La justificación aclarada

Charles Spurgeon (1834-1892)

“Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”—Romanos 3:24.

Qué significa justificación? Si se lo preguntamos a los teólogos, su explicación nos dejará perplejos. Haré todo lo posible por explicar el significado de justificación tan clara y sencillamente que aun un niño la podría comprender. No hay justificación que el hombre mortal pueda conseguir sobre la tierra, más que de una sola manera. Justificación es un término forense1: se emplea siempre en el campo jurídico. Cuando un preso comparece ante el tribunal, hay una sola manera como puede ser justificado, y esta es que sea declarado inocente. Y si es declarado inocente, entonces ha sido justificado, es decir, ha dado prueba de ser un hombre justo. Si ese hombre es declarado culpable, no puede ser justificado. Las autoridades pueden indultarlo, pero no justificarlo. El delito no es justificable, si es culpable de él, y, porque lo cometió, no puede ser justificado. Puede ser perdonado, pero ni la autoridad máxima puede limpiar jamás el carácter del hombre. Es igual de criminal cuando es perdonado que antes de serlo. No hay manera entre los hombres de justificar a alguno de una acusación en su contra, excepto que se compruebe que no es culpable. Ahora bien, el fenómeno más maravilloso es que a pesar de haberse comprobado nuestra culpabilidad, no obstante, somos justificados. ¿Hay tribunal2 humano que pueda hacer esto? No lo hay. Sólo el rescate de Cristo efectúa lo que es imposible para cualquier tribunal sobre la tierra. Todos somos culpables. Lea el versículo 23, que precede al texto: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. Aquí somos declarados culpables, y a pesar de ello, inmediatamente el pasaje agrega que somos justificados gratuitamente por su gracia.

Paso ahora a explicar el método por el cual Dios justifica al pecador. Voy a suponer un caso imposible. Un reo ha sido juzgado y condenado a muerte. Es culpable, por serlo, no tiene justificación. Pero ahora supongamos que es posible lo siguiente: que se pudiera presentar una segunda persona que asumiera la culpabilidad del primero, que pudiera tomar su lugar, y que, por medio de un proceso misterioso, que por supuesto es imposible para el hombre, convertirse en aquel hombre y asumir su carácter; cambiando lugares con el rebelde de modo que él mismo se hace culpable y el verdadero culpable pasa a ser inocente. ¡Eso es imposible en nuestro sistema de justicia terrenal! Si yo me presentara ante un juez, y él accediera a encarcelarme por un año en lugar de un desdichado sentenciado ayer a un año de cárcel, no podría asumir su culpabilidad. Podría asumir su castigo, pero no su culpabilidad. Pero lo que el ser humano no puede hacer, lo hizo Jesucristo por medio de su redención. Heme aquí el pecador. Me menciono como el representante de todos. Fui condenado a morir pues Dios dijo: “Condeno a ese hombre, tengo que hacerlo, lo haré: lo castigaré”. Aparece Cristo, me hace a un lado y se pone en mi lugar. Cuando se hace la pregunta que si soy culpable o inocente, Cristo dice: “Culpable”; toma mi culpabilidad y se la adjudica a sí mismo. Cuando llega el momento de ejecutar la sentencia, se adelanta Cristo. “Castígame a mí”, dice. “Le he dado a ese hombre mi justicia, y tomado sus pecados sobre mí. Padre, castígame a mí, y considera a ese hombre como si fuera yo. Déjalo reinar en el cielo, déjame sufrir a mí su castigo. Déjame sufrir su condenación, y déjale a él recibir mi bendición”. Esta maravillosa doctrina del trueque de lugares de Cristo y los pobres pecadores es una doctrina revelada, porque nunca hubiera podido ser concebida por el mundo natural. Volveré a explicarlo, no sea que no me haya expresado bien. El método por el cual Dios salva al pecador no es, como dicen algunos, pasando por alto la pena. No. La pena ha sido pagada en su totalidad. Se trata de haber puesto a otra persona en el lugar del pecador. El pecador tiene que morir. Así lo afirma Dios. Cristo dice: “Yo tomaré el lugar del pecador. El rebelde tomará mi lugar, yo tomaré el de él”. Dios accede a ello. Ningún monarca terrenal tendría el poder de acceder a semejante cambio. Pero el Dios del cielo tenía el derecho de hacer lo que quería. En su misericordia infinita, accedió a que así fuera. “Hijo amado, ponte en lugar del pecador; padece lo que él debería haber padecido, debes ser encontrado culpable, tal como él lo fue, y entonces miraré de otra manera al pecador. Lo consideraré como si fuera Cristo; lo aceptaré como si fuera mi Hijo unigénito, lleno de gracia y de verdad. Le daré una corona en el cielo, y lo llevaré en mi seno por toda la eternidad”. Este es el método que Dios usa para salvarnos. Somos “justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”.

