No la fe, sino Cristo

Horatius Bonar (1808-1889)

Nuestra justificación es el resultado directo de nuestro creer al evangelio. Nuestro conocimiento de nuestra propia justificación proviene de creer la promesa de justificación por parte de Dios a todos los que creen en las buenas nuevas. Porque no sólo tenemos el testimonio divino, sino que anexada a él está la promesa, asegurando vida eterna a todos los que reciben ese testimonio. Hay primero, entonces, un _evangelio_en que uno ha creído, y luego hay una _promesa_en que uno ha creído. Esto último es el hecho de “apropiarse”, el de hacerla de uno, lo cual, al final de cuentas, no es otra cosa que la aceptación de la _promesa_que está siempre conectada con el mensaje del evangelio. El evangelio creído salva, pero es la promesa creída la que nos da la _seguridad_de nuestra salvación.

No obstante, al final de cuentas, lafe no es nuestra justicia. Nos es contada por justicia (Rom. 4:5), pero no _como_justicia. Porque en este caso sería _una obra_como cualquier otra que hace el hombre, y como tal, sería incompatible con la justicia del Hijo de Dios: la “justicia que es por la fe”. La fe nos conecta con la justicia y por lo tanto es totalmente diferente de ella. Confundir la una con la otra es socavar los fundamentos de todo el evangelio de la gracia de Dios. Nuestro acto de fe siempre tiene que ser algo separado de aquello en lo cual creemos.

Dios considera al creyente como habiendo cumplido toda justicia, aunque no ha hecho ninguna, y aunque su fe no es justicia. En este sentido es que la fe nos es _contada_por justicia o sea con el fin de ser partícipe de ella, y que somos “justificados por la fe”. La fe no justifica como una obra, ni como una acción moral, o alguna bondad, ni como un don del Espíritu, sino sencillamente porque es el nexo entre nosotros y el Sustituto: un nexo muy débil en un sentido, pero fuerte como el hierro en otro. La obra de Cristo _para nosotros_es el objeto de la fe. La obra del Espíritu _en nosotros_es lo que produce esta fe: es de lo primero, no de lo segundo que provienen nuestra paz y justificación. Sin el toque de la vara, el agua no hubiera brotado, pero era la _roca_y no la _vara_la que contenía el agua.

El que traía el sacrificio al tabernáculo tenía que poner su mano sobre la oveja o el novillo, de otra manera la ofrenda no hubiera sido aceptada como hecha por él. Pero la imposición de su mano no era lo mismo que la víctima sobre la cual la ponía. El israelita mordido por la serpiente debía mirar a la serpiente de bronce levantada a fin de ser sanado. Pero el hecho de que la miraba no era la serpiente de bronce en sí. Podríamos decir que era su mirada lo que lo sanaba, tal como dijera el Señor: “Tu fe te ha salvado”. Pero este es un lenguaje figurado. No era su acción de mirar lo que lo sanaba, sino el objeto que miraba. Así que la fe no es nuestra justicia: meramente nos une el Justo y nos hace partícipes de su justicia. Metafóricamente, la fe muchas veces se magnifica como algo grande, cuando en realidad no es más que nuestro consentimiento a ser salvos por un tercero. Su supuesta magnitud se deriva de la grandeza del objeto del que se toma, la excelencia de la justicia que acepta. Su valor no radica en sí misma, sino en el valor de _Aquel_con quien nos une.

La fe no es nuestro médico. Meramente nos lleva _al_Médico. Ni siquiera es nuestra medicina, sólo administra la medicina, preparada divinamente por él, quien “sana todas las enfermedades”. En todo nuestro creer, recordemos la palabra de Dios a Israel: “Yo soy Jehová tu sanador” (Éxo. 15:26). Nuestra fe no es más que nuestro tocar a Jesús, y ¿qué es aún eso, en realidad, más que él nos toque a nosotros?

La fe no es nuestro salvador. No fue la fe lo que nació en Belén y murió por nosotros en el Gólgota. No fue la fe lo que nos amó y se dio por nosotros, que cargó con nuestros pecados en su propio cuerpo en el madero, que murió y resucitó por nuestros pecados. La fe es una cosa, el Salvador es otra. La fe es una cosa, y la cruz es otra. No las confundamos, ni adjudiquemos a un pobre e imperfecto acto del hombre, aquello que pertenece exclusivamente al Hijo del Dios viviente.

