Los pecados secretos estorban la oración secreta
Thomas Brooks (1608-1680)
No hay mayor estorbo para la oración secreta en todo el mundo que los pecados secretos. Por lo tanto, estén alerta y ármense con todas sus fuerzas contra ellos. Hay una antipatía1 entre pecar en secreto y orar en secreto, en parte por la culpa, que hace que el alma rehúya ponerse bajo el ojo secreto de Dios; y en parte por esos temores, dudas, disputas y desórdenes que los pecados secretos suscitan en el corazón. No es más opuesta la luz a las tinieblas, Cristo a Belial o el cielo al infierno, que la oración secreta a los pecados secretos. Por lo tanto, hagas lo que hagas, procura mantenerte libre de los pecados secretos. Para ello, considera…
[1] Primero, que Dios está al tanto de nuestros pecados más secretos. Su ojo está tan atento a los pecados secretos como a los pecados manifiestos: “Pusiste nuestras maldades delante de ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro” (Sal. 90:8). Dios tiene un ojo sobre nuestras maldades más íntimas; Él ve todo lo que se hace en la oscuridad: “¿Se ocultará alguno, dice Jehová, en escondrijos que yo no lo vea? ¿No lleno yo, dice Jehová, el cielo y la tierra?” (Jer. 23:24). “Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos” (Pr. 15:3). Decir que Dios no ve los pecados más secretos de los hijos de los hombres, no sólo es despectivo2 para su omnisciencia, sino también para su misericordia; pues ¿cómo puede Dios perdonar los pecados que no ve como pecados? No hay nube, cortina, ni momento de oscuridad que pueda interponerse entre los ojos de Dios y los caminos de los hombres: “Porque los caminos del hombre están ante los ojos de Jehová, y él considera todas sus veredas” (Pr. 5:21). En esta Escritura, Salomón habla, principalmente, de los caminos del adúltero, que suelen tramarse con el más astuto secreto. Sin embargo, Dios ve todos esos caminos. Mira, así como ninguna audacia puede eximir al adúltero de la justicia de Dios, ningún secreto puede ocultarlo del ojo de Dios. Aunque los hombres se esfuercen por ocultar sus caminos de los demás y de sí mismos, en vano se esfuerzan por ocultarlos a Dios. Los hombres que se esfuerzan por ocultar a Dios de sí mismos, nunca podrán ocultarse ellos mismos de Dios. He leído que Pafnucio3 dirigió a la conversión de la inmundicia a Thais y Ephron, dos famosas cortesanas, con este único argumento: “Dios ve todas las cosas en la oscuridad, cuando las puertas están cerradas, las ventanas cerradas y las cortinas corridas”…
Aquellos pecados que están más cerca y que acechan más secretamente en el corazón, son tan obvios y odiosos para Dios como aquellos que están más claramente escritos en la frente de un hombre. Dios… lo ve todo —los giros y las vueltas más secretas de nuestros corazones—. Nuestros pecados más secretos son vistos por Él, tan claramente, como cualquier cosa puede ser vista por nosotros al mediodía: “Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz” (Sal. 139:11-12). No son las nubes más espesas las que pueden impedir su observación, a cuyos ojos llenan el cielo y la tierra. ¿Qué es la cortina, la noche más oscura, la doble cerradura o la cámara secreta para Aquel que observa, claramente, todas las cosas en una perfecta desnudez? Dios tiene un ojo sobre las intenciones más íntimas del corazón y los movimientos más sutiles del espíritu… Ciertamente, no hay una criatura, ni un pensamiento, ni una cosa que no esté abierta al ojo de Dios que todo lo ve. El Señor conoce nuestros pecados secretos, tan exactamente, como nuestros pecados visibles: “Porque él conoce los secretos del corazón” (Sal. 44:21)…
