Paz por medio de la justificación
J. C. Ryle (1816-1900)
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”—Romanos 5:1.
Permítanme mostrarles laroca de la cual fluyen la justificación y la paz con Dios. Esa roca es Cristo. El verdadero cristiano no es justificado por ninguna virtud en él mismo. Su paz no puede ser encontrada en ninguna obra que haya realizado. No la compró con sus oraciones y fidelidad, su arrepentimiento y su reforma, su moralidad o su caridad. Ninguno de estos tienen ningún poder para justificarlo. En sí son defectuosos en muchos aspectos y necesitan un perdón grande. En cuanto a justificarlos, ni se diga tal cosa. Procesado según la norma perfecta de la ley de Dios el mejor de los cristianos no es más que un pecador justificado, un criminal perdonado. En cuanto a mérito, respetabilidad o derecho a la misericordia de Dios, nada tiene. Una paz edificada sobre cualquier fundamento como éstos no vale nada. El hombre que depende ellos se engaña miserablemente.
Nunca fueron palabras más ciertas puestas en papel que las que escribió Richard Hooker27 sobre este tema hace 280 años. Los que quieren saber lo que pensaban los clérigos ingleses años atrás, presten atención a lo que dice: “Si Dios nos hiciera una oferta así de grande, y buscáramos en todas las generaciones de los hombres desde la caída de vuestro padre Adán, y encontráramos _un hombre_que haya realizado una acción que haya cumplido pura, sin mancha y sin tacha alguna, y por esa única acción de ese único hombre, ni hombre ni ángel sufriera los tormentos preparados para ambos, ¿cree que encontraría este rescate para liberar al hombre y los ángeles entre los hijos de los hombres?
Aun las mejores cosas que hacemos tienen en ellas algo para ser perdonado. Entonces, ¿cómo podemos hacer algo meritorio y digno de ser recompensado? Quiero subscribirme totalmente a estas palabras. No creo que haya hombre que pueda ser justificado por sus obras delante de Dios ni en el menor grado posible. Puede ser justificado delante de los hombres: sus obras pueden evidenciar la realidad de su cristianismo. Delante de Dios no puede ser justificado por ninguna cosa que pueda hacer: mientras viva, siempre será defectuoso, siempre imperfecto, siempre deficiente, siempre falto. No es por las propias obras que uno puede tener paz y ser un hombre justificado.
¿Pero cómo, entonces, es justificado el verdadero cristiano? ¿Cuál es el secreto de esa paz y ese sentimiento de haber sido perdonado de los que goza? ¿Cómo podemos comprender a un Dios Santo tratando al hombre pecador como al inocente, considerándolo justo a pesar de sus muchos pecados?
La respuesta a todas estas preguntas es breve y sencilla. El verdadero cristiano es contado como justo por Jesucristo, el Hijo de Dios. Es justificado debido a la muerte y la expiación de Cristo. Tiene paz porque “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras”. Esta es la clave que devela el poderoso misterio. Aquí el gran problema es resuelto de cómo puede Dios ser justo y no obstante justificar al impío. La vida y la muerte del Señor Jesús lo explica todo. “Él es nuestra paz” (1 Cor 15:3; Ef. 2:14).
Cristotomó el lugar del verdadero cristiano. Se ha convertido en su Garantía y su Sustituto. Emprendió la obra de cargar con todo lo que había que cargar, y de hacer todo lo que había que hacer, y lo que emprendió, cumplió. Por eso, el verdadero cristiano es un hombre justificado (Isa. 53:6).
Cristosufrió por los pecados, el “justo por los injustos”. Sufrió el castigo en su propio cuerpo en la cruz. Permitió que la ira de Dios, que nosotros merecíamos, cayera sobre su propia cabeza. Por eso, el verdadero cristiano es un hombre justificado (1 Ped. 3:18).
**Cristo, con su propia sangre,**pagó la deudaque el cristiano debía. Se hizo cargo de ella y la pagó hasta el último centésimo con su propia muerte. Dios es un Dios justo, y no requerirá el pago de sus deudas dos veces. Por eso, el verdadero cristiano es un hombre justificado (Hech. 20:28; 1 Ped. 1:18-19).
Cristoobedeció la ley de Dios perfectamente. El diablo, el Príncipe de este Mundo, no podía encontrar falta en él. Al cumplirla trajo una justicia eterna, en que todo los de su pueblo están vestidos a los ojos de Dios. Por eso, el verdadero cristiano es un hombre justificado (Dan. 9:24; Rom. 10:4).
