Cristo es el verbo hecho carne
David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)
La historia de la iglesia muestra muy claramente —en realidad, aun antes de llegar a la historia de la iglesia, el Nuevo Testamento mismo nos muestra— que no hay cosa que le interese más al diablo que descarriar a las personas con respecto a la Persona y la obra de nuestro bendito Señor Jesucristo. Por eso es que no nos podemos arriesgar y no podemos conformarnos meramente con una declaración de la doctrina de la encarnación[^13]. Tenemos que desglosarla y analizarla: tenemos que mostrar lo que sí y lo que no dice, para que ninguno de nosotros caiga en el error sin darse cuenta.
Me propongo, pues, hacer las siguientes declaraciones. La primera es esta:
La doctrina de la Persona de nuestro Señor y la doctrina de la encarnación en particular nos demuestran una vez más la importancia primordial de la doctrina de la Trinidad… En un sentido, toda la posición cristiana depende de la doctrina de la bendita Trinidad. Si no creemos esto, no podemos ser cristianos; es imposible. El que no cree en la Trinidad no puede ser un cristiano porque no puede creer en la doctrina de la redención. Por lo tanto, al considerar la persona del Hijo, vemos lo importante que es tener siempre presente que Dios existe en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
La segunda declaración es que la doctrina de la encarnación no dice que el trino y eterno Dios se encarnara, sino que la Segunda Persona del trino Dios se hizo carne[^14]. La Biblia lo dice así: “Aquel Verbo fue hecho carne” (Juan 1:14). Esto es indudablemente algo que tenemos que enfatizar. Me temo que a menudo hablamos livianamente cuando hablamos de la encarnación, y muchos de nuestros himnos tienden a hacer lo mismo. A mí me parece que es mejor nunca decir que Dios se hizo hombre. Es una afirmación imprecisa que no conviene usar. Lo decimos con frecuencia, pero creyendo como creemos, en las Personas de la Trinidad. Lo que debemos decir es que la Segunda Persona de la Trinidad se hizo carne y apareció como hombre. Si decimos meramente: “Dios se hizo hombre”, podemos estar diciendo algo que está muy equivocado, y si la gente cree algo equivocado como resultado de nuestra afirmación, no podemos culparles. Tenemos que ser precisos, tenemos que ser específicos y siempre tenemos que tener cuidado con lo que decimos.
La tercera declaración es que la doctrina de la encarnación no dice que fue meramente una apariencia o una forma que asumió la Segunda Persona de la Trinidad, sino que fue realmente una verdadera encarnación. Sí, vino en la carne. Enfatizo esto porque en los primeros años de la iglesia cristiana, hubo quienes cayeron en errores y herejías en cuanto a esto. Los conocidos como gnósticos3 afirmaban que nuestro Señor meramente parecía ser de carne y hueso, que era un cuerpo fantasma, una aparición en forma de cuerpo humano. Pero esto no es lo que dice la doctrina de la encarnación. Dice que no era una aparición, era real; era una verdadera encarnación; el Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros.
La cuarta declaración es también negativa. La doctrina de la encarnación no dice que se trató meramente de la naturaleza divina que de algún modo se unió con la naturaleza humana, formando así otra persona. No fue eso. Fue la Segunda Persona misma, la Persona, que se hizo carne. Muchos en la iglesia primitiva, y muchos a través de los siglos, no han comprendido eso. Su creencia acerca de Jesucristo es la de la naturaleza divina y la naturaleza humana uniéndose y dando forma a una nueva persona. Eso no es así. Fue la segunda y eterna Persona de la Trinidad quien tomó sobre sí una naturaleza humana. ¿Podemos comprender la importancia de esto?… La doctrina de la encarnación no enseña la creación de una persona nueva. Enseña que se hizo carne y apareció en este mundo con el aspecto de un hombre: no como una nueva persona, sino siendo esta Persona eterna.
Por lo tanto, el próximo punto es que la doctrina de la encarnación no enseña, ni incluye la idea, de que sucedió un cambio en la personalidad del Hijo de Dios. Hubo un cambio en la forma como apareció, hubo un cambio en el estado en que se manifestó, pero no hubo ningún cambio en su personalidad. Es siempre la misma persona. En el vientre de la Virgen María y acostado en el pesebre como un bebé indefenso, seguía siendo la Segunda Persona de la Trinidad.
