Cristo es Dios
William S. Plumer (1802-1880)
El propósito de este capítulo es declarar y comprobar la doctrina de la divinidad[^15] suprema, verdadera y auténtica del Señor Jesucristo. Su divinidad es verdadera, no ficticia; es auténtica, no figurada; es suprema, no meramente superangelical[^16]. Nadie es divino en un sentido más elevado que lo es el Salvador de los hombres perdidos. Las pruebas de esta verdad son variadas, multiformes y abundantes.
I. LAS ESCRITURAS ADJUDICAN A JESUCRISTO LOS NOMBRES DE DIOS. Un apóstol dice de él: “Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20). Hablando de los israelitas, otro apóstol dice: “Según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Rom. 9:5). En ambos Testamentos, es llamado Emmanuel, lo cual significa “Dios con nosotros” (Isa. 7:14; Mat. 1:23). Refiriéndose a , Pablo dice: “Dios fue manifestado en carne” (1 Ti. 3:16). El profeta evangélico lo llama: “Dios Fuerte, Padre Eterno” (Isa. 9:6). Pedro dice de él: “Es Señor de todos” (Hech. 10:36). Pablo afirma que: “Es Señor de gloria” (1 Cor. 2:8). Isaías al igual que Joel le dan el imponente e indecible nombre de Jehová (Isa 6:5-10 cf. Juan 12:39-41; Joel 2:32 cf. Hech. 2:21; Rom. 10:13). La Biblia denomina a nuestro Salvador como Dios, el Dios verdadero, Dios bendito por los siglos, Señor de todos, Señor de gloria, Dios con nosotros, Jehová, Dios de los ejércitos. Este lenguaje es usado por profetas y apóstoles en épocas muy diferentes y en ocasiones muy diversas: unos antes de su nacimiento, otros en ocasión de su nacimiento y aún otros después de su ascensión. Es así que la Palabra de Dios nos enseña que es divino.
Señor Jesús, tú que eres Dios sobre todos, tú, Jehová de los ejércitos, sé tú nuestro Amigo. Bendícenos y ayúdanos a cada uno. Sé la fuerza de nuestra salvación.
II. TAMBIÉN SE LE ADJUDICAN ATRIBUTOS DIVINOS. Eternidad[^17] es uno de sus atributos perfectos: “En el principio era el Verbo” (Juan 1:1). Juan el Bautista nació seis meses antes que nuestro Señor, a pesar de lo cual, él dice de Jesús: “Es antes de mí” (Juan 1:15)… Cuando estaba sobre la tierra, confirmó su propia eternidad y propia existencia: “Antes que Abraham fuese, yo soy” (Juan 8:58). Más de sesenta años después de su ascensión[^18] desde el monte del Olivar y apenas nueve versículos antes del final del Nuevo Testamento, Jesús dice de sí mismo: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último” (Apoc. 22:13). Este que es él mismo el Alfa, el primero, el principio, debe ser auto existente, independiente y eterno. De seguro que el que puede decir esto acerca de sí mismo es divino.
Oh tú, Hijo eterno de Dios, tú, Padre de la eternidad, recuerda que nosotros somos de ayer y que seremos quebrantados por la polilla. Haz que, en la plenitud de tu gracia, veamos tu gloria que compartes con tu Padre desde antes de la fundación del mundo.
Omnipresencia[^19] es otro atributo de Dios que Cristo afirma tener: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mat. 18:20). Cristo no podría estar en medio de todos los pequeños grupos de adoradores en todas partes del mundo a menos que fuera omnipresente. Afirma el mismo atributo perfecto cuando les dice a sus discípulos: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:20). Si esta promesa tiene algún sentido natural y obvio es, sin ninguna duda, uno que implica la omnipresencia y, por lo tanto, la divinidad de Jesucristo.
Salvador bendito, que estás presente en todas partes, preside todas nuestras reuniones solemnes, sean grandes o pequeñas. Camina en medio de los candelabros de oro. Sé para nosotros un pequeño santuario.
