La persona de Cristo
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
“La luz del evangelio de la gloria de Cristo” (2 Corintios 4:4).
La gloria del Evangelio radica, en gran medida, en la gloria de la persona de nuestro Señor. Aquel que es el Salvador de los hombres —“el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Ro. 9:5)—. ¿No está escrito: “Cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice: Adórenle todos los ángeles de Dios” (He. 1:6)? Junto con los ángeles de Dios, adoramos a Jesucristo como Dios.
Nuestro Redentor también es hombre —hombre como nosotros— con esta excepción: En Él no hay mancha de depravación natural y ningún acto de pecado ha manchado jamás su carácter. ¡Contempla la gloria de Aquel que es Dios y hombre, misteriosamente unidos en una sola persona!1 Él es único: Él es el resplandor de la gloria del Padre y el hermano nacido para la adversidad (He. 1:3; Pr. 17:17). Éste es el Evangelio —que el mismo Hijo de Dios asumió, gloriosamente, la salvación de los hombres y, por eso, “fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria…)” (Jn. 1:14)—. Si tuviéramos aquí un gran hospital lleno de enfermos, sería la mejor de las noticias para los que allí languidecen2 que yo pudiera decirles que un gran médico se ha dedicado a curarlos; y cuanto más pudiera ensalzar3 al médico que ha venido a visitarlos, más buenas noticias habría para ellos. Si pudiera decirles: “El médico que viene a socorrerlos, posee una infalible sabiduría y una inerrante habilidad, y en él, se unen la ternura amorosa y el poder infinito”, ¡cómo sonreirían en sus lechos! ¡Pues sí, la sola noticia les aliviaría la mitad de sus males!
¿No debería ser mucho mejor con las almas abatidas y desesperadas cuando oyeran que Aquel que ha venido a salvar, no es otro que el glorioso Cristo de Dios? La persona misteriosamente majestuosa de Cristo es el pilar del Evangelio. Aquel que es capaz de salvar, no es un ángel ni un simple hombre, sino que es “Emanuel… Dios con nosotros” (Mt. 1:23). Infinitos son sus recursos, ilimitada es su gracia. Oh ustedes, culpables, que yacen en lechos de remordimiento, listos para morir de dolor, aquí está un Salvador tal como lo necesitan. Cuando piensen en lo que son y se desesperen, piensen también en lo que Él es y anímense. Si te hiciera dudar de la deidad del Salvador, cortaría el fundamento de tu única esperanza; pero mientras veas que Él es Dios, recuerda que nada es demasiado difícil para Él. Si les hiciera dudar de su verdadera humanidad, también les robaría el consuelo, puesto que no reconocerían en Él, la tierna simpatía que nace del parentesco. Amados, el Señor Jesús está ante ustedes, comisionado por el Dios eterno, con el Espíritu del Señor descansando sobre Él sin medida (Jn. 3:34); y así, siendo en naturaleza y persona, el primero y el mejor, su mensaje de salvación es para ustedes, el más completo y seguro, y su gloria es el Evangelio para ustedes.
La gloria de Cristo reside, no sólo en su Persona, sino también en su amor. Recuerda esto y mira el Evangelio que se encuentra en ello. Desde toda la eternidad, el Hijo de Dios ha amado a su pueblo. Incluso desde la antigüedad, sus “delicias son con los hijos de los hombres” (Pr. 8:31). Mucho antes de venir a la tierra, Él amaba tanto a los hombres que su Padre le dio, que determinó ser uno con ellos y, por su redención, pagar el terrible precio de vida por vida. Vio a toda la compañía de sus escogidos a través de los lentes de su pre-conocimiento y los amó con un amor eterno. ¡Oh, el amor que resplandeció en el corazón de nuestro Redentor “en el principio” (Jn. 1:1)! Ese mismo amor que nunca tendrá fin. En esto consiste su gloria para nosotros. Nos amó tanto que el cielo no pudo retenerlo; nos amó tanto que descendió para redimirnos y, habiendo venido entre nosotros en medio de nuestro pecado y vergüenza, aún nos ama. “Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn. 13:1). ¡Amor, has alcanzado tu máxima gloria en el corazón del divino Salvador! Y la gloria de este amor, la cual no tiene principio, límite, cambio ni fin, es la misma sangre vital del Evangelio. ¡El amor de Jesús son las buenas nuevas de gran gozo! Nuestro gran médico ama a los enfermos y se deleita en curarlos. Entra en los pabellones entre los lisiados4 y los afectados por la peste con un intenso anhelo de bendecirlos. Jesús es el amigo del pecador… ¡Un Evangelio lleno de gracia se encuentra en la gloria del amor de Cristo!
