Sin excusas: Cree en el Evangelio

Charles H. Spurgeon (1834-1892)

“Hijo de hombre, he aquí que los de la casa de Israel dicen: La visión que éste ve es para de aquí a muchos días, para lejanos tiempos profetiza éste” (Ezequiel 12:27).

Los hombres muestran gran ingenio al crear excusas para rechazar el mensaje del amor de Dios. Muestran una habilidad maravillosa, no en la búsqueda de la salvación, sino en inventar razones para rechazarla. Son diestros para evitar la gracia y asegurar su propia ruina. Sostienen primero este escudo y después el otro para protegerse de las flechas misericordiosas del Evangelio de Jesucristo que solamente tienen el propósito de vencer los pecados mortales que se ocultan en sus corazones.

El argumento maligno que se menciona en el texto se ha empleado desde los días de Ezequiel hasta el día de hoy. Se ha puesto al servicio de los propósitos de Satanás en diez mil casos. Por su uso, los hombres han postergado [el arrepentimiento] hasta llegar al infierno. Cuando los hijos de los hombres oyen acerca de la gran expiación hecha en la cruz por el Señor Jesús y son llamados a obtener la vida eterna por medio de Él, aún insisten en decir acerca del evangelio que: “La visión que él ve es para dentro de muchos días, y para tiempos lejanos él profetiza”. En otras palabras, piensan que los asuntos que tratamos no son de una importancia inmediata y que pueden ser postergados sin peligro. Imaginan que la fe cristiana1 es para el débil moribundo y el anciano frágil, pero no para los hombres y las mujeres saludables. A nuestro insistente llamado de “todas las cosas ya están listas, venid a la cena”, responden: “El propósito de la fe cristiana es prepararnos para la eternidad, pero aún estamos lejos de eso. Todavía estamos en el apogeo de nuestras vidas. Hay tiempo suficiente para los lúgubres preparativos de la muerte. La religión que nos anuncian tiene el hedor de la tumba y el gusano. ¡Déjennos ser felices mientras está a nuestro alcance! Ya habrá lugar para cuestiones más serias cuando hayamos disfrutado de la vida un poco o hayamos establecido nuestros negocios o podamos retirarnos con los ahorros que hemos acumulado durante toda una vida… Profetizan sobre asuntos que son para de aquí a muchos días, para tiempos lejanos”. Puede ser que muy pocos jóvenes hayan dicho esto… pero es lo que muchos piensan en secreto. De esta manera, resisten la advertencia del Espíritu Santo que dijo: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (He. 3:15; 4:7). Postergan el día de su conversión como si fuera un día de tempestad y terror y no lo ven como es en verdad —un día sumamente sereno, sumamente luminoso— la boda del alma con el cielo.

Cada persona inconversa debe recordar que Dios conoce cuál es su verdadera excusa para cerrar sus oídos a la voz de amor de un Salvador agonizante. Posiblemente no la has admitido para ti mismo ni la has formulado en palabras, puede ser que ni siquiera te atrevas a hacerlo para no alarmar en demasía la conciencia; sin embargo, Dios conoce todas las cosas. Él ve cuán insustancial, necias y malvadas son tus excusas. No lo engañan las palabras vanas, sino que con prontitud le pone fin a las disculpas que ofreces por tu tardanza… Dios conoce la frivolidad de las excusas que presentas por tu dilación. Él conoce que tú mismo tienes dudas acerca de tus excusas y que no te atreves a enfrentarlas para darles lo que se podría considerar como una atención solemne. Con mucho esfuerzo tratas de engañarte y llegar a un estado donde tu conciencia esté tranquila en lo que concierne a estas cosas. Sin embargo, en lo más profundo de tu ser te avergüenzas de tus propias falsedades. Con la ayuda del Espíritu Santo, es mi propósito en este momento, el tratar con tu conciencia y convencerla aún más plenamente de que la tardanza no se puede justificar. Puesto que el evangelio exige algo de ti en el presente y no debes decir: “La visión que éste ve es para de aquí a muchos días, para lejanos tiempos profetiza éste”.

