Reconciliando a Pablo con Santiago
William Pemble (1591-1623)
Quiero advertirles de esa piedra de tropiezo que el apóstol Santiago (aparentemente) ha puesto en nuestro camino, a fin de que la fe de ninguno vaya a dar contra ella y caer, como han caído nuestros adversarios, en el error de creer que la justificación es por las obras. El Apóstol bendito, en el segundo capítulo de su epístola, pareciera no sólo dar ocasión a ello, sino que también pareciera enseñar directamente esta doctrina de justificación por las obras. Porque en el versículo 21 y los subsiguientes, dice expresamente que Abraham fue justificado por las obras cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar, y que Rahab fue, de la misma manera, justificada por las obras cuando refugió a los espías. De donde postula una conclusión general de que el hombre es justificado por las obras y no sólo por la fe (Stg. 2:24).
Ahora bien, a primera vista, no podemos decir nada más opuesto a la doctrina del apóstol Pablo en Romanos y otros de sus escritos. Porque hablando del mismo ejemplo de Abraham, dice exactamente lo contrario: que Abraham no fue justificado por las obras a fin de que no tuviera motivo para jactarse (Rom. 4:2). Y hablando en general acerca de la justificación del hombre por la fe, luego de un fuerte argumento llega a la conclusión de que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley (Rom. 3:28). Esta conclusión parece contradecir la de Santiago. A algunos les parece imposible resolver sin reservas esta seria discordia entre estos apóstoles; sabiendo que el Espíritu Santo nunca se contradice, algunos han llegado a la conclusión de que si el Espíritu de la verdad habló por medio de Pablo, indudablemente era el espíritu del error el que habló por intermedio del autor de la epístola de Santiago.
Pero este remedio es peor que la enfermedad y es más violencia que habilidad cortar el nudo que no puede deshacerse con facilidad. Tenemos que darle un curso más seguro y benigno, y encontrar algún otro medio para resolver esta gran diferencia, sin robarle a la iglesia el tesoro valioso de conocimiento divino que contiene esta epístola. De hecho, tanto las iglesias católicas como la nuestra reformada, admiten que esta epístola es canónica23, y buscan una reconciliación correcta entre los dos apóstoles. Pero ellos y nosotros somos irreconciliables en nuestras diferentes maneras de reconciliar ambas afirmaciones.
Las iglesias reformadas reconcilian esta diferencia aparente de dos maneras.
La primera manera es por medio de hacer una distinción en la palabra justificación, que puede ser interpretada como la absolución24 del pecador en el juicio de Dios o como la declaración de la justifica del hombre delante de los hombres. Esta distinción es segura y se basa en las Escrituras, la cual usa la palabra _justificar_de las dos maneras: para significar, primero, la declaración de inocencia ante Dios y, segundo, la manifestación de nuestra inocencia delante del hombre contra la acusación o la sospecha de haber cometido una falta. Aplican esta distinción a fin de reconciliar a los dos apóstoles de la siguiente manera: Pablo habla de la justificación en el foro de Dios; Santiago habla de la justificación en el foro del hombre. El hombre es justificado por la fe sin las obras, dice Pablo; es decir, a los ojos de Dios el hombre obtiene remisión de sus pecados y es declarado justo por su fe en Cristo únicamente, no por sus obras. El hombre es justificado por los hombres y no sólo por la fe, dice Santiago; es decir, a los _ojos_de los hombres, somos declarados justos por nuestras buenas obras y no sólo por nuestra fe, que teniendo gracias interiores e invisibles se hacen visible a los hombres únicamente en las buenas obras que nos ven realizar. En el siguiente análisis podemos ver que esta aplicación no es desacertada para reconciliar esta diferencia.
Primero, en cuanto a Pablo, todos coinciden que habla de la justificación a los ojos de Dios (Rom 3:20).
Segundo, en cuanto a Santiago, mostraremos una buena probabilidad de que podemos entenderlo como refiriéndose a la declaración de nuestra justificación y justicia delante de los hombres. Como prueba de esto, el texto bíblico nos da estas razones.
“Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Stg. 2:18). Aquí el verdadero cristiano, hablándole de su fe al hipócrita jactancioso, requiere de él una declaración de su fe por medio de una prueba real, no una profesión de fe oral, prometiendo por su parte manifestar y dar prueba de la verdad de su propia fe por medio de sus obras. Por lo que parece aquí, delante de los hombres, nadie puede justificar la realidad de su fe sino por las obras que ésta lo motiva a realizar.
Abraham fue justificado “cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar” (Stg. 2:21). Resulta claro que Abraham había sido justificado a los ojos Dios muchos antes, aun 25 años antes (Gén. 15:6). Por lo tanto, por esa obra admirable de él de ofrecer a su hijo fue declarado justo y verdadero creyente ante todo el mundo. Y con este propósito, Dios probó a Abraham con esa prueba de su fe, a fin de que todos los creyentes pudieran contemplar un inusual ejemplo de una fe viva y justificadora y ver que Abraham se merecía ser llamado “padre de los fieles”.
