Visitando a los enfermos

George Swinnock (1627-1673)

Nuestro deber es visitar a los enfermos. El mandato de visitar a los enfermos es de tanta importancia como cualquier otro que se relaciona con nuestros prójimos y, sin embargo, se cuenta entre los más descuidados y olvidados. La enfermedad es tan común y la muerte tan normal que, en la mayoría de los casos, su frecuencia le resta importancia, y la compasión que debiéramos tener por los enfermos, muere tan rápido como los enfermos mismos.

La generalidad de los pretendidos cristianos, como aquel sacerdote y aquel levita, ven a un hombre herido, tanto física como espiritualmente, y aunque sea de muerte, pasan por un lado porque no quieren inmiscuirse con nadie que esté sufriendo… Muchos en su lecho de muerte, cuyas almas están más graves y más peligrosamente enfermas que su físico, podrían reprochar a su pastor o sus amigos (porque el deber es del pueblo, tanto como del pastor) casi con las palabras de Marta a Cristo: “Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano” (ver Jn. 11:32). Algunos visitan a los enfermos, más bien por compromiso que por misericordia, o para aparentar ser más nobles que sus vecinos… La conversación de estos es mayormente sobre asuntos de este mundo y nada sobre sus grandes preocupaciones por el tema de la eternidad. Otros, a veces, hablan de sus inquietudes, pero lo hacen con tanta deficiencia, con palabras para consolar, cuando la necesidad es hablar de la degradación del espíritu humano y no de confeccionar almohadas para poner debajo de la cabeza de sus amigos, a fin de que puedan morir más cómodos.

O si les dicen el peligro que corren, lo hacen de una manera tan fría e indiferente… que es más peligrosa esta medicina que la enfermedad. La enfermedad de sus almas tiene cura, pero los remedios que toman la tornan incurable… ¡Ah! ¡Qué terrible es cuando un [charlatán] se inmiscuye y juega con el alma inmortal que apenas está entrando a la patria celestial! “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34). Galeno15 dice, con respecto a los medicamentos: “No hay nada pequeño en la práctica de la medicina; todo es de consecuencia, un error pequeño puede causar la muerte”. Con más razón digo yo: “No hay nada pequeño en la práctica de la medicina para el espíritu, un error pequeño en nuestras recetas a las almas enfermas puede causar mucho daño”. En lugar de curarlo, podemos matar al paciente. El paño mojado de Hazael no fue más mortal para el cuerpo de su señor de lo que son la mayoría de las palabras dichas al alma enferma de un prójimo (2 R. 8:9-15). El temor de desagradar y una inclinación por halagar, es demasiado común entre muchos, para calmar a sus amigos moribundos que terminan en llamas que nunca se apagan. Es indudable que hay más amor (al igual que más fidelidad) en asustar a un enfermo para sacarlo de su letargo espiritual, que tratar de calmarlo y empujarlo hacia el lago eterno de fuego y azufre. Algunos seres venenosos cosquillean al enfermo hasta que ríe, aunque lo están picando mortalmente; lo mismo hace el pastor o amigo lisonjero que, sin contar con la gracia, levanta al máximo el ánimo del enfermo, dándole esperanza de ir al cielo, sólo para arrojarlo al abismo de angustias irreparables y dejarlo enfrentar la realidad en el infierno.

En primer lugar, presentaré dos o tres razones para motivar al lector a ocuparse de esta obra y, luego, le daré pautas sobre cómo haberlo.

