¿Está usted preparado para caer enfermo?

J. C. Ryle (1816-1900)

Considero que es de importancia primordial, no contentarse con hablar de generalidades al compartir con otros el mensaje del amor de Dios. Ansío recalcar a cada uno en cuyas manos está este [artículo], su responsabilidad personal en este sentido. No quiero que nadie termine de leerlo sin poder dar respuesta a las preguntas: “¿Qué lección práctica he aprendido? En un mundo de enfermedad y muerte, ¿qué me corresponde hacer?”.

Un deber importantísimo que la prevalencia de las enfermedades requiere es que el hombreviva, habitualmente, preparado para encontrarse con Dios. La enfermedad es un recordatorio de la muerte. La muerte es la puerta por la que todos tenemos que pasar para ser sometidos a juicio. Juicio es el momento cuando, al final, tenemos que ver a Dios cara a cara. De hecho, la primera lección que el habitante de un mundo enfermo y agonizante debe aprender es que tiene que estar preparado para encontrase con Dios.

¿Cuándo estamos preparados para encontrarnos con Dios? ¡Nunca, mientras nuestras iniquidades no sean perdonadas y nuestro pecado no sea cubierto! ¡Nunca mientras que nuestro corazón no sea renovado y nuestra voluntad aprenda a deleitarse en la voluntad de Dios! Tenemos muchos pecados. Si asistimos a la iglesia, nuestra propia boca aprende a confesarlos cada domingo. Sólo la sangre de Jesucristo puede limpiar esos pecados. Sólo la justicia de Cristo puede hacernos aceptables a los ojos de Dios. Sólo la fe, fe sencilla como la de un niño, puede darnos interés en Cristo y sus beneficios. ¿Queremos saber si estamos preparados para encontrarnos con Dios? Entonces, ¿dónde está nuestra fe? Por naturaleza, nuestro corazón está inhabilitado para estar en armonía con Dios. No nos da ningún verdadero placer en cumplir su Voluntad. El Espíritu Santo tiene que transformarnos a la imagen de Cristo. Las cosas viejas tienen que pasar. Todas tienen que ser hechas nuevas. ¿Podemos saber si estamos preparados para encontrarnos con Dios? Entonces, ¿dónde está su gracia en nosotros? ¿Dónde están las evidencias de nuestra conversión y santificación?

Yo creo que esto y, nada que sea menos que esto, es estar preparado para encontrarse con Dios. El perdón de los pecados y desear humildemente la presencia de Dios, la justificación por la fe y la santificación del corazón, la sangre de Cristo rociada sobre nosotros y el Espíritu de Cristo morando en nosotros —estos son los grandes elementos indispensables de la religión cristiana para estar preparados para el encuentro con Dios—. No son sólo palabras y nombres para discutir entre teólogos contenciosos. Estos elementos son realidades serias, sólidas y sustanciales. Vivir contando realmente con estas cosas en un mundo lleno de enfermedad y muerte, es el primer deber que quiero grabar en el alma de los lectores.

Otro deber importantísimo que la prevalencia de las enfermedades requiere del hombre es queviva, habitualmente, preparado para sobrellevarlas con paciencia**.** La enfermedad es, sin duda, algo difícil para la carne y la sangre. Sentir que nuestro estado nervioso es deplorable y nuestras fuerzas naturales se han debilitado, vernos forzados a permanecer inmóviles y separados de nuestras ocupaciones usuales, ver destrozados nuestros planes y frustrados nuestros propósitos, soportar largas horas, días y noches de agotamiento y dolor —todo esto causa una tensión severa sobre la naturaleza humana pecaminosa—. ¡No nos sorprendan las irritaciones y la impaciencia que afloran por la enfermedad! Es indudable que, en un mundo agonizante como éste, tenemos que ejercitar nuestra paciencia.

¿Podemos aprender a tolerar la enfermedad con paciencia cuando nos toca sufrirla? Entonces, tenemos que acumular reservas de gracia cuando gozamos de buena salud. Tenemos que procurar la influencia santificadora del Espíritu Santo sobre nuestro temperamento y mal humor fuera de control. Tenemos que tomar en serio a nuestras oraciones y pedir regularmente fuerzas para aceptar la voluntad de Dios, así como para cumplirla. Todo esto está a nuestra disposición con solo pedirlo: “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Jn. 14:14).