La próxima definición la digo así: nunca debemos hablar de la doctrina de la encarnación dando la impresión de que estamos diciendo que el Hijo de Dios fue cambiado a hombre. Por eso es que la frase de que Dios fue hecho hombre es engañosa. Hemos visto que Juan 1:14 dice: “Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”, y justamente la expresión “fue hecho” ha causado que algunos piensen que el Hijo de Dios fue cambiado a hombre… Al decir “Aquel Verbo fue hecho carne” lo que realmente queremos significar es que llegó a ser carne o que tomó la forma de carne. La idea de “hacer” da la impresión de “cambiar a”, lo cual es equivocado.
En otras palabras, la manera como la Biblia generalmente lo dice es así: Romanos 8:3 nos dice que vino “en semejanza de carne de pecado”. Eso suena mejor. O digamos como lo dice 1 Juan 4:2: “En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios”. Jesucristo no fue cambiado a hombre. Esta Persona eterna es la que ha venido en la carne. Esa es la manera correcta de decirlo.
El próximo principio es que nuestro Señor no meramente tomó la apariencia de una naturaleza humana: fue verdaderamente de naturaleza humana. Paso a explicar esto. En el Antiguo Testamento tenemos relatos de ángeles que se aparecieron a varios, y nos dice que aparecieron en forma humana. Cuando decimos que los ángeles aparecieron en esa forma, no estamos hablando de una encarnación, sino de una apariencia. Los ángeles no cambiaron su naturaleza, ni le agregaron nada; sencillamente asumieron esa forma. De hecho…nuestro mismo Señor apareció en esa forma como Ángel del Pacto. El Ángel del Pacto en el Antiguo Testamento es sin duda alguna el Señor Jesucristo mismo, y se apareció más de una vez a varias personas en la forma de hombre. Eso es lo que llamamos una teofanía. Teofanía es totalmente distinta a encarnación. Teofanía significa que una persona angelical o una divina se aparece en esta forma para un momento dado; en cambio la doctrina de la encarnación asegura que el Señor Jesucristo ha tomado la naturaleza humana misma, no su apariencia, sino su verdadera naturaleza.
Muchos pasajes bíblicos lo afirman. Permítanme compartir dos. Hebreos 2:14: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo”. Realmente adoptó la naturaleza humana. “Porque ciertamente él no tomó para sí los ángeles”, dice el versículo 16 del mismo capítulo, “sino a la descendencia de Abraham. Eso es lo que tomó. Consideremos también 2 Juan 7 donde dice: “Muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne”. No cabe ninguna duda de que Juan escribió sus tres epístolas para contrarrestar la herejía peligrosa que había surgido, la cual negaba que Jesús hubiera realmente venido en la carne, y aseguraba que era una simple aparición. Algunos decían que el Mesías había entrado en este hombre Jesús cuando fue bautizado y que salió de él en la cruz, mientras que otros decían que no se trataba más que de un fantasma. El Nuevo Testamento —especialmente Juan en sus epístolas— no solo niega eso sino que lo denuncia como un error muy peligroso, como mentira del anticristo; por lo tanto, tenemos que estar seguros de ser claros en estas cosas. Eso me lleva a la próxima declaración.
La doctrina de la encarnación afirma que nuestro Señor tenía una naturaleza humana completa. No era solo parcial: era total. No solo adoptó un cuerpo. Han existido quienes han enseñado esto a través de los siglos: dicen que el cuerpo era lo único humano del Hijo de Dios. Esto es un error. Otros dicen que tomó un cuerpo y una especie de alma animal, pero que la parte espiritual del alma era proporcionada por la Persona eterna. Esto también es un error. La doctrina de la encarnación enseña que adoptó una naturaleza humana completa, cuerpo y alma, incluyendo el espíritu, que era realmente un humano. Volveré a enfatizar esto, pero era necesario destacarlo también aquí.
El último punto bajo este encabezamiento general es que tomó esta naturaleza humana de la Virgen María. Esto significa que no debemos decir que una nueva naturaleza humana fue creada para él. Algunos han enseñado que Dios creó una naturaleza humana nueva para su Hijo, y que esta naturaleza humana simplemente pasó a través de la Virgen María. Eso es un error. La doctrina afirma que derivó su naturaleza humana de su madre, la Virgen María. No era una nueva creación. No se trajo su naturaleza humana con él. La recibió de ella. Por lo tanto, como las Escrituras lo enfatizan a menudo, fue verdaderamente de la simiente de Abraham y de la simiente de David. Así lo dice Mateo 1:1: “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”. Ahora bien, si se hubiera creado una naturaleza humana especial para él, no hubiera sido el hijo de David ni el hijo de Abraham. Pero era ambos porque su naturaleza humana vino de su madre, la Virgen María. Vuelvo a enfatizar que lo que tenía no era una naturaleza humana meramente como la nuestra pero sin ser realmente parte de la nuestra, que orgánicamente no tenía ninguna relación con nosotros. De hecho recibió nuestra naturaleza. Vuelva atrás y lea nuevamente Hebreos 2:14-18. Por lo tanto, realmente pertenece a la raza humana: es uno con nosotros.
