El amor de Cristo

Octavius Winslow (1808-1878)

No hay amor como el amor de Cristo. La asociación por contraste nos ayudará aquí. Dios, quien es amor (1 Jn. 4:8), es el autor de todo afecto humano. El amor es creación de la Deidad, el descendiente del cielo, el reflejo de Dios y aquel, cuya alma está más repleta del amor divino, es el más semejante a Dios. A pesar de que nuestra humanidad está paralizada por la Caída, manchada por el pecado, el corazón humano sigue siendo el hogar del amor en algunas de sus formas más elevadas y puras. Es imposible contemplar sus creaciones sin la más profunda reverencia. ¿Quién puede, por ejemplo, estar en presencia del amor de una madre y no sentirse asombrado por su dignidad, conquistado por su poder y derretido por su ternura?

Pero hay un amor que lo iguala, un amor que lo supera, un amor que lo sobrepasa —¡el amor de Cristo!—. Establece tu contraste. Selecciona entre las diversas relaciones de la vida, la más cercana y querida; escoge entre esas relaciones, el amor más profundo, más puro, más verdadero que jamás haya calentado el pecho humano, impulsando a actos generosos y nobles, a expresiones tiernas y conmovedoras, a sacrificios costosos y preciosos. Colócalo junto al amor divino que te escogió, el amor que te rescató, el amor que te llamó, el amor que te alivia, el amor cuyo párpado nunca se cierra, cuyos tonos nunca cambian, cuyo calor nunca se enfría, cuya mano nunca se retira —“el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento” (Ef. 3:19) y es la antítesis1 misma del egoísmo—‍. El amor de Cristo se destaca en la “historia del amor” como el más divino, el más santo, el más fuerte de todos los amores —inigualable, incomparable, insuperable—. ¡Oh, no hay amor como el amor de Cristo! Identifiquemos sus características:

  1. El amor de Cristo es un amor revelador. Levanta el velo del corazón de Dios y muestra cuanto me ama ese corazón. Yo no habría sabido nada del amor de mi Padre celestial, de no ser por el amor de mi Salvador en la tierra. Y esa alma penitente y creyente que siente palpitar en su pecho el pulso más suave y gentil del amor de Cristo, conoce más el corazón de Dios, ve más la gloria de Dios y comprende más el carácter de Dios, que si la tierra, el cielo y el mar recogieran todas sus maravillas y las pusieran a sus pies.

  2. El amor de Cristo es un amor condescendiente2. Ningún otro amor se rebajó jamás como el amor de Cristo. Ve a Belén y contempla su humildad; y cuando regreses, detente un momento en Getsemaní y mira su dolor, luego, sigue tu camino hacia el Calvario y aprende en la ignominia3, en la maldición, en la oscuridad, en el abandono, en las torturas, en la marea carmesí de esa cruz, cuán bajo ha condescendido el amor de Cristo. ¡Y todavía condesciende! Se inclina ante todas tus circunstancias. Descubrirás que éste cancelará todos los nubarrones4 de la culpa, aligerará la presión de cada pecado, curará las heridas de cada cruz, alcanzará las profundidades de cada pena, iluminará y alegrará la lúgubre soledad de cada camino. ¡Oh! ¿Existe un hogar en la tierra, donde el amor de Cristo ama morar más, donde lo encontrarás con más frecuencia, sí, donde siempre lo encontrarás? ¡Es el corazón —quebrantado, contrito5 y humillado por el pecado—!

  3. El amor de Cristo es un amor abnegado. “También Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef. 5:2). Qué vida tan laboriosa, qué muerte tan sufrida fue la suya, y todo no fue más que el pago y la efusión6 de su amor. Él obedeció todos los preceptos de la Ley quebrantada, soportó todos los castigos de una exigente justicia. La senda que lo condujo de Belén al Calvario envolvió su solitario camino con escenas de humillación e insulto, de pruebas y privaciones7, la tormenta se hizo cada vez más oscura, los truenos arreciando cada vez más y los relámpagos centelleando cada vez más brillantes, hasta que sus principales horrores se reunieron en torno a la cruz y aplastaron al Hijo de Dios. ¡Oh maravilloso amor de Cristo! ¿Qué más podrías hacer que lo que has hecho? ¿Hasta qué profundidad más baja de ignominia podrías rebajarte? ¿Qué dolor más oscuro podrías soportar? ¿Dónde se ha visto jamás otra cruz que haya empalado a una víctima como ésta o que haya ilustrado tanto amor?

