Peligros de no mortificar el pecado

Ezekiel Hopkins (1634-1690)

  1. Si usted no mortifica su cuerpo, está frustrando la finalidad de sus gracias. ¿Ha implantado Dios en usted un principio noble, activo y divino que resultará victorioso si lo emplea? ¿Y está decidido usted −cuyos deseos carnales y tentaciones están invadiendo su alma y haciéndola su presa− a vivir según ese principio y regirse por él? La gracia tiene en sí, una aversión y repugnancia contra el pecado y, donde tiene libertad de hacerlo, lo destruirá. El Apóstol nos dice: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gá. 5:17). Y, ¡qué! ¿Acaso se queda el Espíritu inactivo y silencioso bajo tal… oposición? No, dice él: “El Espíritu” también “lucha contra la carne”. En cuanto ve una corrupción comienza a agitar y sacudir el corazón, y pronto la ataca. La ataca y la vence si es que su engañoso corazón no lo traiciona y armoniza con los deseos de la carne. Ahora considere:

i. ¿No es esto gran ingratitud y falta de sinceridad contra Dios, el Dios de toda gracia? Él, quien al ver su debilidad e impotencia para enfrentar esas corrupciones poderosas que atacan, rugen y quieren dominar su interior, ha enviado el auxilio y socorro de su gracia divina para ayudarle. Y usted la traiciona y entrega para ser abusada, si es posible aun para que sus deseos carnales tarde o temprano acaben con su vida…

ii. ¿No es una locura y necedad grave descuidar u obstaculizar la gracia divina provista para defenderlo y luchar por usted?¡Ay! La lucha no es de la gracia, sino suya; y no es nada menos que su salvación eterna o su condenación eterna lo que está en juego aquí. Cuando se presenta la corrupción en toda su manifestación y con el diablo a la cabeza, ¿cree acaso que usted puede hacerles frente sin ayuda? La gracia está a su lado para brindarle un socorro seguro, ¿y lo rechaza usted evidenciando que no le interesa su auxilio? ¿Qué es esto, sino invalidar el uso y oficio de la gracia, y despreciar la bondad de Dios, quien le dio la gracia justamente para esta finalidad, para que la utilice contra sus deseos carnales?

  1. El pecado no mortificado, no sólo frustra la finalidad y la utilidad de la gracia, sino, lo que es peor, también debilita y desperdicia miserablemente la gracia. Es imposible que, tanto la gracia como la corrupción, sean fuertes y vigorosas a la misma vez, en la misma alma. Si una prospera, la otra languidece… Si su alma está repleta de pecados no mortificados, como malezas dañinas que brotan y se extienden rápidamente, la gracia se deteriora y se marchita, porque [su alma] no cuenta con su savia para nutrirla.

Dos cosas son necesarias para nutrir la gracia, de modo que aumente poderosamente su fuerza y hermosura: Estas son los pensamientos santos y deberes santos. Por lo general, el hombre no necesita más que alimento y ejercicio para estar fuerte. Los pensamientos santos son, comparativamente hablando, el alimento de la gracia… Los deberes santos son, por así decir, el ejercicio, por el que la gracia obtiene y conserva su buena salud. Pero un deseo carnal no mortificado impide que la gracia obtenga fuerza de los pensamientos o los deberes. Porque,

