La evidencia de la resurrección de Cristo

William S. Plumer (1802-1880)

La humillación de Cristo se completó con su muerte y sepultura, y su exaltación comenzó con su resurrección de entre los muertos. Ésta es una gran verdad cardinal en el sistema cristiano. A menudo, se ha demostrado que es así. Es así por la confesión de todos los cristianos y de los mismos apóstoles. Pablo dice: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe… y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres” (1 Co. 15:14, 17-19). Es evidente que esta doctrina es fundamental. Debe predicarse a menudo y no ceder nunca. Éste es “el hecho cardinal del cristianismo, sin el cual, todos los demás hechos pierden su importancia”1.

Los judíos, los cristianos y los infieles2 están de acuerdo en que Cristo estuvo muerto y sepultado. Por un tiempo, su cuerpo estuvo sin vida. Cualquier consideración decente de la verdad, debe admitir esto. No hay duda de su muerte. Él lo admitió más de cincuenta años después: “Yo soy… el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos” (Ap. 1:17-18).

También está claro que la profecía exigía que Cristo resucitara de entre los muertos. “Mi carne también reposará confiadamente; porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción” (Sal. 16:9-10). Es cierto que esto no se aplica a los ángeles porque los ángeles son espíritus puros y no tienen carne. Ellos nunca mueren. Es cierto que no se refiere a un simple hombre porque la persona de la que se habla aquí, es llamada el Santo de Dios y todos los simples hombres son pecadores. Que no se aplica a David, quien escribió el salmo en el que se encuentra, lo demostró Pedro en el Día de Pentecostés: “Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy” (Hch. 2:29). Sabemos que ha visto corrupción, puesto que ha permanecido en la tumba durante siglos. Pero, continúa Pedro, David “siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción” (Hch. 2:30-31). Jesús predijo su propia resurrección: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré… más él hablaba del templo de su cuerpo” (Jn. 2:19, 21).

En la resurrección de Cristo hubo una concurrencia3 de… personas divinas. Pedro dice: “A éste levantó Dios al tercer día” (Hch. 10:40). Pablo también dice: “Dios el Padre, que lo resucitó de los muertos…” (Gá. 1:1). Pero esta obra no se atribuye sólo al Padre. La naturaleza divina de Cristo actuó para vivificar su propio cuerpo muerto. Él dijo de su propio cuerpo: “…lo levantaré” (Jn. 2:19). Y de su vida, “tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar” (Jn. 10:18). El Hijo de Dios participó en la resurrección de su propio cuerpo…

Pedro dice que Cristo resucitó al tercer día (Hch. 10:40). Al calcular el tiempo, tanto los hebreos como los griegos contaban, con frecuencia, la parte de un día en la que una cosa comenzaba como un día y la parte de un día en la que terminaba como otro día, y, añadiendo estos al día o días intermedios, daba el total. Así, entre los hebreos, el día en que un niño nacía se fijaba como un día y el día en que era llevado a ser circuncidado, se fijaba como otro día, y sólo mediaban seis días enteros entre su nacimiento y la circuncisión, y así ocurría, frecuentemente, que un niño no tenía siete veces veinticuatro horas cuando era circuncidado y, sin embargo, la Ley exigía que esa señal y sello se pusiera en el niño al octavo día. Las antigüedades griegas muestran que el mismo modo de contar se utilizaba, a menudo, en Europa oriental. En otras ocasiones, los hebreos contaban sólo los días completos (cf. Lc. 9:28; Mr. 9:2). Por lo tanto, se puede utilizar cualquiera de los dos modos. Los Evangelios afirman que Cristo fue sepultado la tarde del día anterior al Sabbat judío y que resucitó, muy temprano, al día siguiente del Sabbat judío… Jesús resucitó al tercer día; ésta era el tiempo fijado por sus propias profecías…

El cuerpo resucitado de Cristo era un cuerpo real y no, meramente, la apariencia de un cuerpo. Hubo dudas en las mentes de sus seguidores, sobre este punto. Una vez, cuando Él se puso en medio de ellos, fueron “atemorizados, pensaban que veían espíritu” (Lc. 24:37). Para zanjar este punto, dijo: “Palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lc. 24:39). Tanto la vista como el tacto, les informaron que no era ninguna ilusión.