Éste era un excelente dicho de Ambrosio4: “Si no puedes esconderte del sol, que es el ministro de luz de Dios, ¡cuán imposible será esconderte de Él, cuyos ojos son diez mil veces más brillantes que el sol!”. Aunque un pecador pueda engañar su conciencia, no podrá engañar el ojo de la omnisciencia de Dios. ¡Oh! que las pobres almas recuerden que, así como nunca están fuera del alcance de la mano de Dios, así nunca están fuera de la vista de su ojo. Dios es “todo ojos”: “Porque mis ojos están sobre todos sus caminos, los cuales no se me ocultaron, ni su maldad se esconde de la presencia de mis ojos” (Jer. 16:17). “Porque sus ojos están sobre los caminos del hombre, y ve todos sus pasos. No hay tinieblas ni sombra de muerte donde se escondan los que hacen maldad” (Job 34:21-22). “Porque tus ojos están abiertos sobre todos los caminos de los hijos de los hombres, para dar a cada uno según sus caminos, y según el fruto de sus obras” (Jer. 32:19). Ya sabéis lo que dijo Asuero, aquel gran monarca, acerca de Amán. Al entrar, lo encontró echado sobre el lecho de la reina, en el que ella estaba sentada: “¡Qué!”, dijo él, “¡Y todavía se atreve este a violar a la reina en mi presencia y en mi casa!” (Est. 7:8 NVI5). Había un énfasis asesino en las palabras en mi presencia —“¿Acaso violará a la reina en mi presencia? ¡Qué! ¿Se atreverá a cometer semejante vileza y yo me quedaré mirando?”—. ¡Oh, señores! Pecar a los ojos de Dios, hacer el mal bajo la mirada de Dios, es algo que Él considera como la mayor afrenta6 y la mayor indignidad que se le pueda hacer. “¡Qué!”, dice Él, “¿te embriagarás en mí presencia? ¿Jurarás y blasfemarás en mí presencia? ¿Serás libertino7 e impuro en mí presencia? ¿Serás injusto e impío ante mis ojos? ¿Profanarás mis días de reposo y contaminarás mis ordenanzas en mi cara? ¿Despreciarás y perseguirás a mis siervos en mi presencia?, etc.”.
Éste, entonces, es el agravante asesino8 de todo pecado: Se comete ante el rostro de Dios. Se comete en la presencia real del Rey de reyes. La sola consideración de la omnipresencia de Dios, debería armarnos, valientemente, contra el pecado y Satanás. La consideración de su ojo que todo lo ve, debería hacernos evitar todas las ocasiones de pecado y hacernos rehuir todas las apariencias de pecado… ¿Impedirá el ojo del juez que el malhechor saquee y hurte? ¿Impedirá el ojo del amo que el siervo esté ocioso y holgazanee? ¿Impedirá el ojo del padre que el hijo ande errante y vago9? ¿Guardará el ojo del marido a la mujer de extravagancias e indecencias10? ¿No te guardará el ojo estricto, puro y celoso de un Dios que todo lo ve, de pecar en la cámara secreta, cuando todas las cortinas están echadas, las puertas cerradas y todos los que están en la casa duermen o están fuera, excepto tú y tu Dalila?
¡Oh! ¡Qué espantoso ateísmo se encierra en el corazón de ese hombre, que teme más al ojo de su padre, de su pastor, de su hijo, de su siervo, que al ojo de la presencia del Dios eterno! ¡Oh!, que todos aquellos a quienes esto concierne, se dieran cuenta tan seriamente de ello como para juzgarse a sí mismos con severidad por ello, como para lamentarse amargamente por ello, como para esforzarse poderosamente en oración con Dios, tanto por el perdón de ello como por el poder contra ello.
