“Ha resucitado el Señor verdaderamente”

Charles H. Spurgeon (1834-1892)

“Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio” (2 Timoteo 2:8).

Nuestra salvación depende de la encarnación1, vida, muerte y resurrección de Jesús. El que cree correctamente en estas verdades, ha creído en el Evangelio2; y, creyendo en el Evangelio, encontrará, sin duda, salvación eterna en él.

Pero los hombres quieren novedades. No pueden soportar que la trompeta emita siempre, el mismo sonido. Anhelan alguna fantasía3 fresca cada día. “El evangelio con variaciones” es la música para ellos. “El intelecto es progresivo”, dicen. Deben, por tanto, marchar más allá que sus antepasados. Una deidad encarnada, una vida santa, una muerte expiatoria y una resurrección literal —habiendo escuchado estas cosas durante casi diecinueve siglos— están un poco rancias y la mente cultivada tiene hambre de un cambio del anticuado maná.

Aun en la época de Pablo, esta tendencia era manifiesta. Así que trataron de considerar los hechos como misterios o parábolas, y se esforzaron por encontrar un significado espiritual en ellos hasta que llegaron a negarlos como hechos reales. Buscando un significado oculto, pasaron por alto el hecho mismo, perdiendo la sustancia en una necia preferencia por la sombra. Mientras Dios ponía ante ellos acontecimientos gloriosos que llenaban el cielo de asombro, ellos mostraron su necia sabiduría, aceptando los simples hechos históricos como mitos que debían ser interpretados o enigmas que debían ser resueltos. El que creía como un niño pequeño fue apartado como un tonto para que el disputador y el escriba pudieran venir a mistificar la simplicidad y ocultar la luz de la verdad. De ahí que hayan surgido un tal Himeneo y un tal Fileto “que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos” (2 Ti. 2:18). Vayan al versículo diecisiete y léanlo ustedes mismos. ¡Han negado4 la resurrección! Hicieron que significara algo muy profundo y místico; y, en el proceso, descartaron la resurrección real por completo.

Entre los hombres, todavía hay un anhelo de nuevos significados, refinamientos sobre antiguas doctrinas y espiritualizaciones5 de hechos literales. Arrancan el [corazón] de la verdad y nos dan el cadáver, relleno de hipótesis, especulaciones6 y mayores esperanzas… El apóstol Pablo anhelaba que Timoteo, por lo menos, se mantuviera firme en el antiguo testimonio y entendiera en su pleno sentido, sus testimonios del hecho de que Jesucristo de la simiente de David, resucitó de entre los muertos.

Dentro del alcance de este versículo, se registran varios hechos: Primero, está aquí la gran verdad de que Jesús, el Hijo del Altísimo, fue ungido por Dios. El Apóstol lo llama “Jesucristo”, es decir, el ungido, el Mesías, el enviado de Dios. También lo llama “Jesús”, que significa Salvador; y es una gran verdad que Aquel que nació de María, Aquel que fue puesto en el pesebre de Belén, Aquel que amó y vivió y murió por nosotros, es el Salvador ordenado y ungido de los hombres. No tenemos ni un momento de duda sobre la misión, el oficio y el designio de nuestro Señor Jesús; de hecho, la salvación de nuestra alma depende de que Él haya sido ungido por el Señor para ser el Salvador de los hombres.

Este Jesucristo fue real y verdaderamente hombre7. Pablo dice que era “del linaje de David” (Ro. 1:3). Es cierto que era [deidad] y que su nacimiento no fue a la manera ordinaria de los hombres; pero aun así, fue en todos los aspectos partícipe de nuestra naturaleza humana y procedía del linaje de David. Esto también lo creemos. No somos de los que espiritualizan la encarnación y suponen que Dios estuvo aquí como un fantasma8 o que toda la historia, no es más que una leyenda instructiva. No, más bien, el Hijo de Dios estuvo entre los hombres en carne y hueso; hueso de nuestro hueso y carne de nuestra carne fue Él en los días de su permanencia aquí abajo. Sabemos y creemos que Jesucristo ha venido en la carne. Amamos al Dios encarnado y en Él ponemos nuestra confianza.

