en este mundo? Usted me anuncia esa gran doctrina, pero sigo enfrentándome al mundo, a la carne y al diablo; ¿cómo voy a enfrentarme a eso? Mi problema es cómo ser santificado, cómo llegar a ser santo; cómo avanzar en la gracia y en el conocimiento de Dios, y seguir a Cristo como quiero hacerlo”. Bien, la respuesta a todo esto, se da aquí en 1 Corintios 15:19: “Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres”, junto con los otros versículos que ya les he citado —versículos 13, 32, 33—. Todo esto tiene un efecto muy práctico en nuestras vidas en este mundo.
Permítanme resumir todo esto. “Si estamos preocupados por nuestra vida en este mundo y por la lucha contra el mundo, la carne y el diablo, lo primero que debemos hacer” dice el Apóstol, “es echar una mirada global a esta gran doctrina de la resurrección de nuestro Señor”… El Señor Jesucristo, según esta enseñanza, vino al mundo a causa de este problema del pecado y la maldad: Ese es el sentido completo de la Encarnación. Él vino para combatir el reino de las tinieblas, el reino del pecado y de Satanás. Ese fue el propósito completo de su venida. Y no sólo vino a hacer eso, sino que tuvo éxito al hacerlo. Fue tentado por el diablo y lo rechazó cada vez: Lo dominó. Derrotó y conquistó al diablo y a todos sus poderes, y a todas las fuerzas del Hades. Y, finalmente, lo ha hecho en su muerte y en su gloriosa resurrección.
“Sí, todo eso está muy bien”, dice nuestro interlocutor, “pero después de todo, cuando miro a mi alrededor, no me parece ver eso. Veo el pecado y la tentación flagrantes, rampantes. Veo a los hombres empeñados en el mal. Veo guerras y oigo rumores de guerras. Está muy bien que digas que Cristo ha conquistado todos estos poderes, pero yo no veo eso en este mundo. ¿Cómo va a ayudarme realmente todo lo que dices?”.
La respuesta está aquí, en los versículos 23-25. “Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies”.
Ahora, esto significa que el Señor Jesucristo todavía continúa la lucha. Cuando estuvo en la tierra en su propia persona, derrotó al enemigo en cada punto y, finalmente, lo derrotó en la cruz y en la resurrección. Sí, pero ahora, habiendo ascendido al cielo, ha llevado cautiva la cautividad y está sentado a la derecha del trono de Dios, con autoridad y poder. ¿Y qué está haciendo allí? Bien, según esta enseñanza, está reinando allí. Este mundo no se ha salido de sus manos. Todavía es el mundo de Dios, y Cristo todavía está gobernando y reinando sobre él. Toda autoridad está en sus manos. Él ha sido capaz de abrir el Libro de la historia y el Libro del destino. Sólo Él fue lo suficientemente fuerte para romper los sellos y abrir el Libro. Así que lo que se nos enseña por la resurrección es que Cristo todavía está allí llevando a cabo su propio propósito.
No lo entendemos todo. No entendemos por qué no puso fin a todo inmediatamente, pero ha decidido no hacerlo así. Ha elegido salvar a un cierto número de personas; la plenitud de los gentiles y la plenitud de Israel tienen que completarse. Pero esto es lo cierto: Tan ciertamente como que Cristo se levantó triunfante sobre la tumba, Él está reinando en este momento, y Él va a reinar hasta que llegue el tiempo de su retorno. El Señor Jesucristo va a regresar a este mundo y, finalmente, tomará al diablo y a todas sus huestes, y los arrojará a un lago que arde con fuego. El mal y el pecado y el engaño, y todo lo que se opone a Dios, van a ser destruidos completamente y Cristo devolverá un reino perfecto a su Padre. Es absolutamente cierto: Él debe reinar, reinará, hasta que todos sus enemigos hayan sido puestos debajo de sus pies.
Ahora, debemos comenzar con eso. Nuestra tendencia es a asustarnos por el diablo y por la tentación y el poder y las fuerzas del mal. “Ah”, decimos, “¿cómo puede un hombre, un hombre débil, luchar contra todo eso?”. Yo digo, aparta la mirada de ti mismo por un momento; mira lo que viene. Él está reinando; Él gobierna y, finalmente, va a derrotar a sus enemigos y dará fin a todo. Ese es el cuadro general.
Pero permíteme mostrarte el argumento de una manera un poco más personal. ¿Cómo puedo aplicar todo eso a mi propio caso? Lo hago de esta manera. En un sentido espiritual, ya he resucitado con Cristo: Lo hemos visto en nuestros estudios anteriores. Yo estoy en Cristo y Cristo está en mí. Debo considerarme realmente muerto al pecado y vivo para Dios. He muerto con Cristo; he sido sepultado con Él; y he resucitado con Él. Como hombre nuevo, estoy en Cristo; y como hombre nuevo en Cristo, he resucitado. He terminado con la muerte. En cuanto a mí concierne, tengo que morir físicamente, pero he terminado con la condenación de la muerte, y el terror y el aguijón de la muerte han sido quitados. Ya he resucitado con Él espiritualmente.
