Usando sabiamente el tiempo durante la enfermedad

Thomas Boston (1676-1732)

“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría”(Salmo 90:12).

El Señor pone a cada persona y familia entre nosotros, de hecho, a todos nosotros, en la escuela de la aflicción, dado que la mano de Dios levantada contra algunos, nos concierne a todos. Y es necesario que aprendamos bien nuestra lección y ser más sabios como consecuencia.

Es mi intención mostrar en qué consiste esa _sabiduría_que tenemos que aprender durante el tiempo de enfermedad física pasajera y también en una enfermedad terminal: Es _piedad_seria o religión verdadera9. Cuando uno llega a ser seriamente piadoso, dejando el camino del pecado y tomando el camino de fe y santidad, entonces ha aprendido la lección que Dios le está enseñando ese día: “He aquí que el temor del Señor es la sabiduría, y el apartarse del mal, la inteligencia” (Job 28:28). Ésta es la única sabiduría verdadera. Siguen siendo muy necios los que no la encuentran, no importa lo sabio que sean en otras disciplinas. Ésta es la sabiduría enseñada en la escuela divina de la aflicción (He. 12:10). La voz que disciplina dice: “Sed sabios para bien de vuestras almas”. Que ésta es la sabiduría verdadera, se manifiesta en que,…

Es sabiduría práctica, sabiduría para regular la vida del hombre en el camino hacia la felicidad(Os. 14:9). Cuántos hay que se creen sabios, pero muestran su necedad errando el blanco por la manera de vivir que escogen (Jer. 22:13-16). Es la sabiduría, es decir el temor del Señor, lo que pone al hombre en el verdadero camino de la felicidad, el cual es fe y santidad (Mr. 16:16; He. 12:14). ¿De qué valen el conocimiento mundano carnal, las profundas especulaciones del hombre natural sobre las ciencias doctas, y las nociones secas y sin gusto de los profesantes ceremoniosos de la religión? Todos estos no son más que insignificancias fatigosas, puro ruido, naderías que nunca mejoran a los hombres [aunque los hagan más eruditos].

Es sabiduría para uno mismo (Pr. 9:12). Hay hombres cuya sabiduría siempre consideran como algo que necesitan los demás, no ellos mismos. Se parecen al remero de la embarcación que lleva pasajeros, pero todo el tiempo que va remando tiene sus ojos fijos en el lugar de donde salieron. En cuanto desembarca a sus pasajeros, regresa a su lugar de origen. Tal es la sabiduría de todos los impíos: su sabiduría puede ser provechosa para el alma o el cuerpo de otros, pero, lastimosamente, a ellos de nada les aprovecha (1 Co. 9:27; Mt. 6:19-20). En cambio, la excelencia de la verdadera piedad es que “da vida a sus poseedores” (Ec. 7:12). Le da forma al alma, vaciándola en el molde de la verdad, santifica el corazón y la vida conforme con la naturaleza y voluntad divina, y tanto perfecciona a la naturaleza humana que se levanta como una estructura gloriosa de la ruina en que se desmoronó por la Caída.

Es sabiduría para el final de uno mismo (Dt. 32:29). El necio del que se habla en el Evangelio, tenía suficiente ingenio para proveerse de lo necesario para muchos años de vida. Pero en esto radicó su necedad: que no proveyó nada para el final de sus días, para la hora de su muerte (Lc. 12:20). Entre nosotros hay muchos así de necios. Una de las expresiones de Grotius10, un erudito del siglo pasado en su lecho de muerte, fue: “¡He perdido la vida, ay, laboriosamente en no hacer nada!”.

Es sabiduría para la mejor parte(Lc. 10:41-42). La sabiduría del mundo es sólo para la parte más básica del hombre: su cuerpo. Le es provechosa en los negocios y en la cotidianeidad. Sólo se circunscribe a lo externo, mientras los asuntos del alma quedan abandonados. En cambio, esta sabiduría perfecciona la vida y los intereses del alma, le asegura un título en el cielo y lo encamina hacia la felicidad eterna (Pr. 8:35).

