La doctrina de la mortificación

Arthur W. Pink (1886-1952)

“Porque si viviereis conforme a la carne, moriréis; mas si por el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13 - Reina Valera Antigua).

La doctrina que es conforme a la piedad (1 Ti. 6:3), define sin rodeos, la naturaleza de la doctrina divina, dando a entender que su designio o finalidad es inculcar una actitud mental y una conducta correcta en la vida consagrada a Dios. Es pura y purificadora. Los objetos revelados por fe, no son sólo ideas abstractas aceptadas como la verdad, ni conceptos sublimes elevados para ser admirados; deben tener un efecto poderoso en nuestro vivir diario. No hay en las Escrituras ninguna doctrina revelada sólo para brindar un conocimiento meramente especulativo, sino para ejercer una influencia poderosa sobre la conducta. El propósito de Dios para todo lo que nos ha revelado, es purificar nuestros afectos y transformar nuestra personalidad. La doctrina de la gracia nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos de la carne, y vivir en este mundo sobria, justa y piadosamente (Tit. 2:11-12). La mayor parte de la doctrina que Cristo enseñaba (Jn. 7:16), no consistía en una explicación de misterios, sino más bien, en corregir las lascivias de los hombres y reformar sus vidas. Todo en las Escrituras tiene el propósito de promover la santidad.

Si es absurdo afirmar que no importa lo que el hombre cree, siempre que su conducta sea correcta, lo es igualmente pensar que si lo que cree es correcto, poco importan sus acciones. “Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1 Ti. 5:8) porque evidencia ausencia de afecto natural. De hecho, es posible negar la fe por la conducta, al igual que por las palabras. Ser negligentes en cumplir nuestro deber es un repudio implícito de la verdad como lo es renunciar abiertamente a ella; porque el evangelio, al igual que la Ley, requiere que los hijos honren a sus padres. Notemos cómo esa lista de sujetos reprensibles mencionados en 1 Timoteo 1:9-10, son opositores de la “sana doctrina” –contrarios a su naturaleza conducente a lo saludable y a tendencias espirituales, es decir, aquella conducta que las normas de Dios ordenan. Observemos también cómo el espíritu de codicia o amor al dinero se define como extraviarse “de la fe” (1 Ti. 6:10), es una especie de herejía, de apartarse de la doctrina que es conforme a la piedad– de lo cual, el caso de Judas es un ejemplo terrible. Por ende, la mortificación es claramente una de las doctrinas prácticas de las Sagradas Escrituras, como esperamos demostrar exhaustivamente a continuación…

**En esta ocasión, daremos una explicación muy breve de lo que significa “mortificar”**1… Primero, por aparecer aquí en aposición2 a “vivir según la carne”, su sentido negativo es bastante evidente. “Vivir según la carne” es estar totalmente controlados interiormente por el pecado, estar completamente bajo el dominio de nuestras corrupciones innatas. Por lo tanto, mortificación consiste en una conducta que es justo lo opuesto. Significa: No ceder a las demandas de nuestra vieja naturaleza, sino más bien someterlas. No sirvamos, no amemos nuestras lascivias, en cambio, matémoslas de hambre: “No proveáis para los deseos de la carne” (Ro. 13:14). Los deseos y apetitos naturales del cuerpo físico tienen que ser disciplinados para que sean nuestros siervos y no nuestros amos. Nuestra responsabilidad es moderarlos, regularlos y subordinarlos a las dimensiones más elevadas de nuestro ser. Los deseos del cuerpo de pecado tienen que ser rechazados prontamente y rebatidos con severidad.

**La necesidad imperiosa de esta obra de mortificación surge de la presencia permanente de la naturaleza impía en el cristiano.**Cuando el alma creyó en Cristo para salvación, fue inmediatamente librada de la condenación de la Ley divina y liberada del dominio del poder del pecado. Pero “la carne” no fue erradicada de su ser, ni fueron purgadas sus tendencias viles, ni siquiera fueron modificadas. Esa fuente de inmundicia permanece sin cambios hasta el final de sus días sobre esta tierra. No sólo eso, sino que su hostilidad continúa activa contra Dios y su santidad. “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gá. 5:17). Por lo tanto, hay un conflicto permanente en el creyente, entre el pecado _innato_y la gracia inherente. En consecuencia, existe la necesidad perpetua de que mortifique o haga morir, no sólo las acciones de la corrupción innata, sino también, el principio mismo que las rige. Es llamado a librar una batalla constante y a no dejar que la tentación lo lleve a la cautividad de sus lascivias. La prohibición divina es “Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas [no des tregua, no formes ninguna alianza]” (Ef. 5:11)…