Cristo, en suma, ha vivido para el verdadero cristiano. Cristo murió por él. Cristo fue al sepulcro por él. Cristo ascendió a lo alto por él, y entrando en el Cielo para interceder por su alma. Dios lo hizo todo, pagó todo, sufrió todo lo que necesitaba sufrir para su redención. Por eso, aparece la justificación del verdadero cristiano, por eso, su paz. En sí mismo no tiene nada, pero en Cristo tiene todas las cosas que su alma puede requerir (Col. 2:3; 3:11).
¡Quién puede contar la bendición del intercambio que sucede entre el verdadero cristiano y el Señor Jesucristo! La justicia de Cristo le es contada a él, y sus pecados le son cargados a Cristo. Cristo ha sido considerado pecador en lugar de él, y ahora él es considerado inocente en lugar de Cristo. Cristo ha sido condenado en su lugar aunque no había ninguna falta en él, y ahora él ha sido absuelto en el lugar de Cristo aunque está lleno de pecados, faltas y defectos. ¡Aquí sí que hay sabiduría! Dios puede ahora ser justo y a pesar de ello, perdonar al impío. El hombre puede sentir que es un pecador, y no obstante tener una buena esperanza del cielo y sentir paz en su interior. ¿Quién entre los hombres hubiera imaginado tal cosa? ¿Quién no se ha de admirar cuando lo oye? (2 Cor. 5:21)
Leemos de cómo Jesús, el Hijo de Dios, vino a un mundo de pecadores que no se interesaban en él antes de venir, ni lo honraron cuando vino. Leemos de cómo fue a la cárcel y se dejó amarrar a fin de que nosotros, pobres prisioneros, pudiéramos quedar libres. Leemos de cómo fue obediente hasta la muerte –la muerte de cruz– para que los hijos indignos de Adán tuvieran una puerta abierta a la vida eterna. Leemos de cómo él se contentó con cargar nuestros pecados y nuestras transgresiones, para que pudiéramos vestirnos de su justicia y andar en la luz y la libertad de los hijos de Dios (Fil. 2:8).
¡Esto bien puede llamarse un “amor que sobrepasa todo entendimiento”! No hay manera en que la gracia jamás pueda brillar con tanto fulgor como el de la justificación por Cristo(Ef. 3:19).
Esta es la antigua manera por la cual los hijos de Abraham, que han sido justificados desde el principio del mundo, han encontrado su paz. Desde Abel en adelante, ningún hombre ni mujer ha obtenido jamás una gota de misericordia excepto a través de Cristo. Cada altar levantado antes del tiempo de Moisés tuvo la intención de señalar hacia Cristo. Cada sacrificio y ordenanza de la ley judía fue para dirigir a los hijos de Israel. Acerca de él profetizaron todos los profetas. En una palabra, si olvidamos la justificación por Cristo, una gran parte del Antiguo Testamento se convertirá en un laberinto enredado sin sentido.
Éste, sobre todo, es el camino de la justificación que satisface exactamente las necesidades y los requisitos de la naturaleza humana. El hombre tiene una conciencia, aunque es un ser caído. Tiene un sentido débil de su propia necesidad, que en sus momentos mejores se hará oír, y que nada fuera de Cristo puede satisfacer. Mientras su conciencia no tiene hambre, cualquier juguete religioso satisfará el alma del hombre y lo mantendrá en silencio. Pero en cuanto su conciencia tiene hambre, nada puede acallarla fuera de la comida real y ninguna comida sino Cristo.
Existe algo dentro del hombre, cuando su conciencia está realmente despierta, que susurra: “Tiene que haber un precio para pagar por mi alma o no tendré nada de paz”. El evangelio inmediatamente lo acerca a Cristo. Cristo ya ha pagado el rescate por su redención. Cristo se dio a sí mismo por él. Cristo lo ha redimido de la maldición de la ley, haciéndose maldición por él (Gál. 2:20; 3:13).
**Existe algo dentro del hombre, cuando su conciencia está realmente despierta, que susurra: “Tengo que tener alguna justicia o derecho al cielo o no tendré nada de paz.”**El evangelio inmediatamente lo acerca a Cristo. Él ha traído una justicia eterna. Él es la finalidad de la ley para justicia. Su nombre es Señor de justicia. Dios lo ha hecho a él, que no conoció pecado, que sea pecado por nosotros, para poder ser hechos la justicia de Dios en él (2 Cor. 5:21; Rom. 10:4; Jer. 23:6).