Es imprescindible que me explaye sobre este punto. Yo creo que las gracias pasivas del cristianismo reciben menos atención de la que merecen. Mansedumbre, benignidad, longanimidad, fe [y] paciencia, son mencionadas en la Palabra de Dios como frutos del Espíritu. Son gracias pasivas que glorifican a Dios de manera especial. A menudo, llevan a los hombres que desprecian el lado activo del carácter cristiano a hacer una pausa y pensar. Estas gracias nunca brillan con tanto esplendor como en el cuarto del enfermo. Hacen posible que, desde su lecho, el enfermo predique un sermón silencioso que quienes lo rodean nunca olvidan. ¿Quieres embellecer la doctrina que profesas? ¿Quieres hacer que tu cristianismo sea hermoso a los ojos de los demás? Entonces, presta atención a la sugerencia que te doy este día. Aprende y practica la paciencia para ejercitarla cuando llegue la enfermedad. Entonces, aunque tu enfermedad no sea mortal, será “para la gloria de Dios” (Jn. 11:4).

Otro deber importantísimo que la prevalencia de las enfermedades requiere del hombre es que viva, habitualmente, preparado para identificarse con sus prójimos y brindarles ayuda. La enfermedad nunca está muy lejos de nosotros. Son pocas las familias que no tienen un pariente enfermo. Pocas son las parroquias donde no haya un enfermo. Pero sea donde sea que haya enfermedad, hay también un llamado a actuar. Un poco de ayuda en el momento preciso en algunos casos, una visita amable en otros, un inquirir amistoso o una muestra de cariño, pueden hacer mucho bien. Estos son los tipos de actos que suavizan las asperezas, unen a los hombres y promueven buenos sentimientos. Estas son algunas maneras, por medio de las cuales, podemos terminar llevándolos a Cristo y salvar sus almas. Estas son las buenas obras que cada uno que profesa ser cristiano debiera estar listo para hacer. En un mundo lleno de enfermedades y dolencias, nuestro mandato es “sobrellevad los unos las cargas de los otros” y “sed benignos unos con otros” (Gá. 6:2; Ef. 4:32).

A algunos les pueden parecer pequeñeces e insignificancias. ¡Tienen que estar haciendo algo espectacular y grandioso e impactante y heroico! No vacilo en afirmar que la atención cuidadosa a estas pequeñas acciones de bondad fraternal es una de las evidencias más claras de tener “la mente de Cristo” (1 Co. 2:16). Son acciones que nuestro mismo bendito Señor practicaba incansablemente. Iba, constantemente por doquier, haciéndoles el bien a los enfermos y oprimidos (Hch. 10:38). Son acciones a las que Él da mucha importancia en ese pasaje de la Escrituras tan solemne que contiene la descripción del juicio final. Dice allí: “estuve… enfermo, y me visitasteis” (Mt. 25:36).

¿Te gustaría comprobar la realidad de tu caridad; la gracia bendita de la cual tantos hablan y tan pocos practican? Si tu respuesta es afirmativa, cuídate del egoísmo insensible y de no descuidar a tus hermanos enfermos. Búscalos. Ayúdales, si necesitan ayuda. Muestra tu empatía por ellos. Procura alivianar sus cargas. Sobre todo, esfuérzate por hacerle bien a sus almas. Aun si a ellos no les hace bien, te hará bien a ti. Guardará tu corazón de murmuraciones. Puede resultar una bendición para tu propia alma. Creo firmemente que Dios nos está probando por medio de cada caso de enfermedad en nuestro entorno. Al permitir el sufrimiento, comprueba si los cristianos sienten algo. Cuidado, no sea que el Señor diga: “Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto” (Dn. 5:27). Si puedes vivir en un mundo enfermo y agonizante y no sentir compasión por otros, tienes todavía mucho que aprender.

Hasta aquí esta parte de mi tema. Vuelvo a mencionar los puntos que presenté como sugerencias y pido a Dios que hagan su obra en muchas mentes. Repito que vivir habitualmente preparado para encontrarse con Dios, vivir habitualmente preparado para sobrellevarlas con paciencia [y] habitualmente dispuesto a identificarse con sus prójimos y brindarles ayuda son deberes que nos corresponden a todos. Están al alcance de todos. Al nombrarlos, no pido nada extravagante, tampoco irrazonable. No digo que nadie se enclaustre en un monasterio e ignore los deberes que le corresponden. Sólo quiero que los hombres se den cuenta que viven en un mundo enfermo y agonizante, y que vivan conforme a ello. Y afirmo vivamente que quien vive una vida de fe y santidad, y paciencia y caridad, no sólo es el más auténtico cristiano, sino también muy sabio y razonable.

