La crucifixión de Cristo
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
“Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12:32).
La crucifixión es la gloria de Cristo1. Él utiliza las palabras levantado para expresar la forma de su muerte. “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir” (Jn. 12:32-33). Pero observa la escogencia de la palabra para expresar su muerte. No dice: “Yo, si fuere crucificado; yo, si fuere colgado en el madero”; no, sino “yo, si fuere levantado”.
Y en el griego, está el significado de exaltación: “Yo, si fuere exaltado —Yo, si fuere levantado en alto—”. Él tomó la forma externa y visible de la cruz, siendo un levantamiento de Él, para ser el tipo y símbolo de la gloria con la cual, la cruz debería investirle, incluso a Él. “Yo, si fuere levantado”.
Ahora, la cruz de Cristo es la gloria de Cristo. Les mostraremos cómo. El hombre busca ganar su gloria al dar muerte a otros como sacrificio —Cristo, mediante la muerte de Sí mismo como sacrificio—. Los hombres buscan obtener coronas de oro —Él buscó una corona de espinas—. Los hombres piensan que la gloria radica en ser exaltado sobre otros —Cristo pensó que su gloria radicaba en convertirse en un “gusano, y no hombre” (Sal. 22:6), una burla y un oprobio entre todos los que le contemplaban—. Se rebajó cuando venció y consideró que la gloria residía tanto en rebajarse como en la conquista.
Cristo fue glorificado en la cruz, decimos nosotros, primero, porque el amor es siempre glorioso. Si yo pudiera preferir cualquier gloria, pediría ser amado por los hombres. Ciertamente, la mayor gloria que un hombre puede tener entre sus semejantes, no es la de la mera admiración, cuando le miran fijamente al pasar por la calle y se agolpan en las avenidas para contemplarle mientras cabalga en su triunfo. La mayor fama, la mayor gloria de un patriota es el amor de su patria, sentir que jóvenes y doncellas, ancianos y señores2, están dispuestos a caer a sus pies por amor, a renunciar a todo lo que tienen para servir a quien les ha servido a ellos.
Ahora, Cristo ganó más amor por la cruz del que jamás ganó en otra parte. “Oh Señor Jesús, nunca habrías sido tan amado, si te hubieras sentado en el cielo para siempre, como eres amado ahora desde que te rebajaste hasta la muerte. Ni los querubines3, ni los serafines,4 ni los ángeles vestidos de luz, pudieron jamás amar con corazones tan cálidos como tus redimidos de arriba o, incluso, tus redimidos de abajo. Te ganaste el amor más abundantemente por el clavo que por tu cetro. Tu costado abierto no te trajo vacío de amor porque tu pueblo te ama con todo su corazón”. Cristo ganó gloria por su cruz. Él nunca fue tan elevado como cuando fue abatido y el cristiano dará testimonio de que, aunque ama a su Maestro en cualquier parte, nada conmueve su corazón hasta el éxtasis y la vehemencia del amor como la historia de la crucifixión y las agonías del Calvario.
Otra vez: Cristo, en ese momento, ganó mucha gloria por la fortaleza5. La cruz fue una prueba de la fortaleza y la fuerza de Cristo, y en ella, había un jardín en el que podría plantarse su gloria. Los laureles6 de su corona fueron sembrados en un suelo saturado con su propia sangre…Cristo consideró la cruz como su camino al honor. “¡Oh!”, dijo Él, “ahora será el tiempo de resistir: He sufrido mucho, pero sufriré más y entonces, ¡el mundo verá cuán fuerte y amoroso corazón tengo!”. ¡Cuán paciente es el Cordero, cuán poderoso para soportar! Cristo nunca habría tenido tales clamores7 de alabanza y tales cantos de honor como los que ahora gana, si hubiera evitado el conflicto, la batalla y la agonía. Podríamos haberle bendecido por lo que Él es y por lo que deseaba hacer; podríamos haberle amado por los mismos anhelos de su corazón; pero nunca podríamos haberle alabado por haber resistido con fortaleza, por su espíritu intrépido8, por su amor inquebrantable, si no le hubiéramos visto sometido a la dura prueba de la crucifixión y a las agonías de aquel horrible día. Cristo ganó la gloria al ser crucificado.
Otra vez: Cristo consideró su crucifixión como la culminación de toda su obra; por lo tanto, la consideró como una exaltación. La culminación de una empresa es la cosecha de su honor. Aunque miles han perecido en las regiones árticas y han obtenido fama por su intrépida conducta, sin embargo, amigos míos, el hombre que al fin descubre el paso, es el más honrado de todos y, aunque recordaremos para siempre a aquellos hombres audaces que se abrieron paso a través del invierno con toda su fuerza y se atrevieron a los peligros de las profundidades, sin embargo, el hombre que lleva a cabo la hazaña gana más que su parte de gloria.
