Solemne y planeada meditación

George Swinnock (1627-1673)

La solemne meditación es aplicar, seriamente, la mente en algún tema sagrado hasta que los afectos sean aflorados y avivados, y la resolución aumentada y fortalecida por ello contra lo que es impío y a favor de lo que es bueno.

Esta descripción incluye cinco puntos:

1. Es aplicar la mente. El entendimiento tiene que ser consciente de este deber; no es una tarea para hacer durmiendo. Si la mente no está alerta a los afectos1, se estará divagando. Lo que esto significa, por así decir, es que si falta el supervisor, los sirvientes de los afectos estarán ociosos y con los brazos cruzados. Es por este sol que el calor se transmite al mundo terrenal. La oscuridad, como la noche, va acompañada de humedad y frío. El carruaje de luz lanza rayos que dan calor y vivifican.

**2. Es aplicar, seriamente, la mente.**La digestión demasiado rápida genera indigestión2 en la mente, al igual que en el cuerpo y, a menudo, enferma más de lo que nutre. Tiene que existir una facultad retentiva3 para sujetar lo que la mente recibe hasta haberlo digerido debidamente, de otra manera, poco poder resultará de ella. Por lo tanto, es distinta a la meditación ocasional, que es súbita y pronto se disipa; que llama a la puerta, nos saluda, se despide y se va; [la meditación solemne] entra y se queda por un tiempo con nosotros. La meditación ocasional es transitoria como los perros del Nilo que lo lamen y se van4; la meditación planeada es permanente —es como cuando la esposa de Cristo le suplica que permanezca toda la noche en su regazo—. Este deber no puede cumplirse, a menos que la mente permanezca cerca; la persona negligente no puede realizar esta obra del Señor. Las cosas importantes no deben ser tratadas con apuro; los pensamientos sueltos, como la ropa suelta, nos dificultan hacer nuestro trabajo. Necesitamos que nuestro corazón esté enfocado en pensar en Dios, al igual que en temerle. Las miradas ligeras poco aprovechan… no se trata de sumergir las cosas una vez en el recipiente del tinte, sino hacerlo con frecuencia hasta obtener el color escarlata puro… Es el mucho soplar lo que hace que la madera verde se encienda.

3. Es acerca de algún tema sagrado. Así como la buena carne y buena bebida producen buena sangre, los buenos temas producen buenos pensamientos. Hay abundantes asuntos sobre los cuales meditar: La naturaleza o los atributos de Dios, los estados y oficios de Cristo, el estado tripartita del hombre5, las últimas cuatro cosas —la vanidad de la criatura, lo pecaminoso del pecado, y el amor y la plenitud del bendito Salvador, la Palabra divina y las obras—. De estos, podemos escoger a veces una cosa, a veces otra para que sea el tema particular de nuestros pensamientos (Éx. 15:11; Sal. 1:1; 119:148; Pr. 6:22; 1 Ti. 4:13). Tratar de abarcar más de uno a la vez, nos priva de la comprensión de todos… Cuando el perro corre tras dos liebres —ahora tras una y después tras la otra— pierden ambas… Cuando elijamos un tema, meditemos, si es posible, en sus causas, propiedades, efectos, títulos, comparaciones, testimonios, ideas contrarias —todo esto nos ayudará a ilustrarnos sobre el tema, a vivificarnos, y así recibimos beneficio—. Todos, como muchas ventanas, dejan entrar esos rayos que iluminan la mente y dan calor a los afectos, pero tienen que ser considerados en su lugar y metódicamente. Las partes de un reloj todas mezcladas no sirven, pero cada una en su debido orden, forma una pieza excepcional y provechosa.

**4. Es para que afloren y sean avivados nuestros afectos.**Nuestros corazones y afectos deberían responder a nuestros pensamientos, tal como el eco de la voz y la marca de una letra en un sello. Si nuestras meditaciones no mejoran nuestro corazón, nada lo hará. Mientras nadan en la mente son como algo liviano que flota en el agua, no son de provecho; pero cuando se hunden en los afectos, como cosas densas y pesadas que dejan impresiones adecuadas y reales allí, entonces, cumplen su objetivo. Nuestro propósito al meditar, debe ser más para limpiar nuestro corazón que para aclarar la mente. “En mi meditación se encendió fuego” (Sal. 39:3). Encendemos fuego al meditar para encender nuestros afectos. Esta aplicación de los pensamientos al corazón es como el calor natural, que digiere el alimento y lo convierte en un elemento nutritivo.