Existe algo dentro del hombre, cuando su conciencia está realmente despierta, que susurra: “Tiene que haber castigo y sufrimiento por mis pecados o no tendré nada de paz”. El evangelio inmediatamente lo acerca a Cristo. Cristo ha sufrido por el pecador, el justo por los injustos, para traerlo a Dios. Cargó con nuestros pecados en su propio cuerpo en el madero. Por sus heridas somos nosotros curados (1 Ped. 2:24; 3:18).
Existe algo dentro del hombre, cuando su conciencia está realmente despierta, que susurra: “Tengo que tener un sacerdote para mi alma o no tendré nada de paz”. El evangelio inmediatamente lo acerca a Cristo. Cristo ha sido sellado y nombrado por Dios el Padre para ser el Mediador entre él y el hombre. Ha sido ordenado como Abogado defensor para los pecadores. Es el Consejero y Médico acreditado para las almas enfermas. Es el gran Sumo Sacerdote, el Absolvedor Todopoderoso, el Confesor de Gracia de los pecadores que llevan cargas pesadas (1 Tim. 2:5; Heb. 8:1).
Sé que hay miles de personas que profesan ser cristianas que no ven ninguna hermosura especial en esta doctrina de la justificación por medio de Cristo. Sus corazones están sepultados en las cosas del mundo. Sus conciencias están paralizadas, entumecidas y mudas. Pero toda vez que la conciencia del hombre empieza a realmente sentir y hablar, verá algo en la expiación de Cristo y su oficio sacerdotal que nunca había visto antes. Cristo satisface perfectamente el verdadero anhelo de un alma pecadora que lo que la luz satisface al ojo o la música al oído. Cientos pueden testificar de la experiencia de un pagano convertido en la isla de Raiatea28 en el sur del Océano Pacífico que ha sido exactamente como la suya. “Vi”, dijo, “una montaña inmensa, con escarpados acantilados, por los que me esforzaba subir, pero cuando había alcanzado una altura considerable, perdía el equilibrio y caía al fondo. Exhausto, perplejo y fatigado, anduve una distancia y me senté para llorar, y mientras lloraba, vi caer sobre esa montaña una gota de sangre, y en un momento ésta se disolvió”. Le pidieron que explicara lo que todo esto significaba. “La montaña”, dijo, ”era mis pecados y esa gota que cayó sobre ella, era una gota de la preciosa sangre de Jesús, por la cual la montaña de mi culpa se disolvió”. [William’s South Sea Missions (Misiones en el mar del sur)]
Este es el camino verdadero y único que lleva a la paz: la justificación por medio de Cristo. Tenga cuidado de que ninguno lo aparte de este camino y lo lleve a alguna de las doctrinas falsas de la Iglesia de Roma. ¡Ay, es sorprendente ver cómo esa Iglesia infeliz ha construido malamente una casa de error al lado de la casa de la verdad! Manténgase aferrado a la verdad de Dios con respecto a la justificación, y no sea engañado. No escuche nada que pueda oír acerca de otros mediadores y ayudantes para obtener paz. Recuerde que no hay otro mediador sino uno: Jesucristo; ningún purgatorio para los pecadores sino uno: la sangre de Cristo; ningún _sacrificio_por el pecado sino uno: el sacrificio hecho una vez en la cruz; ninguna obra que puede merecer nada fuera de la obra de Cristo, ningún sacerdote que realmente puede absolver: sólo Cristo. Manténgase firme en esto, esté en guardia. No dé a otro la gloria que le corresponde a Cristo.
¿Qué sabe usted de Cristo? Dudo que no haya oído con sus oídos algo acerca de él, y recitado su nombre en el credo. Quizás esté familiarizado con la historia de su vida y muerte. ¿Pero qué conocimiento de él ha adquirido por experiencia? ¿Qué uso práctico hace usted de él? ¿Qué tratos y transacciones han existido entre su alma y él?