Ciertamente, el logro de una empresa es justo el punto del cual pende el honor. Y, oyentes míos, Cristo anhelaba la cruz porque la esperaba como la meta de todos sus esfuerzos. Iba a ser el lugar sobre el cual podría decir: “Consumado es” (Jn. 19:30). Él nunca hubiera podido decir: “Consumado es”, en su trono; pero en su cruz, Él sí pudo clamar esto. Prefirió los sufrimientos del Calvario a los honores de la multitud que se agolpaba a su alrededor porque, por más que predicara, por más que los bendijera, por más que los sanara, su obra seguía sin terminar. Estaba en estrecho9. Tenía un bautismo con el cual ser bautizado y ¡cuán angustiado estaba hasta que se cumpliera! (Lc. 12:50). “Pero”, dijo, “ahora yo ansío mi cruz porque es la piedra superior10 de mi obra. Anhelo mis sufrimientos porque serán la consumación de mi gran obra de gracia”. Hermanos, es el fin lo que trae el honor; es la victoria la que corona al guerrero, en vez de la batalla. Así, Cristo anhelaba esto, su muerte, para poder ver la culminación de su obra. “Sí”, dijo Él, “cuando sea crucificado, seré levantado y exaltado”.
Y, una vez más, Cristo contempló su crucifixión con los ojos de una firme fe como la hora del triunfo. Sus discípulos pensaron que la cruz sería una degradación; Cristo miró a través de lo externo y visible, y contempló lo espiritual. “La cruz”, dijo Él, “el madero de mi condenación puede parecer maldito con ignominia, y el mundo se parará alrededor y silbará al crucificado. Mi nombre será para siempre deshonrado como el de uno que murió en el madero; y los criticones11 y burladores podrán para siempre, echar en cara a mis amigos que morí con el malhechor12; pero yo no miro la cruz como ustedes. Conozco su ignominia, pero resisto la vergüenza —estoy dispuesto a soportarlo todo—. Veo la cruz como la puerta del triunfo, como el portal de la victoria. Oh, ¿puedo decirte lo que contemplaré en la cruz? Justo cuando mis ojos estén inundados con la última lágrima y cuando mi corazón esté palpitando13 con su último dolor; justo cuando mi cuerpo esté desgarrado con su último estremecimiento14 de angustia, entonces mis ojos verán la cabeza herida del dragón (Gn. 3:15); verán las torres del infierno desmanteladas y su castillo caído. Mis ojos verán a mi simiente, eternamente salvada; contemplaré a los redimidos saliendo de sus prisiones. En ese último momento de mi condenación, cuando mi boca se esté preparando para su último clamor de ‘consumado es’, ¡veré llegar el año de mis redimidos, gritaré mi triunfo en la liberación de todos mis amados! ¡Ay!, y veré entonces el mundo, mi propia tierra conquistada y los usurpadores todos destronados, y contemplaré en visión las glorias de los últimos días cuando me siente en el trono de mi padre David y juzgue la tierra, ¡acompañado con la pompa de los ángeles y el clamor de mis amados!”.
Sí, Cristo vio en su cruz las victorias de ella y, por eso, ansiaba y anhelaba que fuera el lugar de la victoria y el medio de la conquista. “Yo”, dijo Jesús, “si fuere levantado, si fuere exaltado”. Él establece su crucifixión como siendo su gloria…
Y ahora, termino notando el último dulce pensamiento: “Yo, si fuere levantado, a todos atraeré a mí mismo”. Entonces, Cristo Jesús atraerá a todo su pueblo al cielo. Él dice que los atraerá a Sí mismo. Él está en el cielo; entonces, Cristo es el carruaje en el que las almas son atraídas al cielo. El pueblo del Señor está en su camino al cielo; es llevado en brazos eternos y esos brazos son los brazos de Cristo. Cristo los está llevando a su propia casa, a su propio trono. Su oración: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo” (Jn. 17:24), será cumplida plenamente. Y está siendo cumplida ahora, pues Él es como un fuerte corcel15 que atrae hacia Sí mismo a sus hijos en el carruaje del pacto de gracia16. ¡Oh! Bendito sea Dios, la cruz es el tablón sobre el cual nadamos hacia el cielo; la cruz es el gran transporte del pacto que resistirá las tormentas y alcanzará el deseado cielo. Éste es el carruaje, cuyas columnas son de oro y su base de plata; y está forrado con la púrpura de la expiación17 de nuestro Señor Jesucristo.
Y ahora, pobre pecador, le pido a Dios que Cristo te perdone. Recuerda su muerte en el Calvario; recuerda sus agonías y su sudor sangriento —todo esto lo hizo por ti, si tú te [reconoces] pecador—. ¿No te atrae esto hacia Él?
“Aunque eres culpable, Él es bueno,
Él lavará tu alma en la sangre de Jesús”.
Te has rebelado contra Él y te has sublevado; pero Él dice: “Convertíos hijos rebeldes” (Jer. 3:22). ¿No te atraerá su amor? Yo ruego que ambos tengan su poder e influencia para que seas atraído a Cristo ahora y, al final, seas atraído al cielo. ¡Qué Dios te conceda bendición por el amor de Jesús! Amén.
