Contemplando la gloria de Cristo

Octavius Winslow (1808-1878)

Lector, ¿qué piensas de Cristo? ¿Qué apreciaciones tienes de su gloria tal como se te ha presentado hasta ahora? ¿Ves belleza, incomparable belleza, en Emanuel? ¿Ha irrumpido su gloria ante tus ojos? ¿Ha resplandecido en tu mente? ¿La visión de Jesús, vista por la fe, te ha hecho caer al polvo, exclamando: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:5-6)?

Tu respuesta honesta a estas preguntas inquisitivas, decidirá la naturaleza y el fundamento de tu presente esperanza en la eternidad. Tú te encuentras ahora en los confines de esa eternidad. ¡Solemne consideración! Es de infinita importancia, entonces, que tus puntos de vista acerca del Hijo de Dios sean examinados a fondo, tamizados y comparados con la Palabra inspirada.

Una corona puesta ahora sobre tu frente, un reino extendido a tus pies, un mundo ganado y tomado, son como baratijas infantiles comparados con el tremendo interés involucrado en la pregunta: “¿Qué piensas de Cristo?”. ¿Y qué piensas de Él? ¿Es Él toda tu salvación y todo tu deseo? ¿Has puesto tu yo pecador y tu yo justo bajo su cruz? Y en toda tu pobreza, desnudez y vileza, ¿lo has recibido como hecho por Dios para ti, “sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Co. 1:30)? ¿Empaña toda su gloria, otra gloria, y eclipsa toda su belleza, otra belleza ante tus ojos? ¿Puedes señalarlo y decir, con la humilde confianza de la fe y la alegría del amor: “Tal es mi amado, tal es mi amigo” (Cnt. 5:16)? ¡Dios eterno! ¡Si no fuera por la justicia de tu Hijo, me hundiría en toda mi contaminación! ¡Si no fuera por la sangre expiatoria de Emanuel, perecería en toda mi culpa! ¡Padre Santo, no me mires a mí, sino contempla mi Escudo y mira el rostro de tu Ungido! Y cuando pase tu gloria —la gloria de tu majestad, tu santidad y tu justicia— ponme en la hendidura de la roca y cúbreme con tu mano mientras pasas.

Cultiva frecuentes y devotas contemplaciones de la gloria de Cristo. Inmenso será el beneficio que se acumulará para tu alma. La mente así ocupada, llena y expandida, estará capacitada para presentar una resistencia más fuerte a las invasiones, cada vez más avanzadas e insidiosas, del mundo exterior. No habrá lugar para los pensamientos vanos ni deseo o tiempo para las distracciones carnales.

¡Oh, cómo crucifican y santifican las claras visiones de la gloria de Emanuel! ¡Cómo vacían, humillan y abaten! Con el patriarca, exclamamos entonces: “Me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza”. Y con el profeta: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios… han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:5). Y con el Apóstol: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gá. 6:14). ¡Oh, entonces, procura que tu mente se llene de visiones ampliadas y, a la vez, expansivas de la gloria del Redentor! Que esto [su gloria], en todos los descubrimientos que te ofrezca de la mente y majestad divinas, sea el único tema de tus pensamientos, el único tema de tu conversación. No pongas límites a tu conocimiento de Cristo. Considera siempre que sólo has leído el prefacio del libro, que sólo has tocado la orilla del mar. Más allá de ti, se extienden bellezas por descubrir, visiones preciosas y glorias resplandecientes, cada una de las cuales alienta tu avance, invita tu investigación y pide el homenaje de tu fe, el tributo de tu amor y la dedicación de tu vida.

¡Adelante, entonces! Las glorias que aún deben serte reveladas en un conocimiento creciente de Jesús, ¿qué imaginación puede concebirlas, qué pluma puede describirlas? “Cosas mayores que estas verás” es la promesa que te invita a avanzar. Jesús está dispuesto a revelar todas las bellezas de su Persona y a admitirte en la arcada1 misma de su amor. No hay una cámara de su corazón que no te abra de par en par; ni una bendición que no te conceda; ni una gloria que no te muestre. Verás cosas más grandes que las que has visto hasta ahora: Mayores profundidades del pecado en tu naturaleza caída te serán reveladas; sentirás, más profundamente, la eficacia purificadora de la sangre expiatoria; tendrás visiones más claras de tu aceptación en el Amado; disfrutarás mayores descubrimientos del amor de Dios[^100]; y mayores profundidades de gracia y gloria en Jesús. Tu comunión con Dios será más estrecha y mayor el fruto de la adopción del amor en tu corazón; tus pies serán como pies de cierva y caminarás en lugares altos. Tu paz fluirá como un río y tu justicia como las olas del mar (Is. 48:18). El dolor te herirá con menor profundidad; la aflicción te presionará menos; la afectación de la tribulación será menos aguda —todo esto e infinitamente más, resultará de tu conocimiento más profundo de Jesús—. Ah, no te asombres de que el alma agitada, jadeante y sedienta del Apóstol, exclamara: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor… a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (Fil. 3:8, 10). Entonces, “conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová” (Os. 6:3).