Cuando meditamos en lo pecaminoso del pecado —en su naturaleza: Su oposición a Dios, a su Ser, a su Ley, su Honor; su oposición a nuestra propia alma: Su pureza y paz presentes, su futura gloria y felicidad; en sus causas: Satanás, el maligno, su padre; el corazón corrupto del hombre, su madre; en sus características: Lo corrupto que es, la inmundicia misma; lo infeccioso que es, atacando al hombre entero, contaminando todas sus acciones naturales, civiles y espirituales, y haciendo que orar, escuchar y cantar sean una abominación; qué engañoso es al pretender algo agradable, mientras su intención es matar. En sus efectos: La maldición de Dios sobre toda las criaturas, evidenciada por la vanidad de ellas, y los quebrantos que acarrea; la ira de Dios sobre los pecadores, manifestada en esos castigos temporales6, juicios espirituales y los tormentos eternos que les impone—. Yo digo que cuando meditemos en estos, ¡asegurémonos de que nuestro corazón se quebrante por el pecado, que se avergüence del pecado y que se encienda de indignación contra el pecado!

“¡Ay, qué desgraciado soy”, debiera pensar el alma, “que albergo semejante traidor contra mi soberano! ¡Qué necio soy por abrazar tal serpiente en mi regazo! ¡Qué dolor por ello sería suficiente! ¡Qué odio le basta! ¡Qué guardia en su contra, qué auto aborrecimiento porque lo he amado y vivido en él, puede compararse [con lo que merece]! ¡Ay, que pudiera llorar amargamente por haberlo cometido, estar muy en guardia para prevenirlo y orar con fervor para ser perdonado y poder para resistirlo! ¡Cuánto le debo a Dios por su paciencia con tan grande pecador! ¡Qué infinitamente comprometido estoy con Cristo por cargar mis pecados! ¡Qué infinita condescendencia la de Él fue asumir mi naturaleza, pero ay, qué humillación cargar con mis pecados! ¡Qué vida puede corresponder a semejante amor! ¡Qué gratitud debiera tener por tal gracia, tal bondad!”.

La aplicación profunda de nuestras meditaciones a nuestro corazón es como aplicar óleo y luego sobar una coyuntura entumecida hasta que recupera su debida sensibilidad… Desde la meditación sobre las obras de Dios, David procede a aplicarla a sus pensamientos: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Sal. 8:3-4).

5. Es la aplicación seria de algún tema sagrado para que sus resoluciones sean fortalecidas contra lo que es impío y a favor de lo que es bueno. El cristiano, no sólo debe llevar en oración sus buenos pensamientos, _sino que tiene que ponerlos en práctica._No debe encerrarlos en su mente, sino demostrarlos en su vida. Un concilio de guerra o del estado es totalmente inútil si no hay luego quién ejecute lo que determinan. El reino prospera mejor donde la fiel ejecución sigue a los sanos consejos. Por eso era que los paganos declaraban que la ciudad que contaba con el concilio de ancianos para considerar [lo que se necesitaba hacer] y las manos de los jóvenes para ejecutarlo, era una ciudad segura. La acción sin consideración previa, por lo general, es débil y defectuosa; la consideración sin acción se pierde y es abortiva. Aunque la meditación, como la de Raquel, es más razonable, su ejecución, como la de Lea, es muy fructífera. Bajo la Ley, las bestias que rumian o no tienen pezuña hendida eran consideradas inmundas. “Rumiar significa meditación, pezuña hendida, conducta santa, sin la cual lo primero sería inútil”, dice Agustín7.

Lector, ¿has considerado la hermosura y excelencia de la santidad en su naturaleza, su conformidad a la naturaleza pura y los mandatos santos del bendito Dios? —en sus causas: El Espíritu de Dios [es] su principal poder, las Sagradas Escrituras su instrumento. En sus nombres: Es la imagen de Dios, la naturaleza divina, la luz, la vida, las angustias del alma de Cristo, la gracia, la gloria, el reino de los cielos. En sus efectos o frutos: [Observa] cómo te hace agradable a los ojos de Dios, tiene la promesa de que escucha, está facultado paradar perdón, paz, gozo, la adopción, el crecimiento en la gracia, la perseverancia hasta el fin y el más excelente y eterno peso de gloria— Y esto ha sido aplicado tan cerca de tu corazón, que su valor te ha afectado y quieres ser enriquecido con esa joya, aunque fuiste mendigo toda tu vida. [Por eso es que] resuelves dentro de ti: “Bien, me mantendré en guardia, lloraré, escucharé y oraré con fervor, al igual que con frecuencia, pidiendo santidad. Seguiré a Dios en todo y no lo dejaré hasta que santifique mi alma”.

