La enfermedad es universal
J.C. Ryle (1816-1900)
Hay enfermedades por todas partes: en Europa, en Asia, en África, en América; en países tropicales y en los fríos; en naciones civilizadas y en tribus salvajes; hombres, mujeres y niños se enferman y mueren.
Hay enfermedades en todas las clases sociales. La gracia no pone al creyente fuera de su alcance. Las riquezas no pueden comprar exenciones de ellas. Los que están en altos rangos no pueden prevenir sus embates. Los reyes y sus súbditos, amos y siervos, ricos y pobres, educados e iletrados, maestros y alumnos, médicos y pacientes, pastores y congregaciones, todos, sin excepción caen ante sus embestidas. “Las riquezas del rico son su ciudad fortificada” (Pr. 18:11). La casa del hombre es llamada su castillo, pero no hay puertas ni rejas que puedan impedir la irrupción de la enfermedad y de la muerte.
Las enfermedades son de todo tipo y descripción. Desde la coronilla de la cabeza hasta la planta de los pies, estamos expuestos a las enfermedades. Es aterrador pensar en la capacidad de sufrir que tenemos. ¿Quién puede contar las dolencias a las que puede estar sujeto nuestro cuerpo? ¿Quién ha visitado alguna vez un museo de mórbida anatomía sin temblar? “Es extraño que un arpa de mil cuerdas se mantenga afinada durante mucho tiempo”. A mi modo de ver, no es sorprendente que los hombres mueran tan pronto, sino que, de hecho, vivan por tanto tiempo.
La enfermedad es, a menudo, una de las lecciones más humillantes y angustiantes que le pueden suceder al ser humano. Puede convertir al hombre más fuerte en un niño y hacerle sentir que “…la langosta será una carga,…” (Ec. 12:5). Puede volver inválido al más valiente y hacerlo temblar cuando cae un alfiler. Dice el salmista: “Tú formaste mis entrañas; tú me hiciste… formidables, maravillosas son tus obras” (Sal. 139:13-14). La conexión del cuerpo con la mente es extrañamente cercana. La influencia que pueden tener algunas enfermedades sobre el temperamento y el ánimo es inmensa. Hay enfermedades del cerebro, del hígado y de los nervios que pueden acabar con un Salomón y convertirlo en un infante. El que quiera conocer las profundidades de humillación en las que puede caer el hombre, no tiene más que cuidar a enfermos por un tiempo.
Nada que el hombre haga, puede prevenir las enfermedades. Sin duda, puede prolongar en algo su promedio de vida. La ciencia médica puede descubrir, continuamente, nuevos remedios y obtener curaciones sorprendentes. La aplicación de medidas sanitarias apropiadas durante calamidades puede disminuir, en gran manera, la mortandad en el país. Pero tarde o temprano, sea en comunidades saludables o insalubres, en climas templados o fríos, sea que se trate con homeopatía o alopatía1, el ser humano se enferma y muere. “Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos” (Sal. 90:10). Ese testimonio es muy cierto. Era cierto hace 3300 años y lo sigue siendo.
Ahora pues, ¿qué hacer frente a esta tremenda realidad que es la prevalencia universal de la enfermedad? ¿Cómo la podemos dilucidar? ¿Qué explicación podemos dar? ¿Qué respuesta daremos a nuestros hijos cuando nos preguntan: “Papá, por qué se enferma y muere la gente”? Estas son preguntas complicadas. Creo que puedo contestarlas con algunas palabras que no estén fuera de lugar.
¿Podemos suponer por un momento que Dios creó las enfermedades y dolencias en el principio? ¿Podemos imaginarnos que el Dios, quien formó nuestro mundo estableciendo un orden tan perfecto, formaría sufrimientos y dolores innecesarios? ¿Podemos pensar que el que hizo todo “bueno en gran manera” (Gn. 1:31), hizo que la raza de Adán se enfermara y muriera? A mí, la idea me resulta repugnante. Introduce una gran imperfección a las obras perfectas de Dios. Tengo que encontrar otra respuesta para satisfacer mi mente.
La única explicación que me satisface es la que nos da la Biblia. Algo sucedió en el mundo que destronó al hombre de su posición original y le quitó los privilegios que originalmente tenía. Apareció algo que, como un puñado de cascajo arrojado dentro de una maquinaria, estropeó el orden perfecto de la creación de Dios. ¿Y qué fue ese algo? Respondo con una sola palabra: Pecado. “El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte” (Ro. 5:12). El pecado es la causa de toda enfermedad, dolencia, dolor y de todo sufrimiento en la tierra. Todo esto es parte de la maldición que vino al mundo cuando Adán y Eva comieron el fruto prohibido y cayeron. No habría ninguna enfermedad si no hubiera habido ninguna Caída. No habría ninguna enfermedad si no hubiera habido ningún pecado.
Haré una pausa a estas alturas, pero no por ello me desviaré del tema. Hago una pausa para recordar a mis lectores que no existe un fundamento tan insostenible como el de los ateos, los deístas2 y demás incrédulos que no creen en la Biblia. Aconsejo al lector joven de este escrito que se siente confundido por los argumentos audaces y engañosos del incrédulo, que estudie bien el importantísimo tema de las dificultades de la infidelidad3. Afirmo enérgicamente que se requiere mucha más credulidad para ser un infiel que para ser un cristiano. Afirmo enérgicamente que existen grandes realidades patentes en la condición de la humanidad que nada, fuera de la Biblia, puede explicar, y que una de esas grandes realidades es la prevalencia del dolor, la enfermedad y las dolencias. En suma, una de las dificultades más poderosas que enfrentan el ateo y el deísta es el cuerpo del hombre.