La fe no es perfección. No obstante, sólo por la perfección podemos ser salvos, la perfección nuestra o de cualquier otro. Aquello que es imperfecto no puede justificar y una fe imperfecta no puede en ningún sentido ser una justicia. Si ha de justificar, tiene que ser perfecta. Tiene que ser como “un Cordero sin mancha ni contaminación”. Una fe imperfecta nos puede conectar con la perfección de otro, pero no puede en sí misma hacer nada por nosotros, ni para protegernos de la ira o asegurarnos un veredicto divino de inocencia. Toda fe en la tierra es imperfecta, y nuestra seguridad es esta: que no importa lo escasa o débil que sea nuestra fe, si toca al Perfecto, todo está bien. El toque extrae la virtud que hay en él, y somos salvos. La más mínima imperfección en nuestra fe, si la fe fuera nuestra justicia, anularía toda esperanza. Pero la imperfección de nuestra fe, por más grande que sea, si la fe no es más que la aproximación o el contacto entre nosotros y la plenitud del Sustituto, no es un obstáculo para nuestra participación de su justicia. Dios ha pedido y provisto una justicia perfecta: en ninguna parte pide ni espera una fe perfecta. Una jarra de barro cocido puede proveer agua a los labios del viajero sediento al igual que una de oro; aun una rota, si hubiera “tiesto21 para… sacar agua del pozo” (Isa. 30:14) bastaría. Así que una fe débil, muy débil, nos conecta con la justicia del Hijo de Dios, la fe, quizá, que sólo puede clamar: “Creo; ayuda mi incredulidad” (Mar. 9:24).

La fe no satisface a Dios. No puede decirse en ningún sentido que la fe satisfaga a Dios o satisfaga la ley. No obstante, si ha de ser nuestra justicia, tiene que satisfacer. Por ser imperfecta, no puede satisfacer; siendo humana, no puede satisfacer aunque fuera perfecta. Aquello que satisface tiene que ser capaz de cargar con nuestra culpa, y aquello que carga con nuestra culpa tiene que ser no sólo perfecto sino divino. Lo que necesitamos es un portador del pecado, y nuestra fe no puede serlo. La fe no puede expiar ninguna culpa, no puede lograr ninguna propiciación, no puede pagar ninguna pena, no puede limpiar ninguna mancha, no puede proveer ninguna justicia. Nos lleva a la cruz, donde hay expiación y propiciación y pago y limpieza y justicia. Pero en sí no tiene mérito ni virtud alguna.

La fe no es Cristo ni la cruz de Cristo. La fe no es la sangre ni el sacrificio. No es el altar ni la fuente de bronce22, ni el propiciatorio, ni el incienso. No obra, sino que acepta una obra realizada hace mucho tiempo. No lava, sino que nos guía a la fuente abierta para el pecado y la inmundicia. No crea, meramente nos conecta a aquella cosa nueva que fue creada cuando “la justicia perdurable” fue traída (Dan. 9:24).

Y en tanto que sigue la fe, sigue la justicia, siempre la mano extendida del mendigo, nunca el oro del rico; siempre la cadena, nunca el ancla; el llamador, nunca la puerta o el palacio o la mesa; la sierva, no la señora; la ventana que deja entrar la luz, no el sol.

Sin mérito en sí misma, nos une a los méritos infinitos de Aquel en quién se complace el Padre, y uniéndonos de esta manera, nos presenta perfectos en la perfección de otro.

Aunque no es el fundamento puesto en Sión, nos lleva a ese fundamento que nos mantiene allí “fundados y firmes en la fe” (Col. 1:23), a fin de que no nos apartemos de la esperanza del evangelio. Aunque no es “el evangelio”, las “buenas nuevas”, recibe estas buenas nuevas como verdades eternas de Dios e invita al alma a regocijarse en ellas. Aunque no es una ofrenda quemada, permanece atenta y contempla la llama ascendiente, que nos asegura que la ira que debió consumir al pecador cayó sobre el Sustituto.

Aunque la fe no es “la justicia”, es el nexo entre ella y nosotros. Reconoce nuestra posición presente ante Dios en la excelencia de su propio Hijo. Y nos dice que nuestra posición eterna a través de las edades por venir radica en la misma excelencia y depende de la perpetuidad de la justicia que nunca puede cambiar. Porque nunca _nos despojamos_de aquel Cristo que nos _pusimos_cuando creímos (Rom 14:14; Gál. 3:27). Este ropaje divino es “por la eternidad”. No se gasta, no puede romperse y su hermosura nunca deja de ser.

Tampoco nos aparta la fe de aquella cruz hacia la cual al principio nos llevó. Algunos en nuestra época hablan como si ya pasamos por la cruz y podemos dejarla atrás; que la cruz, porque hizo todo lo que podía hacer por nosotros cuando por primera vez nos cobijamos bajo su sombra, podemos ahora dejarla y seguir adelante, que permanecer siempre en el lugar de la cruz es ser infantes, no adultos.