Omnisciencia[^20] es otro atributo de Dios que Cristo tiene. Pedro dijo: “Señor, tú lo sabes todo” (Juan 21:17). Por su omnisciencia, Jesús declaró que Judas era un demonio, aun antes que lo sospechara ninguno de sus amigos cercanos. Por su omnisciencia, convenció a Natanael de que era el Mesías y que era divino. Hay dos cosas totalmente inescrutables excepto para el omnisciente. Una es el corazón humano. Es así que leemos claramente que aun en su humillación, “Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre” (Juan 2:24-25). Y cuando el Hijo del hombre ya había estado en la gloria, dijo: “Todas las iglesias sabrán que yo soy el que escudriña la mente y el corazón” (Apoc. 2:23). La otra cosa inescrutable, excepto para Dios, es la naturaleza divina. Jesús declara que él conoce ese misterio [sobrecogedor]: “Así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre” (Juan 10:15). Sin lugar a dudas, el que así conoce al Dios inescrutable es precisamente Dios mismo.
Señor Jesús, examínanos y conoce nuestros corazones, y ve si hay en nosotros camino de perversidad. Guíanos en el camino eterno y revélanos el misterio glorioso de Dios.
Inmutabilidad[^21] es otra perfección que es solo de Dios, quien inspiró a hombres para que se la atribuyeran a Jesucristo. Habiendo demostrado que esta tierra y que los cielos, con todo lo que es grandioso y sólido en ellos, pasarán; las Escrituras dicen de Cristo: “Pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán” (Sal. 102:25-27; Heb. 1:10-12). El inspirado autor de la Epístola a los Hebreos declara en términos explícitos que “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Heb. 13:8). No podemos atribuir inalterabilidad a nadie más que a Dios sin caer en blasfemia. Entonces, cuando Pablo dice que Jesús es eternamente el mismo, ¿no está diciendo que es divino?
Bendito Salvador, nos regocijamos que tú eres hoy el mismo que lloró ante el sepulcro de Lázaro, como lo eras cuando diste salvación al ladrón moribundo, como cuando, ascendiendo a la gloria, bendijiste a tus seguidores. Nos regocijamos de que tu estado ha cambiado y que tu naturaleza es inmutable. Ten compasión de nosotros y bendícenos. Sé nuestro seguro fundamento, una fortaleza de rocas.
Sin duda alguna, omnipotencia[^22] es otro atributo que es solo de Dios. No vale la pena discutir con nadie que persiste en afirmar que algún hombre o ángel es todopoderoso. Pero la Palabra de Dios nos enseña en muchas ocasiones que Jesucristo es omnipotente. De seguro que es todopoderoso aquel que en su propio nombre levanta a los muertos y sujeta al universo bajo su poder. “Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:20-21). De seguro, tal energía es omnipotente. En Apocalipsis 1:8, Cristo se revela así: “Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso”. No es que Jesús adquiriera su omnipotencia por su ascensión a la gloria. De hecho, la omnipotencia no puede ser adquirida; si así fuera una criatura podría llegar a ser Dios. Pero aun en su humillación, Jesús dijo: “Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso…Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida” (Juan 5:19, 21). Jesús no hubiera podido hacer nada de estas cosas si su poder hubiera sido limitado. Pero un poder ilimitado es un poder omnipotente, es un poder divino, y por tanto, Cristo es divino.
Oh tú que eres, que fuiste y que has de venir, el Todopoderoso, cobíjanos en la palma de tu mano. Si nuestro aferrarnos a ti es débil, sujétanos con la fuerza de tu omnipotencia. Marcha hacia delante conquistando y para conquistar hasta que la tierra se sujete completamente a ti, Señor de todas las cosas.
III. AQUELLAS COSAS QUE SOLO PUEDEN SER REALIZADAS POR DIOS, SON REALIZADAS TAMBIEN POR JESUCRISTO, Y POR LO TANTO, ÉL ES DIOS. Así fue la obra de creación: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3). “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él” (Col. 1:16). Si la creación demuestra que el Padre es realmente Dios, también por la creación establecemos la divinidad del Hijo.