Digamos, por un momento, que el mensaje que traemos incumbe más a un tiempo futuro, aun así, ese día no está lejos. Ni tampoco la distancia entre el presente y el futuro es tan grande como para poder darse el lujo de esperar. Supón que vivas hasta los setenta años. Hombre joven, supón que Dios tenga misericordia de ti mientras vives en tus pecados hasta que la nieve de varios inviernos pinte tus cabellos de blanco. Mujer joven, supón que tu rostro, ahora juvenil, escape de la tumba hasta que las arrugas sean delineadas en tu frente; aun así, ¡qué corta será tu vida!

Quizá pienses que setenta años es un largo período de tiempo, pero aquellos que ya tienen setenta, al mirar atrás, te contarán que sus días han sido muy breves. Yo, que solamente tengo cuarenta, ahora siento que cada año vuela más rápido que el anterior; los meses y las semanas desaparecen en un abrir y cerrar de ojos. Mientras más viejo uno se hace, más corta aparenta ser la vida. No me asombro de que Jacob haya dicho: “Pocos y malos han sido los días de los años de mi vida” (Gn. 47:9) porque cuando dijo esto ya era un hombre extremadamente viejo. La vida del hombre es breve en comparación con todo lo que le rodea; entra en el mundo y sale de él como un meteoro que cruza con un destello por los cielos que durante siglos han permanecido iguales… Párate al lado de alguna piedra inmensa que ha enfrentado las tempestades de los siglos y te sentirás como un insecto que vive por una hora… Por lo tanto, no digas: “Estas cosas son para un tiempo muy lejano” porque, aunque podamos garantizarte que vivirás todos los años en que un ser humano puede tener existencia, será solamente un pequeño lapso de tiempo.

Hombre joven, mujer joven, no puedes estar seguro de que llegarás a la mediana edad. ¡Pero cuidado con lo que digo! ¿De qué estoy hablando? ¡No puedes estar seguro que verás el final de este año o que escucharás las campanas que le dan la bienvenida al nuevo! Sí, aunque parezca que está muy cerca, no te jactes del día de mañana. ¡Puede ser que nunca llegue! Y si llega, no sabes lo que traerá: Puede traer un ataúd o una mortaja. Sí, esta misma noche, cuando cierres los ojos y pongas la cabeza sobre la almohada, no estés tan seguro de que despertarás otra vez en ese aposento tan familiar o que saldrás de allí a reanudar las actividades de la vida. Queda claro entonces, que esas cosas que conducen a la paz no son asuntos que deben dejarse para un tiempo muy lejano. La fragilidad de la vida las convierte en la necesidad del momento. ¡No estás lejos de la tumba! Estás más cerca de ella ahora que cuando comenzó este discurso; algunos se encuentran mucho más cerca de ella de lo que piensan.

Para algunos, este rechazo del evangelio tiene un impacto considerable porque su ocupación es tan peligrosa que todos los días la muerte puede escoger entre cien vías diferentes para conducirlos hacia su prisión en el sepulcro. ¿Puedes acaso hojear un periódico sin encontrar las palabras muerte súbita o total? El viajar conlleva muchos peligros e, incluso, cruzar la calle es arriesgado. Los hombres mueren en sus casas y también cuando están ocupados en sus profesiones lícitas, muchos son sorprendidos por la muerte. ¡Cuán cierto es esto para aquellos que salen al mar en barcos o que descienden a las entrañas de la tierra en las minas! En realidad, no hay profesión que esté fuera del peligro de la muerte. Una aguja puede matar, al igual que una espada. Una escaldadura, una quemadura, una caída puede dar fin a nuestras vidas, tan fácilmente como lo haría la peste o una batalla. ¿Tienes que subir escaleras de mano en tu profesión? No es algo muy peligroso, ¿pero no has oído de aquellos que han perdido el equilibrio y han caído para nunca jamás levantarse? En el trabajo estás rodeado de los materiales de construcción de un edificio; ¿nunca has oído que han caído piedras que han aplastado a los trabajadores?…

