Jonathan Edwards (1703-1758)

Si todos los que aman a Cristo recibirán de sus manos una corona de vida, ¿qué mejoría1 más natural, resulta de ese estado que exhortar y convencer a todos a amar a Cristo?… Pero también ofreceremos otros motivos para convencer a otros sobre este deber:

Primero**, el primer gran motivo es la hermosura de Cristo**. Así como la hermosura del cielo y la tierra es sólo un reflejo de los destellos de su hermosa Gloria, poco hay más glorioso, dulce, hermoso y digno de ser amado que lo que se usa para presentar la hermosura de Cristo. ¿Qué hay más glorioso para ver entre los cuerpos celestes que el sol, ese astro luminoso que llena de luz al cielo y la tierra con sus rayos? Cristo es llamado “Sol de Justicia” (Mal. 4:2) y Él es un sol al cual nuestro sol en los cielos es como tinieblas. Él es llamado la Luz y la Estrella de la mañana; y asimismo, por su inocencia, su dulce condescendencia, amor y misericordia es llamado Cordero, aunque Él es el León de la tribu de Judá.

Él es llamado la rosa de Sarón y el lirio de los valles. Sarón, tierra deleitable y placentera, producía las rosas y los lirios más dulces del valle, superando por su belleza, dulzura y excelentes virtudes saludables2, a los demás lirios. Él es representado por las flores porque estas son placenteras para contemplar, hermosas a la vista y agradables al olfato. Él es comparado con una rosa y un lirio porque son flores extraordinarias por su belleza y dulzura. Es comparado con la rosa de Sarón y el lirio de los valles porque son los principales y más excelentes de todas las rosas y lirios.

¿Qué clase de rosa y de lirio es el Hijo de Dios, el bendito Jesús? ¡Qué maravilloso y asombroso es que Dios el Hijo se compare a sí mismo con una rosa y un lirio! ¡Qué clase de rosa y de lirio tenemos aquí, cuán dulce, cuán hermoso y cuán fragante! He aquí una belleza demasiado grande, una hermosura demasiado divina y una fragancia celestial como para ser de alguna criatura. Ciertamente, esta hermosa rosa y lirio tiene perfecciones divinas. Aquí está toda la hermosura del universo, contenida en esta rosa. Sí, tenemos aquí en este lirio, todas las hermosuras y glorias del propio Jehová. Por cierto, esta flor no es una criatura, sino el Creador. Oh creyentes, oh amantes de Cristo, he aquí, una rosa para embelesarte con su fragancia, para que tus ojos se deleiten con su belleza infinita, para que se deleiten y se gocen por toda la eternidad. Esta rosa y este lirio es el resplandor de la gloria de Dios y la imagen manifiesta de su Persona, tan digna de ser amada y fragante que es el deleite eterno e infinito del Padre mismo.

Esta rosa infinitamente hermosa, este lirio sin mancha y fragante, fue una vez despreciado con los repugnantes escupitajos de hombres impíos, fue quebrantado y desgarrado por su ira y fue por ustedes, oh creyentes, que los viales3 de la ira de Dios contra vuestros pecados fueron derramados sobre Él.

He aquíun dulce manojo de mirra para guardar en nuestro seno para siempre_._ Él es el como el manzano entre los árboles del bosque; podemos sentarnos bajo su sombra con gran deleite y su fruto será dulce a nuestro paladar.

Segundo**, considere como motivación, los excelentes efectos del amor a Cristo**. Esto hace que el alma tenga una disposición excelente; es de naturaleza transformadora. Trae al alma algo de la hermosura del amado para suavizar y endulzar, en gran manera, la mente y hacerla mansa, humilde, caritativa y llena de amor fraternal. El amor a Cristo, si es ardiente4 y vivaz, transforma, en gran manera, al alma en amor, destruye la envidia y la malicia de todo tipo, y suaviza y endulza cada acción.

Hace que el alma ame la religión y la santidad, y endulza la obediencia y la mortificación5. El amor terrenal y temporal alegra al hombre cuando tiene la oportunidad de trabajar y dedicarse a la persona amada; ama negándose a sí mismo a favor de ella; quita la fuerza del dolor y lo convierte en placer. Mucho más produce el amor celestial o el amor a Cristo; hace placentero y fácil todo lo que realizan para Cristo. Aunque se desgastan y son consumidos en Él, esto extrae miel de arrepentimiento y mortificación.

El amor a Cristo es de una naturaleza y tendencia tan excelente que marca una diferencia tan grande en el alma como la diferencia sobre la faz de la tierra cuando es pleno invierno y no hay nada más que nubes, frías tormentas, lluvia, granizo y nieve, y llega la primavera o el verano cuando todo es verde y placentero. Antes, el alma aborrecía todo lo que es verdaderamente excelente y amaba todo lo abominable, pero ahora, el alma ha sido transformada, es hermosa y ama todo lo demás que es, auténticamente, como ella. Y no sólo hace que el deber sea fácil y placentero el arrepentimiento y la mortificación, sino que endulza los problemas y las cruces mismas porque el cristiano sabe que fueron ordenadas para él por la Persona a Quien ama entrañablemente y Quien lo ama entrañablemente a él. ¡Cuán fácilmente podemos llevar las cosas que vienen de los que amamos! Estos son los excelentes efectos y éste es el provecho de amar a Cristo.