  4. Tampoco hay ningún amor más perdonador que el amor de Cristo. El perdón de las ofensas es un elemento esencial del verdadero afecto. No podemos ver cómo el amor puede existir al mismo tiempo y en el mismo pecho con un espíritu inflexible, implacable, que no perdona. El verdadero amor es una pasión tan única y elevada, tan divina y semejante a Dios en su naturaleza y propiedades, que no podemos concebirlo sino en alianza con todo sentimiento ennoblecedor, elevador y digno. El egoísmo, la malignidad, la venganza, la falta de caridad y todas las malas palabras son pasiones de nuestra humanidad caída y depravada, tan odiosas y degradantes que parecería imposible que pudieran existir, ni por un instante, en la misma atmósfera con el verdadero afecto.

Pero una forma aún más elevada, una encarnación más sublime8 del amor nos es presentada en el amor de Dios que es en Cristo Jesús. Dios no puede amar —lo decimos con reverencia— y no perdonar. Aquellos a quienes Dios ama, Dios perdona. Es incuestionable que Dios considera a cada individuo de la raza caída con un sentimiento de benevolencia porque “hace salir su sol sobre malos y buenos, y […] hace llover sobre justos e injustos” (Mt. 5:45); pero a aquellos a quienes el amor de Dios es extendido —su amor eterno, especial y redentor— también les es extendido el perdón lleno de gracia, pleno y eterno de todo pecado. Dios no podría amar a un ser y entregarlo a manos de una justicia severa y vengadora. El amor divino nunca perderá el objeto más bajo e indigno de sus afectos.

Lector mío, si eres consciente de que amas a Dios, aunque tu afecto no sea más que una brasa que arde o una chispa que brilla tenuemente, ten la certeza de esto: Dios te amó primero (1 Jn. 4:19) y amándote, te ha perdonado; y perdonándote, te preservará en su reino celestial para que puedas contemplar su gloria y disfrutar de su presencia para siempre.

Repetimos la observación: No hay amor más perdonador que el amor de Cristo. Un amor humano puede vacilar y titubear por un instante; puede detenerse en el mal infligido, en el daño hecho, en la herida que aún sangra; puede, en su mismo silencio, hablar en tonos de inexpresable tristeza, de confianza traicionada, de sentimientos lacerados9, de amistad burlada10 y al corazón puede resultarle difícil readmitir al malhechor —el ofensor perdonado y la ofensa olvidada— de nuevo en sus brazos. ¡Pero no a Jesús! Él ha cancelado, obliterado11, borrado toda sombra de los pecados de su pueblo y no vendrán más a la memoria. “Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mt. 18:21-22).

Contrasta este amor, lector mío —el discípulo que perdona, el Salvador que perdona— y exclama luego: “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia” (Mi. 7:18).

Tampoco hay amor, tan gentil, tan paciente, tan perdurable, como el amor de Cristo. Una y otra vez lo has cuestionado, lo has herido, lo has abandonado; una y otra vez has vuelto a él con lágrimas, confesión y humillación, y lo has encontrado tan cálido e inmutable como su naturaleza. Ha soportado tus dudas, ha guardado silencio ante tus murmuraciones, ha velado tus debilidades y se ha interpuesto mil veces entre tú y tu enemigo invisible e implacable12. Nunca ha decaído ante tu inconstancia13, ni se ha congelado ante tu frialdad, ni te ha reprendido14 por tus recaídas, sino que durante todo el día, siguiendo tu camino errante y tortuoso, flotando a tu alrededor con una presencia que te acoge dentro de su escudo divino, envolvente e invencible.

¡En verdad, no hay amor como el de Cristo!

Tomado de Ninguno como Cristo (None Like Christ). (New York: Anson D. F. Randolph, 1868), 28-40, de dominio público.


Octavius Winslow (1808-1878): Pastor no conformista; nacido en Londres, Inglaterra, criado en Nueva York, enterrado en el cementerio Abbey, Bath, Reino Unido.