El Apóstol se queja, tristemente, de algunos que, en su tiempo, se revolcaban en pecados secretos. “Porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto” (Ef. 5:12). Habla de los que vivían en fornicaciones e inmundicias secretas. Había muchos que se habían revestido de una apariencia de piedad, pero que, sin embargo, se permitían actuar en secreto con abominable maldad e inmundicia, como si no hubiera Dios para observarlos, ni conciencia para acusarlos, ni Día del Juicio ante el cual comparecer, ni justicia para condenarlos, ni infierno para atormentarlos. ¡Oh! Cuán infinitamente odiosos deben ser a los ojos de un Dios santo, quienes pueden cortejarle y halagarle en público y, sin embargo, son tan atrevidos como para provocarle en la cara en privado. ¡Son como esas mujerzuelas que fingen mucho afecto y respeto a sus esposos afuera y, sin embargo, en casa, actúan como rameras ante los ojos de sus esposos!
Los que cumplen sus deberes religiosos, sólo para encubrir y maquillar sus inmundicias secretas, sus maldades secretas; los que fingen pagar sus votos y, sin embargo, esperan por el crepúsculo (Pr. 7:13-15; Job 34:15); los que cometen maldades en un rincón y, sin embargo, se limpian la boca con la ramera y dicen: “¿Qué hemos hecho?”— al final, encontrarán que las habitaciones, las piedras del muro, las tablas del enmaderado, los asientos en que se sientan y los lechos en que se acuestan, atestiguarán contra todos sus libertinos devaneos11 y lascivos vagabundeos12 en secreto. “A los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios” (Hab. 2:11; He. 13:4). Él mismo los condenará. ¿Por qué? Porque tales pecadores lo hacen tan secreta y astutamente que, a menudo, nadie, sino Dios, puede descubrirlos.
Los magistrados suelen descuidar el castigo de tales pecadores cuando se da a conocer su maldad secreta. Por lo tanto, Dios mismo se sentará a juzgarlos. Aunque escapen a los ojos de los hombres, nunca escaparán al juicio de Dios. Las iniquidades del corazón no caen bajo ninguna sentencia humana. Por lo general, los fornicarios y adúlteros son extraordinariamente reservados, sigilosos y astutos para ocultar su abominable inmundicia. Por eso, se dice que la ramera es “astuta de corazón” (Pr. 7:10)…
[2] En segundo lugar, considera que los pecados secretos serán revelados. Las obras más ocultas de las tinieblas, se manifestarán abiertamente. Aunque las acciones del pecado estén en la oscuridad, los juicios del pecado estarán en la luz. “Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a luz” (Lc. 8:17)… “Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Ec. 12:14). Nota que no dice alguna obra, sino toda obra; y no sólo las obras, sino los secretos; y no sólo los secretos, sino todo secreto; y no sólo las cosas buenas secretas, sino también las malas. Sean buenas o malas obras, sean secretas o manifiestas, todas han de ser juzgadas. Entonces, serán abiertos los libros de la omnisciencia de Dios y de la conciencia del hombre. Entonces, los pecados secretos serán tan legibles en tu frente como si estuvieran escritos con los más resplandecientes rayos del sol sobre una pared de cristal.