i. Un deseo carnal no mortificado, por lo general, domina los pensamientos del hombre. ¡Cuánto poder tiene un deseo carnal de acaparar todos los pensamientos para satisfacerlo! A algunos los manda a cumplir un encargo, a otros, otro, y todos tienen que estar ocupados en atender su deseo. Donde el pecado no mortificado es la codicia, la soberbia o la lascivia, ¡qué llena está la imaginación de pensamientos que satisfacen estos deseos carnales! Algunos producen el pecado, algunos lo embellecen y adornan; y algunos aprueban, alaban y recomiendan el pecado al alma. Además, si acaso queda lugar para otros pensamientos, algunos lo emplean para imaginarse situaciones y quimeras que posiblemente nunca sucedan, pero tienden a alimentar y nutrir esa corrupción. Apelo a su propia experiencia para confirmar lo que estoy diciendo. Y esto será bueno hacerlo para poder encontrar cuál es su pecado no mortificado. Analice qué es lo más sucio que se imagina, que con más frecuencia seduce sus pensamientos. ¿Le sucede que cuando sus pensamientos divagan, vuelven llenos de cosas del mundo? ¿Le presentan, por lo general, fantásticas riquezas, posesiones, ganancias, adquisiciones con el valor agregado de las artimañas para convertirlas en realidad? Entonces, la codicia es su deseo carnal no mortificado. ¿Se concentra y piensa en sus propias perfecciones? ¿Talla un ídolo de sí mismo en su propia imaginación y luego cae de rodillas ante él y lo adora? Entonces su pecado no mortificado es el orgullo. Y lo mismo podríamos decir de los demás. Ahora bien, cuando un deseo carnal no mortificado ha acaparado todos los pensamientos y los ha puesto al servicio de una imaginación corrupta, a la gracia le falta su alimento, sufre de inanición. ¡No es de extrañar si languidece y decae!

**ii. Un pecado de la carne no mortificado obstaculiza e interrumpe la vida, el vigor y la espiritualidad de los deberes santos.**Lo hace de dos maneras: Insensibilizando el corazón de toda culpa o distrayendo el corazón mediante su fuerza.

(1) Una lascivia no mortificada insensibiliza al corazón en cuanto a sus deberes santos por medio del sentido de culpa que yace en la conciencia. ¡Ay! ¿Cómo podemos acercarnos a Dios con un espíritu libre, cómo podemos llamarlo Padre con un mínimo de seguridad, mientras tenemos conciencia de un pecado no mortificado que todavía vive en nuestro interior? Admítalo: ¿Acaso no le remuerde la conciencia y hasta calla su boca cuando está orando con sugerencias como estas? “¡Qué! ¿Acaso es posible orar pidiendo perdón por mis pecados y fuerza para no pecar, aunque sé que hay en mí y que fomento un deseo de la carne no mortificado? ¿Oro rogando gracia contra el pecado y, aun así, conservo un pecado conocido?… ¿No es una oración así, pura hipocresía y engaño? ¿La escuchará el Señor? O si de hecho la escucha, ¿no la contará como una abominación contra él?”. Usted, a quien su propia conciencia acusa, ¿acaso no encuentra que tales reflexiones lo insensibilizan grandemente en cuanto a su deber?… De hecho, la culpa es el impedimento más grande del mundo para el cumplimiento del deber… Nos llena de desconfianza, inseguridad y un temor muy grande de presentarnos ante Dios como nuestro Juez, en vez de nuestro Padre.

(2) Una lascivia no mortificada impide cumplir el deber santo porque distrae el corazón con su poder. Aparta el corazón de Dios, enreda los afectos, desparrama los pensamientos, descompone la composición del alma, de manera que, en el mejor de los casos, no es más que un deber quebrantado y destrozado. Y aquí radica la astucia de Satanás, en que si hay en el alma alguna corrupción menos mortificada que otra, de seguro esa corrupción actuará y se interpondrá entre Dios y el alma en el cumplimiento de su deber. Ahora bien, cuando un deseo de la carne impide el cumplimiento del deber, la gracia no puede respirar ni ejercitarse. ¡Con razón desfallece y se deteriora!

3. Cuando se ha descuidado una mortificación, a su puerta acecha algún pecado vil y escandaloso. Cuando vemos a alguien que profesa ser creyente cometer una maldad notoria, ¿a qué se puede imputar más que al hecho que esa corrupción se aprovechó de que fuera negligente en mortificarla? Cuando alguien sufre continuamente de ideas interiores que atacan, tientan e importunan al alma, es una señal de que la lascivia ya se ha ganado los afectos. Y si se puede adormecer la conciencia, nada le impedirá entrar en acción… Por lo tanto, cuídese de no permitir que la corrupción se agite y actúe en su interior. No puede ponerle límites ni decirle: “Hasta aquí llegaste, pero no más. Te permito estar en mis pensamientos y en mi imaginación. Pero, conciencia, cuídate de que no vaya más allá”. ¡Por lo tanto, si quiere asegurarse de no correr este peligro, mortifique a la lascivia en su gestación! Sofoque y suprima sus señales y apariciones. De otra manera, no se imagina lo prodigiosamente que crecerá la impiedad. El menor y más insignificante pensamiento pecaminoso tiende a terminar en una culpabilidad infinita16; un pensamiento indigno e impropio acerca de Dios lleva a una blasfemia horrible; cada pensamiento lascivo a una inmundicia abierta; cada pensamiento envidioso, a un derramamiento de sangre. A menos que practique diariamente la mortificación para suprimir y vencer esos estímulos, no puede saber cuántos pecados destructores del alma le pueden impulsar a cometer.