Que nuestra vida sea un claro reflejo de la gloria del Redentor. Los santos de Dios somos los únicos testigos de esta gloria —los únicos reflectores que el Señor tiene en este mundo oscuro y que niega a Cristo—. La santidad que brota de la fuente de la gracia del Espíritu que mora en nosotros, que se alimenta y madura con las cercanas visiones de la cruz, y que imparte un carácter de santidad y belleza a cada acto de nuestra vida, será el testimonio más alto que podamos dar de la gloria del Redentor. Esa gloria está confiada a nuestras manos. Está confiada a nuestra custodia.

Viendo entonces, que es así, “¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir!” (2 P. 3:11). Cuán exactos en los principios y rectos en la conducta, cuán alertas con el mal carácter y cuán vigilantes donde más se nos asedia, cuán bien despiertos a las artimañas del diablo y cuán alertas contra las intrusiones del pecado, cuán estrictos en todas las relaciones con el mundo y ¡cuán tiernos, caritativos, mansos y perdonadores en toda nuestra conducta con los santos! ¡Ay! En el mejor de los casos, no somos más que tenues reflectores de esta gran gloria de nuestro Señor. ¡Somos indignos e infieles depositarios de tan rico tesoro! ¡Cuánta debilidad persistente, de pecado no mortificado, de descuido de espíritu, de temperamento no santificado, de manipulación ante la tentación, de falta de estricta integridad y rectitud, oscurece nuestra luz, neutraliza nuestro testimonio de Dios y debilita, si no destruye por completo, nuestra influencia espiritual! No somos más eminentemente útiles porque no somos más eminentemente santos. Damos tan poca gloria a Cristo porque buscamos tanto la nuestra. Reflejamos un rayo de luz tan débil y vacilante porque nuestra postura es, tan rara vez, esa del ángel apocalíptico, “en pie en el sol” (Ap. 19:17). Nos damos cuenta de manera tan imperfecta de nuestra unidad con Cristo y de nuestra posición en Él; y esto siempre fomentará una profesión de cristianismo débil, infructuosa y decaída. “Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn. 15:4).

¡Oh, si conociéramos más acerca de permanecer en Cristo! Mira cómo Jesús invita a sus santos a ello. ¿Están caídos? Les dirige a que se agarren de su fuerza. ¿Están cargados? Les dirige a que echen esa carga sobre su brazo. ¿Están cansados? Les dirige a que se reclinen sobre Él para descansar. ¿Los persigue el mundo…? Él les dirige a que se refugien en el sagrado santuario de su propio corazón traspasado y amoroso. ¿Necesitan gracia? Él les dirige a que hundan su vasija vacía en las profundidades de la plenitud de su océano y obtengan gratuitamente “mayor gracia” (Stg. 4:6). Cualesquiera que sean las corrupciones que los angustien, cualesquiera que sean las tentaciones que los asalten, cualesquiera que sean las adversidades que los afligen, cualesquiera que sean las nubes que los oscurezcan, cualesquiera que sean las necesidades que los apremien, como el Pastor vigilante, como el Hermano tierno, como el Amigo fiel, como el gran Sumo Sacerdote, Él dirige a sus santos a que se acerquen y reposen en su amor.

Oh, Él tiene un espacioso pecho: ¡Hay lugar, hay una cámara en ese corazón para ti, mi lector cristiano! No pienses que tu suerte es desolada, solitaria y sin amigos. No pienses que todos te han abandonado, y que en la tristeza y en la soledad, estás avanzando a través de un intrincado desierto. Hay Uno que te ama, que piensa en ti, que tiene sus ojos puestos en ti y que, en este momento, te está guiando, sosteniendo y cuidando: ¡Ese uno es Jesús! ¡Oh, si pudieras mirar en su corazón y ver cómo te ama! ¡Oh, si pudieras oírle decir, tan suavemente, tan seriamente: “Permaneceréis en mi amor” (Jn. 15:10)! Anímate; estás en el corazón de Cristo y Cristo está en tu corazón. No estás solo: Tu Dios, tu Padre, está contigo. Tu Pastor te guía; el Consolador extiende sus alas a tu alrededor y el cielo brilla ante ti. Pronto estarás allí. El peregrino reposará sus cansados miembros; el navegante estará amarrado en su puerto de descanso; el guerrero se quitará la armadura y proclamará su canción de triunfo. Entonces, ¡alza la vista! Cristo es tuyo, Dios es tuyo, el cielo es tuyo. Si Dios está por ti, ¿quién puede estar contra ti? (Ro. 8:31). Y si encuentras desilusión en el bien creado, eso no hará sino que quieras más a Jesús; y si conoces más de la plaga interna, eso no hará más que conducirte a la sangre expiatoria; y si tienes tormentas y tempestades, ellas no harán más que acortar el viaje y llevarte más rápidamente a la gloria. “Gracias a Dios por su don inefable” (2 Co. 9:15).

Tomado de La profética gloria de Cristo en La gloria del Redentor (The Prophetical Glory of Christ in The Glory of the Redeemer) (London: John F. Shaw, 1845), 117-123, de dominio público.

¿Qué será el cielo, sino ver la gloria de Cristo?—Thomas Goodwin

Footnotes

  1. Arcada – Pasaje de acceso a una edificación, cubierto por arcos y bordeado de tiendas.