Así como toda rodilla debe doblarse ante el dominio de Cristo, así también, toda lengua debe confesar que Jesús es el Señor. (1) Los demonios y los hombres malvados se verán obligados al final, a reconocer el poder de Cristo, contra cuya autoridad siempre se han rebelado. Y así como el Faraón y los egipcios gritaron: “Huyamos de delante de Israel, porque Jehová pelea por ellos contra los egipcios” (Éx. 14:25), así, los pecadores de corazón más osado, huirán un día de la presencia de Cristo e invocarán a las montañas para que los escondan “de la ira del Cordero” (Ap. 6:16). Y todos los enemigos implacables de Cristo, se verán obligados por el rencor y la rabia a morderse la lengua, rechinar los dientes y decir, como aquel maldito Juliano, el apóstata15: “Me has vencido, oh galileo”. (2) Todos los santos y los ángeles con un solo consentimiento, reconocerán y alabarán a Jesucristo como el Señor y como su Señor. Lo reconocerán como el Señor, su Hacedor y su Salvador y, por eso, clamarán: “¡Hosanna!” a Él. Y lo reconocerán como su Señor y Soberano; y arrojarán sus coronas a sus pies y con aleluyas eternas cantarán: “El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza” (Ap. 5:12). —William Taylor

Que todo ojo creyente mire a través de la densa oscuridad y contemple a Jesús sentado hoy en el trono de su Padre. Que todo corazón se regocije al ver las muchas coronas de dominio sobre su cabeza. Ante todo, brilla en su frente la diadema eterna del Rey del cielo. Suyos son los ángeles. ¡Los querubines y serafines entonan, continuamente, su alabanza! A su mandato, el espíritu más poderoso, se deleita en volar y llevar sus órdenes al mundo más distante. Sólo tiene que hablar y se hace. ¡Se le obedece con alegría y reina majestuosamente! Sus altas cortes están atestadas de espíritus santos que viven de la sonrisa de Él, que beben la luz de los ojos de Él y que toman prestada la gloria de su majestad. No hay espíritu en el cielo tan puro que no se incline ante Él, ni ángel tan brillante que no cubra su rostro con sus alas cuando se acerca a Él. Sí, además, los muchos espíritus redimidos, se deleitan en inclinarse ante Él. Día sin noche, rodean su trono, cantando: “¡Digno es Aquel que fue inmolado y nos redimió de nuestros pecados con su sangre. Honor, gloria, majestad, poder, señorío y fuerza sean para el que está sentado en el trono y para el Cordero por los siglos de los siglos!”. ¡Ser Rey del cielo sería sin duda suficiente! Cristo es Señor de todas sus llanuras ilimitadas. Él puso las piedras preciosas sobre las que se construyó la ciudad que tiene cimientos, cuyo constructor y hacedor es Dios. Él es la luz de esa ciudad, Él es el gozo de sus habitantes y su amorosa vida consiste en rendirle honor por siempre jamás. — Charles Spurgeon.

Footnotes

  1. Antítesis – Directamente opuesto.

  2. Condescendiente – Que desciende o se rebaja ante personas indignas.

  3. Ignominia – Desgracia; deshonor.

  4. Nubarrones – Ensombrecimientos; tiempos de oscuridad.

  5. Contrito – Oprimido o quebrantado en espíritu.

  6. Efusión – Torrente, derramamiento.

  7. Privaciones – Falta de lo necesario.

  8. Encarnación más sublime – Materialización o ilustración de un ejemplo que inspira asombro.

  9. Lacerado – Desgarrado o cortado profundamente.

  10. Jugado con – Tratado como si no fuera importante o no tuviera valor.

  11. Obliterado – Borrado, suprimido; completamente destruido.

  12. Implacable – Imposible de pacificar o de hacer apacible.

  13. Inconstancia – De afectos y lealtades variables.

  14. Reprendido – Acusado de algo malo o vergonzoso.

  15. Juliano, el apóstata (311 o 322-363) – (Latín= Flavius Claudius Iulianus) o Juliano II. Apodado por los cristianos como “Juliano el Apóstata”. Filósofo y emperador romano (361 hasta su muerte). Su rechazo al cristianismo y su intento de restauración del culto romano tradicional, basándolo en el helenismo neoplatónico, llevaron a que fuera considerado apóstata en la tradición cristiana.