No puede haber una comunión real con Dios mientras las lascivias pecaminosas se mantengan sin ser mortificadas. Dar lugar al mal, aparta de Dios al corazón, confunde los afectos, trastorna el alma y provoca al Santo a cerrar sus oídos a nuestras oraciones: “Hijo de hombre, estos hombres han puesto sus ídolos en su corazón, y han establecido el tropiezo de su maldad delante de su rostro. ¿Acaso he de ser yo en modo alguno consultado por ellos?” (Ez. 14:3). Dios no puede deleitarse, de ninguna manera, en un alma que no ha sido mortificada: si así lo hiciera, sería negarse a sí mismo o actuar contra su propia naturaleza. No se agrada de la maldad y no puede considerar la impiedad ni con la más mínima aprobación. El pecado es una ciénaga y entre más contaminados estemos con el fango, menos aptos seremos para presentarnos ante él (Sal. 40:2). El pecado es lepra (Is. 1:6) y, mientras más se extiende en nuestra vida, menos comunión tendrá el Señor con nosotros. Mantener vivo al pecado, deliberadamente, es defenderlo contra la voluntad de Dios y, como consecuencia, combatir contra el Altísimo. El pecado no mortificado es contrario a todos los designios del evangelio, es como si el sacrificio de Cristo hubiera tenido la intención de consentir al pecado, en lugar de redimirnos de él. La finalidad misma de la muerte de Cristo fue la muerte del pecado; dio su vida para impedir que el pecado siguiera con vida.

Aunque resucitados con Cristo –su vida escondida con él en Dios– y seguros de que aparecerán con Cristo en gloria, los santos, no obstante, son exhortados a hacer morir lo terrenal en ellos (Col. 3:1-5). Puede parecer extraño cuando notamos qué cosas terrenales especificaba el Apóstol.

No se trataba de pensamientos vanos, frialdad del corazón, ni de un andar irreflexivo, sino lo más repulsivo del viejo hombre: “fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia” y, en el versículo 8, vuelve a rogarles: “Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca” y no mintáis. Es alarmante y grave encontrar que los creyentes requieren un llamado a hacer morir pecados tan groseros y viles como esos; no obstante, es un llamado necesario. Los mejores cristianos sobre la tierra tienen en ellos tanta corrupción, que los dispone habitualmente a estas iniquidades (que son tan grandes y atroces), y el diablo hace que sus tentaciones sean justamente las más apropiadas para cada uno, de modo que los lleva a convertir sus corrupciones en acciones, a menos que se controlen rigurosamente y estén siempre vigilantes en el ejercicio de hacerlas morir en ellos. Nadie, sino el Santo de Dios, puede afirmar fehacientemente: “Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí…” (Jn. 14:30),… que sus dardos ardientes pudieran encender.

Es debido a la confianza en sí mismos y su descuido, que, a veces, los más consagrados y de más experiencia, de pronto son sorprendidos por horribles yerros. Cuando el predicador insta a sus oyentes que se cuiden de no cometer homicidios, no blasfemar, que no renieguen de su profesión de fe, sólo el fariseo puede decir con Hazael: “¿Qué es tu siervo, este perro, para que haga tan grandes cosas?” (2 R. 8:13). No hay crimen, por más enorme que sea, ninguna abominación por más vil que sea, que cualquiera de nosotros no sea capaz de cometer, si no ponemos la cruz de Cristo en nuestros corazones por medio de una mortificación diaria.

Pero, ¿por qué “hacer morir las obras de la carne”? En vista del cuidadoso equilibrio de las diversas cláusulas en esta frase antitética3, esperábamos leer “mortificad la carne”. En el capítulo 7 y los primeros versículos del 8, el Apóstol había hablado del pecado innato como la fuente de todas las acciones impías, y aquí insiste en mortificar, tanto la raíz como las ramificaciones de la corrupción, refiriéndose a este deber bajo el nombre de los frutos que lleva. Las “obras de la carne” no se refieren solamente a obras externas, sino también a las fuentes de las cuales brotan. Como bien dijo Owen: “El hacha tiene que aplicarse a la raíz del árbol”… Las “obras de la carne” son las obras que produce la naturaleza corrupta, o sea, nuestros pecados… Aquí se habla de la carne con el propósito de informarnos que el alma es la morada original de “la carne”, el cuerpo físico es el instrumento principal de sus acciones. Nuestras corrupciones se manifiestan, principalmente, en nuestros miembros externos; es allí donde se encuentran y se sienten. Los pecados son llamados “las obras de la carne”, no sólo porque son lo que los deseos de la carne tienden a producir, sino también porque son realizados por el cuerpo (Ro. 6:12). Entonces, nuestra tarea no es transformar, ni transmutar4 “la carne”, sino matarla: no ceder a sus impulsos, rechazar sus aspiraciones, hacer morir sus apetitos.

