Un ejercicio muy provechoso

Charles H. Spurgeon (1834-1892)

“Dulce será mi meditación en él”(Salmos 104:34).

Meditación es una palabra que, me temo, muchos de ustedes no saben escribir. Saben cómo enunciar las letras de la palabra, pero lo que quiero decir es que no saben escribirla en la realidad de la vida cotidiana. No se ocupan de ninguna meditación. ¿Qué saben de este tema muchos de ustedes que son hombres de empresa? Se levantan a la mañana, justo a tiempo para ocupar su asiento acostumbrado en el ómnibus, se apuran para llegar a su oficina y empezar sus actividades, y allí, permanecen todo el día ocupados, ya sea en sus negocios o en chismear con sus colegas cuando el negocio está aburrido. Llega la noche y vuelven a su casa demasiado cansados y agotados para hacer uso saludable de sus mentes. Semana tras semana, mes tras mes y año tras año, no son para ustedes más que rutina, rutina, rutina eterna. No tienen tiempo para la meditación y razonan, quizá, que si reservaran media hora por día para considerar los serios asuntos relacionados con la eternidad, no sería más que una clara pérdida de tiempo. Es muy sabio que cuiden su tiempo; pero creo que, si en media hora por día, pudieran ganar cien libras esterlinas, no dirían que no pueden permitírselo porque saben cómo calcular las ganancias financieras. De la misma manera, si supieran cómo calcular lo provechosa que es la meditación, considerarían ganancia dedicarle tiempo porque la meditación es muy provechosa para el espíritu; es una ocupación extremadamente saludable y excelente. Lejos de ser una pérdida de tiempo, es un uso muy beneficioso de él.

No piensen que el hombre dado a la meditación es necesariamente perezoso; al contrario, pone el mejor fundamento para el trabajo provechoso. No es mejor estudiante el que más libros lee, sino el que más medita sobre ellos. No aprenderá más de divinidad1 el que oye la mayor cantidad de sermones, sino el que más devotamente medita en lo que oye. Ni será un erudito tan profundo, el que lee grandes volúmenes uno tras otro, sino el que lee poco a poco, precepto por precepto, línea por línea, digiere lo que lee y, meditando, asimila en su corazón cada sentimiento; primero, comprendiendo lo que lee y, después, apropiándose del espíritu de lo que leyó en su propia alma. Así que la meditación es una actividad excelente. Permítanme dedicar algunos minutos a compartirles algo de su utilidad.

Primero, creo que la meditación brinda a la mente algo de descanso. Es el sofá del alma. El hombre nunca considera tiempo perdido el que dedica al descanso necesario, a fin de relajarse y renovarse para luego poder seguir adelante con su trabajo. La meditación, entonces, es el descanso del espíritu. “¡Oh!”, dice uno: “Tengo que descansar. He estado trabajando intensamente y sin parar durante meses. Necesito un día libre. Tengo que hacer esto otro y aquello”. Efectivamente, tal esparcimiento, en su debido lugar, es deseable. Debemos tener temporadas de inocente esparcimiento, pero al mismo tiempo, si supiéramos cómo pasar diariamente un poquito de tiempo en la calma reposada de una pausa contemplativa, nos encontraríamos menos exhaustos en el desgaste de nuestros deberes terrenales. Meditar sería para nosotros un sano esparcimiento y, en lugar de estar corriendo hasta quedarnos sin aliento y laborando hasta que un respiro sea obligatorio, deberíamos distribuir nuestros intervalos de descanso y refrigerio durante todo el año, reservando una pequeña porción de cada día para apartarnos de la bulliciosa multitud, a fin de meditar sobre cualquier tema que deseemos que ocupe el lugar más honorable de nuestra mente.

Así como cambiar de postura alivia el cansancio del cuerpo, cambiar los pensamientos previene que tu espíritu languidezca. Al caer la noche, siéntate en un cuarto silencioso, abre la ventana, mira las estrellas luminosas de Dios y ten en cuenta esos ojos del cielo. O si prefieres, mejor haz una pausa en el calor del mediodía y mira hacia abajo a la ocupada muchedumbre en la calle y cuéntalos como muchas hormigas sobre el hormiguero de este mundo. O si no te interesa mirar a tu alrededor, siéntate y mira tu propio interior, cuenta los latidos de tu propio corazón y examina las emociones de tu propio pecho. A veces, es bueno ser absorbido por pensamientos sobre el cielo o, si eres alguien que ama deleitarse con el futuro profético, repasa las páginas místicas y estudia las visiones sagradas registradas en el libro de Daniel o el libro de Apocalipsis. Al entrar en estas sagradas complejidades2 y meditar en sus impresionantes símbolos, te levantarás de tu estudio, poderosamente renovado. Habrás descubierto que es como un sofá para tu mente.