Y ahora, concluyo con cuatro palabras de aplicación práctica. Quiero que el contenido de este escrito pase a ser de algún provecho espiritual. El anhelo de mi corazón y mi oración a Dios es “usa nuestra vida para hacerle bien a las almas”.

En primer lugar, planteo unapregunta a todo el que lee este [artículo], rogándole que como embajador de Dios, le dedique seria atención. Es una pregunta que surge con naturalidad del tema que estoy escribiendo. Es una pregunta que concierne a todos de todo rango, clase y condición. Pregunto: “¿Qué harás cuando te enfermes?”.

Tarde o temprano llegará el momento cuando tú, al igual que los demás, tienen que descender al oscuro valle de la sombra de muerte. La hora tiene que llegar cuando tú, como todos tus antepasados, te enfermes y mueras. El momento puede estar cerca o lejos. Sólo Dios lo sabe. Pero sin importar cuando llegue el momento, vuelvo a preguntarte: “¿Qué harás?”. ¿A qué piensas recurrir para que te reconforte? ¿En qué piensas descansar tu alma? ¿En qué piensas basar tu esperanza? ¿De dónde obtendrás tu consolación?

Te ruego que no dejes a un lado estas preguntas; permite que obren en tu conciencia, no descanses hasta poder dar una respuesta satisfactoria. No juegues con ese precioso don que es tu alma inmortal. No dejes para un momento que creas más conveniente la consideración del tema. No cuentes con que puedas tener oportunidad de arrepentirte en tu lecho de muerte. La más importante de las cuestiones no puede dejarse para lo último. Un ladrón fue salvo a punto de morir, a fin de que los hombres no se desesperen, pero fue sólo uno para que nadie presuma que puede hacer lo mismo. Repito la pregunta porque creo que merece una respuesta: “¿Qué harás cuando te enfermes?”.

Si fueras a vivir para siempre en este mundo, no me dirigiría a ti como lo hago. Pero eso no puede ser. Nadie se libra del destino que comparte toda la humanidad. Nadie puede morir en tu lugar. El día vendrá cuando cada uno irá a su morada eterna. Quiero que estés preparado para ese día. El cuerpo del que ahora tanto te ocupas —el cuerpo que con tanta atención vistes, alimentas y mantienes cómodo— tiene que volver al polvo. ¡Oh, piensa qué cosa terrible sería comprobar al final de tus días que te has provisto de todo, excepto de lo más indispensable —haber provisto para el cuerpo, pero nada para el alma—. De hecho, morir como el Cardenal Beaufort21 sin dar señales de ser salvo! Una vez más, insisto en mi pregunta a tu conciencia: “¿Qué harás cuando te enfermes?”.

En segundo lugar, ofrezcoconsejosa todos los que [piensan] que los necesitan y están dispuestos a aceptarlos, a todos los que [creen] que todavía no están preparados para encontrase con Dios. Ese consejo es breve y sencillo: Ocúpate de conocer al Señor Jesucristo sin demora. Arrepiéntete, conviértete, acude a Cristo ahora mismo y sé salvo.

O tienes un alma o no la tienes. De seguro nunca negarás que la tienes. Entonces, si un alma tienes, procura la salvación de esa alma. De todos los juegos de azar en el mundo, no hay ninguno tan irresponsable como el del hombre que vive sin prepararse para encontrarse con Dios y sigue dejando para mañana el asunto del arrepentimiento. O tienes pecados o no los tienes. Si los tienes (¿y quién se atreve a negarlo?), apártate de esos pecados, echa fuera tus transgresiones y aléjate de ellas sin demora. O necesitas un Salvador o no lo necesitas. Si lo necesitas, acude a Él ahora mismo y clama poderosamente a Él que salve tu alma. Acepta a Cristo inmediatamente. Búscalo por fe. Entrégale tu corazón a su cuidado. Clama a Él sinceramente, pidiéndole que salve tu alma. Pídele que derrame sobre ti el Espíritu Santo y haga de ti un cristiano íntegro. Él te escuchará. No importa lo que hayas sido, no rechazará tu petición. Prometió Cristo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37).