**Primero, es un mandato de Dios a usted.**El hombre tiene la tendencia de creer que visitar a los enfermos es un acto de cortesía y civilidad que puede omitir o realizar según le plazca. [En cambio], es un acto de caridad y cristianismo que le corresponde por precepto divino a cada cristiano. Se requiere, especialmente de los ministros de Cristo, pero también de cada miembro del cuerpo de Cristo. Cuando Dios le da la oportunidad, le debe esto a su prójimo: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él” (Stg. 5:14-15). La misma palabra que manda al enfermo llamar al anciano, manda al anciano a ir; es un camino de dos vías. Por cierto, es una falta grave de muchos enfermos no mandar a llamar al pastor o si lo hacen, es cuando han perdido toda esperanza para su físico y entonces, deciden buscar alguna esperanza para sus almas. Por otro lado, a veces es deber del anciano acudir, aunque no lo llamen. Es buena educación acudir a la casa de duelo. El Señor lo hacía y lo mismo deben hacer sus siervos. Hay quienes con gusto, participan de la mesa de sus vecinos, pero evitan visitarlos cuando están enfermos. Algunos que disfrutan de la compañía de sus feligreses cuando gozan de buena salud, tienen temor o se avergüenzan ante la perspectiva de hablar con ellos seriamente cuando están enfermos. Dios, posiblemente, dirá a muchos, como a los pastores de Israel: Ay de vosotros, pastores de Inglaterra o de cualquier otro lado del mundo: “Coméis la grosura, y os vestís de la lana; la engordada degolláis, mas no apacentáis a las ovejas. No fortalecisteis las débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada… sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia” (Ez. 34:3-4). Nadie es tan cruel con el rebaño como aquellos que, más y más, codician del vellón esquilado de las ovejas.

Oleastro16 hizo un comentario provechoso sobre Levítico 14:44: —“Entonces el sacerdote entrará y la examinará; y si pareciere haberse extendido la plaga…” (tratándose de la tercera vez que el sacerdote visitaba la casa infectada)—. “Si el sacerdote era mandando a visitar la casa leprosa, ¿por qué no visitas tú a la _persona_enferma? La plaga en el corazón requiere más compasión y ayuda que la plaga en la casa”.

Éste es el deber de los miembros de la Iglesia, al igual que el de los dirigentes. Todo cristiano debe amar a su prójimo como a sí mismo, lo cual no puede hacer, a menos que le conmueva su enfermedad y trate de mejorar la probabilidad de que su prójimo sea salvo. El verdadero amor, como el fuego, arde con más fuerza cuando más frío hace…

Nuestro deber es asistir a los que mueren de muerte natural, al igual que los que sufren una muerte violenta, así como a los enfermos terminales. Visitar a las personas en su momento de aflicción es un testimonio de la autenticidad de nuestra religión. La santidad y la caridad son como padre e hijo. “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones” (Stg.1:27). Se menciona aquí sólo a los huérfanos y las viudas, pero están incluidos los enfermos, los extranjeros y los prisioneros porque, generalmente, son los más atribulados y más olvidados. Los que han recibido misericordia no pueden menos que mostrar misericordia. Tal como visitar a los que sufren es una señal de misericordia hoy, será una prueba del cristianismo en el Gran Día: “Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer…estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí” (Mt. 25:34-36). Las obras de caridad conforman toda la lista, como evidencia del derecho de los santos al cielo. Lutero17 nos da la razón de eso: La conciencia de los impíos justificará a Cristo tanto en la absolución18 de los santos, como en su propia condenación. Aunque los cristianos no dan sus limosnas ni visitan a los enfermos para ser vistos por los hombres, los hombres igual los ven cuando dan muestra de su de amor y realizan actos de caridad. Por lo tanto, los que son testigos de la verdadera misericordia de los cristianos, se verán forzados a reconocer que la declaración de Cristo se ajusta a la verdad.

Segundo, es una oportunidad especial para hacer y recibir el bien.