Por último, es sabiduría para un mundo mejor (He. 11:14-16). Nuestros proyectos para este mundo, como son para nosotros mismos, mueren con nosotros (Sal. 146:4); en cambio, los que son sabios para ese mundo mejor, siendo realmente piadosos, se encontrarán con que sus previsiones sabias fueron realizadas a tiempo para tener su efecto feliz en la eternidad (Ap. 14:13). Lo que ahora siembran, entonces, cosecharán con gozo.

Procederé ahora a detenerme en algunos detalles de la sabiduría que esta época nos llama a considerar:

1. Inquirir seriamente sobre las causas por las que el Señor contiende con nosotros(Job 10:2). Cuando la mano del Señor está contra nosotros, es sabio de nuestra parte descubrir por qué (Lm. 3:39). Hay una causa. Él no nos hiere sin una buena razón y, si no la conocemos, nuestro corazón no puede lamentarla.

Dios contiende con la congregación y el mundo en general. Será bueno tomarlo en serio. Dos cosas parecen ser la razón principal:

(1) Abuso y mal uso de las misericordias y los privilegios espirituales. Así, amenazó el Señor a la Iglesia del Antiguo Testamento: “Si no cuidares de poner por obra todas las palabras de esta ley que están escritas en este libro, temiendo este nombre glorioso y temible: JEHOVÁ TU DIOS, entonces Jehová aumentará maravillosamente tus plagas y las plagas de tu descendencia, plagas grandes y permanentes, y enfermedades malignas y duraderas” (Dt. 28:58-59). Tal cuestión causó una dolorosa enfermedad a la iglesia de Corinto (1 Co. 11:30). Las divisiones visibles y el abandono de las Ordenanzas en el país son causas de juicio, y el pecado no tratado por el cual se derrama desprecio sobre las preciosas Ordenanzas del evangelio, empañan el éxito del evangelio por los muchos obstáculos que anteponen en el camino de las almas que se beneficiarían de estas Ordenanzas. Es así que se escupen los mosquitos, pero se tragan los camellos con respecto a lo que la culpabilidad profunda hace para impedir el bien espiritual de almas que perecen. Y ¡ay!, ¿cuán evidente es nuestra infructuosidad bajo los medios de la gracia? ¿Cuán pocos son los favorecidos por el Evangelio predicado? La Palabra de Dios es despreciada e ineficaz para nuestra reforma: Su santo nombre es profanado, sus [días de reposo] son violados, los sacramentos son descuidados por algunos y profanados por otros con sus vidas impías e indiferentes. ¿Por qué es de extrañar que por esta causa estén “muchos enfermos y debilitados entre [nosotros], y muchos duermen”? (1 Co. 11:30). Las advertencias y reprensiones de poco valen, la convicción es rara y la conversión es aún más rara. A muchos no les queda ninguna apariencia de piedad y a pocos les queda más que la apariencia de ella. Muchos claman contra los pecados de otros, mientras las manchas visibles en sus propias vidas no los lleva a golpearse el pecho y exclamar: “¡Qué he hecho!” Dios no quiera que el desprecio y abuso de los privilegios del evangelio nos saque del reino de Dios.

(2) Abuso y mal uso de misericordias temporales. Es dado observar que la promesa de abundancia dada a la Iglesia y el uso de su abundancia de una manera piadosa, viene acompañada de la promesa de la desaparición de la enfermedad (Éx. 23:25; Dt. 7:12-14). Esto nos dice que Dios castiga con enfermedad a quien abusa de la abundancia. Dios ha dado al país años de abundancia y ¿cuál ha sido su uso, sino el desprecio a Dios y a las normas de justicia y rectitud, aumento de orgullo y vanidad, y ebriedad por el abuso inusual de esa bebida fuerte que nunca fue ordenada para ser tomada ordinariamente; los amos que rompen el yugo, unos a otros se menoscaban y debilitan por toda la comarca; los siervos rompen sus cadenas haciéndose ingobernables y desleales? El año pasado, di una advertencia de la Palabra de Dios contra estas cosas en particular, pero me parece que, desde entonces, han aumentado. No es de asombrarnos entonces, que Dios haya tratado con nosotros de manera diferente este año.

