La humillación de Cristo
William S. Plumer (1802-1880)
Respecto a la humillación1 del Salvador, el lenguaje de la Escritura es contundente: “Se despojó a sí mismo2, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:7-8). Éste es un bosquejo de la humillación de nuestro Señor, lo cual ha sido y será por siempre, la maravilla y el canto de los ángeles y de los hombres redimidos. Toda la historia de nuestro Señor en la tierra fue una serie de actos de despojarse a Sí mismo y de humillación.
Comencemos por las humildes circunstancias en las cuales, Él vino al mundo. El esposo de su madre era un artesano3, comúnmente considerado carpintero (Mt. 13:55). Tanto él como la madre de nuestro Señor, descendían de David (Lc. 2:4). Pero esta familia había caído tan bajo que cuando José y María llegaron a Belén, su ascendencia de David no les aseguró ninguna atención u hospitalidad; fueron alojados en un establo construido para el ganado. Allí, la madre de nuestro Señor, dio a luz a su hijo, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre porque no había lugar para ellos en el mesón (Lc. 2:7). Y cuando lo llevó para presentarlo [a Dios en el templo,] su ofrenda fue la de los más pobres: “Un par de tórtolas, o dos palominos” (Lc. 2:24). La ley de Moisés admitía esa ofrenda para quienes “no tenían lo suficiente para un cordero” (Lv. 12:8). Así, la más favorecida entre las mujeres, se encontraba en las profundidades de la pobreza y en un gran abandono. Su primogénito compartía su suerte. Sólo he oído hablar de un niño nacido en un establo —el santo niño Jesús—.
Al nacer, nuestro Señor tenía todas las debilidades de la infancia. Era indefenso y dependiente como los demás niños. La historia inspirada nos dice que Él “crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lc. 2:52). Él tuvo las pruebas de la infancia.
Apenas se supo de su nacimiento, Herodes el Grande, un hombre cruel y sanguinario, se propuso matarlo. Mató a todos los niños pequeños en un distrito de la tierra, con la esperanza de que así, seguro, destruiría a Jesús. Por la oportuna advertencia de Dios, aquel infante Salvador fue rescatado del mal que lo amenazaba; pero sólo mediante la huida a Egipto —Egipto, el “Rahab” y el “Leviatán” de las Escrituras—. El pueblo cruel, idólatra y degradado de aquella tierra tenía un odio hereditario e inveterado4 contra los judíos; pero ahora, su país era un asilo más seguro para esta bendita familia que cualquier ciudad o aldea de Judea.
A su regreso de Egipto, se establecieron en Nazaret. Por algunas razones, este lugar se había vuelto odioso5. Incluso, el ingenuo6 Natanael, compartió la aversión común y exclamó: “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” (Jn. 1:46). Jesús pasó la mayor parte de su vida allí hasta que cumplió los treinta años. Nazaret no es mencionada ni una sola vez en el Antiguo Testamento, ni por Josefo7. La profecía decía que Cristo sería “despreciado y desechado entre los hombres” (Is. 53:3)…
Nazaret era, con gran probabilidad, tristemente célebre por la ferocidad y brutalidad de su gente (Lc. 4:16-30). No era la sede de ninguna escuela famosa. Como lugar de residencia, tenía la ventaja de la privacidad y su posición geográfica era, verdaderamente, hermosa. Aquí vivió y trabajó nuestro Señor en el mismo oficio que José; pues sus propios compatriotas decían: “¿No es este el carpintero, el hijo de María?” (Mr. 6:3). Si había alguna escuela en Nazaret, Jesús no parece haber asistido a ella; pues los judíos decían: “¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?” (Jn. 7:15). Otra parte de la humillación de Cristo, consistió en ser tentado (He. 2:18; 4:15). Es cierto que el príncipe de este mundo no halló nada en Él (Jn. 14:30). En su alma santa no había combustible para ser encendido por los dardos de fuego; pero debe haberlo llenado de angustia que le hicieran sugerencias tan sucias. Hasta donde sabemos, su primer gran conflicto con el adversario fue en el desierto. Duró cuarenta días (Lc. 4:2). Cristo estaba a punto de comenzar su ministerio público y se retiró al desierto con el mejor deseo de estar en comunión con Dios. Pero Satanás lo fastidiaba continuamente. La tentación se fue agravando cada vez más hasta el final. El adversario le tentó entonces, para que utilizara su poder milagroso para probar su deidad a Satanás y para saciar su propia hambre, dado que no había comido nada durante cuarenta días. El maligno también le tentó a un acto de presunción, arrojándose desde el pináculo del templo. Por último, le ofreció inmensas posesiones y grandes honores, los reinos del mundo y la gloria de ellos, si cometía un acto de idolatría. El hecho de que estos asedios se le impusieran en su soledad, aumentó no poco, el poder de estos ataques. Aunque cada asalto fue un completo fracaso, el diablo se alejó de Él sólo por un tiempo (Lc. 4:13). El Salvador fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado (He. 4:15).