Sin duda, usted ha oído hablar de los ateos. Ateo es aquel que profesa creer que no hay ningún Dios, ningún Creador, ninguna Causa Inicial, y que todas las cosas se formaron en este mundo por pura casualidad. ¿Haremos caso a semejante doctrina? Lleve a un ateo a una de las excelentes facultades de medicina de nuestro país y pídale que estudie la estructura maravillosa del cuerpo humano. Muéstrele la habilidad sin paralelos que conforma cada coyuntura, vena, válvula, músculo, tendón, nervio, hueso y extremidad. Muéstrele la adaptación perfecta de cada parte del cuerpo humano entre sí para cumplir su propósito específico. Muéstrele sus mil funciones delicadas para encarar el desgaste y reponer el vigor diario que se pierde en las diferentes actividades. Y después pregúntele a este hombre que niega la existencia de Dios y de una gran Primera Causa, si todo este maravilloso mecanismo es el resultado de la casualidad. Pregúntele si todo se fue organizando al principio por pura suerte o por accidente. Pregúntele si eso es lo que piensa del reloj al que consulta la hora, el pan que come o el abrigo que viste. ¡Oh, no! El diseño del cuerpo humano es una dificultad insuperable en el razonamiento del ateo. Existe un Dios.
Sin duda, usted ha oído hablar de los deístas. Deísta es el que profesa creer que hay un Dios que creó al mundo y todo lo que en él hay. Pero no cree lo que dice la Biblia. “Un Dios, ¡pero no la Biblia! Un Creador, ¡pero no el cristianismo!”. Tal es el credo del deísta. Entonces, ¿haremos caso a semejante doctrina? Vaya con un deísta a un hospital y muéstrele algunos de las espantosas consecuencias de la enfermedad. Llévelo a la cama donde un tierno niño que todavía ni siquiera sabe distinguir entre el bien y el mal, languidece con un cáncer incurable. Envíelo a la sala donde yace una madre cariñosa de una familia numerosa en la última etapa de una enfermedad atroz. Muéstrele algunos de los sufrimientos y agonías de los cuales la carne es heredera y pídale que los explique. Pregúntele a esa persona, que cree que hay un Dios grande y sabio que creó al mundo, pero que no puede creer lo que dice la Biblia. Pregúntele cómo explica estas muestras de desorden e imperfección en la creación de su Dios. Pídale a quien desdeña la teología cristiana y es demasiado sabio para creer en la caída de Adán, que le explique la prevalencia universal del sufrimiento y la enfermedad en el mundo. ¡Indagará en vano! No recibirá una respuesta satisfactoria. La enfermedad y el sufrimiento son dificultades insuperables en el razonamiento del deísta. El hombre ha pecado y, por lo tanto, sufre. Adán cayó de su primera condición y, por ello, los descendientes de Adán enferman y mueren.
La prevalencia universal de la enfermedad es una de las evidencias indirectas de que la Biblia es auténtica. La Biblia lo explica. La Biblia contesta las preguntas que pueden surgir en cada mente inquisitiva. Ningún otro sistema religioso puede hacerlo. En esto, todos los sistemas fracasan. Guardan silencio. No salen de su confusión. Sólo la Biblia puede encarar el tema de frente. Proclama con firmeza el hecho de que el hombre es una criatura caída y, con igual firmeza, proclama un vasto sistema para remediarlo que satisface sus perplejidades. Me siento seguro en la conclusión de que la Biblia procede de Dios. El cristianismo es una revelación del cielo. “Tu palabra es verdad” (Jn. 17:17).
Permanezcamos firmes en el antiguo y sólido fundamento: La Biblia y, sólo la Biblia, es la revelación divina de Dios mismo al hombre. No deje que le hagan dudar los muchos ataques del escepticismo moderno al Libro inspirado. No preste atención a las preguntas difíciles que a los enemigos de la fe les encanta postular acerca de supuestas dificultades bíblicas y a las cuales, quizá muchas veces, no le puede usted dar respuesta. Ancle su alma firmemente en este principio seguro de que la totalidad del libro contiene la verdad de Dios. Dígale a los enemigos de la Biblia que a pesar de sus argumentos, no hay ningún libro en el mundo que pueda compararse con la Biblia —ninguno que satisfaga tan a fondo las necesidades humanas —ninguno que explique tanto sobre el estado de la humanidad. En cuanto a las cosas difíciles de entender en la Biblia, dígales que se contenta con esperar. Hay suficiente verdad lisa y llana en el Libro como para satisfacer su conciencia y salvar su alma. Las cosas difíciles un día se aclararán. Lo que no sabemos ahora, lo sabremos en el más allá.
Tomado de Sickness, en inglés (Enfermedad), disponible en Chapel Library.
J. C. Ryle (1816-1900): Obispo anglicano; condado de Cheshire, Inglaterra.