Todos los pecados secretos de los hombres están impresos en el cielo y Dios, al final, los leerá en voz alta a oídos de todo el mundo: “Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones” (1 Co. 4:5). Mira, como hay un mundo de moscas y partículas en el aire que nunca vemos hasta cuando brilla el sol, así hay muchos miles de miles de pensamientos orgullosos, pensamientos impuros, pensamientos mundanos, pensamientos maliciosos, pensamientos envidiosos, pensamientos sangrientos, etc., que el mundo no ve, no conoce. Pero en el Gran Día, cuando los designios de todos los corazones sean manifestados, entonces, todo saldrá a la luz, entonces, todo aparecerá, tanto al mundo superior como al inferior. En el Gran Día, todas las máscaras, viseras13 y capuchas serán arrancados, y entonces, todo será revelado. Todo lo que hayas hecho en la cámara secreta, en el rincón oscuro, se dará a conocer a los hombres y a los ángeles, sí, a toda la corte del cielo y a todo el mundo. “En el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio” (Ro. 2:16). En este Gran Día, Dios juzgará, no sólo nuestras palabras, sino nuestras obras, no sólo nuestras obras abiertas, sino también nuestras obras y caminos secretos… Aunque pecadores, aunque los más grandes de los pecadores, puedan esconder y mantener ocultas sus horrendas abominaciones por un tiempo, llegará un momento en que todo saldrá a la luz. Todas sus manchas secretas y abominaciones secretas serán evidentes para todo el mundo… Pero los pecadores pueden estar listos para oponerse y decir: “Dejadnos solos en nuestros pecados secretos hasta ese día. Entonces, nos irá bastante bien”. Por lo tanto,…
[3] En tercer lugar, considera que Dios, muchas veces, descubre y da a conocer al mundo los pecados secretos de los hombres, incluso en esta vida (Is. 41:21-23). Dios ama actuar de acuerdo con sus propios nombres. Ahora, ser revelador de secretos es uno de sus nombres (Dn. 2:47). Por consiguiente, incluso en este mundo, Él saca a la luz, a menudo, las cosas más ocultas de las tinieblas. De todos los gloriosos atributos de Dios, ninguno sufre tan profundamente por los pecados secretos como el atributo de su omnisciencia. Por lo tanto, Dios se levanta, a menudo en este mundo, para vindicar el honor de este atributo, desenmascarando a los pecadores y sacando a la luz todos esos senderos y caminos secretos de maldad por los que han caminado durante mucho tiempo sin ser descubiertos.
Fue por el honor de este bendito atributo de Dios que el pecado tramado en secreto por Ananías y Safira fue descubierto tan abiertamente. “Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas” (Hch. 5:1-11). Los hermanos de José ocultaron durante mucho tiempo su malicia, su astucia, su crueldad, su envidia, su traición, al vender a su hermano a Egipto; pero al fin, por asombrosas e interesantes providencias, todo salió a la luz (Gn. 42:21-22). La conciencia que durante un tiempo puede parecer dormida, con el tiempo se despertará y hará saber al pecador que es tan fiel al registrar como terrible al acusar. Esto descubrieron los hermanos de José por triste experiencia. Así, Giezi peca secretamente, miente terriblemente y, después de todo, lo defiende firmemente. Pero al final, todo sale a la luz. En vez de vestirse ricamente, él y su posteridad fueron vestidos de lepra para siempre. En lugar de dos vestidos nuevos, Dios los cuelga, encadenados como monumento de su Ira para todas las generaciones (2 R. 5:20). Así, Acán roba, secreta y sacrílegamente14, un manto babilónico muy bueno, doscientos siclos de plata y un lingote de oro de cincuenta siclos de peso. [Él] los esconde en la tierra, en medio de su tienda y, por causa de esto, Israel huye delante de sus enemigos. Pero al fin, Acán es apresado y todo sale a la luz: Su lingote de oro resultó ser una cuña para degollarlo15 y su manto babilónico, un manto para amortajarlo. Josué hace una hoguera de todo lo que, secreta y pecaminosamente, había robado y lo quema a él, a sus hijos y todo lo que tenía en él. ¡Oh, cuán pública y severamente, castiga Dios, a veces, a los hombres por su iniquidad más secreta!