Guárdate, te ruego, de un cristianismo impreciso e indefinido. No te contentes con una esperanza generalizada de que todo está bien porque perteneces a [una iglesia] y que todo andará bien al final porque Dios es misericordioso. No descanses, no lo hagas sin tener una unión personal con Cristo mismo. No descanses, no descanses hasta contar con el testimonio del Espíritu en tu corazón de que eres limpio, santificado y justificado, y que has llegado a ser uno con Cristo. No descanses hasta poder decir con el Apóstol: “Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Ti. 1:12).

Una religión imprecisa, indefinida e indistinta puede servir en tiempo de buena salud, nunca en el día de enfermedad. Una membresía, solo de nombre y rutinaria, puede durarle al hombre durante el sol de su juventud y prosperidad, pero desaparecerá completamente cuando se aproxima la muerte. Nada servirá más que la auténtica y profunda unión con Cristo. Cristo intercediendo por nosotros a la diestra de Dios; Cristo conocido y aceptado como nuestro Sacerdote, nuestro Médico, nuestro Amigo; sólo Cristo puede quitarle a la muerte su aguijón y darnos la capacidad de enfrentar la enfermedad sin temor. Sólo Él puede librar a los esclavizados por su temor a la muerte. Le digo a todo el que quiere un consejo: “Conoce a Cristo”. Si esperas tener esperanza y consuelo en la enfermedad, conoce a Cristo. Busca a Cristo. Recurre a Cristo.

Cuando lo conozcas, llévale a Él toda preocupación y ansiedad. Él te sostendrá en tu peregrinaje por el valle oscuro. Ábrele tu corazón cuando te remuerde la conciencia. Él es el verdadero Confesor. Sólo Él puede absolverte y quitarte tu carga. Recurre a Él el primer día que estés enfermo, tal como lo hicieron Marta y María. Continúa confiando en Él hasta el último hálito de tu vida. Conocer a Cristo vale la pena. Entre mejor lo conozcas, más lo amarás. En suma, conoce a Jesucristo.

En tercer lugar, exhorto a todos los auténticos cristianos que leen este escrito que recuerden cuánto pueden glorificar a Dios en medio de la enfermedad y quepermanezcan quietos en sus manos cuando están enfermos**.** [Creo] que es muy importante tocar este punto. Sé que el corazón del creyente siempre está presto a desmayar y qué Satanás está muy ocupado en plantar dudas y hacer cuestionamientos cuando el cuerpo del cristiano está débil. He sido testigo de algo del abatimiento y melancolía que, a veces, surge en los hijos de Dios cuando alguna enfermedad de pronto los margina y se ven obligados a estar quietos. He notado qué propensa es alguna buena gente a atormentase con pensamientos mórbidos en esas circunstancias y decir en sus corazones: “Dios me ha abandonado: Me ha echado de su presencia”.

Les ruego de todo corazón a todos los creyentes enfermos que recuerden que pueden honrar a Dios, tanto con su paciencia en medio del sufrimiento, como cuando lo hacen por medio de su trabajo. A menudo, se demuestra mayor gracia permaneciendo quieto, que andar activo de aquí para allá realizando grandes proezas. Les ruego que recuerden que Cristo los ama tanto cuando están enfermos como cuando están sanos, y que las desgracias que sienten tan agudamente son enviadas con amor y no con ira. Sobre todo, les ruego que recuerden la compasión de Jesús por todos sus miembros débiles. Los cuida siempre con ternura, pero nunca con tanto afecto como en su momento de necesidad. Cristo tuvo mucha experiencia con las enfermedades. Conoce el corazón del hombre enfermo. Solía ver toda clase de “enfermedad y toda dolencia” (Mt. 4:23) cuando estaba en esta tierra. Sentía compasión, especialmente por los enfermos, durante su ministerio terrenal. Lo sigue haciendo. A menudo, pienso que la enfermedad y el sufrimiento contribuyen a que los creyentes sean más como su Señor en experiencia que en salud. “El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mt. 8:17). El Señor Jesús era “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is. 53:3). Nadie tiene mejor oportunidad de conocer la mente de un Salvador sufriente que un discípulo sufriente.

Concluyo con una palabra de exhortación a todos los creyentes, por lo que pido encarecidamente a Dios que las grabe en sus almas. Les exhorto a mantener la costumbre de estar en comunión íntima con Cristo y que nunca teman “ir demasiado lejos” con su religión. Recuerden esto si quieren tener completa paz en sus momentos de enfermedad.