Como Jesús nació, así vivió y murió pobre. Dijo: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mt. 8:20). Durante su ministerio, parece que subsistió, principalmente, gracias a la caridad de algunas pobres mujeres piadosas. Sabía muy bien lo que era pasar hambre y necesidad. Cuando le exigieron un impuesto de capitación8, aunque para Él y Pedro no era más que media corona9, no pudo pagarlo sin un milagro.
Otro elemento de la humillación de Cristo es que fue designado para enfrentar extrema aflicción. Por encima de todos los que alguna vez vivieron, Él fue el “varón de dolores” (Is. 53:3). Estaba sujeto a la desilusión, al dolor, a la vejación, al sentimiento de injusticia, al sentimiento de la ingratitud de los hombres y los dolores que surgen del desprecio de todos los principios de la amistad. Su alma santa fue llenada de angustia por su cruel rechazo. “En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Jn. 1:10-11). Ninguno de los príncipes de este mundo le conoció (1 Co. 2:8). “Como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos” (Is. 53:3). Aquellas innumerables molestias, llamadas desaires, debieron haberle herido profundamente. La gente de la ciudad donde se había criado, se sintió tan ofendida por su primer sermón en la sinagoga que intentó acabar con su vida arrojándole desde una roca alta (Lc. 4:16-30). Y cuando afirmó que existía antes de Abraham, los judíos tomaron piedras para arrojárselas (Jn. 8:59). Por salvar a dos hombres de los tormentos más espantosos, seguido de la pérdida de algunos cerdos, toda la ciudad de los gadarenos, “le rogaron que se fuera de sus contornos” (Mt. 8:34). Preferían sus cerdos, sus locos y sus demonios, al Príncipe de la Paz. Después, en su juicio, los judíos gritaron: “Fuera, fuera” (Jn. 19:15). Preferían tener un asesino suelto en su comunidad, en lugar de que el Hijo de Dios enseñara por más tiempo sus doctrinas celestiales. Su clamor era: “No a éste, sino a Barrabás” (Jn. 18:40). Durante todo su ministerio, los líderes entre sus enemigos, negaron que Dios le hubiera enviado (Jn. 10:24-26). Nunca una misión estuvo tan bien atestiguada. Nunca hubo atestiguaciones10 tan malignamente rechazadas.
Y nunca se habían acumulado tantos duros nombres y epítetos oprobiosos11 sobre nadie. Sus enemigos decían que era un engañador (Jn. 7:12), “comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores” (Mt. 11:19). Decían que estaba aliado con el príncipe de los demonios y que obraba milagros por poder satánico. Sin duda, por encima de todos los demás, “sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo” (He. 12:3). Tampoco estas cosas dejaron de tener sus terribles efectos sobre su refinada y tierna naturaleza. “De tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer12 y su hermosura más que la de los hijos de los hombres” (Is. 52:14). Hablando en su nombre, el profeta dijo: “El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; y consoladores, y ninguno hallé” (Sal. 69:20). En otra parte, el mismo profeta había dicho en su nombre: “Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza” (Sal. 22:6-7).
Los anales de nuestra raza no ofrecen paralelo a su historia en cuanto a la falta de simpatía ante los asombrosos sufrimientos. Sus enemigos no consideraron indecentes sus palabras de mofa, ni sus burlas en medio de sus agonías (Mt. 27:40-43). En su mayor prueba, cuando más necesitaba los oficios de la amistad, sus “discípulos, dejándole, huyeron” (Mt. 26:56). El más audaz de todos sus seguidores, lo negó tres veces, y hasta con juramentos y maldiciones (Mr. 14:71). Nunca un amigo expresó en su rostro tanta sorpresa, pesar y reprensión como cuando Cristo miró a Pedro después de que cantó el gallo.