Dejemos que estas cosas sean pesadas en balanza por todos nosotros a la vista de Dios. Y dejemos que las personas, en lo individual y como familias, especialmente los que han estado o están bajo la vara [correctora de Dios], inquieran cuáles son las causas de la contienda de Dios con ellos para que puedan ver por qué el Señor contiende.

**2. Ser humillados por las cosas que causan la ira de Dios y volver sus corazones a Dios, quien sufrió en la persona de Cristo.**Esto sería lo más sabio para nosotros (Lv. 26:41-42; Mi. 6:9). ¡No es el momento de vivir como los pecadores cuando Dios se ha levantado para alertarnos! Es el momento de caer humillados ante Él y, por medio de un cambio radical, apartarnos de los caminos que provocan a Dios. ¡Escuchemos la voz [correctora] de la vara! Clama a gran voz dos cosas en este día.

**(1) Aprovechemos al máximo este tiempo para escuchar el Evangelio.**Algunos sermones han sido los últimos que algunos pudieron escuchar. ¡Algunos escucharon el sermón del Día del Señor con buena salud y al siguiente domingo, estaban en la eternidad! Esto nos dice: “Escucha cada día como si fuera el último”.

(2) Valoremos mejor las misericordias temporales, no sea que provoquemos que Dios nos las quite. La salud, las fuerzas y otras comodidades temporales, han de ser administrados con sabiduría porque su duración no depende de nosotros (Ec. 9:10).

3. Ocupémonos y asegurémonos de la eternidad mientras vivimos. Recordemos la parábola del constructor prudente y el constructor insensato (Mt. 7:24-27) y lo fácil que es descuidar estos asuntos mientras gozamos de buena salud y tenemos fuerza.

(1) Cuidémonos de no perder nuestros intereses de más valor por culpa de un corazón engañoso, un mundo traicionero y un diablo astuto. Satanás anda rondando alrededor de muchos pobres ignorantes, engañándolos hasta el punto en que pierden su alma, su porción de Cristo y el cielo, y toda la felicidad del mundo venidero (Mt. 16:26). Y se pierden las bendiciones de Dios por satisfacer su lascivia, una práctica más tonta que si uno renunciara a una herencia por tener al instante un juguete infantil. Eso hizo Esaú. Por eso, sé sabio a tiempo.

(2) Cuidémonos de no dejar que se nos escapen las mejores ofertas por estar yendo tras vanidades (Pr. 17:16). No son pocos los que, ocupados con las vanidades pasajeras de este mundo, se pierden la oportunidad de hacer tesoros en el campo del evangelio. Por lo tanto, seamos sabios.

(3) Cuidémonos de no llenarnos de sueños y fantasías que no tienen nada de realidad. Hay muchas vírgenes imprudentes con lámparas sin aceite y constructores imprudentes que edifican sobre la arena. Hay muchos, cuya vida no es más que un sueño continuo en que no juzgan nada acertadamente —ni a Dios, ni al cielo, ni al infierno ni al mundo— de modo que su despertar sólo puede ser terrible. Seamos sabios.

4. Preparémonos [oportunamente] para la muerte y el juicio (Mt. 24:44). Es cierto que, por naturaleza, no estamos preparados para ese gran cambio. Y, por desgracia, no estamos dispuestos a pensar en la muerte y el juicio ni a prepararnos para él. Pero la necesidad no tiene ley. Debemos morir y debemos estar preparados para la muerte o estaremos arruinados. Si no nos preparamos a tiempo, nuestra vela puede ser apagada antes de haber acabado nuestra obra en esta tierra.