Siendo esto así, amados, a continuación vemos la gloria de su encarnación5. Para nosotros, fue la gloria de Cristo haber nacido en Belén y haber vivido en Nazaret. Parece una deshonra que fuera el hijo del carpintero; pero, a través de todas las edades, ésta será la gloria del Mediador6, quien se dignó7 ser partícipe de nuestra carne y sangre. Hay gloria en su pobreza y vergüenza; gloria en no tener dónde reclinar la cabeza; gloria en su cansancio y hambre. Una gloria que sobrepasa, brota del Getsemaní y del sudor de sangre, del Calvario y de la muerte en la cruz. Todo el cielo no podría darle tal renombre como el que proviene de los escupitajos y los azotes, de los clavos y las heridas. Una gloria de gracia y ternura rodea al Dios encarnado y esto, para aquellos convencidos del pecado, es el Evangelio. Cuando vemos a Dios en carne humana, esperamos la reconciliación. Cuando vemos que Él tomó nuestras debilidades y cargó con nuestras enfermedades, esperamos el perdón y la curación. Nacido de una virgen, nuestro Señor ha venido entre nosotros y ha vivido en la tierra una vida de servicio y de sufrimiento: Debe haber esperanza para nosotros. No vino al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo pudiera ser salvo por Él (Jn. 3:17). Les ruego que miren la gloria de su vida al hacer el bien, obrando milagros de misericordia, del cuidado tierno a los caídos y pregúntense si no hay en su vida entre los hombres, buenas nuevas para todos los corazones tristes. ¿Acaso Dios mismo cubrió su gloria con un velo de nuestro barro inferior? Entonces, Él quiere el bien para los hombres. La humanidad, así honrada por la unión con la Divinidad, no es totalmente aborrecida. En el Verbo hecho carne, vemos la gloria de Dios y, observando cómo predomina el amor, cómo reina la piedad condescendiente, vemos en esto, un Evangelio de gracia para todos los hombres creyentes.
La gloria de Cristo se ve, además, en su sacrificio expiatorio. Pero ustedes me detienen y dicen: “Esa fue su humillación y su vergüenza”. Sí, es verdad y, por lo tanto, es su gloria. ¿No es el Cristo, para todo corazón amante, más glorioso aún, en la muerte en la cruz? ¿Qué vestidura le queda mejor a nuestro Amado que la ropa teñida en su propia sangre (Ap. 19:13)? Él es totalmente hermoso, como quiera que se vista; pero cuando nuestros corazones creyentes lo contemplan cubierto con el sudor sangriento, lo vemos con adorador asombro y amor sobrecogedor. Su fluido carmesí lo engalana8 con un manto más glorioso que la púrpura imperial9. Caemos a sus pies con una reverencia siete veces más grande cuando contemplamos las marcas de su pasión. ¿No es Él, el más ilustre, aún como nuestro sustituto moribundo? Amados, aquí radica la médula del Evangelio: Jesucristo sufrió en nuestro lugar. Él “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 P. 2:24). La gloria de su cruz, que consideramos10 mayor que cualquier otra, es el Evangelio para nosotros. En su cruz, soportó todo el peso de la justicia divina en nuestro lugar; la vara de hierro de Jehová, la cual debería habernos hecho pedazos como vasijas de alfarero, cayó sobre Él. “Haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:8); y en ese acto, Él mató a la muerte y venció al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo… Pero la gloria de su muerte sacrificial, por la cual Él borró nuestro pecado y magnificó la Ley, es el Evangelio de nuestra salvación.
Ahora, viajaremos un poco más allá, hacia su resurrección11, donde su gloria es más palpable12 para nosotros. Él no podía ser retenido por los lazos de la muerte (Hch. 2:24). Él estaba muerto: Su cuerpo santo podía morir, pero no podía ver corrupción; así que, habiendo dormido un poco dentro de la cámara de la tumba, se levantó y salió a la luz y a la libertad —el Cristo vivo glorificado por su resurrección—. ¿Quién contará la gloria del Señor resucitado?…
Resucitando, selló nuestra justificación13. Resucitando, despojó el sepulcro y liberó a los cautivos de la muerte. “Fue declarado Hijo de Dios con poder… por la resurrección de entre los muertos” (Ro. 1:4). Regocijémonos de que Él no está muerto, sino que está “viviendo siempre para interceder por [nosotros]” (He. 7:25). Éste es el Evangelio para nosotros pues, porque Él vive, nosotros también viviremos (Jn. 14:19). Y “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (He. 7:25). ¡Oh, la gloria de nuestro Señor resucitado! ¡Considérala profundamente, medítala con seriedad y, al hacerlo, escucha el claro sonido de las buenas nuevas de gran gozo! Para nuestro mayor consuelo, no miramos tanto a este precepto o a aquella promesa, sino a Jesús mismo, quien con su resurrección de entre los muertos, nos ha dado la prenda y la garantía más segura de nuestra liberación de la prisión de la culpa, de la mazmorra de la desesperación y del sepulcro de la muerte.
Una vez más, levanta tus ojos un poco más alto y observa la gloria de la entronización14 de nuestro Señor y de su segunda venida. Él está sentado a la diestra de Dios. El que una vez fue colgado en el madero de la vergüenza, ahora está sentado en el trono del dominio universal. En lugar del clavo, he aquí el cetro de todos los mundos en su bendita mano. Todas las cosas han sido puestas bajo sus pies. Jesús, “que fue hecho un poco menor que los ángeles… a causa del padecimiento de la muerte”, es ahora “coronado de gloria y de honra” (He. 2:9), y éste es el Evangelio para nosotros. Porque así queda claro que Él ha vencido a todos nuestros enemigos, y tiene todo el poder en el cielo y en la tierra a nuestro favor. Su aceptación por Dios es la aceptación de todos los que Él ama y Él ama a todos los que confían en Él. Su sentarse en la gloria es una promesa de que todos los redimidos por su sangre, se sentarán allí, a su debido tiempo.