No sólo fue negado por un discípulo; Él fue traicionado por otro de una manera llena de vil hipocresía, incluso con un beso (Lc. 22:48). El motivo general de su traición fue la depravación de Judas. El motivo especial fue la codicia. Sin embargo, el hijo de perdición lo vendió por la mísera suma de treinta monedas de plata, la cantidad fijada por la ley de Moisés como el precio de un esclavo, que debía pagarse a su dueño si su muerte había sido causada por la cornada del buey de un vecino (Éx. 21:32). Al hablar proféticamente de esta suma, Zacarías la califica, mordazmente, de hermoso precio. [El profeta] arrojó la cantidad en desprecio al alfarero de la casa del Señor (Zac. 11:13).
Otro elemento en la humillación de nuestro Señor fue el carácter del testimonio en su juicio. Todos los testigos fueron sobornados13. Los judíos “buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte, y no lo hallaron, aunque muchos testigos falsos se presentaban” (Mt. 26:59-60). Es decir, la ley exigía dos testigos concurrentes y no encontraron dos que estuvieran de acuerdo. “Pero al fin vinieron dos testigos falsos, que dijeron: Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo” (Mt. 26:60-61). Estos testigos mintieron porque no le habían oído decir nada acerca de destruir el templo y lo que Él dijo era muy distinto de lo que ellos alegaban. “Destruid este templo” —es decir, matad este cuerpo— “y en tres días lo levantaré” (Jn. 2:19). La acusación era absurda y frívola, además de falsa. No es de extrañar que Jesús callara y no contestara nada. Evidentemente, los judíos pensaron que no habían presentado bien, ninguna acusación seria, pues trataron de obtener de Él una confesión de que Él era el Cristo, el Hijo del Bendito. Nuestro Señor [pensó] que era el momento oportuno para hablar y entonces, hizo esa “buena profesión” (1 Ti. 6:13), tan preciosa en la Iglesia desde entonces. Él dijo que Él era el Cristo.
El proceder del juez que presidió su juicio, si bien fue una vergüenza para sí mismo, fue una profunda humillación para Jesús. Si se puede confiar en la historia, Pilato era un monstruo de perfidia, avaricia, crueldad y obstinación14. Previamente, había caído sobre algunos pobres galileos y los había descuartizado mientras hacían sus ofrendas prescritas, mezclando así su sangre con sus sacrificios (Lc. 13:1). Ni la decencia de la vida, ni la solemnidad de la religión pudieron restringirlo. Una y otra vez, confesó que Jesús no había violado ninguna ley, que no había cometido ningún delito. Su esposa le advirtió que no hiciera nada contra aquel hombre justo. Sabía que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia. Temía perder su puesto si no dictaba sentencia contra Jesús. En vez de atenerse a sus propias y claras convicciones, se volvió hacia los malignos enemigos del inocente que sufría ante él y les preguntó cuál debía ser la sentencia (cf. Mt. 27:18-19, 24; Jn. 19:12-16). Antes de ceder a la violencia de la turba que rodeaba el tribunal, esta mercenaria y vacilante15 criatura, hizo un débil esfuerzo por convencer a los judíos de que el prisionero que tenía delante no debía morir, diciendo: “Pues ¿qué mal ha hecho?” (Mt. 27:23). Al fracasar en esto, pensó en salvar su popularidad y la vida de Jesús, ganándose la simpatía de ellos. Así que entregó a Cristo para que lo azotaran. Fue un castigo espantoso. Se desnudaba la espalda, se levantaban los brazos, se aplicaba el azote primero con la mano derecha y luego con la izquierda. Los hombres, a menudo, se desmayaban ante la espantosa visión. Todo esto había sido predicho por el profeta evangélico: “Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos” (Is. 50:6). Pero todo esto, no sirvió para apaciguar la ira de la maligna multitud. Tampoco fortaleció ningún propósito justo en el seno del juez. Así, entregó a su víctima inocente para que fuera crucificada (Mt. 27:26). A menudo, nos preguntamos: ¿Qué fue de Pilato? Su asesinato de los galileos y otros actos de violencia semejantes, probablemente, habrían causado su destitución, de no haber muerto Tiberio16. Sin embargo, cayó bajo el desagrado del sucesor de aquel emperador, fue degradado de su cargo, se convirtió en un miserable paria y terminó sus días, suicidándose.