Tercero**, consideremos lo placentero de una vida de amor a Cristo**. Una vida de amor, si es basada en principios racionales, es la vida más placentera del mundo. El odio, la malicia y la venganza son los más grandes perturbadores de los placeres de la mente y la llenan de inquietud; en cambio, en el alma donde reina el amor racional, siempre hay placer y deleite porque el amor es el principio de todo dolor.

Pero especialmente, una vida de amor a Cristo, debe ser muy agradable y superior a cualquier otra manera de vivir. Porque, así como Cristo es lo más excelente que existe, el amor de Él es el tipo de amor más excelente que cualquier otro y, cuanto más excelente y refinado sea el amor, más grande y puro es el placer que resulta.

No existe amor tan razonable como el amor a Cristo. Algunos aman cosas que, realmente, no son hermosas —es amor con falsos fundamentos—. Sí, algunos aman cosas que son, especialmente, aborrecibles. Ahora, de un amor tal, no puede surgir ningún placer auténtico porque no tiene una razón ni un fundamento y, al final, terminará en amargura. En cambio, el amor de Cristo es el amor que es excelente y hermoso sobre todas las cosas, por lo tanto, los placeres que se derivan de él deben ser sólidos, reales, sustanciales y permanentes.

Si la vida le es desagradable al cristiano, sólo puede ser porque su amor a Cristo es escaso y no suficientemente vigoroso y activo, permanece pasivo y no se ejercita con frecuencia porque es absolutamente imposible que los que ejercitan vivazmente su amor por Él, tengan otra cosa que no sea meditaciones dulces que impiden que su vida sea desagradable.

Los que tienen un amor vehemente6 por alguna persona, pueden pasar horas pensando en esa persona y en sus perfecciones y acciones. Así, con que gran deleite pueden [aquellos] que aman a Cristo con un amor activo, poner sus pensamientos en sus glorias. ¡Con qué placer pueden meditar en aquellas perfecciones infinitas que Él posee y que lo hacen hermoso a sus ojos! Cuánto les place descubrir continuamente nuevas bellezas y glorias que no habían notado antes porque las excelencias de Cristo son infinitas por lo que podemos hacer nuevos descubrimientos por toda la eternidad y, sin embargo, no descubrirlas todas. ¡Descubrir una excelencia más en Él, Quien es el objeto de nuestro más elevado amor, llena el alma con una especie de éxtasis!

Si los hombres tienen un gran amor por cualquiera de sus semejantes, desean verlo aún más excelente, se deleitan en verlo obtener nuevas perfecciones. En cambio, los que aman a Cristo, tienen el placer de pensar que ya tiene todas las excelencias posibles. No cabe desear que sea más excelente porque no hay excelencia ni hermosura, ni ningún grado de excelencia que no posea ya. No hay nuevas hermosuras para desear para Cristo, sólo nuevas bellezas para descubrir en Él. Ahora, ¡qué placer es para los que aman a Cristo, pensar que es tan perfectamente digno de ser amado! Éste es un deleite peculiar que no surge de ningún otro amor, sino del amor a Cristo.

Con cuánto placer puede pensar él, en las perfecciones de su naturaleza divina; en su inmensa grandeza, en su eternidad, poder y sabiduría, etc. Con cuánto deleite puede pensar él que, Aquel [a quien] ama con todo su corazón y alma, es Dios al igual que hombre, es tan grande que todas las naciones del mundo son para Él como una gota del balde y polvo de la balanza; tan poderoso que pesa las montañas y los montes en una báscula y toma las islas como cosas muy pequeñas; tan sabio que acusa de necedad a sus ángeles; tan santo que, a su vista, los cielos son inmundos. Con cuánto placer puede pensar él que el objeto de su más elevado amor, hizo el mundo con su poder y sabiduría, que el sol, la luna y las estrellas son obra de sus dedos y que Él gobierna todo.

Cuán dulces serán los pensamientos de las perfecciones de su naturaleza humana cuando piensa en su inocencia, condescendencia, humildad, mansedumbre, paciencia y amor, que hizo que la mujer exclamara: “Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste” (Lc. 11:27).

Con cuánto gozo, los que aman a Cristo piensan y meditan en lo que Él ha hecho por ellos. Cuando alguien ama entrañablemente a alguna persona, ¡con cuánto gozo disfruta de la bondad y las expresiones de amor de ellos! ¡Con cuánto placer piensa en el ser amado, vez tras vez! Así, con cuán gozo inefable, pueden pensar los que aman a Cristo que dejó el cielo y descendió a la tierra en forma de siervo: recostado en un pesebre, en cómo sufrió el oprobio de los hombres, en su agonía y sudor de sangre, en su muerte en la cruz en lugar de ellos. Cuan placentero debe ser leer, nuevamente, la historia de todas esas maravillosas [cosas] que su bien amado ha hecho por ellos estando en la tierra, tal como lo registran las Escrituras, y pensar que Cristo ha hecho todo por ellos: que por ellos nació y vivió, sudó sangre por ellos y murió en su lugar. Esto tiene que engendrar un deleite poco común.