Observo con dolor la tendencia, en algunos sectores, de diluir las normas del cristianismo práctico y denunciar lo que llaman “ideas extremas” sobre el andar diario del cristiano por la vida. Digo con dolor que, aun gente religiosa, a veces mire con antipatía a los que se retraen de la sociedad mundana y los censura tildándolos de “exclusivistas, intolerantes, intransigentes, fanáticos, amargados” y otros calificativos por el estilo. Le advierto a cada creyente en Cristo que lee este escrito, que se cuide de ser influenciado por tales censuras. Le ruego, si quiere tener luz en el valle de muerte, que se ocupe de “guardarse sin mancha del mundo” y que camine como Caleb, muy cerca de Dios (Sgt. 1:27; Nm. 14:24).

Creo que la falta de solidez del cristianismo de muchos es la razón de la poca tranquilidad en salud y enfermedad. Creo que una religión “a medias”, “de quedar bien con todos” que satisface a muchos en la actualidad, ofende a Dios y siembra espinas en el lecho de la muerte, lo cual centenares no descubren hasta que es demasiado tarde. Creo que la debilidad e impotencia de tal religión nunca aflora tanto como en el lecho del enfermo.

Si queremos “fortísimo consuelo” en nuestro momento de necesidad, no podemos contentarnos con una relación superficial con Cristo (He. 6:18). Tenemos que procurar saber algo por experiencia, de lo que es la comunión de corazón con Él. Nunca, nunca olvidemos que una cosa es “unión” y otra “comunión”. Me temo que son miles los que saben lo que es “unión” con Cristo, pero nada saben de “comunión”.

El día llegará cuando, luego de una larga batalla con la enfermedad, sintamos que la medicina nada más puede hacer, y que lo único que queda es morir. Alrededor estarán nuestros seres queridos sin poder ayudarnos. El oído, la vista y aun el poder de la oración, nos van fallando a pasos agigantados. El mundo y sus sombras se estarán derritiendo debajo de nuestros pies. La eternidad, con sus realidades, se avecina a pasos agigantados en nuestra mente. ¿Qué nos sostendrá en esa hora atribulada? ¿Qué nos dará el poder de sentir: “No temeré mal alguno” (Sal 23:4)? Nada, nada puede hacerlo más que la comunión con Cristo. Cristo morando en nuestro corazón por fe, Cristo poniendo su brazo debajo de nuestra cabeza, Cristo que sentimos sentado a nuestro lado. Sólo Cristo puede darnos victoria completa en la última batalla.

Aferrémonos más a Cristo, amémosle con más fuerza, vivamos más consagradamente para Él, imitémosle con más exactitud, confesémoslo con más valentía, sigámosle más de cerca. La práctica de una religión como ésta, siempre tiene su propia recompensa. El mundo puede reírse de ella. A los hermanos débiles les puede parecer extremo. Pero el resultado será bueno. Cuando la noche llega, traerá luz. En el mundo venidero, nos dará “la corona incorruptible de gloria” (1 P. 5:4).

El tiempo es breve. Las cosas de este mundo pasarán. Algunas enfermedades más y todo habrá terminado. Unos funerales más y luego el nuestro. Unas cuantas tormentas y oleadas, y habremos de llegar a puerto seguro. Marchamos hacia un mundo donde nunca habrá más enfermedad, muerte, dolor, llanto ni sufrimiento. El cielo se va llenando más cada año y la tierra vaciando. Los amigos que se nos adelantaron, están siendo más numerosos que los que quedan. “Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará” (He. 10:37). ¡Estar en su presencia será plenitud de gozo! Cristo enjugará toda lágrima de los ojos de su pueblo. “Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte” (1 Co. 15:26). Ella será destruida. La muerte misma un día morirá (Ap. 20:14).

Mientras tanto, vivamos la vida de fe en el Hijo de Dios. Pongamos todas nuestras cargas sobre Cristo y regocijémonos en la convicción de que Él vive para siempre.

¡Sí, bendito sea Dios! Cristo vive, aunque nosotros muramos, Cristo vive, aunque amigos y familias sean llevados a la tumba. Él, el que abolió la muerte y trajo vida e inmortalidad por el evangelio. Vive el que dijo: “Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción” (Os. 13:14). Vive el que un día cambiará nuestro cuerpo vil y lo hará semejante a su propio cuerpo glorioso. En enfermedad y en salud, en la vida y en la muerte, apoyémonos confiadamente en Él. Digamos diariamente como los de antaño: “¡Bendito sea Dios por Jesucristo!”.

Tomado de Sickness, en inglés (Enfermedad), disponible en Chapel Library.