No debo detenerme aquí, aunque estoy tentado a hacerlo. Me preocupa el tema porque en última instancia, la doctrina de nuestra redención depende de ello. Si Jesús no hubiera tomado nuestra naturaleza humana, no hubiera podido salvarnos. Como Hebreos 2 tan claramente argumenta, porque participamos de esta carne y sangre, él tenía que participar de lo mismo. Era la única manera como podía salvarnos. Entonces no podemos darnos el lujo de arriesgarnos en cuanto a esa doctrina. No podemos darnos el lujo de decir: “No importa cómo dice justamente tu declaración”. Eso es absolutamente contrario a las Escrituras. Tenemos que ser precisos y claros y seguros y definitivos en todas nuestras afirmaciones; de otro modo, sin saberlo, podríamos hacer que la doctrina de nuestra propia redención sea una imposibilidad.
Habiendo, pues, establecido eso volvemos ahora al misterio de la encarnación, e inmediatamente surge la pregunta: ¿Cómo fue que sucedió todo eso? ¿Cómo fue que esta cosa extraordinaria se hizo realidad? Y eso, por supuesto, nos lleva seguidamente a la doctrina del nacimiento virginal… ¿Qué es esto? El Credo de los Apóstoles, el primer credo de todos, la primera gran confesión de fe, lo dice así: “Fue concebido por el Espíritu Santo, nació de la Virgen María”. También aquí tenemos uno de los grandes temas lleno de misterio: es una doctrina que ha sido debatida y discutida y mal entendida y a menudo negada; a muchos les resulta difícil… Tienen problemas con la doctrina de la encarnación porque consideran su lastimosa mentalidad como la prueba definitiva de toda verdad; y porque no pueden entender algo, no lo creen.
Pero tenemos que coincidir que en todos estos temas estamos fuera de la esfera de la razón y comprensión natural del ser humano… Nada sabemos aparte de la revelación. Yo no presento teorías y filosofías; comienzo con esta premisa: que lo que estoy anunciando es lo que Dios ha hecho, lo que Dios ha revelado. Nada es distinto de lo que encuentro en la Biblia. Me atengo totalmente a ella; dependo completamente de ella. Por lo tanto, lo que hago es acercarme a ella como un niñito. “El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1 Cor. 1:21); entonces si eso era cierto y lo sigue siendo, tengo que depender de este libro, tengo que aceptar su autoridad, tengo que recibir sus afirmaciones aunque mi mente limitada no siempre las entienda. Esa es la mentalidad y la actitud apropiada para tener al comenzar a considerar esta doctrina extraordinaria, maravillosa y gloriosa del nacimiento virginal.
¿Qué, pues, enseña la Biblia? ¿Qué nos dice? Dos porciones bíblicas son la base de la doctrina del nacimiento virginal. Siempre me ha parecido que tenemos que empezar con las palabras en Lucas 1:26-28 porque relata el anuncio a María del gran acontecimiento a punto de suceder. Notemos los detalles en relación con este anuncio, notemos los hechos y cómo fue que se presentó el ángel a María… Notemos también lo que nos dice acerca de la sorpresa de María, que por supuesto fue muy lógica. Su sorpresa demuestra que comprendió el significado de lo que el ángel le dijo. Aquí está esta joven soltera, una virgen, a quien le fue hecho el anuncio; y ella inmediatamente ve el problema y no vacila en expresarlo. ¿Cómo podría ser madre de un hijo si nunca había estado con un hombre? El ángel le dio la explicación. Le anunció que el Espíritu Santo mismo lo haría. Le dijo que el Altísimo “vendría sobre” ella. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Luc. 1:35). Como dice el Credo de los Apóstoles ya mencionado, fue “Concebido por el Espíritu Santo, nació de la Virgen María”.
