La gloria de Cristo
John Owen (1616-1683)
La gloria de Cristo es la gloria de la persona de Cristo. Por eso, Él la llama “mi gloria” (Jn. 17:24), la que me pertenece a mí, a mí persona.
La primera cosa gloriosa que aprendemos sobre la persona de Cristo es que Él es la revelación perfecta del Padre. Esta revelación del Padre es para beneficio de la Iglesia, pues contemplamos “la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co. 4:6).
La gloria de Dios incluye tanto las propiedades santas de su naturaleza como las cosas que Él se ha propuesto hacer. La única forma en que podemos conocer estas cosas de Dios es “en la faz” o persona “de Jesucristo porque Él es “la imagen de Dios” (2 Co. 4:4). Él es “el resplandor de su gloria [la del Padre] y la imagen misma de su sustancia” (He. 1:3). Él es “la imagen del Dios invisible” (Col. 1:15).
Pero Cristo es especialmente glorioso porque Él y sólo Él, nos revela perfectamente la naturaleza y la voluntad de Dios para nosotros. Sin Cristo, no habríamos sabido nada verdaderamente de Dios porque Él habría sido eternamente invisible para nosotros. Nunca habríamos visto a Dios en ningún momento, ni en esta vida ni en la porvenir (Jn. 1:18).
En su Persona divina1, Cristo es la imagen esencial de Dios Padre. Él está en el Padre y el Padre en Él, existiendo ambos en la unidad de la misma esencia divina (Jn. 14:10). Además, Él está con el Padre y es la imagen esencial del Padre (Jn. 1:1; Col. 1:15; He. 1:3). Pero cuando asumió la naturaleza humana, Él vino a ser el representante de la imagen de Dios ante la Iglesia, de modo que, sólo por medio de Cristo, comprendemos las cosas maravillosas y excelentes de la naturaleza y la voluntad de Dios (2 Co. 4:6). Sin Cristo, Dios seguiría siendo para nosotros el “Dios invisible”. Sólo vemos la gloria de Dios en la persona de Cristo.
Ésta es la gloria que el Padre le dio y que nosotros, por la fe, podemos contemplar. Sólo Él da a conocer, tanto a los ángeles como a los hombres, la gloria esencial del Dios invisible, sin la cual, una perpetua oscuridad habría cubierto toda la creación.
El fundamento de nuestra religión, la roca sobre la cual la Iglesia está edificada, la base de todas nuestras esperanzas de salvación, de vida y de inmortalidad, es la revelación que ha sido hecha de la naturaleza y de la voluntad de Dios por Jesucristo. Por tanto, si Cristo falla, si Él, la Luz del mundo se convierte en tinieblas, entonces estaremos perdidos para siempre. Pero si esta Roca se mantiene firme, la Iglesia está segura y triunfará para siempre.
Es como el representante de Dios que el Señor Cristo es sumamente glorioso. Aquellos que no pueden ver su gloria por la fe, no lo conocen. Cuando lo adoran, adoran una imagen de su propia invención. No ver que Cristo es el único representante verdadero de la gloria de Dios para las almas de los hombres es ser un incrédulo. Éste fue el triste estado de los judíos y gentiles incrédulos de la antigüedad. Ellos no lo hicieron, no quisieron, no pudieron contemplar la gloria de Dios en Él; por eso, no creyeron en Él (Ver 1 Co. 1:21-25). El que no ve en Cristo, la sabiduría y el poder de Dios, y todas las demás propiedades santas de la naturaleza divina —como también, ver en Él, el único camino de salvación— es, para decirlo sin rodeos, un incrédulo.
La esencia de la fe consiste en glorificar a Dios (Ro. 4:20). Pero no podemos hacerlo sin la revelación de las gloriosas cualidades de su naturaleza divina. Estas cualidades y glorias de la naturaleza divina nos son reveladas únicamente por Cristo.
Es sólo por Cristo que podemos glorificar a Dios, correcta y aceptablemente. Por lo tanto, el gran propósito del diablo, cuando el Evangelio fue predicado por primera vez, era cegar los ojos del entendimiento de los hombres y llenar sus mentes de prejuicios para que no pudieran contemplar su gloria… Esta ceguera es quitada de las mentes y los corazones de los creyentes, sólo por el poder omnipotente de Dios porque Pablo nos dice que Dios, quien ordenó que la luz resplandeciera de las tinieblas, ha resplandecido en nuestros corazones con “el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co. 4:6). El incrédulo mundo de judíos y gentiles pereció bajo estas tinieblas; lo mismo sucede con todos los incrédulos actuales que niegan que Jesús sea verdaderamente Dios y también, verdaderamente hombre porque si Cristo fuera sólo un hombre, nunca podría habernos representado verdaderamente a Dios porque ninguna mera criatura puede jamás representar, verdaderamente, la naturaleza divina.
Tomado de La gloria de Cristo (The Glory of Christ), ed. R.J.K. Law (Edinburgh; Carlisle: The Banner of Truth Trust, 1994), 11-13, www.banneroftruth.org, usado con permiso.
Footnotes
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Ver Portavoz de la Gracia N° 43: La deidad de Cristo. Disponible en Chapel Library. ↩