Dulces meditaciones en Cristo
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
“Dulce será mi meditación en él” (Salmos 104:34).
¡Cristiano! ¡No necesitas un incentivo1 más grande para entusiasmarte que el tema aquí propuesto: “Dulce será mi meditación en él”! ¿A quién se refiere con la palabra Él? Pienso que puede referirse a las tres personas de la gloriosa Trinidad2: “Dulce será mi meditación en Jehová”.
Y, en verdad, si te sientas a meditar en Dios el Padre y reflexionas sobre su amor soberano, inmutable e invariable hacia su pueblo escogido, si piensas en Dios el Padre como el gran autor y originador del plan de salvación3, si piensas en Él como el poderoso ser quien, debido a dos factores inmutables, por los que es imposible que mienta (He. 6:18), nos ha dado una fuerte consolación a los que hemos buscado refugio en Cristo Jesús. Si confías en Él como el dador de su Hijo unigénito y Quien, por amor a su Hijo, su mejor don, también con Él nos dará gratuitamente todas las cosas, si lo consideras como ratificador del pacto y quien se comprometió a completar todas sus estipulaciones4 al reunir a todos los escogidos, a cada alma rescatada, percibirás que tienes un sinfín de temas de meditación, aun si limitaras tu atención a la manifestación del amor del Padre.
O, si prefieres, puedes meditar en Dios el Espíritu Santo. Considera sus maravillosas operaciones en tu propio corazón: Cómo te dio vida cuando estabas muerto en delitos y pecados, cómo Él te trajo una noche a Jesús cuando eras una oveja perdida vagando lejos del redil, cómo te llamó con una eficacia tan poderosa que no pudiste resistir su voz, cómo te atrajo con lazos de amor que no te dejaban ir. Si piensas cuán a menudo te ha ayudado cuando te hallabas en peligro, con cuánta frecuencia te ha consolado con sus promesas en tiempos de angustia y problemas, y si recuerdas que, como aceite santo, siempre proveerá tu lámpara y hasta tu última hora de vida te llenará con sus influencias, dando pruebas de que será tu maestro y tu guía hasta que llegues al cielo, donde verás a tu Salvador cara a cara en la presencia bendita del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo —en esta inmensa verdad, podrás encontrar una vasta y, de hecho, una infinidad de temas para tu meditación.
Pero… prefiero más bien, limitar la palabra Él a la persona de nuestro adorable Salvador. “Dulce será mi meditación en él”. ¡Ah! Si fuera posible que la meditación sobre una persona de la Trinidad pudiera exceder la meditación sobre otra, sería la meditación en Jesucristo…
¡Tú, precioso Jesús! ¿Qué tema puede ser más dulce que pensar en tu ser exaltado, imaginarte como el Hijo de Dios quien… formó este redondo mundo? Pensar en Ti como el Dios que sostiene este poderoso orbe sobre tus hombros, Tú que eres el Rey de la gloria, ante Quien los ángeles se inclinan en el más humilde homenaje. Y, sin embargo, considerarte a la vez, hueso de mis huesos y carne de mi carne… concebirte a Ti como el Hijo de María, nacido de una virgen, hecho carne como un hombre cualquiera, con vestiduras de humanidad como mortales de nuestra falible raza; imaginarte en toda tu vida de aflicción, seguir tus pasos en toda tu pasión, verte en la agonía de Getsemaní, soportando el sudor de sangre, en doloroso asombro; y luego, seguirte al empedrado de Gabata5 y, de allí, subir la empinada cuesta al Calvario, cargando la cruz, enfrentando la vergüenza, cuando tu alma fue hecha ofrenda por mis pecados, cuando moriste la muerte reconciliadora en medio de horrores para todos desconocida, excepto para Dios. En verdad, hay aquí una meditación para mi alma que debe ser “dulce” para siempre. Podría decir con el salmista: “Rebosa mi corazón palabra buena;…” —la lectura o nota marginal6 dice: “Hierve o burbujea”— “…dirijo al rey mi canto; mi lengua es pluma de escribiente muy ligero” (Sal. 45:1)…
¡Ah! Toma a Jesús como el tema de tu meditación, siéntate y considéralo, piensa en su relación con tu propia alma y nunca agotarás el tema.