Ahora, yo te digo que es como lo que Natán le dijo a David cuando le compartió sus pensamientos y su decisión de construir un templo: “Haz todo lo que está en tu corazón, porque Dios está contigo” (1 Cr. 17:2). O como le dijo Dios a Moisés, refiriéndose a los judíos: “Bien está todo lo que han dicho. ¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos!” (Dt. 5:28-29). Es bueno tener buenos propósitos, pero es malo si no se llevan a la práctica. Las buenas intenciones sin sus consecuentes acciones es un error; es como un arma de fuego sin la bala, puede que haga ruido, pero sin ninguna acción. De hecho, no hay mejor evidencia de la sinceridad de tus intenciones que tus acciones responsables. David era bueno en eso: “Consideré mis caminos” —aquí tenemos su seria consideración— “y volví mis pies a tus testimonios” (Sal. 119:59) —aquí tenemos su conducta santa—. También: “En tus mandamientos meditaré; consideraré tus caminos” (Sal. 119:15). Es en vano pretender, como Moisés, subir al monte de contemplación y conversar con Dios, a menos que descendamos como él, con un rostro iluminado, y que nuestras conversaciones reflejen una resplandeciente santidad8. Esto, dice el principal de los filósofos, [dará] felicidad perfecta al hombre, si a su contemplación agrega una constante imitación de Dios en sabiduría, justicia y santidad.

Así pues, he acabado esos cinco puntos de la meditación. Los primeros tres son en realidad uno —usamos este método de enfocarlos individualmente para beneficio del lector—y son, usualmente, llamados reflexión, los otros dos, aplicación y resolución. La reflexión brinda alimento que la aplicación come, la resolución digiere y, de ella, obtiene sus fuerzas. La reflexión corta la tela para el traje, la aplicación lo cose, la resolución se lo pone y lo usa. La reflexión mejora el razonamiento, la aplicación, los afectos, y la resolución, la vida. Confieso [que] este deber de meditar planeadamente, es tan difícil como desacostumbrado y tan incómodo como extraordinario, pero la experiencia enseña que el provecho es abundante recompensa por nuestros esfuerzos en su cumplimiento. Además, así como piedras de molino que al principio batallan para moler, pero con el uso muelen con facilidad y producen buena harina, de la misma manera, al cristiano, totalmente desacostumbrado a este deber, al principio le puede resultar algo difícil, pero después fácil, al igual que fructífero.

Tomado de El llamado del hombre cristiano (The Christian Man’s Calling) en Las obras de George Swinnock(The Works of George Swinnock), Tomo 2, 424-429, de dominio público.


**George Swinnock, (1627-1673):**Predicador puritano, educado en Cambridge y Oxford; nacido en Maidstone, Kent, Inglaterra, Reino Unido.

Hay algunos que profesan ser cristianos estrictos y disciplinados, pero nunca reservan tiempo para meditar sobre la gloria de Cristo. No obstante, nos dicen que nada quieren más que contemplar su Gloria en el cielo por siempre. Son totalmente inconsistentes. Es imposible que el que nunca medita con delicia sobre la gloria de Cristo aquí en este mundo, que no hace el más mínimo esfuerzo para contemplarla por fe tal como es revelada en las Escrituras, tenga alguna vez un auténtico deseo de contemplarla en el cielo. —John Owen

Footnotes

  1. Afectos – “Fuertes inclinaciones del alma que se manifiestan al pensar, sentir y actuar”. —Jonathan Edwards. Las diferencias entre afectos y emociones radican en que los afectos son (1) de larga duración, (2) profundos, (3) consistentes con creencias, (4) siempre resultan en acción e (5) involucran la mente, la voluntad y los sentimientos. En cambio, las emociones son (1) pasajeras, (2) superficiales, (3) a veces abrumadoras, (4) a menudo incapaces de producir acción y (5) con frecuencia, desconectadas de la mente y la voluntad.

  2. Indigestión – El autor hace referencia a alimentos crudos o materia no digerida [“crudities”, en inglés]; ésta es una comparación con las cosas que no se “digieren” en la mente.

  3. Facultad retentiva – Habilidad de retener en el cuerpo hasta haber digerido debidamente; ésta es una figura de la meditación.

  4. Nota de editor – Ver nota de pie de página 4 en el Artículo 2: “¿Qué es la meditación?”.

  5. Estado tripartita o tricotómico del hombre – Idea de que el hombre es una tricotomía, es decir, compuesto de tres partes distintas: Cuerpo, alma y espíritu, diferenciando entre espíritu y alma. Ésta difiere de la idea del estado bipartita o dicotómico del hombre compuesto de dos partes: Un cuerpo y un espíritu; posición con argumentos bíblicos muy sólidos.

  6. Temporal – Que existe sólo durante un tiempo, no en la eternidad.

  7. Agustín de Hipona (354-430) – Teólogo de la Iglesia primitiva y filósofo que sirvió como obispo de Hipona.

  8. Conversaciones que reflejen una resplandeciente santidad – Comportamiento o conducta que brilla más intensamente.