Lo mismo puedes ver en ese gran ejemplo de David. “¿Por qué, pues, tuviste en poco la palabra de Jehová, haciendo lo malo delante de sus ojos? A Urías heteo heriste a espada” —esto fue hecho en una carta secreta— “y tomaste por mujer a su mujer… Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada, por cuanto me menospreciaste, y tomaste la mujer de Urías heteo para que fuese tu mujer. Así ha dicho Jehová: He aquí yo haré levantar el mal sobre ti de tu misma casa, y tomaré tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo, el cual yacerá con tus mujeres a la vista del sol. Porque tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol” (2 S. 12:9-12). David fue muy aplicado y muy laborioso para ocultar su pecado y salvar su reputación. Pero la manera de cubrirlo, hecha con la sangre de Urías, era demasiado corta y demasiado estrecha para ocultar su insensatez con Betsabé. Por eso, cuando hubo hecho todo lo que había podido, su pecado fue lanzado como una pelota de hombre a hombre, a través de la corte, la ciudad y el país…
La conciencia es el espía de Dios en el seno. La conciencia, como un escriba, un registrador16, se sienta en el interior de vuestros corazones con la pluma en la mano y escribe un diario de todos vuestros caminos secretos y crímenes secretos, que están por fuera de la cognición de los hombres. La conciencia anota el tiempo [cuándo], el lugar [dónde], el modo [cómo] y las personas [quiénes] con las que se han cometido tales o cuales maldades secretas. [Lo hace] tan claro y evidente que, vayas donde vayas y hagas lo que puedas, lo escrito sobre ellos nunca será cancelado ni arrasado17 hasta que Dios aparezca en juicio. Que un hombre peque en el retiro más íntimo que la política humana pueda idear; que tome todas las precauciones posibles para ocultar sus pecados, para disimular y cubrir su pecado como lo hizo Adán; sin embargo, la conciencia hará de juez. Aportará las pruebas, presentará la ley, impondrá la pena y dictará la sentencia condenatoria contra él. Hay muchos hombres que hacen una buena profesión y que tienen un gran nombre en el mundo, pero que se condenan a sí mismos por esos pecados secretos que no son evidentes a los ojos del hombre ni castigables por las manos de los hombres. Sí, muchas veces en esta vida, Dios levanta tal infierno de horror y terror en las conciencias de muchos hombres, a causa de sus pecados secretos, que no pueden tener descanso ni tranquilidad, ni en la cama ni en la mesa, ni al acostarse, ni al levantarse. De buena gana, ocultarían sus pecados. No quieren que el mundo sepa cuán viles han sido en secreto. Pero como la conciencia los atormenta y sigue carcomiéndolos, acusándolos y condenándolos, no pueden aguantar más. ¡Ahora, todo ha de salir a la luz! Ahora esos pecados que eran más secretos y ocultos, van a ser publicados desde lo más alto.
Algunos que han estado sometidos a una conciencia angustiada, otros que han sido golpeados por un frenesí18 y muchos, en su mismo sueño, han sido, a menudo, los abanderados y proclamadores de su propia inmundicia y maldad secreta. En esos casos, Dios ha hecho gritar a muchos pecadores secretos con el leproso: “Inmundo, inmundo” (Lv. 13:45); y con Judas, ante todos los presentes: “Yo he pecado” (Mt. 27:4). Muchas veces en esta vida, Dios descubre, de manera muy extraña y maravillosa, esas obras secretas de las tinieblas en las cuales las personas han vivido durante mucho tiempo sin ser descubiertas…
El pecado secreto infunde mucho más respeto y temor hacia los hombres que hacia Dios. Serás injusto en secreto, disoluto en secreto, inmundo en secreto y traicionero en secreto, etc. ¿Por qué? ¿Por qué tienes miedo de que tales o cuales hombres lo sepan, que lo sepan tales o cuales amigos, o que lo sepan tales o cuales parientes? ¡Ay! pobre infeliz, ¿tienes miedo del ojo de un hombre? ¿De un hombre que es mortal y del hijo del hombre que es como heno (Is. 51:12)? Y, ¿aun así, no tiemblas bajo el ojo de Aquel, cuyos ojos son como llama de fuego, agudos y terribles, que penetran hasta las entrañas (Ap. 1:14)? ¡Ay! cuán lleno de ateísmo está el corazón del hombre que, tácitamente19, dice: “¡Si mis pecados están tan sólo ocultos a los ojos del mundo, no me importa, aunque el Señor los conozca, aunque el Señor los observe estrictamente, aunque el Señor ponga una marca, un memorándum20 sobre ellos!”. ¿Qué es esto, oh hombre, sino enfrentarse con Dios, tentarle y provocarle en su propia cara, a quien “es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Jn. 1:5-6)? ¡Ay! Pecador, pecador, ¿puede el hombre condenarte? ¿Puede el hombre desheredarte? ¿Puede el hombre llenar tu conciencia de horrores y terrores? ¿Puede el hombre hacer de tu vida un verdadero infierno? ¿Puede el hombre cerrar las puertas de la gloria contra ti? ¿Puede el hombre enviarte a la tumba con una palabra de su boca? Después de todo, ¿puede el hombre arrojarte a tormentos interminables, sin consuelo y sin remedio? ¡Oh, no! ¿Puede Dios hacer todo esto? ¡Oh, sí! ¿Por qué, pues, no se estremece más tu corazón en lamentos ante el ojo del gran Dios que ante el ojo de un pobre, débil y mortal hombre?
