Cristo es hombre

Thomas Brooks (1608-1680)

En relación con la humanidad de Cristo, comenzaré diciendo que así como es realmente Dios es también realmente hombre: “Jesucristo hombre” (1 Tim. 2:5). Cristo es realmente hombre, pero no meramente hombre. La palabra no debe ser entendida como denotando exclusividad, negando así la naturaleza divina. Cristo es theanthropos, tanto Dios como hombre, llamado a veces según una naturaleza o la otra. A veces es llamado Dios, y a veces hombre. Debido a que es realmente ambos, interesado y participando en dos naturalezas, está por ello calificado como un mediador entre Dios y los hombres…

Ahora bien, en cuanto a la humanidad de Cristo, el profeta dice claramente: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado” (Isa. 9:6). Un “niño”, eso indica su humanidad. Un “hijo”, e_so_ indica su deidad. Un niño, un hombre de la sustancia de su madre, nacido en el mundo (Mat. 1:25). Un Hijo, Dios de la sustancia de su Padre, engendrado antes de que existiera el mundo… Un niño, contemplemos su humildad: “Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre” (Luc. 2:7). Un Hijo, contemplemos su dignidad: “Cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice: Adórenle todos los ángeles de Dios” (Heb. 1:6). Para dar prueba de que era hombre, es suficiente decir que nació, vivió y murió. Dios se hizo hombre por una unión extraordinaria, magnífica, inexpresable… Cristo, como hombre, fue descendiente de reyes (Mat. 1:1-16); como hombre, juzgará al mundo (Hech. 17:31). Como hombre, nació maravillosamente de una virgen (Mat. 1:23; Isa. 7:14)… El apóstol subraya el hecho cuando dice que Cristo fue “nacido de mujer”, no de un hombre y una mujer, sino de una mujer sola sin un hombre (Gál. 4:4).

Cristo como hombre fue predicho por los profetas y por diversas personas. Cristo, como hombre, fue atendido en su nacimiento por ángeles santos, y para él fue creada una estrella excepcional (Luc 2:13-14; Mat. 2:1-2). Cristo, como hombre, fue nuestro sacrificio y expiación[^27]; fue el pago de nuestro rescate, que nosotros nunca podríamos haber pagado, sino que nos hubiéramos quedado en la prisión del infierno pudriéndonos para siempre. Cristo, como hombre, fue concebido por el Espíritu Santo (Mat. 1:18). Cristo, como hombre, ascendió al cielo (Hech. 1:9-10). Cristo, como hombre, está sentado a la diestra de Dios (Col. 3:1). ¿Qué indican todas estas cosas, sino que Jesucristo es un humano de valor inestimable y muy excelente? Cristo tenía los verdaderos sentimientos y acciones y características del hombre. Fue concebido, nació y fue circuncidado. Sentía hambre y sed; vestía ropa; comía bebía, dormía, oía, veía, tocaba, hablaba, suspiraba, gemía, lloraba y crecía en sabiduría y estatura, etc., como los cuatro autores de los Evangelios testifican abundantemente. Porque este es un punto de gran importancia, especialmente en esta época cuando están apareciendo entre nosotros tantos engañadores, sería conveniente considerar los siguientes detalles:

(1) Primero, acerca de estos pasajes bíblicos que hablan de lo innegable y la autenticidad del cuerpo de Cristo: “Y aquel Verbo fue hecho carne” (Juan 1:14). “Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne” (1 Tim. 3:16). Cristo es el mismo, concebido por el Padre sin tiempo —el Hijo de Dios sin madre; y nacido de una virgen en el tiempo— el Hijo del hombre sin padre, el Hijo de ambos, natural y consustancial[^28].

¡Oh! ¡Qué gran misterio es este! “Por tanto, puesto que los hijos han participado de carne y sangre, de igual manera él participó también de lo mismo para destruir por medio de la muerte al que tenía el dominio de la muerte (este es el diablo)…, porque ciertamente él no tomó para sí a los ángeles sino a la descendencia de Abraham” (Heb. 2:14, 16, Biblia de Estudio Mundo Hispano)… ¡Oh señores! Esta es la columna principal de nuestro consuelo: ¡Jesús tomó para sí nuestra carne! Si no lo hubiera hecho, nunca hubiéramos podido ser salvos por él. “Acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne” (Rom. 1:3). “De quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Rom. 9:5). ¡Este es un honor más grande para toda la humanidad que si el rey más poderoso del mundo se hubiera casado con una humilde plebeya de entre sus súbditos!

