La belleza de Cristo
Octavius Winslow (1808-1878)
No hay belleza como la belleza de Cristo. Podríamos esperar que tal gloria divina, si alguna vez hiciera tabernáculo en la tierra —la resplandeciente Shekinah1 del mundo— estaría consagrada en un templo digno en todos los aspectos de su dignidad. Por eso, encontramos un lenguaje como éste: “Por lo cual, entrando en el mundo, dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo” (He. 10:5). Fue un cuerpo preparado por el Espíritu Santo, de carne real, pero sin pecado, en el cual, iba a habitar el Hijo de Dios. De ahí que el artista inspirado, al retratar la belleza de Cristo como hombre, lo represente como “eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios” (Sal. 45:2). Siendo Él mismo, la fuente y autor de toda belleza, su propia belleza eclipsa todo.
Amamos rastrear las creaciones de su belleza en las variadas e interminables formas de hermosura que aún perduran, adornando y enriqueciendo este mundo caído. Esas brillantes constelaciones: Cristo las creó; esos soles ardientes: Cristo los encendió; esos Alpes cubiertos de nieve, esas colinas coronadas de nubes: Cristo las levantó; esos verdosos2 valles: Cristo los extendió; esa ruborizada rosa, ese gracioso lirio, ese exquisito helecho, esa curiosa flor marina arrojada en la orilla, esa violeta al borde del camino que protege del sol a la gota de rocío, ese arroyo sinuoso, ese bosque frondoso: ¡Cristo lo formó y lo trazó todo! Cristo revistió ese magnífico paisaje con su manto de verde vivo, perfumó el aire con su fragancia y vació el hueco de la profundidad de ese océano en expansión, marcado con hoyuelos3 de belleza por la suave brisa o terrible en su grandeza cuando es hollado por la gigantesca tormenta. En verdad, “todo lo hizo hermoso a su tiempo” (Ec. 3:11). ¡Oh! me deleito al ver al Dios encarnado, quien murió para salvar, esparciendo de la gran riqueza de sus propios recursos ilimitados, todas estas joyas, haciendo que el hogar pecaminoso del hombre sea tan rico, tan agradable, tan atractivo.
Pero su propia belleza, ¿quién podría describirla? Su persona tan hermosa, su naturaleza tan santa, su corazón tan afectuoso, su espíritu tan gentil, su mirada tan cautivadora, su voz tan tranquilizadora. Todo su carácter, vida y conducta, tan impregnados y resplandecientes con toda perfección humana, espiritual y divina. En verdad, no era un cuadro imaginario y no era mera imaginería oriental con la cual la Iglesia, en su justa y elevada concepción, lo describió como “señalado entre diez mil” (Cnt. 5:10) y “todo él codiciable” (Cnt. 5:16).
Pero la belleza de Cristo es compartida con todos aquellos que tienen unión con Él. Lavado en su sangre, revestido con su justicia y adornado con sus gracias, cada creyente es hermoso por su hermosura puesta sobre él. Y hay más maravilla porque hay más de Dios; hay más belleza porque hay más de Cristo en ese pobre pecador que se aferra en penitencia4, fe y amor a la cruz, mirando a Dios como un hijo perdonado y palpitando con una vida derivada del Espíritu que mora en él, más que en toda esta vasta creación, esmaltada y centelleante con infinitas formas de hermosura.
Lector, ¿ha captado tu atención la belleza de Cristo y ha penetrado en tu alma, transformándote, reflejando su imagen en tus principios semejantes a los de Cristo, en tu espíritu semejante al de Cristo, en tu andar semejante al de Cristo, en toda tu vida semejante a la de Cristo? Entonces, por tenue e imperfecta que sea la copia, antes de que pase mucho tiempo, será completada cuando “tus ojos verán al Rey en su hermosura” (Is. 33:17) y te unirás a la muchedumbre impecable que rodea el trono de Dios y el Cordero. ¡Oh! Entonces, ocúpate en contemplar, estudiar y reflejar la belleza de Cristo, pues ¡no hay belleza como la suya! “Es un retrato acabado”, exclamó un infiel consumado, cuando el carácter de Cristo fue delineado a su vista. Es un retrato acabado: Examínalo, transfiérelo a ti mismo y ten cuidado de no permitir que la belleza de una criatura —un ser de belleza y amor humanos— cubra con un velo o ensombrezca un centelleo de la incomparable belleza de Cristo ante tus ojos.
Tomado de Ninguno como Cristo (None Like Christ) (New York: Anson D. F. Randolph, 1868), 21-27, de dominio público.
¿En qué consiste, por tanto, esa gran comunión de gloria que habrá en el cielo? En ver la gloria de Cristo, quien es la imagen del Dios invisible que es adorado. Como Dios mismo era invisible, ha estampado su gloria en su Hijo. —Thomas Goodwin
Footnotes
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Resplandeciente Shekinah – La deslumbrante gloria de Dios que se hace visible al ojo humano en forma de una nube radiante de luz. Apareció, por primera vez, en el Éxodo como una columna de nube durante el día y de fuego por la noche (Éx. 13:21-22). Más tarde, cubrió el Sinaí (Éx. 24:16), llenó el tabernáculo (Éx. 40:34-35) y llenó el templo (1 R. 8:11). Es significativo que Ezequiel describió su desaparición a causa del pecado (Ez. 10:18). Después de una larga ausencia, la gloria de la Shekinah reapareció en Cristo en la transfiguración (Mt. 17:5). ↩
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Verdosos – Verde por el césped u otra rica vegetación. ↩
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Hoyuelos – Marcas con ondulaciones. ↩
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Penitencia – Arrepentimiento por los propios pecados. ↩