También está implícito en el texto que Jesús murió; pues no podría resucitar de entre los muertos si antes no hubiera descendido entre los muertos y sido uno de ellos. Sí, Jesús murió. La crucifixión9 no fue una ilusión. La perforación de su costado con una lanza fue una prueba clara y evidente de que estaba muerto: Su corazón fue traspasado y brotaron de él, sangre y agua. Como un hombre muerto, fue bajado de la cruz, llevado por manos amables y puesto en la tumba virgen de José. Me parece ver su pálido cadáver, blanco como un lirio. Nota cómo está manchado con la sangre de sus cinco heridas, que lo hacen rojo como la rosa. Mira cómo [le envuelven] en lino fino con especias aromáticas y [le dejan] pasar su Sabbat10 solo, en el sepulcro excavado en la roca. Ningún hombre en este mundo, estuvo más seguramente muerto que Él. “Y se dispuso con los impíos su sepultura, más con los ricos fue en su muerte” (Is. 53:9). Como muerto, lo depositaron en el lugar de los muertos con un lienzo, ropas mortuorias y vestiduras propias de una tumba. Luego hicieron rodar la gran piedra en la boca del sepulcro y lo dejaron, sabiendo que estaba muerto.

Luego, viene la grandiosa verdad: Tan pronto como al tercer día, el sol comenzó su brillante circuito, ¡Jesús se levantó de nuevo! Su cuerpo no se había descompuesto, pues no era posible que lo sagrado viera corrupción; pero aun así, había estado muerto. Y por el poder de Dios −por su propio poder, por el poder del Padre, por el poder del Espíritu, pues se atribuye a cada uno de ellos a su vez− antes de que saliera el sol, su cuerpo muerto fue vivificado. El corazón silencioso comenzó a latir de nuevo y, a través de los canales estancados de las venas, la sangre vital comenzó a circular. El alma del Redentor volvió a tomar posesión del cuerpo y éste volvió a vivir. Allí estaba Él, dentro del sepulcro, tan verdaderamente vivo en todas sus partes como lo había estado siempre. Literal y verdaderamente, en un cuerpo material, salió de la tumba para vivir entre los hombres hasta la hora de su ascensión al cielo. Ésta es la verdad que todavía debe ser enseñada, imposible de refinar y, espiritualizarla, que nadie se atreva. Éste es el hecho histórico del que fueron testigos los apóstoles. Ésta es la verdad por la cual los que confesaron su Nombre, sangraron y murieron. Ésta es la doctrina, la cual es la piedra angular del arco del cristianismo y los que no la sostienen, han desechado la verdad esencial de Dios. ¿Cómo pueden esperar la salvación de sus almas si no creen que “ha resucitado el Señor verdaderamente” (Lc. 24:34)?

Tomado de un sermón predicado en la mañana del Día del Señor, 9 de abril de 1882, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista inglés; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Footnotes

  1. Ver Portavoz de la Gracia N° 38: Encarnación. Disponible en CHAPEL LIBRARY.

  2. Ver Portavoz de la Gracia N° 8: El Evangelio. Disponible en CHAPEL LIBRARY.

  3. Fantasía – Composición instrumental de forma libre y de estilo improvisado.

  4. Negado – En el original en inglés, la palabra es “spirited away” que significa, literalmente, “hacer desaparecer”. Según el contexto, quiere decir darle un significado secreto.

  5. Espiritualizaciones – Interpretaciones en un sentido espiritual, en vez de literal.

  6. Hipótesis, especulaciones – Teorías y opiniones basadas en evidencias incompletas.

  7. Ver Portavoz de la Gracia N° 14: La persona de Cristo. Disponible en CHAPEL LIBRARY.

  8. Fantasma – Algo que aparece a la vista, pero que no tiene sustancia; espectro.

  9. Ver Portavoz de la Gracia N°15: La obra de Cristo y N°36: Cristo en la cruz. Ambos disponibles en CHAPEL LIBRARY.

  10. Sabbat – Día de reposo.