Identificando los deseos carnales más queridos

Benjamin Needler (1620-1682)

“Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno”(Mateo 5:29-30).

En Mateo 5:28, nuestro Salvador nos dice “cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. Lo dijo en oposición a los escribas y fariseos, y se aplica a muchos protestantes carnales que tienen conceptos equivocados de la Ley de Dios y, particularmente, cuando opinan que sólo el acto exterior de impureza, quebranta el séptimo mandamiento que dice: “No cometerás adulterio”. Aquí, nuestro Salvador corrige este error diciendo que “cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”, no dice el que lo va a hacer, sino que lo ha hecho ya. Lo que el ojo ve, entra muy rápido en el corazón. Y porque el ojo y la mano son usados, muchas veces, como incitadores principales de este pecado, nuestro Salvador da a sus discípulos, al igual que a nosotros, este consejo serio y santo en las palabras que hemos leído: “Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti…”.

Algunos entienden que “el ojo derecho” y “la mano derecha” se refieren a nuestros deseos carnales más queridos. El Espíritu de Dios usa en las Escrituras un lenguaje figurado para expresar la corrupción de las partes y los miembros de nuestro cuerpo… Aunque estamos expuestos a todos los pecados, hay algunos que, de una manera especial, podemos llamar pecados de nuestro ojo derecho y pecados de nuestra mano derecha. O, dicho de otra manera, cada ser humano tiene su depravación particular, su pecado más querido… Y considerar esta doctrina es parte de mi tarea… a saber: “¿Cómo descubrir y mortificar los deseos carnales más queridos?”…

**1. Es posible reconocerlo por la expresión de cariño y la atención tierna que el pecador brinda a este pecado.**El amor fuerte, generalmente, tiene un solo objeto. Los afectos son más como rayos de luz vistos a través de una lupa; cuanto más unidos están en un punto, más fuertes son. El impío tiene un afecto especial por su deseo carnal particular. Así como dijo Abraham: “Ojalá Ismael viva delante de ti” (Gn. 17:18), dice el impío: “¡Ojalá me dejes este pecado!”. El alma está pronta para decir: “Aquí hay un pecado que tiene que ser arrancado y aquí hay otro para cortar de raíz; pero ¿tiene que morir _también_este otro deseo carnal tan querido? Todo está en mi contra”. El pecador parece arrepentirse del pecado y condenar al pecado, y condenarse a sí mismo por el pecado. Pero cuando llega el momento de ejecutarlo, le tiene lástima y suspende su sentencia mientras se perdona otro pecado. ¡Ay, no puede cortarle la cabeza a su deseo querido!… Pero si sucede que su pecado querido muere de muerte natural –por ejemplo, si el adúltero, por su edad, ya no puede andar en las inmundicias de antes– lo conserva hasta la muerte, como conservamos a nuestros amigos queridos, y sufre porque él y su querido deseo carnal tienen que separarse.

**2. Es posible reconocerlo de esta manera: El pecado que nos aparta de nuestros deberes santos es nuestro pecado querido.**Sabemos que la temperatura natural del agua es la fría y esa es la característica a la que vuelve, no importa lo caliente que haya llegado a estar. A veces, el alma se enardece al participar de una ordenanza7, pero pronto se enfría y sigue practicando el pecado que más le gusta. El orgullo era el pecado principal de los discípulos. Mientras sanaban enfermedades y echaban fuera demonios del cuerpo de otros, el demonio del orgullo obraba en sus almas. Nuestro Salvador los reprendió diciendo: “Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lc. 10:20).

  1. Es posible reconocerlo por su dominio, por su poder de mando sobre todos los otros pecados. Así como hay una especie de gobierno en el infierno (…Belcebú es llamado “príncipe de los demonios”), hay también en el alma del hombre malvado, algún pecado que sigue siendo el principal y que conserva su trono. Todos los demás pecados, por así decir, se arrodillan ante éste, son parte de su séquito y sus siervos obedientes. Le dice a uno: “Ve” y éste va; a otro le dice: “Ven” y viene. Por ejemplo, si la codicia es el pecado querido, mentir, engañar y estafar son los pecados que le sirven. Si es la ambición, amoldarse y transigir pecaminosamente son los pecados que le sirven. Si es el adulterio, utilizar pecaminosamente el tiempo, los bienes y el cuerpo son pecados que le sirven. Si la vanagloria es el gran pecado de los fariseos (Mt. 23), devorar las casas de las viudas pretendiendo hacer largas oraciones es pecado que le sirve. En suma, el pecador comparte, por así decir, la maldición pronunciada sobre Cam: “Siervo de siervos” (Gn. 9:25). Los demás pecados son siervos de su pecado querido y él mismo es esclavo de todos ellos.