Pero, ¿quién es suficiente para semejante tarea, una labor que no es una obra de la naturaleza, sino totalmente espiritual? Sobrepasa por mucho, los simples poderes del creyente. Los medios y las ordenanzas no pueden efectuarla por sí mismas. Va más allá de la competencia y habilidad del predicador; es la omnipotencia la que tiene que cumplir la parte principal de la obra. “Más si por el Espíritu hacéis morir”, es decir “el Espíritu de Dios, el Espíritu de Cristo” de Romanos 8:9, a saber, el Espíritu Santo porque éste no es sólo el Espíritu de santidad en su naturaleza, sino también en sus operaciones. Es la principal causa eficaz de la mortificación. ¡Maravillémonos y adoremos la gracia divina que nos ha brindado tal Ayudador! Reconozcamos y seamos conscientes de que estamos verdaderamente en deuda y que dependemos de las operaciones del Espíritu, tanto como de la elección del Padre y la redención del Hijo. Aunque la gracia mora en el corazón de los regenerados, no tienen en sí mismos el poder para actuar. Aquel que impartió la gracia tiene que renovarla, avivarla y dirigirla.

Los creyentes pueden emplear la ayuda de una disciplina y tenacidad interior, y practicar externamente moderación y abstinencia; y aunque pueden detener y reprimir sus hábitos impíos por un tiempo_,_a menos que el Espíritu manifieste su poder en ellos, no habrá ninguna mortificación auténtica. ¿Y cómo realiza el Espíritu esta obra en particular? De muchas maneras distintas:

Primero, en el momento del nuevo nacimiento nos da una naturaleza nueva. Luego, por medio de alimentar y preservar esa naturaleza, fortaleciéndonos en nuestro hombre interior con su poder, dándonos cada día nuevas provisiones de su gracia. Poniendo en nosotros un aborrecimiento del pecado, dolor por él y la determinación para apartarnos de él. Dándonos convicción sobre la verdad de lo que Cristo declara ser y dándonos disposición de tomar nuestra cruz y seguirle. Trayendo a la mente algún precepto o advertencia e impulsándonos a orar.

No obstante, tomemos nota que nuestro texto no dice: “Si el Espíritu mortifica” y, ni siquiera, “si el Espíritu, a través de ustedes, mortifica”, sino que, en cambio, dice: “Si por el espíritu mortificáis” [acción del ser humano, no del Espíritu]. El creyente no es sujeto pasivo en esta obra, sino activo. No hemos de suponer que el Espíritu nos va a ayudar sin nuestra colaboración, ni mientras dormimos, ni cuando estamos despiertos, ni si mantenemos o no una vigilancia cuidadosa sobre nuestros pensamientos y nuestras obras. Tampoco tendremos su ayuda si no hacemos más que desearla superficialmente o elevar una tibia oración pidiendo la mortificación de nuestros pecados. Se requiere de los creyentes que se ocupen seriamente en la tarea. Si por un lado no podemos cumplir este deber sin la ayuda del Espíritu, por otro, él no nos ayudará si somos demasiado indolentes y no nos esforzarnos al máximo. En este caso, no crea el cristiano perezoso que alguna vez logrará la victoria sobre sus deseos carnales.

La gracia y el poder del Espíritu no permiten la ociosidad, sino que nos llaman a ser diligentes en el uso de los medios y en confiar que dará su bendición a nuestra diligencia. La Palabra nos exhorta expresamente: “Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Co. 7:1) y eso muestra claramente que el creyente es importante en esta obra. Las operaciones de la gracia del Espíritu nunca fueron diseñadas para remplazar el cumplimiento del deber del cristiano. Aunque su ayuda es indispensable, ésta no nos libra de nuestras obligaciones. “Hijitos, guardaos de los ídolos” (1 Jn. 5:21) enfatiza y da evidencia de que Dios requiere mucho más que nuestra confianza en él para impulsarnos a la acción…