Oh, créame, ¡no hay paz con Dios excepto por medio de Cristo! La paz es su regalo particular. La paz es ese legado que sólo él tuvo el poder de dejar atrás cuando dejó el mundo. Cualquier otra paz fuera de ésta es una burla y falsa ilusión. Cuando el hambre pueda aliviarse sin alimento, y la sed apagarse sin líquido, y el cansancio vencerse sin un descanso, entonces, y no hasta entonces, encontrará el hombre paz sin Cristo.
Ahora bien, ¿tiene usted esta paz? Comprada por Cristo con su propia sangre, ofrecida por Cristo gratuitamente a todos los que están dispuestos a recibirla: ¿Tiene usted esta paz? Oh, no descanse: no descanse hasta poder dar una respuesta satisfactoria a mi pregunta: ¿TIENE USTED PAZ?
Permítame mostrarle la fuente de la cual brota la verdadera paz. Esa fuente es la justificación.
La paz del verdadero cristiano no es un sentimiento impreciso, ilusorio, sin razón y sin fundamento. Él puede mostrar la causa de ella. Edifica sobre un fundamento sólido. Tiene paz con Dios porque es justificado.
Sin justificación es imposible tener paz verdadera. La conciencia lo prohíbe. El pecado es una montaña entre el hombre y Dios y tiene que ser quitada. El sentido de culpa le pesa mucho al corazón y tiene que ser quitada. El pecado no perdonado mata la paz. El verdadero cristiano lo sabe muy bien. Su paz brota de una conciencia de que sus pecados han sido perdonados y su culpa ha sido quitada. Su casa no está construida sobre la arena. La suya no es una cisterna rota que no puede contener nada de agua. Tiene paz con Dios porque es justificado.
Es justificado, y sus pecados han sido perdonados. No importa cuántos sean, o lo grande que sean: han sido quitados, perdonados y borrados. Han sido borrados del libro de las memorias de Dios. Están en el fondo del mar. Han sido arrojados a la espalda de Dios. Si los busca, no podrá encontrarlos. Ya no se recuerdan. Aunque pueden haber sido como escarlata, han pasado a ser blancos como la nieve, aunque pueden haber sido rojos como la grana, son como blanca lana. Y, entonces, tiene paz.
Es justificado y contado por justo a los ojos de Dios. El Padre no ve en él mancha y lo considera inocente. Está vestido en el ropaje de una justicia perfecta y puede sentarse al lado de los ángeles sin sentir vergüenza. La ley santa de Dios, que escudriña los pensamientos e intenciones del corazón del hombre, no pueden condenarlo. El diablo, “el acusador de los hermanos” no puede acusarle de nada para impedir su absolución total. Y, entonces, tiene paz.
¿No es él por naturaleza un pobre, débil, errado y defectuoso pecador? Sí, lo es. Nadie lo sabe mejor que él mismo. Pero a pesar de esto, es considerado completo, perfecto, sin falta delante de Dios, porque es justificado.
¿No es él por naturaleza un deudor? Sí, lo es. Nadie lo siente más profundamente que él mismo. Debe diez mil talentos, y no tiene nada propio para pagar. Pero todas sus deudas han sido pagadas, saldadas y borradas para siempre, porque es justificado.
¿No está él por naturaleza sujeto a la maldición de una ley quebrantada? Sí, lo está. Nadie lo confesaría con mayor presteza que él mismo. Pero las exigencias de la ley han sido totalmente satisfechas, las demandas de la justicia han sido satisfechas hasta el último centavo, y es justificado.
¿No es él por naturaleza, merecedor del castigo? Sí, lo es. Nadie reconocería eso mejor que él mismo. Pero el castigo ha sido padecido. La ira de Dios contra el pecado se ha manifestado. No obstante, él ha escapado de él y es justificado.
¿Alguno que esté leyendo esta página sabe algo de todo esto? ¿Es usted justificado? ¿Cree que ha sido perdonado, y aceptado delante de Dios? ¿Puede acercarse a él con seguridad y decir: “Tú eres mi Dios y mi Amigo, y yo soy tu hijo reconciliado”? ¡Oh, créame: nunca sentirá una paz verdadera hasta ser justificado!
¿Dónde están sus pecados? ¿Han sido quitados de su alma? ¿Han sido considerados y tenidos en cuenta en la presencia de Dios? ¡Oh, tenga por seguro que estas preguntas son de gran importancia! La paz de la conciencia que no se basa en la justificación es un sueño ilusorio. ¡Dios lo libre de semejante paz!