Dice la Biblia que en Abraham, la “fe actuó juntamente con sus obras, y… la se perfeccionó por las obras (Stg. 2:22). Aun en la opinión de los expositores papales, como Lorinus25, esto debe entenderse como la manifestación de la fe de Abraham por medio de sus obras. Su fe dictó sus obras, sus obras manifestaban el poder y perfección de su fe.
No es, sin razón, que Calvino y otros expositores evangélicos dieran esta solución del problema.
Esta es la primera manera de reconciliar estos dos pasajes. No obstante, aunque esta interpretación puede ser defendida contra cualquier punto que nuestros adversarios objeten, muchos teólogos muy eruditos optan por tomar otra dirección y analizar con más cuidado los pasos de los apóstoles, con cuyos razonamientos también coincido.
La segunda manera de reconciliar estos pasajes es hacer una distinción en la palabra “fe”, considerándola en dos sentidos distintos. Primero, se la considera como aquella fe que es auténtica y viva (la fe que obra a través del amor) y es fructífera en todo tipo de obediencia. Segundo, se le considera como aquella fe que es falsa y muerta, siendo apenas un reconocimiento de la verdad de todos los artículos de la religión acompañada con la formalidad externa de una profesión de fe, pero carente de una obediencia sincera.
Esta distinción de esta palabra “fe” es certera según las Escrituras, como lo hemos demostrado hasta aquí en nuestra exposición de esa gracia. Nuestros hombres la aplican ahora así: cuando Pablo afirma que somos justificados por la fe únicamente, está hablando de esa fe que es verdadera y viviente, que obra a través de la caridad. Cuando Santiago niega que el hombre es justificado por la fe únicamente, alega contra aquella fe que es falsa y muerta, sin poder para producir ninguna buena obra. Por lo tanto, los apóstoles no se contradicen porque Pablo nos enseña que somos justificados por la fe _verdadera_y Santiago afirma que no somos justificados por la fe falsa.
Además, Pablo dice que no somos justificados por las obras, Santiago dice que somos justificados por las obras. Aquí tampoco hay ninguna contradicción. Porque Santiago entiende por “obras” una fe activa, en oposición a la fe ociosa y muerta de la que antes habló, de una metonimia26 del efecto. Entonces, resulta claro que estas dos proposiciones: de que no somos justificados por las obras (proposición de Pablo) y de que somos justificados por una fe activa (proposición de Santiago), coinciden. Pablo quita las obras de nuestra justificación, pero no de nuestra fe. Santiago une las obras con nuestra fe, pero no para nuestra justificación.
Trataré de aclarar un poco mejor esto por medio de uno o dos ejemplos. Hay una gran diferencia entre estos dos dichos: El hombre vive por un alma razonable, y el hombre vive por la razón. El primero es cierto y nos muestra qué cualidades y poder son esenciales a esa alma por la cual el hombre vive. Pero el segundo es falso, porque no vivimos por la calidad o el poder de la Razón, aunque vivimos por esa alma que tiene esa cualidad que necesariamente le pertenece, sin la cual no es un alma humana. Lo mismo sucede en estas proposiciones: el retoño vive gracias al aliento de vida, el retoño vive gracias a su crecimiento. Aun la mente más simple puede entender que lo primero es cierto y lo segundo falso. Porque, en el alma vegetal por la que las plantas viven, para existir requiere necesariamente las tres facultades de alimentación, crecimiento y procreación, pero no es la facultad de crecer lo que da vida a las plantas, porque viven aun cuando no están creciendo.
De la misma manera, estas dos proposiciones –que somos justificados por una fe activa, y que somos justificados por las obras– difieren grandemente. La primera es cierta y nos muestra qué cualidades se requieren para que esa fe exista, por la cual vivirá el justo, a saber, que además del poder de creer en la promesa hay también una tendencia habitual y una determinación de hacer buenas obras debido a ella. Pero la segunda proposición es falsa. Porque aunque la fe verdadera es igualmente apta para producir una obediencia universal a la voluntad de Dios como es propensa a creer y confiar perfectamente en las promesas de Dios, no somos justificados por el hecho de que produce buenas obras, sino porque cree las promesas del evangelio.
Ahora bien, Santiago confirma lo que es cierto: que somos justificados por una fe activa; y Pablo niega lo que es falso: que somos justificados por las obras.
Tomado de The Justification of a Sinner (La justificación del pecador) reimpreso por Soli Deo Gloria. Usado con permiso.
William Pemble: (1591-1623) Puritano, educado en Magdalen College, Oxford donde se graduó en 1614, habiendo sido instruido por el puritano Richard Capel. Trabajó tan intensamente en sus estudios y predicación que afectó su salud, y murió de una fiebre en 1623. Nacido en Egerton, Kent.