A pesar de todo lo que se puede lograr por medio de las regulaciones sanitarias, las fiebres no son algo desconocido, ni tampoco es inusual que una apoplejía mortal tumbe a un hombre en el suelo en un instante de la misma manera en que un carnicero mata un buey. La muerte ya ha eliminado a muchos de tus compañeros del pasado… La flecha de la destrucción ha zumbado por tu oído hasta dar con otro blanco; ¿nunca te has preguntado por qué no ha dado contigo?… ¿Cómo puedes decir, cuando te hablamos acerca de la preparación para la muerte, que estamos hablando de cosas muy lejanas? Querido amigo, no seas tan necio. Te imploro que dejes que estas advertencias te conduzcan a la fe en Cristo. Lo último que quiero es alarmarte innecesariamente —¿pero es innecesario? Estoy seguro de que te amo demasiado como para angustiarte sin causa— ¿Pero es que no hay causa suficiente? Escucha, te insto de la manera más afectuosa: Respóndeme y dime, ¿no te dice tu propia razón que mi ansiedad por ti no está fuera de lugar? ¿No debieras en este instante tomar en serio el mandamiento del Redentor y obedecer al Salvador que te llama? ¡El tiempo es corto! Aprovecha los momentos que se te escapan y apresúrate por conseguir la bendición.

Una vez más, recuerda también que, aunque supieras que escaparás del accidente, la fiebre o la muerte súbita, aún queda un gran evento que muy pronto olvidamos y que puede poner fin al día de misericordia [de manera repentina]. ¿Nunca has escuchado que Jesucristo de Nazaret fue crucificado en el calvario, que murió en la cruz y fue tendido en una tumba? ¿No sabes que se levantó al tercer día y que después de pasar un poco de tiempo con sus discípulos, los llevó a la cima del Monte de los Olivos y que ahí, ante sus ojos, ascendió a los cielos y una nube lo ocultó de su vista? ¿Has olvidado las palabras de los ángeles, que dijeron: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hch. 1:11)? Ciertamente Jesús vendrá una segunda vez para juzgar el mundo, pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos. Él vendrá como _“ladrón en la noche”_a un mundo impío (1 Ts. 5:2; 2 P. 3:10); estarán “comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento” (Mt. 24:38), así como lo hacían cuando Noé entró en el arca. ¡No lo sabían hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos!

En un momento, no podemos decir cuándo, puede ser antes de que salgan las próximas palabras de mi boca, un ruido mucho más fuerte que cualquier voz de mortal se escuchará sobre el clamor del comercio mundano, ¡sí y será más fuerte que el rugir de los mares! Ese sonido de trompeta proclamará el día del Hijo del Hombre. “¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!” (Mt. 25:6), serán palabras que se oirán por toda la Iglesia. Y para el mundo habrá un sonido como de trompeta: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron” (Ap. 1:7). Jesús puede venir esta noche. Si lo hiciera, ¿todavía me dirías que hablo de cosas muy lejanas? Jesús dijo: “He aquí, yo vengo pronto” (Ap. 3:11). ¿Y no le ha dicho su Iglesia: “Sí, ven, Señor Jesús” (Ap. 22:20)? Para nosotros, puede parecer que se tarda mucho; sin embargo, para Dios esta tardanza será breve. Debemos velar a toda hora y esperar a diario que el Señor venga del cielo. ¡Oh, te ruego que no digas que el Señor tarda en su venida porque ese era el lenguaje del siervo malo que fue castigado duramente! Es la marca de los que se burlan de los postreros días [que] dicen: “¿Dónde está la promesa de su advenimiento?” (2 P. 3:4). Ahora pues, no te burles para que no se aprieten más tus ataduras. Más bien escucha la indudable voz de la profecía y de la Palabra de Dios: “¡He aquí, vengo pronto!” (Ap. 22:7, 12). “Vosotros, pues, también, estad preparados, porque a la hora que no penséis, el Hijo del Hombre vendrá” (Lc. 12:40)…

Hemos sido enviados para razonar con el hombre joven y con la mujer joven y para recordarles con ternura que en este momento están comportándose de forma injusta y desconsiderada con su Dios. Él te hizo y no le rindes servicio. Él te ha mantenido vivo, pero no le obedeces. Él te ha enviado la Palabra de su Evangelio, pero la has rechazado. Él ha enviado a su Hijo unigénito y tú lo has despreciado… Hijo de la misericordia, hijo desobediente del gran Padre de los espíritus, ¿puedes soportar el vivir para siempre en enemistad con el amoroso Padre? Preguntas: “¿Él me perdonará?”. ¿Qué te insta a hacer esa pregunta? ¿Es que ignoras lo bueno que Él es?… ¡No digas más que estamos hablando de cosas muy lejanas!