Una vez más, la meditación es la máquina en la cual, la materia prima del conocimiento, es convertida en algo más útil. Permítanme compararla con un lagar. Leyendo, investigando y estudiando, recogemos las uvas, pero es en la meditación que extraemos su jugo y obtenemos el vino. ¿Cómo es que muchos hombres que leen mucho saben muy poco? La razón es que leen tomo3 tras tomo y almacenan en sus mentes el conocimiento con mucha confusión hasta poner tanto peso sobre su cerebro que ya no puede funcionar. En lugar de poner los conocimientos en el lagar de la meditación y fermentarlos hasta que pueden extraer las inferencias correctas, los dejan hasta que se pudren y mueren. No extraen nada del dulce jugo de sabiduría de los frutos preciosos de la vid. Cuando he leído un libro por una media hora, me gusta caminar durante un rato y pensar en lo que leí. Cierro el libro y digo: “Ahora, señor Autor, ya hizo usted su discurso, déjeme pensar sobre lo que usted ha dicho. Un poco de meditación me permitirá distinguir entre lo que yo ya sabía y el tema nuevo que me ha comunicado, entre los hechos y sus opiniones, entre sus argumentos y los que yo haría basado en las mismas premisas”. Los animales rumiantes, después de haber comido, se acuestan y rumian4, primero cortan la hierba y luego la digieren. Así, la meditación es el rumiar del alma por la que obtenemos esa nutrición que alimenta y sostiene la mente.

Cuando hayas recogido flores del campo o del jardín, arréglalas en el orden correcto y átalas juntas con el hilo de la memoria, pero no descuides ponerlas en el agua de la meditación porque, de otra manera, se desvanecerán y servirán sólo para el lugar de los desechos. Cuando hayas recogido perlas del mar, habrás recogido también muchas conchas sin valor y barro; por lo tanto, ordénalos en tu memoria y guarda sólo aquello digno de preservar. También tienes que abrir la ostra y extraer la perla, y lustrarla para que se vea más hermosa. No la agregas al collar de tu mente hasta haberla lustrado y adornado con meditación. Por lo tanto, ves que necesitamos la meditación para hacer uso de lo que hemos descubierto. Como es el descanso del alma, así es, al mismo tiempo, el medio para hacer el mejor uso de lo que el alma ha adquirido.

Una vez más, la meditación es para el alma lo que el aceite era para el cuerpo de los luchadores. Cuando aquellos atletas de antaño salían a luchar, siempre se frotaban bien de aceite para que sus coyunturas fueran más flexibles y estuvieran en forma para cumplir su tarea. Ahora, la meditación hace flexible al alma, de manera que puede usar las ideas cuando le vienen a la mente. ¿Quiénes son los hombres que pueden enfrentar una controversia y salir airosos? Los que meditan cuando están solos. ¿Quiénes son los hombres que pueden predicar? No los que andan de acá para allá5 y nunca consultan a solas con su corazón, sino los que piensan seriamente cuando no tienen cerca a nadie, al igual que cuando están rodeados por una muchedumbre. ¿Quiénes son los autores que escriben los libros que tú lees y mantienen un suministro constante de literatura? Son los hombres meditativos. Mantienen flexibles sus huesos y sus coyunturas en forma para el ejercicio, bañándose, continuamente, con el aceite de la meditación. Por lo tanto, ¡qué importante es la meditación como ejercicio mental con el fin de tener nuestra mente constantemente lista para cualquier servicio!

Te he enfatizado que la meditación es provechosa para todo hombre… Así como la meditación es buena para la mente, aun en temas terrenales y las ciencias naturales, mucho más útil es cuando de aprendizaje espiritual se trata. Los mejores y más santos hombres, han sido hombres de meditación. Isaac salía al campo a meditar a la hora de la tarde (Gn. 24:63). David dice: “Meditaré en tus estatutos” (Sal. 119:48). Pablo, quien meditaba continuamente sobre todo lo relacionado con el evangelio, escribiendo a Timoteo sobre las cosas importantes que un buen ministro de Jesucristo debe tener, dice: “Medita estas cosas; ocúpate en ellas; para que tu aprovechamiento sea manifiesto á todos” (1 Ti. 4:15 RVA)6. Para el cristiano, la meditación es lo más esencial. Casi dudaría de que alguien fuera cristiano y negaría positivamente su bienestar, si vive sin meditar habitualmente. La meditación y la oración son hermanas gemelas y ambas me parecen igual de necesarias para la vida cristiana. Pienso que la meditación tiene que existir donde hay oración, y la oración, de seguro, existe donde hay meditación.