Pero, ¿qué es la cruz? No es un mero poste de madera o alguna imitación de la misma, como usan los romanistas. Éstos, podemos dejarlos atrás sin peligro. No tenemos que armar nuestra carpa en el Gólgota literal ni en el huerto de José. Pero de la gran verdad que la cruz personifica no nos podemos apartar tal como no nos podemos apartar de la vida eterna. En este sentido, dar la espalda a la cruz es darle la espalda al Cristo crucificado: renunciar a nuestra relación con el Cordero que fue inmolado. La verdad es que todo lo que Cristo hizo y sufrió, desde el pesebre hasta la tumba, forma un todo glorioso, del cual ninguna de sus partes será inútil ni obsoleta, ninguna se puede dejar sin dejar el todo. Estoy siempre en el pesebre, y no obstante sé que la mera encarnación no puede salvar; siempre en Getsemaní, y no obstante creo que su agonía no era la obra completa; siempre a los pies de la cruz, con mi rostro hacia ella y mi vista en el Crucificado, y no obstante, estoy persuadido de que el sacrificio se completó una vez para siempre, siempre mirando en el sepulcro, aunque me regocijo de que está vacío y que “No está aquí, ha resucitado”; siempre descansando (con el ángel) sobre la piedra que había sido quitada, y siempre tocando las vestiduras del sepulcro, sabiendo que es un Cristo resucitado, mejor dicho un Señor que ascendió e intercede. Pero bajo ningún pretexto dejaré atrás ninguna parte de la vida y muerte de mi Señor sino sin cesar mantendré mi relación con él, tal como nació, vivió, murió, fue sepultado y volvió a vivir, y obtendré de cada parte alguna bendición nueva cada día y cada hora.

El hombre, en su espíritu natural de legalismo auto justificador, ha tratado de desligarse de la cruz de Cristo y su perfección, o de levantar otra cruz en su lugar, o armar un velo de ornamentos entre sí y ella, o de alterar su verdadero significado convirtiéndolo en algo más en acorde con sus gustos, o de transferir la virtud de ella a alguna acción o demostración o sentimiento propio. De este modo la sencillez de la cruz es anulada, y su poder salvador es negado. Porque la cruz salva completamente o no salva nada. Nuestra fe no divide la obra de salvación entre sí y la cruz. Es el reconocimiento que la cruz sola es la que salva. La fe no agrega _nada_a la cruz ni a su virtud curativa. Posee la plenitud y la suficiencia y la idoneidad de la obra realizada allí y llama al espíritu trabajado que deje sus labores y entre en su descanso. La fe no acude al Calvario para _hacer_algo. Acude para ver el espectáculo glorioso de todas las cosas consumadas y para aceptar esta consumación sin desconfiar de su eficacia. Escucha al “¡Consumado es!” de Aquel que carga con el pecado y dice: “Amén”. Donde comienza la fe, la labor termina: con labor quiero decir “para” vida y perdón.

La fe es descanso, no trabajo. Es renunciar a todos los antiguos y agotadores esfuerzos por hacer o sentir algo bueno a fin de motivar a Dios a que nos ame y nos perdone. Es el tranquilo recibimiento de la verdad por tanto tiempo rechazada: que Dios no espera ninguna motivación, sino que ama y perdona por su propia buena voluntad y muestra esa buena voluntad a cualquier pecador que acude a él, teniendo ese fundamento, descartando sus propias acciones o bondades, y confiando implícitamente en el amor gratuito de Aquel que amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito.

La fe es el reconocimiento de la ausencia total de toda bondad en nosotros y el reconocimiento de la cruz como sustituto de todo lo que nosotros mismos carecemos. La fe salva porque se apropia de la salvación completa de otro, y no porque contribuya algo a esa salvación. No hay nada de dividir o compartir la obra entre nuestra fe y Aquel en quien creemos. Toda la obra es de él, no nuestra, de principio a fin. La fe no cree en sí misma, sino en el Hijo de Dios. Como el mendigo, recibe todo, pero no da nada. Accede a ser una deudora para siempre del amor gratuito de Dios. Su lugar de reposo es el fundamento que se echó en Sión. Se regocija en otro, no en sí misma. Su cántico es “no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia” (Tito 3:5).