Acompáñeme con su imaginación a algunos de nuestros grandes hospitales en Londres. Esté allí a mi lado junto a la cama de algún pobre ser en la última etapa de una enfermedad incurable. Quizá yace en silencio y no forcejea. Quizá no se queja de dolor y no parece sentirlo. Duerme y está inmóvil. Tiene los ojos cerrados. Tiene la cabeza reclinada en su almohada. Sonríe débilmente y susurra algo. Está soñando con su hogar y su madre y su juventud. Sus pensamientos están lejos: ¿Pero es esto salud? ¡Oh, no! ¡No! Es sólo el efecto de los calmantes. Nada puede hacerse por él. Se está muriendo todos los días. El único objetivo es paliar su dolor. Su quietud no es una quietud natural. Su dormir es un dormir malsano. Ve usted en el caso de ese hombre un parecido vívido a la paz sin justificación. Es vacío, engañoso, malsano. Su fin es muerte.
Acompáñeme con su imaginación a algún asilo para enfermos mentales. Visitemos un caso de delirios de grandeza incurable. Probablemente encontraremos alguno que se cree rico y noble, o rey. Vea cómo toma una paja del suelo, se la pone alrededor de la cabeza y dice que es una corona. Tome nota de cómo levanta piedras y grava y las llama diamantes y perlas. Escúchelo reír, y cantar y estar feliz en sus delirios: ¿Pero es esto felicidad? ¡Oh, no! Sabemos que esto no es más que el resultado de una locura ignorante. Vemos en el caso de ese hombre otro ejemplo de una paz basada en algo ilusorio y no en la justificación. Es algo sin sentido, infundado. No tiene raíces ni vida.
Acepte de una vez por todas que no puede haber paz con Dios a menos que sintamos que somos justificados. Tenemos que saber qué ha sucedido con nuestros pecados. Tenemos que contar con una esperanza razonable de que han sido perdonados y descartados. Tenemos que contar con el testimonio de nuestra conciencia de que no somos considerados culpables delante de Dios. Sin esto es vano hablar de paz. No tenemos nada más que la sombra o imitación de ella. “No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos” (Isa. 57:21).
¿Ha oído alguna vez el sonido de las trompetas que suenan anunciando el arribo de los jueces a una ciudad para dar comienzo a los “Assizes29”? ¿Ha reflexionado alguna vez en qué diferentes son los sentimientos que despiertan en la mente de diferentes hombres? El inocente, que no tiene un juicio pendiente, las escucha indiferente. A él no le proclaman terrores. Escucha y sigue su camino sin temor. Pero muchas veces hay algún pobre desdichado, que espera su juicio en una celda silenciosa, para quien esas trompetas son señales de una sentencia sin esperanza. Le advierten que el día del juicio ha llegado. Dentro de unas horas se presentará ante el tribunal de justicia y oirá a testigo tras testigo contar la historia de sus delitos. Dentro de unas horas y todo habrá terminado –el juicio, el veredicto y la sentencia– lo único que quedará para él es su castigo y deshonra. ¡Con razón el corazón del prisionero late con fuerza cuando oye el sonido de la trompeta!
El día se aproxima cuando todos los que no son justificados sufrirán la misma desesperación. La voz del arcángel y la trompeta de Dios dispersarán la paz falsa que ahora mantiene a muchas almas. El Día del Juicio convencerá a miles de obstinados de que es demasiado tarde, que se necesita más que unas pocas ideas hermosas del “amor y la misericordia de Dios” para reconciliar al hombre con su Hacedor y para librar del infierno al alma culpable. No habrá esperanza que valga en ese día fuera de la esperanza de la justificación, ninguna paz fuera de la paz edificada sobre la justificación.
¿Tiene usted esa paz? Si ama la vida no descanse, no descanse, hasta saber y creer que es un hombre justificado. No piense que es una cuestión meramente de nombres y palabras. No se engañe con la idea que la justificación es “un tema difícil, y difícil de entender”, y que llegará bien al Cielo sin saber nada de ella. Decídase a creer la gran verdad de que no puede haber cielo sin paz con Dios, y ninguna paz con Dios sin la justificación. Y luego no dé descanso a su alma hasta ser un HOMBRE JUSTIFICADO.
J. C. Ryle: (1816-1900) Obispo de la Iglesia Anglicana. Reverenciado autor de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, Nudos desastados, Sendas antiguas, Pensamientos expositores sobre los Evangelios) y otros. Nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.