Glorioso Redentor, todos fuimos hechos por ti y para ti somos. Reconocemos tu derecho perfecto y soberano a nosotros y sobre nosotros. Todo lo que tenemos y todo lo que somos en alma o cuerpo te pertenece. Nada puede disolver los lazos que nos unen eternamente a ti.
Jesucristo también sostiene, preserva y gobierna los mundos que creó. Isaías dice que tendrá “el principado sobre su hombro” (Isa. 9:6). Pablo dice: “Mas del Hijo dice [el Padre]: Tu trono, oh Dios, [es] por el siglo del siglo” (Heb. 1:8) y dice también que “sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (Heb. 1:3). En otra epístola dice: “Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Col. 1:17). De hecho, su cuidado y dirección son necesarias, pues dice Pablo: “Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies” (1 Cor. 15:25). Vemos pues, que toda criatura, desde el insecto más pequeño visto por medio de un microscopio hasta el arcángel que adora y sirve delante del trono eterno, todos los eventos desde la caída de un cabello hasta la destrucción de las naciones por hambrunas, pestilencias y guerras; y todo gobierno y autoridad, desde el oficial de menor grado hasta los tronos y principados en el cielo; el universo material, desde la partícula más ínfima que flota en el aire hasta los sistemas más inmensos de los mundos que se desplazan en el universo: todos dependen de su poderosa providencia. Si uno de esos eslabones en la cadena que de él depende se rompiera, todos se derrumbarían en un abrir y cerrar de ojos. Él siempre ha gobernado a este mundo, y lo seguirá haciendo hasta que su último enemigo haya sido conquistado y el último de los suyos sea victorioso.
Señor Jesús, que sostienes todas las cosas con el poder de tu palabra, sostennos, guíanos, llévanos a salvo dándonos la victoria sobre la muerte, el infierno y todos los poderes de las tinieblas.
Lo repito, la redención es más gloriosa que la creación o la providencia, y Jesucristo es el único autor de la redención. Nunca he sabido de nadie que creyera en la redención de Dios que no se la adjudicara al Hijo. Solo él es capaz de esta gran obra. “El hombre puede sufrir, pero no puede satisfacer; Dios puede satisfacer, pero no puede sufrir; en cambio Cristo, siendo Dios y hombre, puede sufrir y también satisfacer, y es tan perfectamente apto tanto para sufrir por el hombre como lo es para obedecer a Dios. Y entonces por Cristo, quien tomó mi naturaleza en su persona, y satisfizo la justicia por mis pecados, soy recibido a la gracia habiendo obtenido el favor del Dios altísimo.[^23]
Las Escrituras dicen claramente dos cosas. Una es que Cristo nos ha redimido de la maldición de la Ley, que la salvación es por su sangre y justicia. La otra es que por esta redención Cristo se merece el amor más cálido y los honores más elevados, y que de hecho recibe ambos de parte de todos los redimidos. El autor de nuestra salvación eterna no puede ser inferior al autor de nuestra existencia terrenal, y tiene que ser honrado y adorado porque es divino.
Señor Jesús, quien fuiste a la muerte en el pasado, el justo por los injustos, haznos objeto de tu amor, lava nuestros pecados con tu sangre preciosa, y haznos reyes y sacerdotes de Dios.
Además, cuando Cristo estuvo en la tierra, confirmó y usó el poder para perdonar las iniquidades del hombre. “Hombre, tus pecados te son perdonados” (Luc. 5:20) fueron sus breves y solemnes palabras de autoridad sobrehumana. Él mismo nos dice que habló así para que “sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados” (Mat. 9:6). De hecho Cristo es exaltado como Príncipe y Salvador con el propio fin de dar arrepentimiento y remisión de pecados a Israel. Ciertamente es Dios.
Señor Jesús, extiende tu manto ensangrentado sobre nuestras almas, danos arrepentimiento y remisión de pecados, y seremos salvos.