Cristo dice: “Porque mi carne es verdadera comida” (Juan 6:55), y yo digo que su carne ciertamente era carne: carne de verdad, real, propiamente dicho, tan carne como la nuestra. “En su cuerpo de carne, por medio de la muerte” (Col. 1:22). “Por lo cual, entrando en el mundo dice: sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo” (Heb. 10:5)…

Dios hizo el cuerpo de su Hijo para que estuviera unido con la deidad y para ser un sacrificio expiatorio del pecado: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Ped. 2:24)… Cristo no tenía a nadie que le ayudara o sostuviera bajo la carga pesada de nuestros pecados y la ira de su Padre… Él, que en su cuerpo cargó nuestros pecados sobre el madero, es decir el castigo que merecíamos por nuestros pecados, se hizo carne, carne que era exactamente igual a la nuestra. Su cuerpo tenía los mismos órganos, miembros, características y la misma proporción que el nuestro. El cuerpo de Cristo no era un espectro, ni un fantasma ni tenía un aparente cuerpo, como si no existiera sino que era una aparición o un producto de la imaginación —lo cual afirmaban los seguidores de Marción[^29], los de Mani[^30] y otros herejes de la antigüedad, y que algunos hombres con mentes corruptas afirman en la actualidad— sino que era un cuerpo tan real y tan sólido como cualquier cuerpo humano. Por lo tanto, el apóstol lo llama cuerpo de carne (Col. 1:22) —un “cuerpo” para mostrar su organización y un “cuerpo de carne” para mostrar su realidad en oposición a todos los cuerpos etéreos e imaginarios. El cuerpo de Cristo contaba con todas las propiedades esenciales de un verdadero cuerpo… como todos los autores de los Evangelios testifican abundantemente… “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Luc. 24:39). Cristo les recalca aquí el testimonio de los propios sentidos de ellos para que comprendan que lo que ahora veían no era una visión ni un espíritu, sino un cuerpo verdadero y real que se había levantado de entre los muertos… Esto da prueba de que Cristo era un hombre real, tal como el hecho de que existía desde el principio da prueba de su deidad.

Cristo también tenía los sentimientos, pasiones y condiciones que son naturales al cuerpo humano, como por ejemplo hambre: “Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre” (Mat. 4:2)…Cristo no tuvo hambre durante todos los cuarenta días, pero después tuvo hambre para mostrar que era un hombre… Y tal como Cristo tenía hambre, Cristo tenía sed: “Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber” (Juan 4:7). Aquí vemos que él, que era rico, se hizo pobre para que nosotros pudiéramos ser ricos (2 Cor. 8:9). Él, que da a todas las criaturas “su comida a su tiempo” (Sal. 104:27) le pide agua a una pobre mujer con un jarro para refrescarse de su cansancio y calmar su sed. Jesús dijo: “Tengo sed” (Juan 19:28); sangrar da sed. Dormía: “Él dormía” (Mat. 8:24), para demostrar lo cierto de su naturaleza humana y la debilidad de la fe de sus discípulos… Sí, aunque Cristo, en su naturaleza humana dormía, su deidad permanecía despierta de modo que sus discípulos, estando en peligro, pudieron clamar a él con más fervor y ser salvos de un modo extraordinario. Y así como Jesús dormía, también se cansaba: “Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta” (Juan 4:6), o sea alrededor del mediodía. Por el calor del día, Cristo estaba cansado… dice el pasaje que, cansado después de caminar toda la mañana, “se sentó junto al pozo”… En resumen, fue concebido, estuvo su tiempo en el vientre de la virgen, nació, fue circuncidado, vivió unos treinta años sobre la tierra, todo ese tiempo anduvo entre la gente, sufrió, murió y fue crucificado, sepultado, resucitó, ascendió y se sentó corporalmente a la diestra de Dios; y corporalmente volverá para juzgar al mundo. Ahora bien, ¿qué indican todas estas cosas más que el hecho que Cristo tiene un cuerpo verdadero? ¿Quién con un poco de inteligencia podría afirmar que todo esto podría suceder con un cuerpo imaginario?

