Cristo en la eternidad

Isaac Ambrose (1604-1664)

Reflexionemos en Cristo y en su relación con nosotros ante toda su creación… Fue en la eternidad que Dios el Padre llamó a su Hijo para cumplir la función de Mediador[^9], de modo que a través de él pudieran ser escogidos todos aquellos que serían salvos. En cuanto a este llamado de Dios el Padre… dice el apóstol claramente: “Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.” (Heb. 5:4-5). El Padre lo llamó a llevar a cabo esta honrosa misión. Cristo no se promovió a sí mismo para realizar la misión, sino que le fue asignada por la voluntad de Dios el Padre de acuerdo con sus designios. “Por cuanto agradó al Padre…reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.” (Col. 1:19-20). “Porque a éste señaló Dios el Padre” (Juan 6:27), y ¿para qué? Para asegurarnos la buena voluntad de Dios para salvarnos, como lo prueba el que llamara a su Hijo a hacerlo. Por lo tanto, aceptará todo lo que Cristo haga por nosotros porque él mismo lo ha ordenado.

Y sucedió que Dios el Hijo aceptó el llamado del Padre y se hizo cargo de la función de Mediador. “Entonces dije: He aquí que vengo” (Heb. 10:7). No cabe duda que fue desde la eternidad: “Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás” (Isa. 50:5)… Y “como el Padre me mandó, así hago” (Juan 14:31). En cuanto el Padre lo llamó, Cristo aceptó la función que su Padre le designó… Tiene que ser así, porque sea cual fuere la voluntad de Padre, es también la voluntad del Hijo. “Yo y el Padre uno somos”, dijo Cristo (Juan 10:30). ¿Cómo es que son uno? Pues porque tienen una misma voluntad, un mismo poder y una misma naturaleza.

1. Una misma voluntad: Esto es evidente en las palabras anteriores. Cristo dice de sus ovejas: “Mi Padre me las dio… y yo les doy vida eterna” (Juan 10:28-29). Ambos coinciden en salvar las ovejas de Cristo. El Padre tiene la voluntad de hacerlo y Cristo también. Vemos que lo mucho que el Padre lo desea, igual lo desea el Hijo. Él y su Padre uno son.

2. Un mismo poder: Es igualmente evidente en las palabras anteriormente citadas: Esas ovejas “no perecerán jamás”, dice Cristo, “ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (10:28-29). Primero, está el poder de Cristo y todo su poder obrando para la salvación de sus ovejas: si tiene poder y puede hacer cualquier cosa, ¡ni una de ellas perecerá! Él mismo explica que su poder procede del poder de su Padre, quien está tan involucrado como él en esta misión. Sus ovejas se encuentran seguras en sus manos al igual que en las manos de su Padre. Él y su Padre uno son.

3. Una misma naturaleza: Acerca de esto, creo que las palabras más comprensibles son: el Padre y el Hijo son de una misma naturaleza, de una esencia, de un ser, y esto no es meramente un tema en que ambos coinciden… sino uno en que nunca pueden dejar de coincidir… Entonces el Padre llama desde la eternidad al Hijo para que cumpla la función de Mediador: “¡Ven, Hijo mío, Hijo de mi gozo y gran placer, mi Hijo amado en quien tengo contentamiento! Tengo en mi corazón el anhelo de darme a conocer desde esta solitud eterna a algo más. Mis pensamientos, propósitos e intenciones en este orden: Primero, está mi propia gloria, luego la de Cristo, luego la de la iglesia, luego la del mundo… Inmediato a mi gloria y su manifestación, tendré a Cristo, y este Cristo será el modelo principal de la elección de gracia. A Cristo le sigue el cuerpo[^10], y a este cuerpo predestinaré[^11] para ser conformado a la imagen de mi Hijo. He aquí te llamo a cumplir la función de Mediador: Tú eres mi Hijo; hoy (en este día de eternidad) te he engendrado; y hoy (en este día de eternidad) te llamo a tener este honor de ser un sumo sacerdote para siempre”.

Así como el Padre llama, el Hijo desde la eternidad acepta la función que el Padre le designa: “¿Es esa la voz de mi Padre eterno? ‘He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad (como en el rollo del libro está escrito de mí)’. Esta es mi decisión, sí, y lo será para siempre. Cuando me haya encarnado[^12], este será mi anhelo: hacer la voluntad del que me envió para completar su obra. Padre glorioso, tu voluntad es mi voluntad. No busco mi propia voluntad —como si tuviera una distinta a la tuya— sino la voluntad de mi Padre. Ahora, pues, acepto este honor. Haga yo… lo que tú quieras” (Sal. 40:7; Heb. 10:7; Juan 4:34; 5:30)…

En cuanto a los pasajes específicos de estos pactos entre Dios y Cristo para salvar almas, mostraré: 1. El proyecto y 2. El consejo… Los encontraremos en nuestro primer período, en la eternidad antes de que existiera el tiempo hasta el momento de la creación.

  1. El proyecto… Primero, Dios busca su propia gloria, luego la de Cristo, luego la de los escogidos, luego la del mundo… Aquí pues está el proyecto: Dios glorificará su gracia. Para este fin, predestinará a Cristo. Por medio de Cristo escogerá para salvación a algunos de los hijos de los hombres quienes, a pesar del pecado y por amor, los hará santos y sin culpa delante de él. Explicaré seguidamente este proyecto o plan o designio de Dios, a saber, su consejo.