Pasaré ahora a explicar algunos rasgos característicos de la justificación. Tengamos en cuenta que en cuanto el pecador arrepentido es justificado, lo es de todos sus pecados. Aquí tenemos al hombre que es totalmente culpable. El momento en que cree en Cristo recibe inmediatamente el perdón, y sus pecados ya no son suyos. Son echados al fondo del mar. Le fueron cargados a Cristo, y han desaparecido. El hombre es inocente ante Dios, acepto en el Amado. “¡Como!” dirás, “¿quiere decir que he de tomar esto literalmente?” Así es. Esa es la doctrina de la justificación por la fe. La justicia divina ya no considera a ese hombre como un ser culpable; en el momento que cree en Cristo, su culpabilidad es quitada. Pero daré un paso más. El momento en que el hombre cree en Cristo, deja de ser culpable a los ojos de Dios, pero lo que es más, pasa a ser justo, se hace meritorio, porque en el momento cuando Cristo toma sus pecados, él toma la justicia de Cristo de modo que cuando Dios posa su vista en el pecador que apenas una hora antes estaba muerto en sus pecados, lo ve con tanto amor y cariño como siempre ha visto a su Hijo. Cristo mismo lo dijo: “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado.” Nos ama tanto como su Padre lo ama a él. ¿Es posible creer semejante doctrina? ¿No sobrepasa esto a toda lógica? Doctrina es, no obstante, del Espíritu Santo, la doctrina por la que podemos esperar ser salvos. ¿Puedo ilustrar mejor este pensamiento en beneficio de alguien no iluminado? Puedo hacerlo usando la ilustración que nos dieron los profetas: la parábola del sumo sacerdote Josué. Entra Josué vestido con ropa sucia, esa ropa sucia representa sus pecados. Le quitan la ropa sucia: eso es perdón. Le ponen mitra sobre la cabeza, lo visten con ropas reales, le dan bienes y hermosura: eso es justificación. ¿Pero de dónde proceden estas ropas? ¿Y a dónde van las prendas sucias? Las prendas sucias que vestía Josué van a Cristo, y la ropa que se pone Josué son las que usaba Cristo. El pecador y Cristo hacen lo que hicieron Jonatán y David. Jonatán le puso sus ropas a David, David le dio las suyas a Jonatán. Del mismo modo, toma Cristo nuestros pecados, nosotros tomamos la justicia de Cristo y es por una gloriosa substitución y trueque de lugares que los pecadores quedan libres y son justificados por su gracia.

“La justificación no se efectúa de esa manera hasta después de la muerte”, opinan algunos. Créeme: esta afirmación es un error.

“En cuanto el pecador creey en su Dios crucificado confía,

el perdón ya recibe;y mediante su sangre, salvación total”.

Si aquel joven sentado allí realmente ha creído en Cristo esta mañana, sabiendo por una experiencia espiritual lo que he intentado describir, está tan justificado a los ojos de Dios ahora como lo estará cuando comparezca ante su Trono. Los espíritus glorificados en lo Alto no son más aceptos a Dios que el pobre hombre aquí en la tierra que ha sido justificado por gracia. Es un lavamiento perfecto, es un perdón perfecto, una atribución perfecta. Somos aceptos totalmente, por gracia gratuita y plenamente mediante Cristo nuestro Señor.

Una palabra más sobre este tema: y con esto daré conclusión al tema de la justificación. Los que son justificados son justificados irreversiblemente. En cuanto el pecador toma el lugar de Cristo, y Cristo toma el lugar del pecador, no hay que temer un segundo cambio. Si Cristo ha pagado una vez la deuda, la deuda está saldada; y nunca se volverá a reclamar. Si eres perdonado, eres perdonado de una vez para siempre. Dios no da al hombre un perdón gratuito firmado por él para luego retractarse y castigar al hombre: eso dista de ser lo que hace Dios. Él dice: “Yo he castigado a Cristo, tú quedas libre”. Y después de eso podemos “regocijarnos en la esperanza de la gloria de Dios de que “siendo justificados por la fe tenemos paz para con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Algunos exclamarían: “Esa es una doctrina extraordinaria”. Sí, algunos pueden pensarlo; pero quiero decirte que es una doctrina profesada por todas las iglesias protestantes, aunque no la prediquen. Es la doctrina de la Iglesia Anglicana, es la doctrina de Lutero, es la doctrina de la Iglesia presbiteriana: es la doctrina que profesan todas las iglesias cristianas. Y si nos parece extraña, es que somos nosotros los extraños, y no porque la doctrina sea extraña. Es doctrina de las Sagradas Escrituras la que afirma que nadie puede condenar a aquel a quien Dios justifica y que nadie puede acusar a aquellos por quienes Cristo murió, porque están totalmente libres del pecado. Entonces, como dijo uno de los profetas, Dios no ve pecado en Jacob ni iniquidad en Israel. En el instante que creen y sus pecados le son atribuidos a Cristo, dejan de ser de ellos, y la justicia de Cristo les es atribuida a ellos y considerada de ellos, a fin de que sean aceptos.

Pasajes seleccionados de Justificación por Gracia, un sermón predicado el domingo a la mañana, 5 de abril de 1857, en el Music Hall, Royal Surrey Gardens. Este sermón está a su disposición como un pequeño folleto de Chapel Library.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista influyente en Inglaterra. La colección de sermones de Spurgeon durante su ministerio ocupa 63 tomos. Los 20-25 millones de palabras en sus sermones son equivalentes a 27 tomos de la novena edición de la Enciclopedia Británica. La serie constituye la mayor colección de libros por un solo autor en la historia del cristianismo. Nació en Kelvedon, Inglaterra.