4. Aquel pecado que le hace remorder la conciencia de una manera particular es, posiblemente, su pecado preferido. La palabra griega traducida conciencia… significa “un conocimiento en conjunto” o “conocimiento[compartido] con otro”. Considera las cosas en conjunto con Dios. La conciencia es el lugarteniente de Dios, el espía de Dios, el agente secreto en nuestro pecho, el observador perfecto de lo que pensamos o hacemos, co-testigo con Dios, como lo sugiere San Pablo sin reservas (Ro. 9:1). Ahora bien, ¿le parece usted que no sabe cuál es el pecado que usted ama? Escuche la voz de su conciencia. ¿Lo condena de orgullo, de pasión, de mundanalidad, de perseguir los caminos de Dios? Ay, recuerde que usted es el virrey de Dios. Hágale caso porque es importante y considere seriamente lo que dice…

  1. Es posible reconocerlo por su impaciencia con el reproche. Herodes escuchaba con gusto a Juan el Bautista hasta que empezó a predicar contra su Herodías. Éste es un “no me toques”… Una reacción clásica del pecador que reacciona cuando le ponen el dedo en la llaga. El ojo es una parte sensible y propensa a reaccionar con enojo si se entromete con él. Ésta es la razón por la cual muchos se enfurecen contra un ministerio poderoso y salvador que escudriña el alma. La mayoría prefiere a los charlatanes que pretenden curar con superficialidades, ¡en cambio no pueden tolerar a los médicos serios que hurgan, buscan y limpian la herida! “Yo le aborrezco”, le dijo Acab a Micaías, “nunca me profetiza bien sino solamente mal” (1 R. 22:8). Agregaré solo esto: Que el hombre, especialmente el pastor, que reprocha a otro por sus pecados, tiene que ser él mismo, inocente de lo que condena… El que tiene una viga en el ojo no puede pretender sacar la paja en el ojo de su hermano.

6. Es posible reconocerlo por esto: Hace al hombre completamente parcial a su propio caso. A David no le parecía mal quitarle la esposa a otro hombre, pero no tenía obstáculo en condenar a muerte al que le quitara su cordero a otro hombre.

7. **Es posible reconocerlo por los argumentos que utiliza el pecador para justificar su pecado.**La inmundicia e intemperancia son “cosas de la juventud”. El lujo es “magnificencia”. La codicia es “buena [mayordomía]”. El orgullo es “nobleza y grandeza de espíritu” o, mejor aún, “humildad”. Algunos fingen humildad en público, pero en realidad, es pura soberbia… Tenga cuidado de decir algo para justificar cualquier forma de maldad…

8. Cuando un pecado se apega a su alma más que otros, éste es su pecado querido, el pecado del ojo derecho o el pecado de su mano derecha. Cuando a Sansón nadie podía quitarle su fuerza, pudo hacerlo Dalila fácilmente. Vea cómo Salomón expresa la conducta de la mala mujer con el joven: “Lo rindió con la suavidad de sus muchas palabras, le obligó con la zalamería de sus labios” (Pr. 7:21). Lo único que hizo fue adularlo y, sólo con eso, “lo rindió”. El pecado obra por seducción: “Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” (Stg. 1:14). La seducción es una fuerza comparable al pedido de un rey: es una orden.