Su segunda venida, la cual esperamos diariamente, es nuestra más divina esperanza. [Tal vez,] antes de que durmamos, “el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo” (1 Ts. 4:16); y “entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre” (Mt. 13:43). Entonces, terminarán nuestros fatigosos días: Las pugnas de lenguas, la lucha contra el pecado, las estratagemas15 del error —todo habrá terminado— y la verdad y la santidad reinarán supremas. Oh hermanos míos, si tan solo pudiera desprenderme de los impedimentos de la boca y de la lengua, y hablar con mi corazón sin estos [torpes] órganos, entonces los haría regocijar a ustedes, en la gloria de mi divino Maestro en su trono hoy y en su gloriosa aparición a la hora señalada. Si pudiéramos verlo como Juan lo vio en Patmos, podríamos desmayarnos a sus pies; pero sería con el éxtasis de la esperanza y no con el escalofrío de la desesperación.
Fíjate en esto: Cuanto menos tengas de Cristo, menos Evangelio tendrás en que confiar. Si eliminas a Cristo de tu credo, habrás destruido al mismo tiempo, todas sus buenas nuevas. Cuanto más Evangelio queramos predicar, más de Cristo debemos proclamar. Si elevas a Cristo, elevas el Evangelio. Si sueñas con predicar el Evangelio sin exaltar a Cristo en él, darás a la gente migajas, en vez de verdadero pan. En la medida en que el Señor Jesús es elevado a un trono glorioso y alto, Él llega a ser salvación para los hijos de los hombres. Un poco de Cristo significa un poco de Evangelio; pero el verdadero Evangelio es el Evangelio de la gloria de Cristo.
Tomado de un sermón predicado la mañana del Día del Señor, 31 de marzo de 1889, en el Tabernáculo Metropolitano de Newington.
Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista inglés; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra, Reino Unido.
El medio a través del cual el ojo espiritual contempla la gloria de Cristo es la fe. Es una gloria oculta hasta que el Espíritu eterno imparte este poderoso principio al alma… Si un hombre no ve la gloria de Cristo, no dudamos en decir de él que, con respecto a todos los demás objetos espirituales, está totalmente ciego —es todavía un extraño a la gracia iluminadora del Espíritu Santo—. Para ver la gloria del Redentor, el ojo debe ser espiritual —un objeto espiritual, sólo puede ser discernido por un órgano espiritual—. De ahí que el Apóstol ruegue en favor de los cristianos de Éfeso: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento” (Ef. 1-17:18). —Octavius Winslow
Footnotes
-
Ver Portavoz de la Gracia N° 14: La persona de Cristo. Disponible en Chapel Library. ↩
-
Languidecer – Volverse débil y frágil. ↩
-
Ensalzar – Alabar. ↩
-
Lisiados – Afectados por parálisis y temblores involuntarios. ↩
-
Ver Portavoz de la Gracia N° 38: Encarnación. Disponible en Chapel Library. ↩
-
Mediador – Literalmente, “uno que va entre”. Un intermediario. “Agradó a Dios, en su propósito eterno, escoger y ordenar al Señor Jesús, su Hijo unigénito, conforme al pacto hecho entre ambos, para que fuera el Mediador entre Dios y el hombre; Profeta, Sacerdote y Rey; Cabeza y Salvador de la Iglesia, el heredero de todas las cosas y Juez del mundo; a quien dio, desde toda la eternidad, un pueblo para que fuera su simiente y para que a su tiempo, lo redimiera, llamara, justificara, santificara y glorificara” (Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689. 8.1). Ver también, Portavoz de la Gracia N° 23: Cristo el Mediador. Ambos disponibles en Chapel Library. ↩
-
Se dignó – Se rebajó; concedió. ↩
-
Engalana – Decora, adorna. ↩
-
Púrpura imperial – Valioso pigmento que representaba riqueza y poder en la antigüedad. ↩
-
Considerar – Afirmar como un hecho. ↩
-
Ver Portavoz de la Gracia N° 42: Resurrección. Disponible en Chapel Library. ↩
-
Palpable – Fácil de ver; obvio. ↩
-
Justificación – La justificación es un acto de la gracia de Dios, en el que Él perdona todos nuestros pecados y nos acepta como justos delante de Él, sólo por la justicia de Cristo imputada a nosotros y recibida solo por fe (Catecismo de Spurgeon, Pregunta 32) y ver Portavoz de la Gracia N° 4: Justificación. Ambos disponibles en Chapel Library. ↩
-
Ver FGB 243, Ascension, en inglés, (Ascensión). Disponible en Chapel Library. ↩
-
Estratagemas – Planes o estrategias destinados a engañar a alguien o a obtener ventaja sobre él. ↩