Jesucristo tenía el mismo cuerpo después de su resurrección que el que tenía antes. El sepulcro fue abierto y el cuerpo sagrado que contenía, resucitó. Después de su resurrección, nuestro Señor dijo a sus discípulos: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy” (Lc. 24:39). Al incrédulo Tomás, le dijo: “Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente” (Jn. 20:27). El cuerpo resucitado de Cristo era el mismo que su cuerpo muerto y sepultado.

Alguien se pregunta: ¿Por qué los seguidores de Cristo no lo reconocieron inmediatamente? Por lo menos en un caso, “los ojos de ellos estaban velados4 para que no le conociesen” (Lc. 24:16) hasta que, al razonar con ellos a partir de las Escrituras, les convenció de que Él “debía” haber padecido estas cosas para luego entrar en su gloria. Y, aunque Cristo claramente había predicho su propia muerte, sepultura y resurrección, sin embargo, por el extraño poder de la incredulidad, sus discípulos no entendieron ni recibieron esas verdades. Este error no fue removido por completo de sus mentes hasta cerca del momento de su ascensión. Cuando estuvo muerto, lo mejor que pudieron traer a sus sentimientos para decir, fue: “Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel” (Lc. 24:21). Además, en una mente muy afligida, hay una extraña falta de voluntad, que llega casi a la incapacidad, para creer en las buenas nuevas. Considera que cualquier buena noticia es demasiado buena para ser creída. Lucas nos dice que éste era el estado de la mente de los seguidores de Cristo: “…de gozo, no lo creían, y estaban maravillados” (Lc. 24:41). Se puede demostrar fácilmente que tal estado de ánimo no es inusual.

Examinemos ahora la evidencia por la cual se establece el hecho de la resurrección de Cristo. Pedro dice: “A este levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase; no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos” (Hch. 10:40-41). Es digno de notar que para los discípulos había dos testigos celestiales de la resurrección de Cristo. Lucas, en efecto, habla de ellos como “dos varones… con vestiduras resplandecientes” (Lc. 24:4); pero Juan dice expresamente que eran “dos ángeles con vestiduras blancas” (Jn. 20:12). Estos hijos mayores de Dios fueron los primeros y fueron testigos idóneos del maravilloso acontecimiento.

Con respecto a los testigos de la resurrección de Cristo, se pueden afirmar varias cosas:

  1. Su número era grande —entre quinientos y seiscientos—. Desde los días de Moisés hasta nuestros días, las naciones más iluminadas han admitido como suficiente el testimonio de dos o tres hombres. Aquí tenemos doscientas o trescientas veces el número de testigos necesarios para probar, incluso, que una madre mató a su propio hijo. Quinientos o seiscientos testigos equivalen a cinco o seis mil. El número es suficiente.

  2. Los testigos eran idóneos. Tenían el uso de todos sus sentidos y tenían las mejores oportunidades de obtener información correcta. Pedro dice de los testigos que “comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos” (Hch. 10:41). En Hechos 1:3, Lucas dice que “se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles [a los apóstoles] durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios”. De modo que los testigos dicen sin temor: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida… eso os anunciamos” (1 Jn. 1:1, 3).

