Una súplica para aquellos que pecan en secreto

Charles Spurgeon (1834-1892)

Ahora vengo… a suplicar con todas mis fuerzas a algunos de ustedes a quienes Dios ha sacudido en sus conciencias. He venido a rogarles, si es posible, hasta con lágrimas, que renuncien a sus pecados secretos. Hay uno aquí por quien bendigo a Dios: Lo amo, aunque no lo conozco. Está casi convencido de ser cristiano. Se debate entre dos opiniones: tiene la intención de servir a Dios, se esfuerza por dejar el pecado, pero le resulta una dura lucha. Aún no sabe qué será de él. Le hablo con todo amor: Amigo mío, ¿te quedarás con tu pecado e irás al infierno o dejarás tu pecado e irás al cielo? Ésta es la solemne alternativa.

A todos los pecadores despiertos les digo: ¡Que Dios elija por ustedes! de lo contrario, tiemblo en cuanto a lo que puedan elegir. Los placeres de esta vida son tan embriagadores, las alegrías de ella tan cautivantes, que, si no creyera que Dios obra en nosotros el querer y el hacer, perdería la esperanza por ustedes. Pero confío en que Dios decidirá el asunto. Permítanme presentarles la alternativa: Por un lado, hay una hora de alegría, una corta vida de dicha y esa es una pobre, pobre dicha. Por otro lado, está la vida eterna y la gloria eterna. Por un lado, hay una felicidad pasajera y después, una desdicha abrumadora. En este caso, hay una sólida paz y un gozo eterno, y luego, una dicha desbordante… Digo como Elías: “¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él” (cf. Jos. 24:15; 1 R. 18:21). Pero, ahora, haz firme tu elección (2 P. 1:10) ¡y que Dios te ayude a hacerla! ¡No digas que vas a seguir la religión1 sin antes calcular el costo…!

Pecador, nunca te arrepentirás de esa elección, si Dios te ayuda a hacerla. Serás un hombre feliz aquí y tres veces feliz por toda la eternidad.

“Pero”, dice uno, “señor, tengo la intención de ser religioso, pero no estoy de acuerdo con su rigurosidad”. No te pido que lo hagas. Espero, sin embargo, que seas riguroso como Dios. El rigor de Dios es diez mil veces mayor que el mío. Puedes decir que soy puritano en mi predicación. Dios será puritano al juzgar en ese gran Día. Puedo parecer severo, pero nunca podré ser tan severo como lo será Dios. Puedo arrastrar el rastrillo con afilados dientes sobre tu conciencia, pero Dios arrastrará rastrillos de fuego eterno sobre ti un día. ¡Puedo hablar cosas atronadoras! Dios no se las dirá, sino que los arrojará de sus manos. Recuerden, los hombres pueden reírse del infierno y decir que no existe. Pero deben negar sus Biblias antes de creer esa mentira…

Señores, ¿mantendrán sus pecados secretos y obtendrán el fuego eterno por ellos? Recuerden: No sirve de nada, deben renunciar a todos ellos o, de lo contrario, no podrán ser hijos de Dios. ¡De ninguna manera pueden tener ambas cosas! No puede ser Dios y el mundo, no puede ser Cristo y el diablo; debe ser lo uno o lo otro. ¡Oh! que Dios te conceda la gracia de renunciar a todo porque ¿de qué te sirven? Son tus engañadores ahora y serán tus atormentadores por siempre. ¡Oh! que tus ojos se abrieran para ver la podredumbre, el vacío y el engaño de la iniquidad. ¡Oh! que Dios te vuelva hacia Él. ¡Oh! Que Dios te conceda [la] gracia… del arrepentimiento en esta misma hora para decir: “¡De ahora en adelante, es guerra a muerte contra mis pecados! Ni uno solo de ellos conservaré voluntariamente, sino que ¡fuera con ellos, fuera con ellos! Cananeo, hitita, jebuseo, todos serán expulsados”.

“Al ídolo más querido que he conocido, sea cual sea ese ídolo.

Ayúdame a arrancarlo de su trono y adorarte sólo a ti”.