Como la forma de juicio concedida a Jesús era una burla de toda justicia y decencia, así se mantuvo la burla hasta el final. “Le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban, diciendo: Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó” (Mt. 26:67-68). “Y desnudándole, le echaron encima un manto de escarlata, y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos! Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza. Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus vestidos, y le llevaron para crucificarle” (Mt. 27:28-31).
Sería maravilloso17, en verdad, que tan larga e insomne pena, tales azotes y golpes, no hubieran agotado sus fuerzas. Y así lo encontramos. Al principio, por orden de ellos, Él cargó con su propia cruz (Jn. 19:17); pero, como es de suponer, al desfallecer bajo ella, no pudo soportarla más. Ellos se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón. Mateo dice que le obligaron a llevar la cruz. Lucas dice que le pusieron la cruz para que la llevara detrás de Jesús (cf. Mt. 27:32; Lc. 23:26). No se sabe con certeza quién era este Simón, amigo o enemigo, ni cómo se sentía en la triste situación; pero probablemente, se sospechaba que se inclinaba por la causa de Cristo. No se sabe con certeza si cargó con toda la cruz o sólo con la parte posterior.
A medida que avanzaba la procesión, lo seguía una gran multitud del pueblo, y de mujeres que también lloraban y se lamentaban por Él. Pero Jesús, sabiendo que pronto pasaría sus tribulaciones y viendo la gloria que vendría después, volviéndose hacia ellas, les dijo: “No lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos”. Entonces, predijo el terrible destino de la ciudad santa (Lc. 23:27-31).
Al llegar al terrible lugar, Jesús fue, de nuevo, despojado de su ropa y clavado en la cruz. ¡Verdaderamente, esa era la hora de las tinieblas! Pocos días antes, el Hijo de Dios había llorado. La noche anterior, había sudado sangre (Lc. 22:44). Ahora Él está en la cruz, recibiendo de manos de los hombres, un castigo reservado a los peores criminales y a los esclavos. Algunos piensan que colgar de la cruz produjo dislocación. Así entienden esa frase: “Todos mis huesos se descoyuntaron” (Sal. 22:14). Otros piensan que se trata de un lenguaje figurado, descriptivo de una espantosa agonía, como si todos los huesos estuvieran dislocados. Tal vez sea ésta la opinión más probable. La teoría de la muerte por crucifixión era la extinción de la vida, no por estrangulamiento ni por pérdida de sangre, sino por angustia nerviosa. Las extremidades, sede de sensaciones muy sensibles, estaban heridas y laceradas. Las distorsiones del cuerpo eran terribles. Se confinaba a la víctima a una posición, lo que era una gran tortura si se prolongaba por mucho tiempo. Uno puede leer la historia de la crucifixión hasta que sus sentimientos se petrifiquen. Los detalles son, realmente, lacerantes. Sin duda, una descripción gráfica de ellos en una gran asamblea, haría que muchos se desmayaran. Pero el objeto de este capítulo no es [desgarrar] sensibilidades, sino mostrar cómo Jesús se humilló a Sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
¡Maravillosa cruz! Maravilloso madero… Pero la eficacia de la cruz no está en la madera, sino en la sangre derramada por Aquel que colgó de ella… Toda muerte en la cruz fue vergonzosa. La de nuestro Señor lo fue especialmente. Fue crucificado entre dos ladrones y con todas las marcas de la ignominia.
Tal fue la agonía de la muerte en la cruz que, por una cuestión de humanidad, parece haber sido costumbre administrar algún narcótico potente para producir insensibilidad. Se ofreció a nuestro Salvador “vino mezclado con mirra”, pero Él “no lo tomó” (Mr. 15:23). Obtuvo su solaz de otra fuente. Así como había desechado sus reproches y crueldades, también [rechazó] la copa estupefaciente que le ofrecieron. Cristo terminaría sus días con un intelecto despejado. No dejaría el mundo en un estupor voluntario. Sin embargo, incluso el ofrecimiento de vino mezclado con mirra, fue prontamente seguido de nuevas burlas (Mt. 27:42-43).