He insistido más en este asunto porque no hay cosa en todo el mundo que estorbe más la comunión secreta con Dios y la oración secreta que los pecados secretos. ¡Oh! si todos ustedes se propusieran velar contra los pecados secretos, orar contra los pecados secretos, lamentarse por los pecados secretos, juzgarse y condenarse ustedes mismos, profundamente, por los pecados secretos y, cuidadosa y concienzudamente, rehuir y evitar todas las ocasiones y provocaciones que puedan ser como combustible para los pecados secretos.
Tomado de La llave privada del cielo (The Privy Key of Heaven) en Las obras de Thomas Brooks (The Works of Thomas Brooks), Vol. 2, reimpreso por The Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org.
Thomas Brooks (1608-1680): Predicador congregacional; autor de Preciosos remedios contra las artimañas de Satanás (Precious Remedies against Satan’s Devices).
Footnotes
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Antipatía – Sentimiento de intenso desagrado. ↩
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Despectivo – Que tiene el efecto de rebajar el honor; menospreciar. Peyorativo. ↩
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Pafnucio de Tebas, o Pafnucio el Confesor (ca. 251-360 d.C.) – Obispo de una ciudad egipcia, combatió el arrianismo y se cree que fue miembro del Primer Concilio de Nicea en 325 d.C. ↩
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Ambrosio (ca. 339-397) – Obispo de Milán del siglo IV, teólogo trinitario, escritor de himnos. ↩
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NVI (Siglas de la Biblia Nueva Versión Internacional) – El autor escribió este artículo originalmente en inglés, usando la Versión King James (KJV). Por lo general, no usamos la NVI, pero ésta coincide aquí con el original y el inglés de la KJV. ↩
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Afrenta – Acto deliberadamente ofensivo. ↩
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Libertino – Sexualmente inmoral. ↩
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Agravante asesino – Circunstancia abrumadora que aumenta la culpa. ↩
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Errar y vagabundear – Desviarse del buen camino y vagar sin rumbo ni objetivo. ↩
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Extravagancias e indecencias – Despilfarro y actos ofensivos de inmodestia. ↩
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Devaneos – Escarceos, coqueteos, comportamiento destinado a despertar el interés sexual. ↩
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Lascivos vagabundeos – Conducta lujuriosa. ↩
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Viseras – Especie de máscara con visor. ↩
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Sacrílegamente – Groseramente irrespetuoso hacia el mandato de Dios. ↩
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Lingote… cuña para cortar – En inglés, juego de palabras (“wedge… wedge”): Una herramienta de filo cortante para ejecutarlo. ↩
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Registrador – Funcionario designado para llevar un registro detallado de nombres o acontecimientos. ↩
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Arrasado – Borrado; anulado. ↩
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Frenesí – Locura temporal. ↩
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Tácitamente – Sin declararlo, ni expresarlo. ↩
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Memorándum – Nota que ayuda a recordar algo. ↩