Mis hermanos, en estos días no hay nada que le falta más al cristiano para crecer en la gracia que la meditación. La mayoría de ustedes es dolorosamente negligente en esto… ¡Con qué frecuencia, por no meditar, se pierde todo el propósito para el cual el [sermón] fue diseñado! A menos que mediten en las verdades que les declaro, poca dulzura recogerán, poco provecho obtendrán y, de seguro, no serán establecidos en esas verdades para vuestra edificación. ¿Pueden sacar miel del panal sin exprimirlo? Pueden sentirse renovados cuando escuchan el sermón, pero es la meditación posterior lo que extrae la miel y da el mejor y más delicioso sabor.

Permítanme decirles que tiene que haber momentos especiales para meditar. Creo que cada hombre debería apartar una porción de cada día para este ejercicio de gracia. El cristiano permanecerá siempre débil, si no se toma el tiempo para ser absorbido por pensamientos profundos7 sobre cosas sagradas delante de su Dios. Aquellos hombres que mejor conocen a Dios son los que más meditan en Él. Los que más reconocen, experiencialmente, las doctrinas de gracia, son los que meditan y se elevan más allá del alcance de todas las cosas sublunares8. Creo que nunca tendremos mucho avance en nuestras iglesias hasta que sus miembros empiecen a aceptar, habitualmente, el consejo que dice: “Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento” (Is. 26:20) o éste otro: “Meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama, y callad” (Sal. 4:4). Hasta que no se calme un poco el estruendo9 y ruido de nuestro ambiente, y nos ocupemos de pensamientos más calmados y, en el silencio solemne de la mente encontremos a la vez, nuestro cielo y nuestro Dios, podemos esperar una legión de enanos maliciosos —y sólo acá y allá, un gigante—. La mente de gigantes no puede nutrirse con una simple audición casual. Las almas gigantes necesitan la meditación para sostenerlas. ¿Anhelan ser fuertes? ¿Anhelan ser poderosos? ¿Anhelan ser valientes para el Señor y útiles en su causa? Ocúpense de seguir la ocupación del salmista David y mediten. Es éste un ejercicio muy feliz y provechoso.

Tomado de un sermón predicado en New Park Street Chapel, Southwark, un jueves por la noche en el verano de 1858.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente pastor bautista inglés; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra, Reino Unido.

Habiendo obtenido la luz del conocimiento de la gloria de Cristo en las Escrituras o por dispensación de la verdad en la predicación del evangelio, deberíamos estimar nuestro deber de meditar al respecto con frecuencia. —John Owen

Hay en el nuevo hombre, algo que corresponde a los “cinco sentidos” de nuestra naturaleza; estos son: Comprensión, conciencia y afectos. Pero tienen que ser entrenados y desarrollados. Sólo por el constante y asiduo ejercicio de nuestra mente enfocada en cosas espirituales, por el diligente estudio de la Palabra y por meditar en ella, por el ejercicio de la fe, por la súplica ferviente al Espíritu por la luz, es que recibimos ese discernimiento imprescindible para distinguir entre el bien y el mal, la verdad y el error. —A.W. Pink

Footnotes

  1. Divinidad – Ciencia de las cosas divinas; teología.

  2. Sagradas complejidades – Detalles misteriosos de la Biblia.

  3. Tomo – Libro grande, pesado y erudito.

  4. Rumiar – Masticar [los animales rumiantes] por segunda vez, los alimentos que vuelven desde las cavidades del estómago. En cuanto al pensamiento, es una analogía de pensar y repensar profundamente en algo.

  5. Nota del editor – Deambulando sin rumbo fijo en busca de placer.

  6. RVA (Siglas de la Biblia Reina Valera Antigua) – El autor escribió este artículo originalmente en inglés, usando la Versión King James (KJV). La traducción de este versículo en la Reina Valera 1960, versión que normalmente usamos, difiere algo de la KJV y no incluye todo el pensamiento original del autor. Aunque, por lo general, no citamos muy a menudo la RVA, la hemos usado en este contexto porque la traducción de este versículo se aproxima más al original hebreo y el inglés de la KJV.

  7. Nota del editor – Absorbidos por pensamientos profundos. Del inglés “to muse” en el original.

  8. Sublunar – Pertenecer a este mundo, en contraste con uno más espiritual; terrenal.

  9. Estruendo – Sonido continuo, confuso y que distrae.