Piensa en su relación eterna contigo: Recuerda que los santos fueron libres de toda condenación, en unión con el Cordero, antes de la creación del mundo. Piensa en tu unión imperecedera con la persona de Jehová-Jesús, antes de que este planeta fuera puesto a girar en el espacio y trae a la memoria cómo tu alma culpable fue contada como sin macha y limpia, aún antes de que cayeras. Y después de ese lapso fatal7, antes de ser restaurado, te fue imputada la justificación[^65] en la persona de Jesucristo. Piensa en tu conocida y manifiesta relación con Él desde que, por su gracia, fuiste llamado. Piensa en cómo Él llegó a ser tu hermano, cómo su corazón ha latido en armonía con el tuyo, cómo te ha besado con los besos de su boca y su amor ha sido para ti más dulce que el vino. Rememora algunos momentos felices y luminosos de tu historia cuando Jesús susurró: “Tuyo soy” y respondiste “Mi amado es mío” (Cnt. 6:3). Piensa en… algunos momentos de profunda reflexión cuando has tenido lo que Pablo valoraba tanto: La participación con Cristo en sus sufrimientos (Fil. 3:10). Piensa en los momentos cuando el sudor ha caído por tu frente, casi como cayó de la frente de Jesús —aunque no sudor de sangre (Lc. 22:44)— cuando te has arrodillado y sentido que podrías morir con Cristo, tal como fuiste levantado con Él. Y luego, cuando ya agotaste esa porción del tema, piensa en tu relación con Cristo que se desarrollará en el cielo… ¡Imagina en tu mente, el momento cuando Jesucristo te salude como “más que vencedor” y coloque sobre tu cabeza una corona de oro, más resplandeciente que las estrellas! Y trasládate a aquella hora cuando tomes esa corona de tu frente y, subiendo los escalones del trono de Jesús, la colocas en su cabeza y lo coronas una vez más como Señor de tu alma, al igual que “Señor de todo”. ¡Ah! Si te me acercas y dices que no tienes temas para meditar, responderé: “De hecho, no has tratado de meditar o estarías diciendo con el salmista: ‘Dulce será mi meditación en él’”.
Supongamos que ya has terminado de pensar en tu Salvador y cómo se relaciona especialmente contigo; entonces, considera luego cómo Él está relacionado con el mundo entero. Recuerda lo que Jesús dijo a Nicodemo: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Jn. 3:17) y, sin duda, salvará un día al mundo porque Aquel que lo redimió por precio y poder, lo restaurará y renovará de los efectos de la caída. ¡Oh, piensa en Jesús con respecto a esta relación como “reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar” (Is. 58:12)! Un día, volverá a nuestra tierra y cuando lo haga, encontrará a este mundo todavía desfigurado, presa todavía de la maldición de antaño —la maldición original del Edén—. Encontrará plaga, pestilencia y guerra; pero cuando Él venga, ordenará a los hombres que conviertan sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces (Is. 2:4); la guerra será borrada de entre las ciencias. Él dará la Palabra y muchos la predicarán; y “la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Is. 11:9). ¡Jesucristo vendrá!
Cristianos, estemos siempre en guardia y en espera de la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo y, mientras esperamos, meditemos en esa venida. ¡Piensa oh, alma mía, en aquel augusto día cuando lo veremos con todo su séquito glorioso, viniendo para llamar a juicio al mundo y para vengarse de sus enemigos! Pensemos en todos sus triunfos cuando Satanás sea atado, la muerte sea aplastada y el infierno sea conquistado, y cuando Él sea saludado como el Monarca universal: “Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Ro. 9:5). “Dulce será mi meditación en él”.
Creo que, incluso cuando lleguemos al cielo, no desearemos otro tema para meditar, excepto Jesucristo. Poco habrá que deseemos del cielo, fuera de Jesucristo. Él será nuestro pan, nuestro alimento, nuestra belleza, nuestro ropaje glorioso. El ambiente del cielo será Cristo; todo en el cielo será como Cristo; ¡sí, Cristo es el cielo de su pueblo! Estar en Cristo y estar con Cristo es la esencia del cielo.
Tomado de un sermón predicado en la Capilla de New Park Street, Southwark, un jueves por la noche en el verano de 1858.
Footnotes
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Incentivo – Razón que lleva a uno a un curso de acción; causa motivadora. ↩
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Ver Portavoz de la Gracia N° 33: El Dios Trino. Disponible en Chapel Library. ↩
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Ver Portavoz de la Gracia N° 30: El propósito eterno de Dios. Disponible en Chapel Library. ↩
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Estipulaciones – Condiciones o promesas en un contrato o acuerdo; en este caso, el propósito eterno de Dios de salvar a sus elegidos. ↩
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Gabata – Área empedrada fuera de la residencia de Poncio Pilato, llamada “el Enlosado y en hebreo Gabata” (Jn. 19:13); lugar donde fue el juicio público de Jesús. ↩
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Lectura marginal o nota marginal – nota explicativa escrita en la margen de la traducción inglés KJV. ↩
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Lapso fatal – Tiempo entre la caída del hombre en el pecado y su restauración. ↩