En la Escritura se mencionan once casos particulares en los cuales nuestro Señor fue visto por algunos o todos estos testigos. Su primera aparición fue a María Magdalena, quien al principio, lo confundió con el hortelano y a quien anunció su pronta ascensión al cielo (Mr. 16:9; Jn. 20:14-17). La segunda aparición de Cristo fue a María Magdalena, Juana, María la madre de Jacobo y otras mujeres, quienes habían preparado especias aromáticas para embalsamar su sagrado cuerpo (Mt. 28:1-10; Lc. 24:1-12). Su tercera aparición fue a los dos discípulos cuando iban camino de Emaús (Mr. 16:12-13; Lc. 24:13-35). Después, fue visto por Pedro (1 Co. 15:5). A continuación, lo vio Jacobo (1 Co. 15:7). Luego, fue visto por los diez apóstoles, estando Tomás ausente (Jn. 20:19-24). Ocho días después, fue visto por los once apóstoles (Jn. 20:26-29). Luego fue visto por sus discípulos en el mar de Tiberias. En esa ocasión, estaban presentes siete apóstoles (Jn. 21:1-14). También fue visto en una ocasión por más de quinientos hermanos (1 Co. 15:6). Tal vez, fue en esta ocasión cuando ascendió al cielo a la vista de los hombres de Galilea. También Pablo, de camino a Damasco, quizás unos dos años después, lo vio en su cuerpo resucitado y conversó con Él. En estas entrevistas con sus discípulos, ellos tuvieron todas las oportunidades de certificar que era verdaderamente el Salvador resucitado. No hay razón para creer que los evangelistas nos han contado todos los casos en los que Cristo estuvo con sus amigos. Tanto Juan como Lucas, nos llevarían a esta conclusión (Jn. 20:30; Hch. 1:3). Cristo conversó con ellos. Las mujeres piadosas abrazaron sus pies y le adoraban. Estos testigos lo vieron caminar; escucharon sus argumentos y sus reprensiones; vieron sus heridas; recibieron tanto su mandato de difundir su evangelio como su bendición. Los mismos incrédulos nunca han impugnado5 la idoneidad de los testigos. Su testimonio no se basó en rumores, sobre el informe de otros, sino sobre lo que fue sometido a sus propios sentidos y observaciones.

  1. El testimonio de estos testigos concuerda. Algunos mencionan cosas que otros no vieron ni oyeron; pero todos están de acuerdo en que resucitó de entre los muertos y en que lo vieron en su cuerpo resucitado. No hay contradicción6 entre los testigos. Están de acuerdo en todas las cosas de las que hablan. Los primeros incrédulos se esforzaron por encontrar alguna contradicción en su testimonio, pero sus esfuerzos fueron una combinación singular de ignorancia y malicia.

  2. Los testigos, con vidas de humildad, benevolencia, rectitud y abnegación, demostraron que eran hombres buenos y que se podía confiar en su palabra. Existe una creencia casi universal de que los apóstoles eran hombres piadosos y temerosos de ofender a Dios, lo que habrían hecho, fabricando una falsedad. Ni pensar siquiera que, alguno de ellos, amasara fortunas sosteniendo que Jesús había resucitado. Vivieron y murieron como hombres pobres. El más sublime7 de los apóstoles fue, voluntariamente, un fabricante de tiendas. Jesús advirtió a todos sus seguidores que la fidelidad a Él era el camino a la pobreza. Estos testigos también fueron desterrados, apedreados, muertos a espada y crucificados. Fueron odiados por todos los hombres; la ignominia8 se abatió sobre ellos. Previeron que así sería y no se vieron decepcionados. No buscaban la fama, la comodidad o el placer. Tuvieron por gozo sufrir el vituperio9 por causa de Cristo. Aceptaron con entereza el fuego y la espada de la persecución. “No había motivos para corromperlos… Es evidente que nada de lo deseable en este mundo tenía la menor influencia sobre los apóstoles. No, al contrario, todo lo que era terrible para la naturaleza, los desanimaba. Sufrieron todos los males temporales, incluso la muerte misma, por este testimonio”10. Los enemigos de la religión cristiana, comúnmente, admiten todo esto. La manera de debilitar este testimonio es mediante insinuaciones como éstas:

  3. Los testigos eran hombres iletrados y sin sabiduría. Suponiendo que esto fuera cierto, no probaría que no fueran testigos confiables. La ciencia y la literatura no califican a los hombres para decir la verdad con respecto a un hecho que ocurre en sus caras. Pero hombres que podían hablar todos los idiomas de su época, no deberían ser despreciados por su supuesta ignorancia. Y los hombres que han revolucionado los sentimientos morales de la humanidad, deben haber tenido algo mejor que la mera ciencia. Tales hombres estaban capacitados para ser testigos.

  4. Algunos han dicho que los apóstoles eran crédulos11 y por eso no eran dignos de confianza. Pero toda la historia muestra que no eran crédulos. Marcos dice que “no lo creyeron” (Mr. 16:11). De nuevo, en la siguiente declaración del hecho, dice: “Ni aun a ellos creyeron” (Mr. 16:13). De nuevo: “Se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado” (Mr. 16:14). En efecto, Cristo reprendió, a menudo, su lentitud para creer en este punto. Toda la historia muestra que no eran crédulos. Nótese aquí la injusticia de estos incrédulos. Cuando declaramos cuán lentos fueron los seguidores de Cristo para creer en su resurrección, algunos dicen: “¿Por qué dudaron, si la evidencia era buena y suficiente?”. Luego, cuando damos las razones de su vacilación y mostramos que, finalmente, la evidencia era completa y satisfactoria para todos, se nos dice que creyeron sólo porque eran fáciles para creer. Cada una de estas afirmaciones destruye la otra. Ninguna de las dos es cierta.

  5. Pero algunos han dicho que los testigos en este caso y, especialmente los apóstoles, eran fanáticos12 y, por lo tanto, no se les podía creer. Se admite libremente que una acusación bien establecida de fanatismo debe menoscabar la confianza en cualquier testimonio; pero ¿quién ha aportado la más mínima prueba de la veracidad de tal acusación en este caso? No es una prueba de evidencia desmedida creer una cosa extraordinaria, pero posible cuando se nos demuestra. No es evidencia de fanatismo decir que somos testigos de lo que creemos. El fanatismo se basa en impulsos e impresiones inexplicables. No tiene en cuenta la evidencia. Pero los apóstoles apelaron a hechos bien conocidos. Dijeron: “Pues el rey sabe estas cosas… pues no se ha hecho nada de esto en algún rincón” (Hch. 26:26). “Lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos” (Jn. 3:11). Éste no es lenguaje de locos. Los fanáticos son orgullosos, jactanciosos y arrogantes. Toda la historia muestra que los apóstoles eran hombres humildes, mansos y modestos. Evitaban toda alusión13 innecesaria a sí mismos. Registraban sus propias imperfecciones. No se alababan a sí mismos. El más importante de ellos dice: “No soy digno de ser llamado apóstol” (1 Co. 15:9); que era “el más pequeño de todos los santos” (Ef. 3:8); sí, que era “el primero” de los pecadores (1 Ti. 1:15). Los fanáticos nunca podrían haber presentado un sistema que pretendiera ser divino y que estuviera acompañado de tales evidencias como para engañar a hombres como Milton, Locke, Boyle, Bacon y Newton, [así como] a una gran parte de las naciones más ilustradas de la tierra durante los últimos mil ochocientos años.

Pero es digno de mención que, al principio, los judíos, generalmente, negaban la resurrección de Cristo. Decían que mientras los soldados dormían, sus discípulos robaron su cuerpo. Esta historia no puede ser cierta por las siguientes razones:

  1. La guardia en el sepulcro era, inusualmente, grande; tan grande como los enemigos de Cristo deseaban que fuera (Mt. 27:65-66).

  2. Es totalmente increíble que la guardia, la gran guardia de soldados romanos, estuviera durmiendo en sus puestos. La estación del año, al menos durante la noche, era fresca. La pena por dormirse en la guardia era la muerte.