1. Hacer el bien. Es más necesario hablar de este motivo porque muchos tienden a juzgar que todo esfuerzo que se haga con los enfermos es inútil. Se desaniman al procurar la conversión de hombres profanos en su lecho, dando por hecho que el arrepentimiento de los tales será tan defectuoso como sus cuerpos, aunque estén enfermos de muerte. Pero no aconsejo, de ninguna manera, que alguien no hable al enfermo de acudir a Dios, creyéndolo peor que loco por no atender el asunto serio de su alma creyendo que quizá Dios le dé arrepentimiento en el más allá. Sí, tengo que oponerme a esta sugerencia del diablo que impide a los hombres cumplir con su deber, ya que Dios puede mostrar misericordia a un alma al final. Hay un ejemplo en las Escrituras [para] que nadie se dé por vencido. En algunos, el tiempo de enfermedad es cuando más devoción tienen. Los que despreciaban a los hombres piadosos y se burlaban de la santidad cuando gozaban de buena salud, valoran al santo y anhelan su santidad por sobre todas las cosas cuando están postrados en su lecho y se preguntan ante qué Dios santo comparecerán al final de sus días. Como dijo alguien, la enfermedad es “la tienda de la virtud y la escuela de los buenos modales”. El Rey Alfred19 sabía decir: “Me encuentro que mejor estoy cuando estoy peor: mejor en mi alma, cuando peor en mi cuerpo; la enfermedad de mi cuerpo es remedio para mi alma”. La experiencia diaria nos demuestra que los arrogantes y galantes del mundo (cuyas conciencias no han sido cauterizadas), aunque se entregaron a borracheras, glotonerías, juegos de azar, lascivias y todo tipo de maldades en su juventud y plenitud de sus fuerzas, cuando se debilitan por alguna enfermedad y no tienen esperanza de seguir sobre esta tierra, comienzan a desear haber pasado más provechosamente su tiempo. Son sensibles al hecho de que descuidaron a Dios y a Cristo, a sus almas y a la eternidad. Es entonces cuando muchos de ellos desean la compañía de aquellos que temen al Señor, les piden que oren por ellos, siguen sus consejos y darían todo por tener un poquito de su gracia y santidad. Ben-adad, rey de Siria, cuando gozaba de buena salud era enemigo de los profetas y del pueblo de Dios; sin embargo, al enfermar, envía al príncipe Hazael que le pregunte al profeta si va a sanar de su enfermedad. Ahora, lo hace con un gran obsequio y expresiones por demás de sumisas: “Tu hijo Ben-adad” (2 R. 8:9). La enfermedad da a los hombres doble probabilidad de santidad.

(1) El enfermo o moribundo pierde todo interés en los placeres terrenales, al descubrir por experiencia qué insuficiente y débil consuelo resulta todo lo que existe. Cuando los hombres son fuertes y vigorosos pueden experimentar y disfrutar de cosas terrenales; los bienestares carnales les impiden interesarse en lo espiritual. Persiguen los afanes terrenales, como lo hizo Esaú, y dicen que eso les basta; en cambio, la enfermedad les hace ver lo vano de todo lo terrenal. Todos los privilegios, riquezas y placeres del mundo los amargan e impacientan. Comprenden ahora la vanidad de las cosas que tanto adoraban; qué inadecuadas son para levantarles el ánimo, para calmar su dolor, para darles un poquito de paz o conseguirles, aunque sea un ápice de aceptación en el mundo venidero y como resultado, cuánto valor pierde lo que el mercado del mundo vende. Bernardo20 nos cuenta de un hermano suyo, al cual le dio muchos buenos consejos, pero éste, siendo soldado, no los escuchó. Entonces, poniéndole un dedo en el costado le dijo: “Un día te herirá una espada, abriendo paso hasta el corazón para que te entren las exhortaciones y los consejos”.

(2) En la enfermedad, por lo general, la conciencia puede expresarse con más libertad y los hombres están más dispuestos a escuchar. En la salud, sus trabajos, amigos, lascivias, deportes u otras actividades carnales, cautivan todo su corazón y su tiempo. Silencian su conciencia y hacen oídos sordos a predicadores, aunque estos sean muy directos en tratar de interrumpir sus placeres. Si aquellos usan su autoridad y siguen hablando en el nombre de Dios para prohibir sus necedades, ateísmo, sensualidad y sus profanaciones, igual no escuchan sus llamados y mandatos, ahogando su voz con el ruido de sus sórdidos deleites. Pero en la enfermedad, pierden sus trabajos, pasatiempos, alegres reuniones y divertidos compañeros; cuando sus cuerpos están débiles, disminuyen sus lascivias carnales, por lo que sus conciencias tienen más oportunidad de traer a la mente sus conductas impías y su maldad, haciéndolos más propensos a escuchar las palabras y advertencias de los predicadores.

Lector, es de sabios aprovechar el lecho de dolor de tu prójimo para procurar el bien de su alma.

Tomado de George Swinnock, Las obras de George Swinnock(The Works of George Swinnock). Tomo 3 (Edinburgh, London; Dublin: James Nichol, 1868), 3-24, de dominio público.


George Swinnock (1627-1673): Predicador puritano educado en Cambridge y Oxford; nacido en Maidsonte, Kent, Inglaterra, Reino Unido.