También el relato en el primer capítulo de Mateo, en los versículos 18 al 25, es igualmente importante e igualmente interesante porque cuenta lo que le sucedió a José. José descubrió que esta virgen con quien estaba comprometida estaba encinta. Se sentía confundido y triste. Era un hombre bueno, un hombre justo y cariñoso. Decidió no avergonzar públicamente a María, pero igual tendría que romper el compromiso. No hacerlo era quebrantar la Ley. Estaba reflexionando en esto y cómo hacerlo, cuando se le apareció un ángel en un sueño. Lo que hizo el ángel, por supuesto, fue explicarle a José lo que estaba pasando: “José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es” (Mat. 1:20). A él le fue dada exactamente la misma explicación que a María. Me temo que cuando leemos la historia a menudo no prestamos atención a la fe extraordinaria de José. Creyó el mensaje del ángel, lo aceptó sin reparos, sin vacilación, y procedió a hacer lo que el ángel le había mandado.
Esto es lo que la Biblia registra, y nos enseña que el nacimiento humano del Señor Jesucristo fue totalmente obra de Dios. La doctrina del nacimiento virginal tiene que ser siempre y en primer lugar considerado en un modo negativo, y lo que dice negativamente es que no tenía un padre terrenal. No nació por voluntad de varón ni de la energía de la carne. Lo diré de una manera más contundente todavía. El ser humano varón no tuvo nada que ver con su concepción.
Ahora bien, esto es algo muy sorprendente porque… la gloria de Dios, por así decir, está en el hombre, y la mujer bajo el hombre. Pero aquí el hombre es puesto a un lado; no tuvo nada que ver con esto. Es de notar que la palabra misma, la promesa dada por Dios al hombre y la mujer en el Jardín del Edén fue: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gén. 3:15). Y así fue. El hombre no tuvo nada que ver con esto, el hombre que Dios había nombrado señor de la creación y a quien dio poder sobre la mujer, y a quien la mujer está sujeta por la voluntad y orden de Dios, como resultado de la creación y especialmente como resultado de la caída. A pesar de todo eso, cuando se trató de la encarnación, el varón fue puesto a un lado y Dios usó únicamente a la mujer.
No cabe duda que la trascendencia y la importancia de esto es evidente a todos: es para enfatizar nuevamente la inhabilidad total del hombre. El hombre, en la persona de José, es visto en todo su fracaso e incapacidad. Dios tomó la naturaleza humana en su expresión más débil, a fin de usar esta naturaleza humana para su propio Hijo. Encontré una frase muy hermosa que creo ayudará a recordar esto: “Así como la naturaleza divina del Señor no tuvo madre, su naturaleza humana no tuvo padre”. Creo que esto lo expresa muy bien. Fue enteramente la obra de Dios. Tomó sobre sí la naturaleza humana de María, pero lo hizo por medio del Espíritu Santo a quien usó como su instrumento.
“¿Qué pasó?” podría preguntar alguien. No tengo respuesta, nadie la tiene. Ese es el gran misterio. Lo que sí sabemos es que el poder del Espíritu Santo vino sobre María y de María, de una célula en su cuerpo se hizo la naturaleza humana de nuestro Señor. No podemos agregar nada. Es un gran misterio. Pero sí tenemos que decir lo que sabemos hasta aquí. Fue la operación del Espíritu Santo y evidentemente fue hecho de una manera que esta naturaleza humana que tomó el Espíritu Santo era sin pecado. Notemos que el ángel le habló a María de “el Santo Ser que nacerá” (Luc. 1:35). Esto no significa que María misma fuera hecha sin pecado y santa. Ni siquiera implica que lo fuera ninguna parte de María. Lo único que sabemos es que algo fue tomado, fue limpiado y librado de toda contaminación de modo que la naturaleza humana del Señor era sin pecado y estaba totalmente libre de todos los efectos y resultados de la caída. Tal fue el efecto de la operación del Espíritu Santo en ella.
¿Qué, entonces, acerca de esta doctrina? ¿Qué podemos decir de ella en general, especialmente teniendo presente a los que les resulta problemática? Quiero sugerir una vez más que es una doctrina muy inevitable si realmente creemos en la doctrina de la encarnación. Si realmente creemos que el niñito en el pesebre en Belén fue la Segunda Persona de la Trinidad —y es la pura verdad— entonces no veo que haya ningún problema con esta doctrina del nacimiento virginal. De hecho, tendría mucho más problema si no tuviera la doctrina del nacimiento virginal para creer. El hecho de la encarnación es tan inusual, tan excepcional, tan milagroso y misterioso que esperaría que todo lo relacionado con él fuera igual, como realmente lo fue. Dicho de otra manera: el nacimiento virginal fue la señal del misterio de la encarnación. Fue una especie de símbolo de aquel misterio. Allí estaba en una forma tangible, este nacimiento virginal.