Tomado de un sermón predicado el 5 de julio de 1857, en el Music Hall, Royal Surrey Gardens.
En este momento, hay un carbón de amor ardiente en el pecho de Cristo. Este fuego es ciertamente eterno, pero las llamas son tan ardientes hoy como siempre. Ahora es cuando Cristo ama y vive, y ¿[por qué vive], sino sólo para amarnos e interceder por nosotros? Cristo hace de nuestra salvación, su vocación constante; Él siempre está trabajando: “Ayer, y hoy y por los siglos” (He. 13:8). No hay una hora en el día, ni un día en el año, ni un año en una era, en la que Cristo no esté ocupado con su Padre en este empleo celestial de interceder por nosotros. Él nos amó antes de morir por nosotros, siendo su amor la causa por la cual murió por nosotros y nos ama aun en que ahora intercede por nosotros. Es tanto como decir: “Cristo nos ha amado y no se arrepiente de su amor”. El amor lo hizo morir por nosotros y si tuviera que hacerlo de nuevo, moriría de nuevo. Sí, si nuestros pecados hubieran requerido que Cristo muriera varias veces por cada persona elegida, el amor, el amor lo habría dispuesto voluntariamente en todas esas muertes. Oh, el amor de Cristo hacia nuestras pobres almas… Él nos lleva sobre sus hombros como un hombre que encuentra a su oveja, y “la pone sobre sus hombros gozoso” (Lc. 15:5). No, aún debo acercarme más porque Cristo, por su intercesión, nos acerca aún más: “Su [mano] izquierda esté debajo de mi cabeza, y su [mano] derecha me abrace” (Cnt. 2:6). En el cielo, Él nos lleva como un brazalete alrededor de sus brazos, el cual hace a la esposa clamar: “Ponme como un sello… sobre tu brazo” (Cnt. 8:6). Nos estampa e imprime en las palmas de sus manos: “He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida” (Is. 49:16), como si nuestros nombres estuvieran escritos con letras de sangre sobre la carne de Cristo. Nos pone como un sello en su corazón y esa, también es la expresión del esposo: “Ponme como un sello sobre tu corazón” (Cnt. 8:6). Sí, tan preciosos son los santos para Jesucristo que se alojan en el cielo en sus entrañas y en su corazón, pues moran en Cristo: “En esto sabemos que permanecemos en él” (1 Jn. 4:13). Y moran en Dios y moran en el amor: “Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios” (1 Jn. 4:16). No sé qué más decir. Ya saben, la costumbre de los sumos sacerdotes era llevar los nombres de los hijos de Israel al Lugar Santísimo sobre sus hombros y sobre sus pechos; pero ¿se ha oído alguna vez que algún sumo sacerdote —además del gran “sumo sacerdote de nuestra profesión” (He. 3:1)— llevara los nombres de miles y millones sobre sus hombros, en sus brazos, en sus manos, en su pecho y en su corazón… como un memorial ante el Señor? ¡Oh, amor incomparable! — Isaac Ambrose.
Footnotes
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Ver Portavoz de la Gracia N° 36: Cristo en la cruz. Disponible en Chapel Library. ↩
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Señores – Antiguo título de tratamiento para hombres de rango y autoridad. ↩
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Querubines – Seres angelicales representados como parte humanos y parte animales. ↩
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Serafines – Ángeles del más alto orden, con seis alas, manos y pies (Is. 6:1-6). ↩
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Fortaleza – Coraje inquebrantable para soportar el dolor o la adversidad. ↩
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Laureles – Hojas de un árbol de laurel tejidas en una corona, que se usa en la cabeza como símbolo de victoria o como marca de honor. ↩
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Clamores – Canciones de alabanza, de acción de gracias o de triunfo. ↩
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Intrépido – Sin miedo. ↩
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En estrecho – Angustiado por la fuerza de las circunstancias. ↩
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Piedra superior – Piedra que forma la parte más alta de algo. ↩
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Criticones – Aquellos que plantean objeciones insignificantes y molestas. ↩
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Malhechor – Criminal. ↩
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Palpitando – Latiendo con un pulso rápido. ↩
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Estremecimiento – Temblor o hormigueo provocado por una emoción intensa. ↩
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Corcel – Caballo grande y poderoso, usado en la batalla. ↩
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Pacto de Gracia – Es el propósito misericordioso de redención de Dios, diseñado antes de la creación del mundo, anunciado por primera vez en Génesis 3:15, revelado progresivamente en la historia, y cumplido en la persona y obra de Jesucristo, cuyo beneficio se aplica a todos los que creen en Él (Gn. 3:15; Gn. 12:1-3; 2 S. 7:5-17; Jer. 31:31-34; Gá. 3). ↩
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Expiación – Reconciliación con Dios mediante la eliminación o el encubrimiento de la culpa del pecado. Esto fue logrado mediante el sacrificio de Jesucristo. Ver Portavoz de la Gracia N° 51: Expiación. Disponible en Chapel Library. ↩