(2) En segundo lugar, los diversos títulos y características que la Biblia da a Jesús son clara evidencia de la certidumbre y realidad de su naturaleza humana. Es llamado (1) el hijo de la virgen (Isa. 7:14); (2) su primogénito (Luc. 2:7); (3) el Renuevo (Zac. 3:8; 6:12); (4) el Renuevo de justicia (Jer. 33:15; 23:5); (5) una vara del tronco de Isaí, y un vástago de sus raíces (Isa. 11:1); (6) simiente de la mujer (Gén. 3:15); (7) simiente de Abraham (Gén. 22:18); (8) descendencia de David (Sal. 89:36; 132:11; Hech. 2:30); (9) linaje de David según la carne (Rom. 1:3; 2 Sam. 7:2); (10) el león de la tribu de Judá (Apoc. 5:5); (11) descendiente de Jacob (Gén. 28:14); (12) descendiente de Isaac (Gén 26:4); (13) “un niño nos es nacido, hijo nos es dado” (Isa. 9:6); (14) hijo del hombre (Mat. 8:20; 17:13; Apoc. 1:13; Dan. 7:13; Juan 3:13); (15) es llamado “Jesucristo hombre” (1 Tim. 2:5), “Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos” (1 Cor. 15:21): la justicia de Dios no podía ser satisfecha por medio de la misma naturaleza que había pecado; (16) Hijo de Dios, venido de mujer (Gál. 4:4); (17) hombre (1 Tim 2:5); (18) hijo de David (Mat. 1:1): “¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David?” (Mar. 12:35).

Ya que los escribas y fariseos sabían y reconocían que Cristo debía ser el hijo de David según las Escrituras —es decir, que nacería y sería de la línea y posteridad de David, en lo que a la carne se refiere— podemos entender la verdad de la naturaleza humana de Cristo que fue ordenada por Dios, para ser verdaderamente humano al igual que Dios en una misma persona. De otra manera, no hubiera sido hijo de David. Ahora bien, aun los escribas y fariseos sabían y reconocían que era hijo de David, como veremos a continuación. Esta era una verdad que habían aprendido de las Escrituras; y no solo ellos, sino que también todo el pueblo judío de la época de nuestro Salvador. Algunos de estos decían así: “¿No dice la Escritura que del linaje de David… ha de venir el Cristo?” (Juan 7:42). En aquel entonces, el Mesías era llamado “el hijo de David” (Rom. 1:3). Entonces, siendo Cristo de la simiente de David según la carne, es indudable que es verdaderamente hombre al igual que Dios; quien fue encarnado en el momento determinado por Dios. Esto significa que siendo el Hijo de Dios desde la eternidad, a su tiempo se hizo hombre, asumiendo nuestra naturaleza, junto con las debilidades de nuestra naturaleza pero con la única excepción de que no tenía pecado. Así es que vemos que los dieciocho nombres dados a Cristo en las Sagradas Escrituras demuestran abundantemente la veracidad de la naturaleza humana de Cristo.

(3) En tercer lugar, Cristo tomó sobre sí la totalidad de la naturaleza humana. Realmente era verdadera y completamente un hombre, compuesto de carne y espíritu, cuerpo y alma; sí, asumió toda la naturaleza humana con sus partes esenciales: alma y cuerpo. Las dos partes esenciales y que componen las partes del hombre son alma y cuerpo; donde hay estos dos, hay un hombre de verdad. Cristo tenía ambos: por lo tanto, era verdaderamente hombre.

[1] Primero, Cristo tenía un alma verdadera y racional. El alma racional es la parte más elevada y noble del hombre. Esto es lo que, principalmente, hace al hombre y tiene la mayor influencia en su ser y esencia. Por lo tanto, si Jesucristo hubiera tenido solo un cuerpo humano sin un alma humana, hubiera carecido de la parte que es la más esencial del hombre, por lo que tampoco se hubiera podido considerar como un hombre verdadero y perfecto. ¡Ay señores! Cristo no redimió ni salvó nada que él mismo no tomó para sí. La redención y salvación no abarca más allá de [la naturaleza humana] de la cual se apropió…

Las Escrituras dan clara evidencia de que Cristo tenía un alma humana verdadera: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mat. 26:28). Cada palabra es enfática: “Mi alma”: Su tristeza le partía el alma… Notemos que así como el alma es el primer elemento de la transgresión, es el alma la primera en sentir aflicción. “Hasta la muerte”: es decir, esta tristeza nunca acabará ni se interrumpirá sino hasta la muerte. “Mi alma está muy triste”, ¡lo cual significa que Cristo tenía un alma verdaderamente humana! Su deidad no le servía de alma como se imaginaban hombres de mentes corruptas[^31] en la antigüedad. Porque si no hubiera sufrido en el alma al igual que en el cuerpo, entonces solo nuestros cuerpos, no nuestras almas, hubieran sido redimidos por él.