¡Con cuánto placer puede el alma del cristiano pensar en Cristo en su estado de exaltación! Nos gusta mucho ver a los que de verdad amamos, recibir honra y ser exaltados; los que aman ardientemente a Cristo pueden, dulcemente, pasar su tiempo meditando sobre Cristo triunfando sobre sus enemigos, en su gloriosa ascensión al cielo, en Él siendo hecho cabeza de todo en la Iglesia, en Él siendo coronado con una corona de gran gloria, en su segunda venida para juzgar al mundo en la gran conflagración7.

El amor de Cristo es mucho más placentero que cualquier otro amor por las siguientes razones:

  1. Cristo es mucho más digno de amar que cualquier otro objeto en el mundo.

  2. Ningún otro amor es de naturaleza tan pura, celestial y divina como el amor de Cristo y, por lo tanto, ningún otro amor puede generar un placer tan divino, celestial y exaltado.

  3. Todos los que aman a Cristo tienen la certeza de ser correspondidos con su amor. En esto radica el placer de amar: Ser correspondidos con su amor. Si el amor no es mutuo, es un tormento y no un placer; pero el que sabe que ama a Cristo, sabe que Dios lo ama a él con un [amor] mucho más elevado e íntimo.

  4. Nada puede privar a los que aman a Cristo, ni de la comunión presente, ni del gozo futuro de la persona que aman. Ahora, no es así con otros tipos de amor porque abundan en perplejidades por temor a verse privados del disfrute. Hay miles de accidentes que pueden arruinar todo, además de la muerte que es una separación segura; en cambio, Cristo será disfrutado por toda la eternidad ¡y nada en el mundo podrá impedirlo! Cristo recibirá a los redimidos con un fuerte abrazo y en sus brazos descansarán para siempre, pase lo que pase con el resto del mundo.

  5. La unión entre Cristo y los que le aman es más cercana, y la comunión es más íntima que entre los demás amantes. Los creyentes tienen el placer de pensar que Aquel que aman, los ha amado también a ellos como para recibirlos tan cerca de sí mismo, al punto de hacerlos su carne y sus huesos. El creyente está unido a Cristo y ha llegado a ser uno con Él. ¡Cuán cierto es esto para aquellos que lo aman de verdad! El amor desea, naturalmente, una cercana e inseparable unión, y una comunión íntima, pero no existe una tan cercana o íntima entre ningunos otros amantes como la que hay entre Cristo y el cristiano.

  6. No hay otro amor tan beneficioso como el amor a Cristo y, por lo tanto, ninguno tan placentero. El amor es dulce cuando los que se aman, disfrutan uno del otro en circunstancias prósperas. Ahora, Cristo ya está coronado con gloria y también coronará con gloria a los que le aman, de modo que [estarán] eternamente en la más grande gloria. Por estas razones y muchas más que podrían ser mencionadas, el amor de Cristo sobrepasa por mucho el amor más deleitable del mundo.

Por último, para resumir todo lo dicho, el amor de Cristo tiende a llenar el alma con una dulzura inefable. Endulza cada pensamiento y hace que cada meditación sea placentera. Trae una calma divina a la mente y esparce una fragancia celestial como el perfume de nardo de María (Jn. 12:3). Rocía el alma con el rocío del cielo, engendra un sol luminoso y difunde los inicios de gloria y felicidad en su embrión. Todo el mundo le sonríe al alma que ama a Cristo: El sol, la luna y las estrellas, los campos y árboles parecen saludarlo. Una mente así es un poquito de cielo sobre la tierra.

Tomado de Fragmento: Aplicación sobre el amor a Cristo (Fragment: Application on Love to Christ) en Sermones de Jonathan Edwards (Jonathan Edwards Sermons), ed. Wilson H. Kimnach (New Haven, CT: The Jonathan Edwards Center at Yale University, 1722-1723), Santiago 1:12.


Jonathan Edwards (1703-1758): Predicador y teólogo congregacionalista norteamericano; nacido en East Windsor, Colonia de Connecticut, EE.UU.

Footnotes

  1. Mejoría, mejoramiento – Hacer buen uso de cualquier cosa para la edificación espiritual o moral.

  2. Virtudes saludables – Cualidades beneficiosas, propiedades curativas.

  3. Viales – Frascos o recipientes de vidrio, semejante a una botella, usado para guardar líquido o sustancias en polvo.

  4. Ardiente – Resplandeciente de pasión, animado por un vivo deseo.

  5. Mortificación – Dar muerte al pecado. Ver Portavoz de la Gracia N° 29: Mortificación. Disponible en Chapel Library.

  6. Vehemente – Intenso, ardiente, muy fuerte.

  7. Conflagración – El cielo, la tierra y demás elementos, encendiéndose y siendo deshechos en el intenso fuego del juicio (2 P. 3:10-12).