  3. El cuerpo muerto de nuestro Salvador no pudo haber hecho nada para producir la creencia de que Él estaba vivo.

  4. Durante las horas que Cristo permaneció en el sepulcro, sus discípulos se dedicaron a llorar y lamentarse (Mr. 16:10). Es increíble que esta compañía de seguidores de Jesucristo desarmados, desanimados y desconsolados, haya trazado y ejecutado un plan para rescatar el precioso cuerpo de su Señor, de manos de un [ejército] entrenado y armado.

  5. El testimonio de estos soldados, tal y como se dio al final, fue totalmente incompetente; pues se refería a un hecho que, según ellos, ocurrió cuando estaban dormidos.

  6. Su testimonio, tal como lo expusieron por primera vez, fue completo y satisfactorio a favor de la resurrección de nuestro Señor. De las dos historias que relataron, estamos en plena libertad, sí, estamos obligados, a creer la que contaron sin “mucho dinero” de por medio.

Si Jesucristo no era el Hijo de Dios y no resucitó de entre los muertos, entonces era un gran engañador. Sin embargo, sus seguidores, en ese caso, tan cruelmente engañados, estaban dispuestos a dar la vida por Él. ¿No es eso muy extraño?

Si Jesucristo no resucitó, entonces unos pocos hombres que nunca tuvieron ni reclamaron ningún poder político, ninguna fortuna, ningún favor con los gobernantes civiles, fueron capaces de convencer a cientos de miles de griegos, romanos y hebreos de que Uno que sufrió como un malhechor14, era el Salvador de los hombres, todo ello, a pesar de la evidencia de lo contrario.

Si Jesucristo no resucitó, entonces debemos creer que millones han “sufrido locamente encarcelamientos, torturas y crucifixiones, por difundir una ilusión”15.

Si Jesucristo no resucitó, entonces es cierto que “se hicieron diez mil milagros a favor de la falsedad”16.

Todos admiten que Cristo murió. Sin embargo, “su muerte es una maravilla incomparablemente mayor que su resurrección”17. Seguramente, es menos de esperar que “el Hijo de Dios, Quien originalmente poseía la inmortalidad, muera, a que el cuerpo humano unido a Él, fuera resucitado a una vida gloriosa”18. “Era imposible” que Él hubiera sido retenido por la muerte (Hch. 2:24). Su eterno poder y divinidad lo prohibían. La justicia divina exigía su resurrección para que su inocencia fuera vindicada.

Muchas verdades importantes, esenciales para la tranquilidad de una vida cristiana, son sugeridas y confirmadas por esta exposición:

  1. La resurrección de Jesucristo demuestra, indiscutiblemente, que en nada fue Jesús un impostor.

  2. La resurrección de Cristo manifiesta, claramente, su [deidad] y su condición de Hijo de Dios. Si se levantó a Sí mismo de entre los muertos, Él debe haber sido divino. Si Él afirmó ser igual a Dios, y el Padre y el Espíritu cooperaron en su resurrección, entonces Él era igual a Dios porque Dios no obraría un milagro para establecer una mentira. Pablo dice, expresamente, “que fue declarado Hijo de Dios con poder”, es decir, de manera poderosa, “por la resurrección de entre los muertos” (Ro. 1:4).

  3. La resurrección de Cristo dio amplia prueba de la plenitud de su satisfacción a la Ley y a la justicia de Dios. Así lo argumenta Pablo: “El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Ro. 4:25). “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Ro. 8:34). Pablo dice que “el Dios de paz… resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo” (He. 13:20). Él era el Dios de paz porque su justicia había sido plenamente satisfecha. “Su muerte apaciguó a Dios, su resurrección asegura a los hombres… La justicia indignada, lo expuso a la muerte; y la justicia apaciguada, lo liberó de la muerte”19.

