El deber de la meditación

Thomas Manton (1620-1677)

“Y había salido Isaac a meditar al campo, a la hora de la tarde” (Génesis 24:63).

Resumiré la intención de todo el versículo, diciendo: Es deber del cristiano apartarse1 y reservar algún tiempo y un lugar para la meditación solemne o para ejercitar su alma en las cosas celestiales y sagradas.

Mi propósito es hablar de la meditación, un deber que casi nadie acostumbra ni practica: Tanto practicarla como conocerla, ha llegado a sernos un asunto extraño. Estos tiempos son tiempos de acción y tumulto, y todos pensamos que tenemos tanto que hacer con otros, que pocos desean conversar con Dios y con ellos mismos… Por lo tanto, me encargaré de enfatizar el deber de la meditación…

[1] Que es un deber y ejercicio de la religión, aparece por la evidencia de la Escritura. El mandato es: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él” (Jos.1:8). Es parte del carácter del hombre piadoso: “En la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche” (Sal. 1:2). Se recomienda en la práctica y el ejemplo de los santos más famosos en las Escrituras: Isaac (en el texto), Moisés y David. Y, como está claro por la evidencia de las Escrituras, así lo es también a la luz de la naturaleza y la razón. Dios que es espíritu, merece la más pura y espiritual adoración, al igual que la realizada por el cuerpo. Los pensamientos son los hijos mayores y más nobles del alma, y la consagración solemne de ellos es agradable a Dios. El evangelio llama a meditar. En el Antiguo Testamento veo que lo principal que se pide es meditar en la ley; en el evangelio, se nos dirige a un objeto nuevo: El amor de Cristo “para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento” (Ef. 3:17-19); ese es el estudio de los santos. Confieso que es más requerido en el Antiguo Testamento. Siendo necios y carnales, necesitaban más exhortaciones a cumplir sus deberes espirituales. Pero ahora, encaja en todo sentido con la naturaleza de nuestra adoración: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Jn. 4:24). Ahora, adorar en espíritu y en verdad es más adecuado para nuestro estado. La meditación es una conversación pura y racional con Dios, es la flor y nata de la razón consagrada.

[2] No es un deber de [importancia] arbitraria. No se trata solo de una ayuda moral que puede ser cumplida u omitida, sino un deber necesario, sin el cual todas las gracias languidecen y se marchitan. La fe es frágil y pronta para morirse de hambre, a menos que se la alimente con continuas meditaciones sobre las promesas. Como dice David: “Si tu ley no hubiese sido mi delicia, ya en mi aflicción hubiera perecido” (Sal. 119:92). Los pensamientos son los proveedores del alma que abastecen de fe, y buscan el alimento y con él, la renuevan con el consuelo de las promesas. La esperanza es escasa y no aumenta a una plenitud de expectativa hasta que por la meditación miramos deliberadamente nuestras esperanzas y nuestros privilegios. “Levántate, ve por la tierra a lo largo de ella y a su ancho; porque a ti la daré” (Gn. 13:17). Nuestras esperanzas surgen según la amplitud de nuestros pensamientos. Es una gran ventaja tener abiertos los ojos para ver las riquezas de nuestra herencia y tener un panorama distintivo de la esperanza de nuestro llamamiento. El Apóstol ora por los efesios pidiendo que sean alumbrados “los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos” (Ef. 1:18). Los hombres de pensamientos estériles, por lo general, tienen pocas esperanzas y, por no subir a la cumbre del Pisga para tener una vista de la tierra, nuestro corazón se hunde dentro de nosotros. Ciertamente, la esperanza prospera más en el monte de la meditación. Entonces, por amor, los destellos de afecto no fluirán, a menos que sacudamos la voluntad con pensamientos constantes. El afecto es nutrido por la comprensión, y por más constantes y deliberados que sean nuestros pensamientos, el amor es siempre más profundo. Los cristianos que son laxos en su deber de meditar, no tienen nada de esos impulsos y expresiones de amor que hay en otros: no se esfuerzan por comprender cuál es la anchura, la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo. Por lo tanto, no sorprende que sus corazones sean tan estrechos y tan [pobres] para con Dios. Vemos, pues que es un deber necesario.

Tomado de Sermones sobre Génesis 24:63 (Sermons upon Genesis 24:63). En Las obras completas (The complete Works), Tomo 17, de dominio público.


Thomas Manton (1620-1677) Predicador presbiteriano puritano inglés.

Footnotes

  1. Nota de editor – El autor usa la palabra en inglés, “sequester” que significa literalmente, secuestrar, pero se traduce aquí como poner aparte, aislar; recluir, retraer.