  2. El consejo: Del consejo de Dios con respecto al hombre antes de que todos los mundos existieran, leemos en varios pasajes que Cristo fue “entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hech. 2:23). “Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera” (Hech. 4:27-28). Dicen también las Escrituras que los que son de Cristo: “En él asimismo [tienen] herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Ef. 1:11). Poco sabemos ahora de este consejo de la voluntad de Dios, pero será revelado cuando estemos en gloria…Mientras tanto, lo que sí sabemos es lo que ha revelado desde la eternidad con respecto a su consejo:

  3. Que el hombre sería una criatura capaz de razonar. Porque toda criatura está sujeta obligadamente al Creador —él hizo todas las cosas para sí (Prov. 16:4), y cada una tiene que devolverle aquella gloria para la cual lo creó— el hombre tiene que servirle tal como tienen que hacerlo el resto de las criaturas. Solo que su servicio tiene que ser con el uso de la razón…

  4. Que si el hombre se desvía de este servicio hecho con el uso de razón y quebranta la ley que Dios le establece, desagrada a Dios y se hace merecedor de la condenación y el castigo correspondiente…

  5. Que el pecado no permanecería sin castigo por estas razones: (1) Porque Dios lo aborrece infinitamente: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, no puedes ver el agravio”, dice de él el profeta (Hab. 1:13). Le dan náuseas y lo aborrece: “Todas estas son cosas que aborrezco, dice Jehová” (Zac. 8:17), “me son gravosas; cansado estoy de soportarlas” (Isa. 1:14). (2) Por su verdad: Dijo: “Porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” o sea, “muriendo, morirás” (Gén. 2:17), morir temporalmente, morir eternamente. Es seguro que Dios no abolirá su Ley: “Ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mat. 5:18)… Por estas razones, Dios ha decidido que el pecado no quedará sin castigo, no sea que su justicia sea ignorada, su aborrecimiento por el pecado sea menos evidente, su verdad sea cuestionada y su majestad sobrecogedora sea relegada por los hombres.

  6. Que a pesar del pecado, no todos los hombres serían destruidos por estas razones: (1) Por el placer infinito que a Dios le causa tener misericordia: “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia” (Mic. 7:18)… (2) Por el placer infinito que a Dios le causa ser glorificado por medio del servicio y sujeción voluntaria de los suyos: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto” (Juan 15:8)… Adán cayó, y toda la humanidad cayó con él, de modo que no quedó árbol en este paraíso que diera frutos para Dios. Lo cierto es que Dios prefiere tener sus árboles para dar fruto que para usar como leña. Por esto resolvió que la humanidad, a pesar de sus pecados, no debía ser destruida.

Por consiguiente, la Trinidad llama a consejo, y la pregunta es: “¿Qué haremos con este pobre hombre, depravado y pecador?”… Determinan que Jesús, uno de los integrantes de la bendita Trinidad, resolvería el problema debido a que por la ordenación de su Padre, su propia aceptación y la santificación del Espíritu Santo, es apto para la tarea. Con este fin, Jesús sería tanto garante como cabeza del pecador: un garante para pagar las deudas del hombre ante Dios, y cabeza para restaurar la imagen de Dios en el hombre. Es así que en él “la misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” (Sal. 85:10).

¡Este es el gran misterio del evangelio! ¡Esto es lo que los ángeles anhelan contemplar (1 Ped. 1:12)! ¡Es más, esto también es lo que hará que los ángeles y los santos admiren y bendigan a Dios por toda eternidad! Esto es lo que puso en movimiento la sabiduría infinita de Dios desde toda eternidad. Si todos los ángeles en el cielo y todos los hombres en la tierra hubieran sido presionados a contestar esta pregunta: “¿Cómo será perdonado el pecado, reconciliado el pecador y Dios glorificado en su justicia?” nunca hubieran podido hacerlo. ¡Esto le costó caro a Dios! Le costó la sangre del corazón de su propio Hijo, y esto es una señal segura de que Dios nos ama de todo corazón. ¡De hecho, no somos cristianos hasta que en alguna medida vemos y palpamos la gloria de Dios en este misterio! ¡Ah, la maravilla del cielo y de la tierra! El caso es este: el hombre ha caído en pecado, y desde la caída, el hombre y el pecado están unidos inseparablemente como el fuego y el calor. No obstante, Dios tiene misericordia del hombre y a la vez toma venganza del pecado. La sabiduría eterna de Dios ha encontrado una manera de transferir los pecados del hombre a otra Persona4, quien los puede cargar, e interesar al hombre a aceptar la justicia de Aquel que los puede cargar y cubrir… Todo esto se realiza en nuestro Jesús. En él se ejecutó la maldición de la Ley, por él se cumplió la justicia de la Ley, por él es remitido el pecado del hombre y por medio de él todas las cosas son hechas nuevas.

El mundo estaba en Cristo como su Garante, satisfaciendo la justicia de Dios; y Dios estaba en Cristo, como su embajador, volviendo a reconciliar al mundo con él… “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Rom. 11:33).

Tomado de Looking unto Jesus (Puestos los ojos en Jesús), Sprinkle Publications, www.sprinklepublications.net.

_______________________

Isaac Ambrose (1604-1664): Anglicano, luego pastor presbiteriano; conocido por su vida santa excepcional; nació en Ormskirk, Lancashire, Inglaterra.

flourish

Esta es la base de la vida Cristiana, uno de sus componentes fundamentales: Sin esta creencia, nadie puede ser cristiano. “En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios” (1 Juan 4:2), es nacido de Dios, le pertenece y está de parte de Dios y la verdad. —John Gill