El hecho de la resurrección de Cristo
J. C. Ryle (1816-1900)
“No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:6).
La resurrección de Cristo es una de las grandes piedras angulares de la religión cristiana… [Lc. 24:1-12] dirige nuestra mente a la evidencia de la resurrección. Contiene una prueba irrefutable de que Jesús no sólo murió, sino que resucitó.
Vemos, en los versículos que tenemos ante nosotros, la realidad de la resurrección de Cristo. Leemos que “el primer día de la semana” (24:1), algunas mujeres fueron al sepulcro en el que se había puesto el cuerpo de Jesús para ungirlo. Pero cuando llegaron al lugar, “hallaron removida la piedra del sepulcro; y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús” (24:2-3).
Este simple hecho es el punto de partida de la historia de la resurrección de Cristo. El viernes por la mañana1, su cuerpo estaba a salvo en la tumba. El domingo por la mañana, su cuerpo había desaparecido. ¿A manos de quién había sido retirado? ¿Quién lo había removido? ¡Seguramente, no los sacerdotes ni los escribas ni otros enemigos de Cristo! Si hubieran tenido el cuerpo de Cristo para refutar su resurrección, lo habrían mostrado con gusto. ¡No los apóstoles ni otros discípulos de nuestro Señor! Estaban demasiado asustados y desanimados para intentar tal acción y, más aún, cuando no tenían nada que ganar con ello. Una explicación —y sólo una— puede responder a las circunstancias del caso. Esa explicación es la que dan los ángeles en el versículo que tenemos ante nosotros (24:6): Cristo había resucitado de la tumba. Buscarlo en el sepulcro era buscar “entre los muertos al que vive” (24:5). Había resucitado, y pronto fue visto en su cuerpo vivo y conversando por muchos testigos confiables.
El hecho de la resurrección de nuestro Señor se basa en una evidencia que ningún incrédulo puede jamás explicar. Está confirmada por testimonios de todo tipo, clase y descripción. La historia clara y sin tapujos que cuentan los escritores de los Evangelios es una historia que no puede ser derribada. Cuanto más se examine el relato dado por ellos, más inexplicable parecerá el hecho, a menos que lo aceptemos como verdadero. Si decidimos negar la verdad de su relato, podemos negar todo en el mundo. No es tan cierto que Julio César viviera una vez, como lo es que Cristo resucitó.
Aferrémonos firmemente a la resurrección de Cristo como uno de los pilares del Evangelio. Esto debería producir en nuestras mentes, una firme convicción de la verdad del cristianismo. Nuestra fe no depende, simplemente, de un conjunto de textos y doctrinas. Ésta está fundada en un hecho poderoso que el escéptico nunca ha podido derribar. Esto debe asegurarnos la certeza de la resurrección de nuestros propios cuerpos después de la muerte. Si nuestro Maestro se ha levantado de la tumba, necesitamos no dudar de que sus discípulos se levantarán en el último día. Por encima de todo, esto debería llenar nuestros corazones con un sentido gozoso de la plenitud de la salvación del Evangelio: “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió, más aún, el que también resucitó” (Ro. 8:34). Ha ido a prisión por nosotros y ha salido triunfante después de expiar nuestros pecados. El pago que hizo por nosotros ha sido aceptado. La obra de satisfacción, ha sido perfectamente cumplida. No es de extrañar que san Pedro exclame: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1 P. 1:3).
Vemos, en segundo lugar, en los versículos que tenemos ante nosotros, lo embotada que estaba la memoria de los discípulos sobre algunos de los dichos de nuestro Señor. Se nos dice que los ángeles que se aparecieron a las mujeres, les recordaron las palabras de su Maestro en Galilea, prediciendo su propia crucifixión y resurrección. Y luego leemos que “ellas se acordaron de sus palabras”. Las habían escuchado, pero no hicieron uso de ellas. Ahora, después de muchos días, las recuerdan. Este embotamiento de la memoria es una enfermedad espiritual común entre los creyentes. Prevalece tan ampliamente ahora como en los días de los primeros discípulos. Es una entre muchas pruebas de nuestra condición caída y corrupta. Aun después de que los hombres han sido renovados por el Espíritu Santo, su disposición a olvidar las promesas y los preceptos del Evangelio, los mete continuamente en problemas. Escuchan muchas cosas que deberían guardar en sus corazones, pero parecen olvidarlas tan rápido como las escuchan. Y luego, tal vez después de muchos días, la aflicción las trae a su memoria y, de inmediato, ¡les pasa por la mente que las escucharon hace mucho tiempo!…
El verdadero remedio para una memoria embotada en la religión es procurar un amor más profundo hacia Cristo y afectos más completamente puestos en las cosas de arriba. No olvidamos fácilmente las cosas que amamos y los objetos que mantenemos continuamente bajo nuestros ojos… Cuanto más se ocupen nuestros afectos en el servicio de Cristo, más fácil nos resultará recordar sus palabras. Las palabras del Apóstol deben ser meditadas cuidadosamente: “Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos” (He. 2:1).
Vemos, por último, que tardos para creer fueron los primeros discípulos en el tema de la resurrección de Cristo. Leemos que cuando las mujeres volvieron del sepulcro y contaron a los once apóstoles las cosas que habían oído de los ángeles, “… a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían” (Lc. 24:11). A pesar de las más claras declaraciones de los propios labios de su Maestro de que Él resucitaría al tercer día, a pesar de los diferentes testimonios de cinco o seis testigos confiables de que el sepulcro estaba vacío y que los ángeles se los habían dicho. ¡Él había resucitado, a pesar de la imposibilidad manifiesta de explicar la tumba vacía en cualquier otra suposición que no fuera la de una resurrección milagrosa —a pesar de todo esto, estos once faltos de fe no querían creer!— Tal vez nos asombre su incredulidad. Sin duda, a primera vista parece de lo más insensato, de lo más irrazonable, de lo más provocador, de lo más inexplicable. Pero, ¿no haremos bien en mirar en casa? ¿No vemos a nuestro alrededor, en las iglesias cristianas, una masa de incredulidad mucho más irracional y mucho más censurable que la de los apóstoles? ¿No vemos, después de dieciocho siglos de pruebas adicionales de que Cristo ha resucitado de entre los muertos, una [falta] general de fe que es verdaderamente deplorable? ¿No vemos miríadas de cristianos profesantes que parecen no creer que Jesús murió, resucitó y viene a juzgar al mundo? Estas son preguntas dolorosas. La fe fuerte es, en efecto, una cosa rara. No es de extrañar que nuestro Señor dijera: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc. 18:8).
Finalmente, admiremos la sabiduría de Dios, que puede sacar un gran bien de un mal aparente. La incredulidad de los apóstoles es una de las evidencias indirectas más fuertes de que Jesús resucitó de entre los muertos. Si los discípulos eran, al principio, tan reacios a creer en la resurrección de nuestro Señor, al final, estaban tan completamente convencidos de su verdad que la predicaron por todas partes, Cristo debe haber resucitado de verdad. Los primeros predicadores fueron hombres convencidos, a pesar de ellos mismos y, a pesar de la decidida y obstinada renuencia a creer. Si los apóstoles, finalmente creyeron, la resurrección debe ser cierta.
De Pensamientos expositivos sobre Lucas (Expository Thoughts on Luke), Vol. 2.
J. C. Ryle (1816-1900): Obispo anglicano y autor inglés; nacido en Macclesfield, condado de Cheshire, Reino Unido.
Footnotes
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Nota del editor – Somos conscientes de que los evangélicos no se ponen de acuerdo en la cronología de la semana de la crucifixión y en el momento en que Cristo fue sepultado. ↩