  1. Aquel pecado que el hombre desearía que no lo fuera es, posiblemente, su pecado querido. El caso del joven rico en el Evangelio es un ejemplo. Dice nuestro Salvador: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones” (Mt. 19:21-22), es decir, se fue triste porque tuvo que enfrentarse con una verdad como ésta: El que quiere seguir a Cristo debe renunciar al mundo. Dice el Salmo 14:1: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios”. “Ay”, dice el necio, “¡ojalá que no hubiera un Dios! ¡Que no hubiera un cielo! ¡Que no hubiera un infierno!”. En ese caso, el pecado querido es el ateísmo. Primero, los hombres desean que no hubiera una Deidad y luego, deciden que no la hay y, finalmente, lo afirman…

10. Aquel pecado que es lo primero en lo que pensamos en la mañana y lo último en la noche, es nuestro pecado favorito… El deseo carnal querido ocupa, generalmente, el primer lugar y el último; es el primer pensamiento cada mañana y el último en la noche. Sí, este pecado querido tiene que ocupar mucho de su pensamiento en la cama. El salmista, hablando del impío, nos dice: “Medita maldad sobre su cama” (Sal. 36:4). Por lo general, éste es el amigo que admitimos junto a nuestro lecho.

11. Aquel pecado que más infesta y preocupa en nuestros momentos a solas es nuestro pecado querido. Lo que quiero decir es que cuando el hombre está solo, ya sea en su aposento o en el campo trabajando, y no tiene que ocupar su mente con lo que está haciendo, el pensamiento del pecado que aparece inconscientemente, puede muy bien ser su pecado querido… ¡Ay cristiano! Tome nota de lo que su corazón medita en privado y es muy posible que haga algunos descubrimientos (Sal. 19:14). Cuando alguien se retira a un lugar solitario, por lo general se considera un atrevimiento molestarlo. En este caso, tiene que ser un amigo el que se acerca y le ofrece su compañía. Sin duda, el pecado en el que pensamos en nuestros momentos a solas no es cualquier pecado, sino uno que realmente queremos.

12. En último lugar, aquel pecado por el cual estamos dispuestos a tolerar muchas penurias y sufrimientos es nuestro pecado querido. Por ejemplo, supongamos que la _codicia_es el pecado querido. ¡En qué situaciones infames, absurdas e irrazonables se pone el codicioso! ¡Con cuánta mezquindad, avaricia y tacañería vive en su comunidad, exponiéndose a la burla y al desprecio de todos los que lo conocen! O supongamos que la ambición es el pecado querido; ¡cómo hace promesas y luego las rompe; y se amolda y, como el remero, mira para un lado y rema para el otro, y hace casi cualquier cosa para lograr sus ambiciones. Si su pecado querido es el libertinaje, ¡destruye su cuerpo, avergüenza su nombre y malgasta sus bienes para gratificar su deseo carnal! No cabe duda que el peor y más humilde trabajo –lavar cacerolas y platos sucios, remar afanosamente para mover una barca, escarbar una mina– son ocupaciones honrosas en comparación con las prácticas mundanas a las que conduce el pecado que más amamos.

Tomado de “How May Beloved Lust Be Discovered and Mortified?” (¿Cómo descubrir y mortificar los deseos carnales queridos?) en Puritan Sermons 1659-1689, Being the Morning Exercises at Gripplegate (Sermones puritanos 1659-1689. Estando en los ejercicios matutinos en Cripplegate), Tomo 1, reimpreso por Richard Owen Roberts, Publicador.


Benjamin Needler (1620-1682): Pastor no conformista, predicador capaz, recordado por Richard Baxter como “un teólogo muy humilde, serio y apacible”; nacido en Laleham, Middlesex, Inglaterra.

Ahora bien, se requieren varias cosas en lo que respecta a esta lucha contra el pecado: [1] Saber que el hombre tiene este enemigo para enfrentar, para tener en cuenta, para realmente considerarlo como un enemigo y que tiene que ser destruido por todos los medios. [2] Esforzarse por familiarizarse con las maneras, las argucias, los métodos, ventajas y ocasiones para tener éxito es el principio de esta guerra. [3] Sopesar diariamente todas las cosas… que son graves, mortales y destructivas, marca el apogeo de esta contienda… Ahora bien, mientras el alma está en esta condición, lidiando con esto, lo principal es que el pecado está muriendo bajo la espada. Además, cuando el hombre llega a este estado y condición en que los deseos de la carne están debilitados desde su raíz y sus comienzos, que sus actividades y acciones han disminuido y son más débiles que antes, cuando puede, con un espíritu quieto y tranquilo, encontrar y luchar contra el pecado y salir airoso, entonces el pecado es mortificado en gran medida y, a pesar de toda su oposición, el hombre puede tener paz con Dios todos su días.

Sólo el Espíritu trae la cruz de Cristo a nuestros corazones con su poder de matar el pecado. —John Owen