  4. Si Cristo resucitó de entre los muertos, también lo hará su pueblo. “Ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho” (1 Co. 15:20). Él es “el primogénito de entre los muertos”. “Si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él” (1 Ts. 4:14). “La victoria de nuestro Salvador sobre la muerte se obtuvo al morir, su triunfo al resucitar. Él derrotó a nuestro enemigo común en su propio territorio, la tumba”20. Seremos resucitados a semejanza de su resurrección (Ro. 6:5). Nuestros viles cuerpos serán transformados a semejanza de su cuerpo glorioso (Fil. 3:21).

  5. Si queremos conocer la plenitud de las bendiciones de la vida eterna en el más allá, debemos conocer el poder de la resurrección de Cristo aquí (Fil. 3:10). Uno de los mejores sermones de Whitefield es sobre este tema.

  6. Del hecho y la doctrina de la resurrección de Cristo, dependen todas nuestras esperanzas para la eternidad. Así lo enseñaron los apóstoles (1 P. 1:3-4). Aquí no hay lugar para la duda. No podemos ceder en este punto sin entregar todo aquello por lo que vale la pena luchar.

  7. Qué maravillosa es la providencia de Dios, que permitió que la muerte viniera por el hombre y que dispuso que por el hombre, viniera también la resurrección de los muertos (1 Co. 15:21).

  8. La Biblia es veraz. El cristianismo es divino21. Su autor fue el Hijo de Dios. Se requiere obediencia a Él y es muy razonable. ¿Creerás y obedecerás al Hijo de Dios?

Tomado de La resurrección de Cristo (Christ’s Resurrection) en Roca de nuestra salvación (Rock of Our Salvation). Sprinkle Publications.


William S. Plumer (1802-1880): Ministro presbiteriano y autor estadounidense; nacido en Greensburg, Pensilvania, Estados Unidos.

Footnotes

  1. John M. Mason (1770-1829), Lamentación cristiana (Christian Mourning). (NY: Whiting and Watson, 1814), 6.

  2. Infieles – Ateos y otros que niegan la autoridad de Cristo y su Palabra.

  3. Concurrencia – Cooperación en un propósito o en un trabajo.

  4. Velados – Restringidos, retenidos.

  5. Impugnado – Cuestionado la verdad, la validez o la corrección de; poner en duda.

  6. Contradicción – Oposición o inconsistencia entre dos o más cosas.

  7. Sublime – Que sobresale por encima de los demás por su carácter noble.

  8. Ignominia – Vergüenza pública; deshonor.

  9. Vituperio – Oprobio, rechazo, descrédito, desprecio.

  10. William Bates (1625-1699), La fe cristiana probada por la razón (The Christian Faith Proved by Reason) en Las obras completas del reverendo William Bates (The Whole Works of the Rev. William Bates), Vol. 1 (Harrisonburg, VA: Sprinkle Publications, rpt., 1990), 138-139.

  11. Crédulo – Demasiado dispuesto a creer cosas y, por tanto, fácil de engañar; ingenuo.

  12. Fanáticos – Personas con opiniones extremas o nociones increíbles y extravagantes sobre religión o política.

  13. Alusión – Referencia indirecta.

  14. Malhechor – Criminal.

  15. James Saurin (1677-1730), La resurrección de Jesucristo (The Resurrection of Jesus Christ), en Los Sermones del reverendo James Saurin (The Sermons of the Rev. James Saurin), (Nueva York: Harper & Brothers, 1846), 191.

  16. Ibíd.

  17. William Bates, Sobre la muerte (On Death) en Las obras completas del reverendo William Bates (The Whole Works of the Rev. William Bates), Vol. 3 (Harrisonburg, VA: Sprinkle Publications, rpt., 1990), 268.

  18. Ibíd.

  19. Bates, 374.

  20. Bates, 268.

  21. Divino – Dado o procedente de Dios.