Debo recordarte, sin embargo, de mucho más que esto, y es que tú… estás en peligro. Por causa de la manera en que has tratado a Dios y porque has permanecido como su enemigo, Él ciertamente te visitará en justicia y te castigará por tus transgresiones. Es un Dios justo y cada pecado que se comete queda anotado en su libro. Ahí queda grabado hasta el Día del Juicio. El peligro en el que estás es que en este mismo momento puedes descender al abismo y… que puedes inclinar la cabeza en la muerte y comparecer ante tu Hacedor en un instante para recibir la justa recompensa por tus pecados. ¡Venimos a decirte que existe un perdón inmediato de todos los pecados para aquellos que crean en el Señor Jesucristo! Si crees en Jesús, tus pecados, que son muchos, te son todos perdonados.

¿No conoces la historia que has escuchado muchas veces, de cómo el Señor Jesús cargó con los pecados de todos los que confían en Él? [Él] sufrió en su lugar la retribución que merecían sus pecados. Él fue nuestro Sustituto[^42] y como tal murió, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Él dio su vida… para que “todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16). ¿Rechazarás una salvación comprada con precio tan alto y que se te ofrece libremente? ¿No confiarás en Él aquí y ahora? ¿Puedes soportar la carga de tus pecados? ¿Te conformas con permanecer hasta una sola hora en peligro de un castigo eterno? ¿Puedes soportar el deslizarte hacia la boca abierta del infierno como sabes que lo estás haciendo ahora? Recuerda que la paciencia de Dios no durará para siempre; ya lo has provocado durante mucho tiempo… Es una maravilla que no caigas inmediatamente en la destrucción. Por esta razón, queremos que tú seas perdonado ahora y que ya estés a salvo de la ira divina. El peligro es inminente; que el Señor permita que también lo sea el rescate.

Te escucho hacer las siguientes preguntas: “¿Pero el perdón se puede obtener todo de una vez? ¿Es Jesucristo un Salvador en el presente? Pensé que quizá lo encontraría en el lecho de la muerte o que únicamente podría obtener una esperanza de misericordia después de una larga vida de búsqueda”. No es así. La gracia gratuita proclama la salvación inmediata del pecado y de la miseria. Cualquiera que mire a Jesús en este mismo momento, le serán perdonados todos sus pecados. En el instante que ponga su confianza en el Señor Jesús, el pecador cesará de estar ante el peligro del fuego del infierno. En el momento en que un hombre mira con ojos de fe a Jesucristo, es rescatado de la ira venidera. Te predicamos una salvación inmediata, así como el consuelo presente de esa salvación.

El Evangelio que predicamos también te traerá bendiciones hoy. Además de perdón y justificación en el presente, te dará regeneración, adopción, santificación, entrada en la presencia de Dios, paz por medio del creer y pronto auxilio en las tribulaciones; aun en esta vida te dará una doble porción de felicidad. Será sabiduría para tu camino, fortaleza para tus convicciones y consuelo para tus angustias… Joven, al predicarte el Evangelio, estamos proclamando lo que es bueno para esta vida presente y para la venidera. Si crees en Jesús, serás salvo ahora, al instante, y de inmediato disfrutarás del favor inmutable de Dios para que, de ahora en adelante, no vivas como los demás, sino como uno que ha sido escogido por Dios, quien es el objeto especial de su amor, a quien enriquece con bendiciones especiales para que se regocije a diario hasta que sea llevado ante la presencia de Jesús. Una salvación para el presente es la esencia del mensaje del Señor para ti. Por lo tanto, no es verdad, sino detestablemente falso, que la visión es para de aquí a muchos días y la profecía para tiempos lejanos. ¿No hay sensatez en mis súplicas? Si la hay, sométete a ellas. ¿Puedes refutar estos argumentos? Si no puedes, te ruego que dejes de esperar. De nuevo le imploro al Espíritu Santo que te guíe, inmediatamente, al [arrepentimiento y a la fe en Cristo].

Tomado de un sermón que se impartió el jueves por la tarde, el 19 de marzo del 1874, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres, Inglaterra.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): El predicador bautista inglés más conocido en la historia; nació en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Footnotes

  1. Nota del editor – La palabra original que el autor emplea aquí es religión. A la luz del uso amplio y muchas veces confuso de la palabra “religión” hoy en día, los términos “fe cristiana”, “cristianismo” y “fe en Cristo” y, a veces, “piedad”, “piadoso/a” o “piedad cristiana”, suelen reemplazar “religión” y “religioso” en muchos casos en esta publicación.