Los sufrimientos de su cuerpo eran solo el cuerpo de sus sufrimientos; el alma de sus sufrimientos era los sufrimientos de su alma, que ahora sufría la peor tristeza que es concebible sufrir: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré?” (Juan 12:27). La palabra griega significa una conmoción y perturbación violenta, como la que sintió Herodes cuando oyó que había nacido un rey (Mat. 2:3), o como la que sintieron las discípulos cuando creyeron ver un espíritu caminando sobre el agua y gritaron aterrorizados (Mat. 14:26); o como la del temor que le sobrecogió a Zacarías cuando se le apareció el ángel (Luc. 1:12).

La causa por la que el alma de Jesús estaba turbada era esta: la Divinidad escondiéndose del sentimiento humano, y el Padre mostrando no solo ansiedad por sus sufrimientos venideros, sino dando en ese momento una muestra del horror de su ira hacia el hombre por sus pecados. Se siente pasmado, atónito y perplejo por ello en su parte humana. ¡No nos sorprenda, dado que los pecados de todos los electos por los cuales sufría, le estaban siendo imputados[^32] a él! Es así que esta ira no es hacia su Persona, sino contra los pecados que estaba cargando. Aunque aquí Cristo está afligido, o confundido y desconcertado, como la palabra implica, no pensemos que había algún pecado en este sentimiento, porque era como agua limpia en una vasija limpia, la cual, aunque se revuelve o sacude, sigue limpia y clara. Tampoco pensemos que es extraño que el Hijo de Dios tuviera que pasar por esta perplejidad en este sufrimiento hasta el punto de no saber qué decir. Considerándolo como un hombre… que esta carga pesada de ira le cayó súbitamente, no sorprende que sus pensamientos humanos estuvieran perturbados.

¡Ay señores! ¡Presten atención! Así como el pecado ha infectado tanto las almas como los cuerpos de los escogidos —principalmente sus almas, donde tiene su morada primordial— así también Cristo sufrió angustias y sinsabores indecibles en su alma, al igual que las torturas en su cuerpo para expiar este pecado. “Mi alma está triste”, dice. Aunque algunos sufrimientos del cuerpo son muy intensos y dolorosos, y los de Cristo particularmente lo eran, mucho peor que cualquiera de estos son los de la mente, tal como los sintió Jesús. Pudo sufrir en silencio sus angustias exteriores, pero no pudo dejar de clamar al sufrir su angustia interior… Cuando Jesús sufrió por nosotros, cargó con nuestros pecados (Isa. 53:5-6), así como en los sacrificios antiguos, el pecador tenía que colocar sus manos sobre la cabeza de un animal, confesando sus pecados. Después el animal era sacrificado y ofrecido en expiación (Lev. 8:14, 18, 22), cargando, por así decirlo, con aquellos pecados por los cuales el pecador era justificado.

El pecador nunca hubiera podido ser perdonado ni su culpa por el pecado quitada, sin que Cristo ofreciera su alma como una ofrenda por el pecado. ¿Qué, más que su alma, le encomendó Cristo específicamente a Dios cuando estaba dando su último suspiro? “Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (Luc. 23:46). Es decir: “Encomiendo mi espíritu a tu cuidado seguro, como un tesoro o una joya especial, para que lo preserves y guardes con toda ternura”. “Crecía en sabiduría y en estatura” (Luc. 2:52). Aquí habla de estatura para su cuerpo y sabiduría para su alma. Su crecimiento en lo primero indica lo cierto de su composición física mientras que lo segundo, lo cierto de su composición espiritual: no podía ser que su cuerpo creciera en sabiduría ni su alma en estatura; por lo tanto, es obvio que tenía los dos.

Hay dos componentes esenciales de una de sus naturalezas, de su naturaleza humana: cuerpo y alma. Pero estos han sido negados en el pasado. Marción le quita a Cristo su cuerpo, Apolinar[^33] su alma, mientras que los arrios[^34] afirmaban que Jesús no tenía un alma [humana], sino que la deidad en él le era alma y cumplía los oficios de esta, que lo que el alma es para nosotros y lo que hace en nuestro cuerpo, su naturaleza divina le era para él y hacía en su cuerpo…