Y eso no es todo: Jesucristo resucitará a los muertos. En Deuteronomio 32:39, Dios dice: “Yo hago morir, y yo hago vivir”. En Apocalipsis 1:18, el Señor Jesús dice: “Tengo las llaves de la muerte y del Hades”. Levantar a los muertos es un acto de omnipotencia, por lo que ninguna criatura puede hacerlo. No obstante, Pablo dice: “En Cristo todos serán vivificados” (1 Cor. 15:22). Estando en la tierra, más de una vez Jesús dio vida a los muertos. Cuando hablaba era obedecido como Dios: “¡Lázaro, ven fuera!” (Juan 11:43). Dijo: “Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:40). Hay más: resucitó a su propio cuerpo de entre los muertos: “Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar [la vida]… Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Juan 10:18; 2:19). Realmente este es el Hijo del Altísimo y ciertamente es igual a Dios.
Querido Redentor, contentos te seguimos a la tumba con la esperanza de una resurrección gloriosa. No queremos vivir aquí para siempre. En el Día Final, levántanos y transforma nuestro cuerpo corrupto en uno glorioso como el tuyo. Concédenos el ser parte de la primera resurrección.
Jesucristo juzgará a los vivos al igual que a los muertos cuando venga. Dice expresamente que el Padre ha dado al Hijo “autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre” (Juan 5:27). En el mismo capítulo, dice: “Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo” (Juan 5:22). El gran tribunal ante el cual tenemos que comparecer es “el tribunal de Cristo” (Rom. 14:10). En Apocalipsis 1:7, Juan dice: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él”. Si se requieren perfecciones divinas para algo, es para decidir los destinos de los hombres y los ángeles, por lo que Dios quien nunca se equivoca, ha puesto este juicio en las manos de Cristo. Por lo tanto, tiene que ser Dios.
Señor Jesús, cuando vengas en tu gloria con tus santos ángeles y los cielos huyan de tu presencia, por tu misericordia, te pedimos que nos des valentía en el Día del Juicio_[^24]_.
Y así como Jesús hizo, gobierna y juzgará al mundo, destruirá estos cielos y esta tierra. “Y: Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permaneces; y todos ellos se envejecerán como una vestidura, y como un vestido los envolverás, y serán mudados” (Heb. 1:10-12). ¿Quién sino Dios puede hacer esto, y hacerlo con la misma facilidad como el hombre dobla una prenda y la deja a un lado? Jesús hará justamente esto. De seguro que es divino.
Jesús, nuestro Señor y nuestro Dios, cuando disuelvas el entorno de todas las cosas terrenales, acuérdate de nosotros y líbranos según las riquezas de tu gracia en gloria.
IV. LA BIBLIA HA HECHO MÁS PARA QUITAR DE RAÍZ LA IDOLATRÍA QUE CUALQUIER OTRO LIBRO. Declara que los idólatras tendrán su parte en el lago de fuego. A la vez, este mismo libro sagrado autoriza que se ofrezcan los actos de adoración más elevados a Cristo. Se requiere tanta fe en él como en el Padre: “Creéis en Dios, creed también en mí” (Juan 14:1). Ambos Testamentos requieren que creamos en él y confiemos en él so pena de perdición[^25]. “Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían.” (Sal. 2:12). “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36). Las Escrituras nunca nos requieren que confiemos en el hombre. Al contrario, dicen: “Maldito el varón que confía en el hombre” (Jer. 17:5). Pero también dicen: “Estará la raíz de Isaí, Y el que se levantará a regir los gentiles; Los gentiles esperarán en él” (Rom. 15:12). Sí, dicen además: “En el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra” (Fil. 2:10). Y todo esto es por mandato de Dios, porque “Cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice: Adórenle todos los ángeles de Dios” (Heb. 1:6). Antes de nacer, Elizabeth, prima de su madre, guiada por el Espíritu Santo lo llamó: “Mi Señor” (Luc. 1:43). Después de su resurrección, Tomás, adorándolo dijo: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28). El primer mártir cristiano lo adoró clamando: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hech. 7:59). Las Escrituras aseguran claramente que Jesús es objeto de la máxima adoración ofrecida en el cielo: “Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Apoc. 5:11-13). Ningún lugar de la Palabra de Dios habla de una adoración solemne más universalmente completa que la que aquí declara que ha sido rendida al Hijo. En verdad, él es divino. Es Dios. Su divinidad es suprema. No hay idolatría en el cielo, y Jesús es adorado allí.