**Mortificación es una tarea a la cual todo cristiano debe consagrarse con devota diligencia y decidida seriedad.**Los regenerados tienen en su interior una naturaleza espiritual que los habilita para actuar con santidad; de otra manera, no habría diferencia entre ellos y los no regenerados. Se requiere de ellos que utilicen bien la muerte de Cristo, que sus sufrimientos les agrien el gusto por los pecados. Han de usar la gracia recibida para dar frutos de justicia. No obstante, es una tarea que trasciende por mucho, nuestros débiles poderes. Es sólo “a través del Espíritu” que alguno de nosotros puede, aceptable y efectivamente (en cualquier grado), “mortificar las obras de la carne”. Él es quien nos convence de las afirmaciones de Cristo, recordándonos que porque murió _por_el pecado, no debemos escatimar esfuerzos por morir _al_pecado, luchando contra él (He. 12:4), confesándolo (1 Jn. 1:9), renunciando a él (Pr. 28:13). Él es quien nos preserva contra el desaliento y nos da nuevos ánimos para la lucha. Él es quien profundiza nuestras ansias de santidad y nos mueve a clamar: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Sal. 51:1).

“Si por el espíritu mortificáis las obras de la carne”. Tome nota, lector mío, el hermoso equilibrio de la verdad que se conserva aquí con tanto cuidado. Aunque se aplica estrictamente a la responsabilidad del cristiano, de igual manera, mantiene definitivamente la honra del Espíritu y magnifica la gracia divina. Los creyentes son los agentes en esta obra, sin embargo, la realizan por el poder de Otro. El deber es de ellos, pero el éxito y la gloria es del Espíritu. Sus operaciones se realizan de acuerdo con la constitución que Dios nos ha dado, obrando en y sobre nosotros como agentes morales. Desde un punto de vista, la obra en sí es de Dios y, desde otro, nuestra. Él nos ilumina dándonos comprensión y nos hace más sensibles al pecado que mora en nosotros. Sensibiliza más nuestra conciencia. Profundiza nuestro anhelo de ser más puros. Obra en nosotros, tanto el querer como el hacer (Fil. 2:13). Nuestro deber es hacer caso a sus convicciones, responder a sus impulsos santos, implorar su ayuda y depender de su gracia.

“Si por el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis” (Ro. 8:13). He aquí la promesa alentadora dada al luchador en medio de sus dolorosas pruebas. Dios no será deudor de nadie; de hecho, es galardonador de los que le buscan con diligencia (He. 11:6). Entonces, si por gracia coincidimos con el Espíritu, renegando de la carne y procurando la santidad, seremos ricamente recompensados. La promesa a este deber es lo opuesto a la amenaza de muerte en la cláusula precedente porque allí, “morir” incluye las consecuencias penales del pecado; entonces “viviréis” se refiere a todas las bendiciones espirituales de la gracia. Si, por la habilitación del Espíritu y nuestro uso diligente de los medios dados divinamente, nos oponemos, sincera y constantemente, y rechazamos las solicitudes del pecado innato, entonces –y sólo entonces– viviremos una vida de gracia y bienestar aquí, y una vida de gloria y dicha eterna en el más allá. Hemos demostrado en otro lugar que “vida eterna” (1 Jn. 2:25) es una posesión actual del creyente (Jn. 3:36; 10:28) y su meta futura (Mr. 10:30; Gá. 6:8; Tit. 1:2). Ahora, éste tiene el título y el derecho a él; lo tiene por fe y con esperanza; tiene su semilla en su nueva naturaleza. Pero todavía no la posee totalmente, ni ha llegado a su máxima fruición… La vida de gloria no procede de la mortificación como el efecto de una causa, sino que, sencillamente, la sucede tal como el fin se vale de los medios. El camino de santidad es el único que lleva al cielo.

Tomado de una serie en Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras).


A.W. Pink (1886-1952): Pastor y maestro itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures y numerosos libros incluyendo su muy conocido The Sovereignty of God (La Soberanía de Dios), nacido en Nottingham, Inglaterra.

Ocúpate de matar al pecado o el pecado te matará a ti.

Cuando el pecado nos deja tranquilos, podemos dejar tranquilo al pecado. Pero como el pecado nunca está quieto y menos cuando parece estarlo, y sus aguas son generalmente profundas cuando están quietas, así nuestras luchas contra él, tienen que ser vigorosas en todo tiempo y bajo todas las condiciones, aun donde menos sospechemos que esté.

La mortificación por nuestra propia fuerza, realizada de maneras que nosotros mismos inventamos da como resultado a fariseos, de hecho, es el alma y la sustancia de toda la religión falsa en el mundo. — John Owen