[2] Segundo, así como Cristo tenía un alma realmente humana y racional, también tenía un cuerpo perfecto, entero, completo y todo lo que comprende un cuerpo humano. Por ejemplo: (1) Tenía sangre: “Él también participó de lo mismo” (Heb. 2:14), refiriéndose a carne y sangre. Cristo tenía sangre humana. Tiene que haber derramamiento de sangre, porque sin ello no hay remisión de pecado (Heb. 9:22). La sangre de animales no puede quitar los pecados de seres racionales (Heb. 10:4-5,10); por lo cual Cristo tomó nuestra naturaleza para tener nuestra sangre que derramaría por nuestros pecados. En la gran empresa de la salvación del hombre, existe un énfasis en Cristo como ser humano —“Jesucristo hombre” (1 Tim. 2:5)— el remedio conteniendo el ingrediente apropiado para la enfermedad: los sufrimientos de un hombre para expiar el pecado del hombre. (2) Tenía huesos al igual que carne: “Un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Luc. 24:39). (3) Cristo, en su condición de hombre, sentía compasión (Fil 2:8), la que demostró estando en la tierra (Mat. 12:18-20). Y la sigue teniendo en el cielo. Estando en gloria tiene empatía por los sufrimientos de su pueblo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hech. 9:4; Mat 25:35ss). Aunque Cristo en su estado glorificado está libre de ese estado de fragilidad, de capacidad de sentir o sufrir, de su mortalidad, conserva su compasión de siempre. (4) Tenía simpatía humana. Todos los evangelistas testifican ampliamente sobre la sencillez con que Cristo se relacionaba socialmente con todo tipo de personas en este mundo. El hombre es una criatura sociable y sin pretensiones. Cristo se hizo hombre a fin de ser un sumo sacerdote misericordioso (Heb. 2:17); no que el hecho de que se hiciera hombre lo hiciera más misericordioso, como si la misericordia del hombre fuera más que la de Dios, sino porque de esta manera, misericordia es demostrada al hombre de un modo más apropiado y familiar a este.

(4) Por último, nuestro Señor Jesucristo tomó sobre sí nuestras flaquezas. Cuando Cristo estuvo en este mundo, se sometió a los accidentes, situaciones, enfermedades, sufrimientos y calamidades que le pueden suceder a los seres humanos. Para empezar, recordemos que hay tres tipos de flaquezas: (1) Hay flaquezas pecaminosas (Stg. 5:5, Sal. 77:10). Aun el mejor de los hombres no es más que, en el mejor de los casos, meramente hombre. Recordemos la incredulidad de Abraham, la caída de David, las maldiciones de Job, la rebeldía de Jonás, la incredulidad de Tomás, la mentira de Pedro, etc. Ahora bien, Jesús tomó sobre sí todas estas debilidades, porque aunque fue hecho como nosotros en todo sentido, no pecó (Heb. 4:5). (2) Hay flaquezas personales, las cuales por causas particulares padece esta o aquella persona; como ser, lepra, ceguera, mudez, parálisis, hidropesía, epilepsia, cálculos, gota y enfermedades. Cristo nunca estuvo enfermo… No tenía pecado, y por lo tanto ninguna enfermedad. Cristo no cargó con las condiciones físicas particulares de esta persona o aquella. (3) Hay flaquezas naturales que padece toda la humanidad desde la Caída, como ser, hambre, sed, cansancio, tristeza, sudor, hemorragias, heridas, muerte, sepultura. Jesucristo cargó con estas flaquezas naturales que son comunes a la naturaleza humana, tal como lo testifican abundantemente todos los evangelistas.

Nuestro querido Señor Jesús estuvo semanas y meses en el vientre de la Virgen. Recibió nutrición y crecimiento de la manera natural. Nació y fue criado tal como por lo común lo son los infantes normales. Comía comida como la nuestra para alimentar su cuerpo. Sufrió pobreza, aflicciones, reproches, persecuciones, tentaciones, traiciones, falsas acusaciones, etc. Su vida entera, desde la cuna hasta la cruz, estuvo llena de tristezas y aflicciones. Así es que vemos que Jesucristo de hecho tomó sobre sí las flaquezas que caracterizan la naturaleza del hombre, aunque no tomó sobre sí las flaquezas individuales de personas en particular. Ahora bien, ¿qué demuestran todas estas cosas, más que la certeza y realidad de la humanidad de Cristo?

Tomado de “The Golden Key to Open Hidden Treasures” (La llave de oro para abrir tesoros escondidos) en The Works of Thomas Brooks (Las obras de Thomas Brooks), Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org.

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Thomas Brooks (1608-1680): Pastor congregacional y autor de numerosas obras; sepultado en Bunhill Fields, Londres, Inglaterra.

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