Oh, Cordero de Dios, concédenos este favor: que te adoremos con auténtica devoción en esta vida, y en la venidera que nos unamos a las huestes celestiales que te bendicen y honran por tu poder, gloria y salvación.
Lo anterior es meramente un bosquejo del argumento referente a este tema glorioso. La Biblia está lleno de él. A veces tenemos hasta casi un capítulo entero dedicado a este asunto tan importante… Muchas porciones de varios libros de la Biblia están dedicadas a establecer la misma verdad. Es evidente que el Evangelio de Juan fue escrito principalmente con el mismo propósito. El primer versículo puede considerarse como un resumen del contenido: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1). El tiempo no nos alcanzaría para ahondar cada una de las pruebas de la divinidad de nuestro Señor que encontramos en este Evangelio.
Ciertamente, podemos decir con Melville: “Si nunca hubo una persona que fue humana al igual que divina, entonces no hay otro libro con tantas contradicciones como la Biblia. Nada fuera de tal combinación da sentido a la Biblia, ni la rescata de tener una cantidad masiva de inconsistencias. Algunos pueden pensar que simplificaría la teología cristiana quitarle el misterio de dos naturalezas unidas en la sola persona de Cristo; pero así como la divinidad de nuestro Señor es el fundamento de nuestra esperanza, es también la clave de la Biblia. Reconocemos reverentemente un gran misterio, pero ni la milésima parte de grande como lo sería la Biblia si se basara en que Cristo era solo un ser humano”[^26].
1. Si Jesucristo es divino, podemos confiarle totalmente nuestro caso. No traicionará ningún interés que se le haya encomendado. Invita a todos a venir a él. Recibe a todos los que vienen. Es todo suficiente. Fue escogido, llamado y ordenado por Dios para esta obra de salvar a los perdidos que buscan su refugio en él. Un hombre de Dios dijo cierta vez: “Si no supiera que mi Salvador es Dios, esta noche me acostaría desesperado: en este caso, las Escrituras no podrían brindarme consuelo alguno”. Pero es divino, y podemos confiadamente poner todo el peso de nuestra salvación en su brazo todopoderoso y confiarle nuestros más complicados asuntos que él los solucionará con su sabiduría infinita.
2.Tener fe en el Señor Jesucristo es un deber razonable. “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:12). Si fallamos aquí, fallamos del todo, porque en ningún otro hay salvación (Juan 14:6; Hech. 4:12). Él es la Roca. Toda esperanza que no es basada en él perecerá para siempre. Jesús es para salvación y para condenación de muchos. Será para nosotros una roca de salvación o una piedra de tropiezo, la sombra de un gran peñasco en tierra calurosa o una piedra de tropiezo para los que no creen. Ya hace tiempo que he dejado de admirarme de que Jehová haya puesto tanto énfasis en esta doctrina. En su medida, los piadosos hacen lo mismo. Todos se aferran a ella como su última esperanza. ¡Oh, que cada hombre pidiera a Dios que le dé fe: fe salvadora! Porque nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino por acción del Espíritu Santo (1 Cor. 12:3).
3. ¿Aceptas a este Señor Jesús como tu Salvador? ¿Quieres inclinar tu rostro y llevar sobre ti su yugo? (Mat. 11:29). Si confiesas tus pecados, él es fiel y justo para perdonarlos, y limpiarte de toda maldad (1 Juan 1:9). ¿Lo aceptas? Lo necesitas. Lo necesitas ahora. Lo necesitas con urgencia. Lo necesitas para que te ayude a vivir. Lo necesitarás para que te ayude a morir. Necesitarás su gracia y misericordia para siempre.
Tomado de The Rock of our Salvation ( La Roca de nuestra salvación), Sprinkle Publications, www.sprinklepublications.net.

La causa motivadora de la encarnación de Cristo es el amor del Padre y del Hijo por la humanidad. —John Gill