Pero aquí quiero enfatizar este otro aspecto. Ya he resucitado con Él espiritualmente, pero todavía voy a resucitar con Él en un sentido físico y literal. “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida…” (vv. 22-23) y luego, todos los demás. La realidad de la resurrección de Cristo, es un anuncio y una proclamación cierta y absoluta de que tú y yo, y todas las personas, resucitaremos, igualmente, de la tumba en el cuerpo. El Apóstol explica cómo sucede todo esto en la última parte de este gran capítulo —léanlo ustedes mismos, todo está allí—. “Todos seremos transformados” (v. 51). No será de carne y sangre. Habrá un cambio en “un abrir y cerrar de ojos”. Pero todos vamos a resucitar como el Señor Jesucristo cuando se levantó de la tumba en esa tercera mañana. Habrá algunas personas que queden en la tierra cuando el Señor venga y serán transformadas; se trata de lo mismo.
Pero, ¿qué significa todo esto? Permíteme decirte lo que dice la Escritura y verás su significado en el asunto de nuestra santificación, y en el asunto de nuestra vida diaria. Lo que sí sé es que todos compareceremos ante el trono del juicio de Cristo y daremos cuenta de las obras hechas en el cuerpo, sean buenas o malas. Y permítanme recordarles, pueblo cristiano, que eso es cierto para ustedes y para mí. Cada uno de nosotros que es cristiano, tendrá que comparecer ante ese trono y rendir cuentas. Pero ahora, vean el significado de la doctrina de la resurrección… Un hombre que se da cuenta cada día de su vida que tiene que presentarse ante Cristo y rendir cuentas, es un hombre que muy pronto va a prestar atención a la manera en que está viviendo.
Todos compareceremos ante Él y, no sólo eso, sino que leemos en 1 Juan 3:2 que “le veremos tal como él es”. ¡Qué tremendo pensamiento es ese! Aquí en la tierra, hemos pasado nuestro tiempo leyendo sobre Él, pensando y meditando acerca de Él, pero entonces, lo veremos tal como Él es. “Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara” (1 Co. 13:12). ¿Te das cuenta de eso? Es la resurrección la que te dice eso —su Resurrección, tu resurrección—. Además, la siguiente frase en 1 Juan 3:2, nos dice que seremos semejantes a Él. Pablo dice aquí en 1 Corintios 15:53 que seremos incorruptibles: “Es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción” y, en Filipenses 3:21, nos dice que el Señor regresará y que Él “transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas”. Mi propio cuerpo será transformado; seré incorruptible; seré glorificado; seré semejante a Él, incluso, en mi cuerpo. ¡Qué pensamiento tan asombroso!
Y más allá de todo eso, estas Escrituras nos dicen que pasaremos nuestra eternidad en su gloriosa presencia. Estaremos con Él —con Dios, con Cristo, con el Espíritu Santo— con los espíritus de los justos perfeccionados, con los santos ángeles. Porque resucitaremos, seguiremos adelante y pasaremos nuestra eternidad en esa gloria indescriptible. Eso es lo que la Escritura nos dice que es el significado y el sentido de esta doctrina de la resurrección.
¿Qué concluyo entonces, de todo esto? ¿Cuáles son las deducciones que, inevitablemente, debemos sacar de todo esto sí realmente lo creemos? Pues la primera, seguramente, es que si eso es cierto, entonces, no debemos tener nada que ver con este mundo condenado. Si realmente creo que este mundo es malo y que pertenece a Satanás, debo creer al Apóstol cuando dice que Cristo debe reinar hasta que haya puesto a todos sus enemigos bajo sus pies. “Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia” (1 Co. 15:24). El mensaje del Nuevo Testamento es que el mundo está controlado por el diablo y por el infierno. La mundanalidad es mala —los deseos de la carne y los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida—. Todo es maldad; todo está bajo condenación. Va a ser destruido, total y completamente. Si creemos todo esto, ¿todavía podemos desearlo? ¿Todavía lo queremos? ¿Consideramos como estrecho el Evangelio que nos dice que le demos la espalda a todo eso? ¿Qué interés podemos tener en él?…
Mi [siguiente] deducción es que… nunca debemos desanimarnos. Oh, voy a ir más allá —no tenemos derecho a desanimarnos—. Es un pecado estar desanimado. Un cristiano desanimado es una contradicción en términos; está negando a su Señor. No debemos desanimarnos porque no estamos abandonados a nosotros mismos. Él está allí, sentado a la derecha de Dios. Él está reinando y ha dicho: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt. 28:18). ¿No sabéis, dice Pablo, escribiendo a los Efesios, el poder que obra en vosotros? Es “la grandeza de su poder… la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos” (Ef. 1:19-20). No tienes derecho a desanimarte. Él, invisible, todavía está con nosotros, llevando a cabo sus propósitos, formando su reino, reuniendo a sus elegidos, obrando todo para ese fin último. No estamos abandonados a nosotros mismos.