4. Una lascivia no mortificada aleja al corazón de su amistad y comunión con Dios… Hay sólo dos cosas que mantienen la amistad entre Dios y el alma: De parte de Dios, las comunicaciones llenas de la gracia de su Espíritu, por medio de cuya influencia iluminadora, avivadora, sustentadora y reconfortante, conversa con aquella alma a la cual otorga su gracia. De nuestra parte, el estado espiritual del corazón por medio del cual conversamos con Dios con delicia santa, libertad y frecuencia con una cordial y sincera obediencia. Pero una lascivia no mortificada destruye esta amistad entre las dos partes.

i. Provoca a Dios a suspender las influencias de su Espíritu y por su parte cortar la relación: “Por la iniquidad de su codicia me enojé, y le herí, escondí mi rostro y me indigné” (Is. 57:17)…

ii. Una lascivia no mortificada quita poderosamente la armonía del alma y desordena la espiritualidad que debemos preservar, si queremos mantener comunión con Dios. Piense en cómo aumenta la separación y el distanciamiento entre amigos cercanos. De igual manera, aumenta la separación entre Dios y el alma. Si alguien tiene conciencia de un mal que le ha hecho a su amigo, le causará temor y vergüenza conversar con él y, aún más, estar en su compañía con comodidad y con frecuencia. Lo mismo sucede en este caso: La lascivia no mortificada llena el alma de vergüenza culposa, motivada por su conciencia de un agravio a Dios…

Ahora, reflexione en su propia realidad, usted que ha cometido algún pecado: ¿Acaso éste no ha quitado gradualmente la espiritualidad de su corazón, y debilitado la vida y el vigor de su comunión? ¿No lo ha apagado, enfriado y hecho indiferente a las cosas y los caminos de Dios? ¿No ha considerado a Dios como si estuviera muy lejos sin interesarse o anhelar acercarse para conversar con él? ¿No cree usted que ha llegado el momento de mortificar este pecado que ha causado esta división entre Dios y su alma, y que se deshaga de lo que ha causado tensión y disensión para poder renovar su amistad con él? Permítame decirle que me temo que, de otra manera, esta enajenación aumentará hasta convertirse en una lamentable apostasía y terminando en una pavorosa perdición.

Tomando de “The Great Duty of Mortification” (El gran deber de la mortificación) en The Works of Ezekiel Hopkins(Las obras de Ezekiel Hopkins), Tomo 3, reimpreso por Soli Deo Gloria.


Ezekiel Hopkins (1634-1690): Pastor anglicano, capellán de Magdalen College, Oxford, fue más adelante Obispo de Derry, Irlanda; sus escritos son legibles, claros, y prácticos; nacido en Sandford, Crediton, Devonshire.

¡Piense lo que le costó al Señor Jesús expiar la culpa del pecado sufriendo en nuestro lugar la ira del Dios grande y terrible! Las meditaciones de un Cristo crucificado son meditaciones que crucifican en gran manera al pecado. Él sufrió lo inimaginable por el pecado. Fue una ira divina la que sufrió su alma por el pecado… fue una ira sin paralelos, manifestada en toda su plenitud, hasta la última gota. ¿Y caeremos tan fácilmente en esos pecados que causaron estos sufrimientos de Cristo? —John Flavel

Los mejores creyentes, que están seguros de ser libres del poder condenatorio del pecado tienen, no obstante, que ocuparse todos sus días en mortificar el poder del pecado que mora en ellos. —John Owen