Todo lo relacionado con nuestro Señor es misterioso. Su venida al mundo fue misteriosa. Su partida fue misteriosa. No vino el mundo como cualquier otro; no partió como cualquier otro. La resurrección fue tan única como el nacimiento virginal. Jamás le había ocurrido a nadie. Él fue “el primogénito de los muertos” (Apoc. 1:5); “el primogénito entre muchos hermanos” (Rom. 8:29). La resurrección fue igualmente sorprendente. Así que le diría a cualquiera que tiene problemas con el nacimiento virginal: ¿Tiene el mismo problema con la resurrección? Si comenzamos con la doctrina de la encarnación sabiendo lo que estamos diciendo, si tenemos conciencia de que realmente estamos hablando de la Segunda Persona de la Trinidad, entonces ¿no es de esperar que su nacimiento fuera totalmente inusual y excepcional? Y así fue. Fue excepcional de principio a fin.
Trataré de ayudarles diciéndolo así: Si uno no cree en la doctrina del nacimiento virginal, ¿cómo puede explicar que no tenía pecado? O digámoslo así: Si hubiera nacido de la manera usual, de una padre y una madre, entonces hubiera sido como cualquier otra persona, hubiera sido de la descendencia directa de Adán, y se aplicaría a él decir: “como en Adán todos mueren” (1 Cor. 15:22). Hubiera muerto en Adán, y hubiera sido culpable del pecado original y de la culpabilidad original.
Pero la doctrina de la encarnación nos dice inmediatamente que eso no es lo que sucedió. Repito que aquí no fue creada una persona nueva. Esta persona era la Persona eterna, la Segunda Persona de la Trinidad. Cuando marido y mujer se juntan y nace un hijo, este es una persona nueva, una personalidad nueva. Eso no fue lo que sucedió en la encarnación. Con un padre y una madre humanos, tendríamos un humano descendiente directo de Adán, y por lo tanto, pecador y caído. La única manera de prevenir eso sería decir que un tipo similar de operación realizada por el Espíritu Santo en María tendría que haberse realizado en José.
De hecho, eso no nos ayuda. Si ya estamos teniendo problemas en creer esta operación milagrosa en María, es que la estamos dudando; y esto nos resultaría más imposible todavía de creer. No, si realmente nos aferramos a la doctrina de la encarnación misma, que esta Persona bendita adoptó la naturaleza humana que tenía que ser sin pecado porque no podía unirse a nada que fuera pecaminosa, entonces existe una sola alternativa, y esta es que tenía que nacer, no de la manera común, sino de esta manera especial.
Es de notar que la doctrina entera está llena de obstáculos y dificultades porque cuando lo digo de esa manera, estoy seguro que muchos pensarán: “¡Ah, comprendo! Dios creó para él una naturaleza humana especial, ¿no es cierto?” ¡No, claro que no! Ya he denunciado esto como herejía. Jesús obtuvo su naturaleza humana de María, pero fue obrada por el Espíritu Santo de manera que fue totalmente libre del pecado y de toda contaminación.
Así es como estamos ante él. Estamos ante este misterio divino, ¡Dios en la carne! El hecho más extraño, más maravilloso que jamás haya sucedido: sí, no dudo en decirlo, el acto supremo de Dios. Es tan supremo que esperaría que fuera inusual en todo sentido, y encuentro que las Escrituras dicen que lo fue. Fue concebido por el Espíritu Santo, nació de una virgen llamada María. El varón fue totalmente excluido, no intervino para nada. Allí está José para recordarnos ese hecho. Fue enteramente obra de Dios. Y comprendamos y recordemos que todo sucedió para que pudiéramos ser salvos, para que nuestros pecados pudieran ser perdonados. El Hijo de Dios se hizo hombre a fin de que los hijos de los hombres pudieran llegar a ser hijos de Dios.
Tomado de Great Doctrines of the Bible, Volume I: God the Father, God the Son (Grandes doctrinas de la Biblia, Tomo I: Dios el Padre, Dios el Hijo), 1996, 255-265. Usado con permiso de Crossway, un ministerio de publicaciones de Good News Publishers, Wheaton, IL, 60187, www.crossway.org.
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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Reconocido predicador expositivo y pastor de Westminster Chapel, Londres, 1938-68; nacido en Gales, Reino Unido.