A menudo, la muerte en la cruz es llamada maldita. Y así fue, de hecho. Pablo dice: “Porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero” (Gá. 3:13). Se refiere a Deuteronomio 21:22-23: “Si alguno hubiere cometido algún crimen digno de muerte, y lo hiciereis morir, y lo colgareis en un madero, no dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero; sin falta lo enterrarás el mismo día, porque maldito por Dios es el colgado; y no contaminarás tu tierra que Jehová tu Dios te da por heredad”. Estos textos no enseñan que la miseria eterna siempre seguía a este tipo de muerte. Sabemos que no es así. El ladrón penitente pasó de la cruz al paraíso…
Aunque la sentencia dada por Pilato fue totalmente injusta y aunque fue con manos inicuas que Jesús fue crucificado y asesinado (Hch. 2:23), sin embargo, como Él voluntariamente y por la aprobación de Dios se puso en nuestro lugar, Él llevó “la maldición de la ley”, no por los suyos, sino por nuestros pecados. Sin duda, la ley mosaica apuntaba a la muerte de Cristo, pues por encima de todo lo que había vivido, Él fue “hecho maldición” (Gá. 3:13), aunque no por Sí mismo, sino “por nosotros”. No sólo fue abandonado por los hombres, sino también por Dios. El clamor más amargo que jamás se haya oído, salió de la cruz: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?”18 (Mr. 15:34).
No mucho después, nuestro Salvador clamó a gran voz y entregó el espíritu. Los verdugos admitieron que estaba muerto y ni amigos ni enemigos dudaron. El agua que brotó de su costado demostró que estaba muerto y frío. Pero el Señor del cielo y de la tierra no tenía sepulcro propio. El amor de uno de sus seguidores le aseguró su sepultura. José de Arimatea, un consejero honorable y un hombre rico, quien hasta entonces había mostrado mucha timidez, se presentó, osadamente, a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Compró una sábana y quitándolo, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en una peña, e hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro (Mr. 15:43, 46). Allí yacía el Señor rodeado de una fuerte guardia de soldados romanos. Éste fue el fin de su humillación.
Tomado de La Roca de nuestra salvación (The Rock of Our Salvation), 179-197, Sprinkle Publications, www.sprinklepublications.net.
William S. Plumer (1802-1880): Ministro y autor presbiteriano estadounidense; nacido en Greensburg, Pennsylvania, EE. UU.
Footnotes
-
Humillación – La obediente sumisión de Jesús a su Padre, expuesta en su vida humana. ↩
-
“Se despojó a sí mismo” – (Griego= ἀλλ᾽ ἑαυτὸν ἐκένωσε); significa, literalmente, “se vació a Sí mismo”. ↩
-
Artesano – Experto en cualquier arte u oficio. ↩
-
Inveterado – Establecido desde hace mucho tiempo, que está arraigado profundamente. ↩
-
Odioso – Repulsivo; detestable. ↩
-
Ingenuo – Sin malicia y sin engaño. ↩
-
Tito Flavio Josefo (37 d.C. - c.100) – Historiador judío-romano del siglo I. ↩
-
Capitación – Impuesto o tasa que se paga por cada persona; impuesto por cabeza. ↩
-
Media corona – Media moneda británica que vale veinticinco peniques. ↩
-
Atestiguaciones – Testimonios; pruebas. ↩
-
Duros nombres y epítetos oprobiosos – Denominaciones ásperas, crueles y términos de desprecio. ↩
-
Parecer – Rostro, apariencia. ↩
-
Sobornados – Comprados para dar pruebas falsas. ↩
-
Perfidia… obstinación – Traición, avaricia, causar sufrimiento sin piedad y terquedad. ↩
-
Mercenaria y vacilante criatura – Ávido y fluctuante entre opiniones. ↩
-
Tiberio Julio César Augusto (42 a. C.-37 d. C.) – Emperador romano. ↩
-
Maravilloso – Sorprendente; increíble. ↩
-
Eloi, Eloi, ¿lama sabachthani? – En arameo significa “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. ↩