Cristo crucificado debe ser la esencia de nuestra predicación y la sustancia de nuestras creencias de principio a fin. En ningún momento en la vida del santo, deja éste de necesitar la cruz; aunque a veces puede sentir que su necesidad especial, perplejidad espiritual o apremio de un conflicto con el mal, es la Encarnación, o la agonía en el Huerto, o la resurrección, o la esperanza del adviento, para ser glorificado en sus santos y admirado por todo aquel que cree.

Pero la pregunta no es: “¿Qué verdades hemos de creer?” sino “¿Qué verdades hemos de creer para justificación?”

Que Cristo volverá en gloria y en majestad como Juez y Rey es un artículo de la fe cristiana, no creerlo casi nos lleva a dudar del cristianismo del que no lo cree. No obstante, en ningún sentido somos justificados por la _segunda_venida de nuestro Señor, sino exclusivamente por la primera. Creemos en su ascensión, no obstante, no somos justificados por tener fe en ella, sino fe en su muerte: esa muerte que lo convirtió en nuestra propiciación y nuestra justicia.

“El cual fue… resucitado para nuestra justificación” (Rom. 4:25) es una afirmación clara de la Palabra. La resurrección fue la promesa de una justificación ya lograda. “El poder de su resurrección” (Fil. 3:10) no menciona una expiación o un perdón o reconciliación, sino que habla de que seamos renovados en el espíritu de nuestra mente, de que somos renacidos “para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1 Ped. 1:3). Lo que es interno, como por ejemplo el que seamos vivificados, fortalecidos, renovados, puede estar relacionado con las resurrección y el poder de la resurrección; pero tenemos que relacionar aquello que es externo, como lo es el perdón y justificación y aceptación de parte de Dios, exclusivamente con la cruz.

Es _la sangre_lo que justifica (Rom. 5:9). Lo que pacifica la conciencia es la sangre, purgándola de las obras muertas para servir al Dios viviente (Heb. 9:14). Es _la sangre_lo que nos da la audacia de entrar a través del velo al lugar santísimo y acercarnos al Trono de Gracia rociado con su sangre. Es _la sangre_lo que bebemos para aplacar nuestra sed (Juan 6:55). Es _la sangre_lo que nos da paz con Dios (Col. 1:20). Es a través de _la sangre_que tenemos redención (Ef. 1:7) y por la cual nos acercamos (Ef. 2:13), por la cual somos santificados (Heb. 13:12). Es _la sangre_que es el sello del pacto eterno (Heb. 13:20). Es _la sangre_lo que limpia (1 Juan 1:7), que nos da victoria (Apoc. 12:11) y con la cual tenemos comunión en la Cena del Señor (1 Cor. 10:16). Es _la sangre_el dinero de compra o rescate de la iglesia de Dios (Hech. 20:28).

La sangre y la resurrección son dos cosas muy diferentes, porque la sangre es muerte y la resurrección es vida.

“Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col. 1:27) es una verdad bien conocida y bendecida. Pero Cristo _en_nosotros, como nuestra justificación, es un error fatal que aleja al hombre del Cristo crucificado: un Cristo crucificado _por_nosotros. Cristo por_nosotros_es una verdad, Cristo _en nosotros_es otra muy distinta. Mezclar las dos y la transposición de ambas es anular la obra singular consumada del Sustituto. Admitamos que Cristo en nosotros es la fuente de santidad y fructificación (Juan 15:4), pero no olvidemos nunca que primero de todo está Cristo por nosotros, como nuestra propiciación, nuestra justificación, nuestra justicia. No es la _encarnación_por un lado, ni la _resurrección_por el otro, aquello de lo cual nos hemos de alimentar y de lo cual esta vida procede: más bien es aquello que está entre estas dos –muerte– la muerte como sacrificio del Hijo de Dios.

No es la personalidad o el relato de la historia de la vida del Cristo de Dios lo que constituye el vivificador especial y el alimento para nuestra alma, sino el derramamiento de sangre. No que hemos de separar lo primero de lo segundo, pero aun así es esto último de lo cual hemos de alimentarnos especialmente y esto, todos los días de nuestra vida.

Este artículo, que es un capítulo del libro The Everlasting Righteousness (La justicia eterna) publicado por Chapel Library, está a su disposición también como un tratado.


Horatius Bonar: (1808-1889) Pastor presbiteriano escocés cuyos poemas, himnos y tratados religiosos eran muy populares en el siglo XIX. Sus tres series de Hymns of Faith and Hope(Himnos de fe y esperanza) (1857-66) dio a conocer himnos que todavía se siguen cantando y que se han traducido a nuestro idioma, como: “Oí la Voz del Salvador”, “Cara a Cara Yo te Miro Aquí” y “Mirad el Gran Amor”. Nacido en Edimburgo, Escocia.