“¡Pero oh, señor, no puedo hacerlo! ¡Sería como sacarme los ojos!”. Ay, pero escucha lo que dice Cristo: “Mejor te fuera entrar en la vida con un solo ojo, que teniendo dos ojos ser arrojado al fuego del infierno” (cf. Mt. 5:29). “¡Pero sería como cortarme un brazo!”. ¡Ay! y más te valdría entrar en la vida cojo o manco, que ser arrojado al fuego del infierno para siempre (cf. Mt. 5:30). ¡Oh! Cuando el pecador se presente finalmente ante Dios, ¿crees que hablará como lo hace ahora? Dios revelará sus pecados secretos: El pecador no dirá entonces: “Señor, mis pecados secretos me parecían tan dulces que no podía renunciar a ellos”. Creo ver cuán distinto será entonces. “Señor”, dices ahora, “¡eres demasiado estricto!”. ¿Dirás eso cuando los ojos del Todopoderoso estén con su ceño fruncido sobre ti? Dices ahora: “Señor, eres demasiado riguroso”; ¿le dirás eso en la cara al Dios todopoderoso? “Señor, quiero conservar tal y tal pecado”. ¿Podrás decirlo en el Día final ante Dios? No te atreverás a hacerlo entonces. ¡Ah! Cuando Cristo venga por segunda vez, habrá un cambio maravilloso en la manera de hablar de los hombres. ¡Me parece que lo veo! ¡Allí está Él sentado en su trono! ¡Ahora, Caifás, ven y condénalo ahora! ¡Judas! ¡Ven y bésalo ahora! ¿Por qué te detienes, hombre? ¿Le tienes miedo? ¡Ahora, Barrabás! ¡Vamos! A ver si ahora te prefieren a ti antes que a Cristo. ¡Maldiciente, ahora es tu momento! Has sido un atrevido. Maldícelo en su cara ahora. ¡Ahora, borracho, tambalea hacia Él ahora! Ahora, incrédulo, dile ahora que no hay Cristo —ahora que el mundo es iluminado con relámpagos y la tierra es sacudida con truenos hasta que sus sólidos pilares se derrumben— dile ahora a Dios que no hay Dios; ahora, ríete de la Biblia; ahora búrlate del ministro. Hombres, ¿qué les pasa? ¿Por qué no pueden hacerlo? ¡Ah! ahí están, han huido a las peñas y a los montes —“¡Las peñas nos ocultarán! ¡Los montes caerán sobre nosotros! Para escondernos del rostro de Aquel que está sentado sobre el trono” (cf. Ap. 6:16)—. ¡Ah! ¿Dónde están ahora vuestras jactancias, vuestras vanaglorias y vuestras glorias? ¡Ay, ay! pobre de ustedes en el espantoso día de los prodigios.

Pecador secreto, ¿qué será entonces de ti? Sal de este lugar sin máscara, sal a examinarte, sal a doblar tu rodilla, sal a llorar, sal a orar. ¡Dios te dé gracia para creer! Y ¡oh, cuán dulce y agradable es el pensamiento de que, en este día, los pecadores han corrido a Cristo y los hombres han sido nacidos de nuevo para Jesús! Hermanos, antes de terminar, repito las palabras ante las que tantos han puesto reparos —es ahora o nunca, es volverse o quemarse—. Solemnemente, ante los ojos de Dios lo digo; si no es la verdad de Dios, tendré que responder por ello en el gran Día de la rendición de cuentas. Sus conciencias les dicen que es verdad. Vete a casa y búrlate de mí si quieres; esta mañana estoy limpio de tu sangre (Ez. 3:18). Si alguno no busca a Dios, sino que vive en pecado, yo estaré limpio de su sangre en aquel Día cuando el atalaya haga que sus almas le sean demandadas. ¡Oh, que Dios les conceda que sean limpiados de una manera bendita! Cuando bajé estas escaleras del púlpito hace un Sabbat o dos, un amigo me dijo unas palabras que han estado en mi mente desde entonces: “Señor, hay nueve mil personas hoy sin excusa en el Día del Juicio”. Esto es cierto para ustedes esta mañana. Si son condenados, no será por [falta] de predicarles y no será por [falta] de orar por ustedes. Dios sabe que, si mi corazón pudiera quebrantarse por sí mismo, sería por sus almas; pues Dios es mi testigo, de cuán fervientemente los anhelo en las entrañas de Cristo Jesús. ¡Oh, que Él pueda tocar sus corazones y atraerlos a Él! Porque la muerte es algo solemne, la condenación es algo horrible, estar alejado de Cristo es algo espantoso, estar muerto en pecado es algo terrible. ¡Que Dios te conduzca a ver estas cosas como son y te salve por causa de su misericordia! “El que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Mr. 16:16).

“Señor, escudriña mi alma, prueba cada pensamiento; aunque mi propio corazón no me acuse de andar con un falso disfraz, imploro la prueba de tus ojos, ¿acaso acecha en mi interior la maldad secreta? ¿Me complazco en algún pecado desconocido? ¡Oh! Vuelve mis pies cuando me extravíe y guíame en tu camino perfecto”.

Tomado de un sermón predicado el Día del Señor, en la mañana del 8 de febrero de 1857, en el Music Hall, Royal Surrey Gardens, Londres.

Footnotes

  1. Seguir la religión – Creer en el Señor Jesucristo como el Salvador, y dedicar la vida a servirle.