Luego está esta gran palabra con la que Pablo termina 1 Corintios 15: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”. No puede ser [desanimarse] a la luz de este último hecho. No importa mucho lo que los hombres puedan decir de ti; es lo que el Señor piensa lo que importa. Los hombres pueden reírse de ti, pueden burlarse de ti; pueden desestimarte, pueden olvidarse de ti y, por supuesto, si estás pensando en términos de tiempo, eso es muy grave. Si sólo estás pensando en este mundo, entonces cuanto mayor sea el elogio que recibas de los hombres, mejor para ti. Pero nuestro Señor dijo sobre gente así: “De cierto os digo que ya tienen su recompensa” (Mt. 6:2). Es la única recompensa que van a obtener —la alabanza de los hombres en este mundo pasajero y temporal—. Más si sabes que eres un hijo de Dios y que vas a estar ante Él y verlo cara a cara, lo único que va a contar contigo es lo que Él piensa, no lo que piense nadie más. No te desanimes.
Entonces saco esta cuarta deducción: Que el mundo no puede separarme de Él y de su amor. “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:38-39). Me he desesperado de mí mismo mil veces y mi única esperanza en esos momentos es que, aunque no pueda ver nada en mí mismo, Él me ha amado, ha muerto por mí y nunca me abandonará. Estoy seguro de ello.
Pero también saco esta deducción: Si todo esto es cierto —y lo es—, entonces no tengo tiempo que perder ni tiempo de sobra. Lo veré tal como Él es. Seré como Él. Estaré ante su trono de juicio. ¿Tengo tiempo que perder en estos días y en este mundo? Los días y las semanas, los meses y los años se me escapan entre los dedos. Estaré muerto antes de saber dónde estoy. No tengo ni un momento que perder. Si creo que voy a ir allí, ya es hora de que empiece a prepararme… Si, por tanto, vas a enfrentarte al Rey de reyes y al Señor de señores y a tener una audiencia con Él, ¿tienes un segundo que perder? “Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:3). Si no quieres sentirte avergonzado de ti mismo y sentir que eres un canalla cuando estés de pie y mires su bendito y santo rostro, y veas las marcas de los clavos y la herida en su costado, la cual sufrió por ti, entonces prepárate para verlo, prepárate para encontrarte con Él.
Entonces, por sobre todas las cosas, detengámonos en la gloria de todo ello. Aquí, todavía estamos en este mundo pecador, y hay tantos desalientos, y la gente puede malinterpretarnos, y las cosas parecen ir en contra nuestra. Amigos míos, no se fijen en ellas. “No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Co. 4:18). ¡Oh, que el Espíritu Santo nos abra los ojos! Si pudiéramos ver algo de ellas: “Las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co. 2:9). ¡La visión de Dios! ¡Estar con Cristo! La inefable3 pureza y santidad de todo ello: ¡El gozo y el canto y la gloria! Sin suspiros, sin penas, sin lágrimas, todo eso será dejado atrás. La gloria y la felicidad y el gozo y la paz perfectos, sin mezcla, sin disolución4 —la resurrección nos dice que, si pertenecemos a Cristo, vamos hacia eso—…
Pero luego, para coronarlo todo, en el último versículo de este decimoquinto capítulo, Pablo usa la palabra así que. Ese es el argumento; ves la lógica —no puedes escapar de ella—. No es sólo un lenguaje hermoso. Ustedes han oído a la gente deleitarse en un servicio hermoso y decir: “¡Qué maravilloso, qué hermoso, qué perfecto —el equilibrio y la cadencia y el ritmo de las palabras—!”. Pero eso no es lo que el Apóstol quiere que sientas. Quiere que digas esto: “Así que” —“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes”—. Que digan lo que quieran de ti. Mantente en tu doctrina como un hombre, constante. Es la doctrina de Dios; es eterna. Mantente firme, constante, “creciendo en la obra del Señor siempre”. En tu vida personal y en tu forma de vivir, en tu vida en la Iglesia y en tu servicio a Él, en tu evidencia personal y en tu testimonio, en toda tu vida: “¡Creciendo!”, “sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”. La doctrina de la resurrección —¡qué estímulo para nuestra santificación!—.
Que nada se interponga entre nosotros y toda esta poderosa verdad que hemos estado considerando juntos. Esto es vital. Esto es vida. Esto es todo.
Tomado de La Doctrina de la Resurrección (The Doctrine of the Resurrection) en La seguridad de nuestra Salvación: Explorando la profundidad de la oración de Jesús por los suyos: Estudios en Juan 17 (The Assurance of Our Salvation: Exploring the Depth of Jesus’ Prayer for His Own: Studies in John 17). (Wheaton, IL: Crossway Books, 2000), 486-502. Usado con permiso.
David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Autor y predicador expositivo galés, nacido en Cardiff, Gales, Reino Unido.