**(1) Hagamos un hábito, nuestra preparación para morir en un estado de gracia (**Ro. 8:1). Asegurémonos de salir del estado natural en que nos encontramos y de entrar en el estado de gracia. Y entonces, venga la muerte cuando venga, nos transportará directamente al estado de gloria. Son dos cosas las que aquí nos tenemos que asegurar. [1] Asegurémonos de que ya tenemos una morada en el cielo. Allí no entrará nadie que no tenga derecho a ello (Mt. 25:34; 2 Co. 5:1). Los demás recibirán un portazo en la cara. “Pero”, puede ser que nos preguntemos, “¿cómo hago para tener derecho de ir al cielo?”. _Respuesta:_Desposémonos con el Heredero y el cielo será nuestra dote. El pacto eterno nos es presentado en el evangelio: Dios será nuestro Dios en Cristo y Cristo será nuestro en todos sus oficios11. Por lo tanto, entremos en un convenio solemne y decidido con Dios esta noche, aceptando a Cristo y a su pacto, con la mirada puesta en la muerte y la eternidad. [2] Dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz (Col. 1:12). No seremos idóneos hasta cambiar de naturaleza. “¿Cómo me hago apto?”, quizá preguntemos. Respuesta: Creyendo y abrazando a Jesucristo por su Espíritu de santificación (1 Co. 1:30). En Él hay una plenitud del Espíritu para ser comunicada y la fe debe ver a Cristo por su Espíritu santificador. Despojémonos del hombre viejo y vistámonos del hombre nuevo; seamos nuevas criaturas y dejemos atrás las cosas viejas y todas serán hechas nuevas. Sin esto, en vano pretenden los hombres tener fe (2 Co. 5:17) y, en vano, buscarán los hombres el cielo (Jn. 3:3).

Si los fielmente preparados mueren súbitamente o sufren un ataque delirante imprevisto y fallecen en sus delirios, están seguros porque “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1).

(2) Preparémonos para la muerte, en un marco de gracia, conscientes de su realidad para poder morir tranquilos. [1] Apurémonos en cumplir con la obra que se nos ha encomendado. Sea cual fuere el trabajo específico que nos viene a la mano para hacer, hagámoslo sin dilación para la honra de Dios (Mt. 24:46) porque si lo demoramos, podemos perder la oportunidad para siempre. [2] Conservemos siempre una limpia conciencia en nuestro diario vivir (Hch. 24:16). Y cuidémonos de cualquier controversia que puede haber entre Dios y nosotros, porque si la hay, nos pesará en la hora de la muerte. [3] Deshagámonos del mundo y soltemos todo lo que de él todavía tenemos, como el manto de José. [4] Aguardemos y seamos vigilantes (Lc. 12:36). No dejemos de pensar en la muerte y la vida venidera para que no nos sorprenda. [5] Por último, preparémonos para más pruebas y calamidades públicas y generales. Esto es un poco de la sabiduría que obtenemos cuando pasamos por infortunios. Recordemos que ataques cerebrales menores, por lo general, son precursores de otros mayores. Sodoma y Gomorra sufrieron un ataque menor, pero fueron destruidos por fuego del cielo (Gn. 14:10). Y nuestro Señor les dijo a los judíos que si no se arrepentían, morirían (Lc. 13:5), amenaza que se cumplió con la destrucción de Jerusalén. El día puede venir cuando los hombres alaben a los muertos y quizá se salven de este ataque menor, pero sufrirán prematuramente uno peor, antes de que todo llegue a su fin. Cuando la copa de la ira de Dios cunda por toda la tierra, aquellos que la toman primero, por lo general, terminan mejor. “¿Cómo nos prepararemos?”, preguntamos. Respuesta: Mantengámonos limpios de pecados y de las trampas del día y del lugar donde vivimos. Perseveremos en ser fieles al Pacto de Gracia12, seguro e inalterable, y no sufriremos ningún mal.

Tomado de Las obras completas de Thomas Boston(The Complete Works of Thomas Boston), Tomo 2 (Londres, William Tegg & Co. 1853), 665-670; de dominio público.

Thomas Boston (1676-1732): Pastor y teólogo presbiteriano escocés; nacido en Duns, Berwickshire, Reino Unido.