El regalo incalculable de la salud
Arthur W. Pink (1886-1952)
Qué bendición invaluable es un cuerpo sano y la buena salud, un beneficio negado a algunos desde la cuna y que pocos realmente aprecian hasta que les es quitada. Desde hace mucho, le ha impresionado a este escritor, lo extraordinario que es el hecho de que alguno de nosotros disfrute de buena salud, ¡teniendo en cuenta que han pasado alrededor de seis mil años desde que heredamos el pecado y sus consecuencias!
No es más que por la bondad y benevolencia de Dios que la mayoría llegamos al mundo con un cuerpo más o menos sano y llegamos a la juventud pletóricos de buena salud. Pero luego, el pecado y la insensatez tienen un grave efecto y la salud de millones de personas se ve gravemente afectada antes de llegar a una mediana edad. Tampoco es siempre el resultado de la intemperancia4 y el libertinaje5. A menudo, es el resultado de la ignorancia, de no practicar algunas de las reglas más elementales de higiene. Es lamentable que son demasiados los que no aprenden de ninguna otra escuela que la dura y amarga experiencia personal y, en consecuencia, sólo descubren cómo vivir cuando les llega el momento de morir. Es cierto que no podemos poner cabezas viejas sobre hombros jóvenes, pero aun así, si los inmaduros son demasiado soberbios como para escuchar los consejos de los maduros, por fuerza sufrirán las consecuencias.
De seguro, en igualdad de circunstancias, el cristiano debiera gozar de más salud que el que no es cristiano. ¿Por qué? Porque si su andar está regulado por la Palabra de Dios, por lo menos, será preservado de las enfermedades que son fruto de ciertas transgresiones. “Integridad, ejemplaridad” son dos de los sinónimos de la palabra santidad en nuestro idioma. ¡Mientras menos pecamos, menos sufrimos las consecuencias! “La piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera” (1 Ti. 4:8). Una de las leyes básicas de la buena salud es la del Día de reposo. “El día de reposo fue hecho por causa del hombre” (Mr. 2:27), para su bien porque lo necesita. Fue hecho para el hombre, a fin de que pudiera ser un hombre, más que una bestia de carga o una máquina humana. Su cuerpo lo necesita, tanto como su alma. Esto es muy evidente en este país. Cuando Francia colapsó y Gran Bretaña enfrentó la más desesperante de las crisis en su larga historia, el gobierno ordenó neciamente que los trabajadores en las minas y las fábricas de municiones trabajaran siete días a la semana, pero pronto descubrieron que los obreros producían menos de lo que rendían en seis días. No aguantaban la presión del esfuerzo adicional.
Descansando de sus labores el Día de reposo, el hombre puede recuperar sus fuerzas para cumplir las tareas de la siguiente semana. Pero esto no puede lograrse asistiendo a una reunión tras otras ese día, ni agotándose por las largas caminatas a los cultos y de vuelta a casa —trasladar la tienda más cerca del altar es la solución— y, menos aún, profanando el Día con recreaciones carnales.
Otro precepto divino que promueve buena salud es: “El que creyere, no se apresure” (Is. 28:16). Junto con la aceleración de la vida moderna, vemos los desórdenes nerviosos que se complican, además de los asesinados o lesionados en las carreteras. Por muchos años, evitábamos los automóviles y trenes cuando la distancia a cubrir no era demasiado larga para ir a pie; no los usábamos más que dos o tres veces al año. Estar yendo de acá para allá, apurados y corriendo sin parar, no sólo es perjudicial, sino una violación de la norma divina: “Aquel que se apresura con los pies, peca” (Pr. 19:2) que quiere decir exactamente lo que dice6.
“Así que, no os afanéis por el día de mañana” (Mt. 6:34). Cómo obedecer este precepto promueve buena salud y no necesita comentario. Son las preocupaciones y las ansiedades las que alteran la mente, afectan la circulación, alteran la digestión e impiden un sueño reparador. Si el cristiano echara toda su ansiedad sobre el Señor (1 P. 5:7), ¡qué libre de ansiedades viviría! “El gozo de Jehová es vuestra fuerza” (Neh. 8:10), tanto física como espiritualmente. Qué solución para un cuerpo agotado y mente cansada es deleitarnos en el Señor: “El corazón alegre constituye buen remedio” (Pr. 17:22). “Hijo mío, está atento a mis palabras… Inclina tu oído a mis razones. Guárdalas en medio de tu corazón; porque son vida a los que las hallan, y medicina a todo su cuerpo” (Pr. 4:20, 21-22). ¿Realmente creemos esto? “No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal; porque será medicina a tu cuerpo, y refrigerio para tus huesos” (Pr. 3:7-8).
La vida piadosa propicia una mente y un cuerpo sano, si no intervienen otros factores. Al decir “si no intervienen otros factores”, nos referimos a alguien que no está sufriendo por los pecados de su padre, gracias a que éste no alcanzó a arruinarse la salud por sus desenfrenos antes de su conversión; y quien practica el sentido común de seguir las normas de higiene elementales. El que “de todo se abstiene” (1 Co. 9:25) se librará de muchos, si no todos, esos males que son el precio que se paga por la intemperancia. Las Escrituras no requieren que seamos espartanos ni epicúreos7, sino que nuestra sobriedad “sea conocida de todos los hombres” (Fil. 4:5). Dios “nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (1 Ti. 6:17), pero no para que abusemos de ellas. “Todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse” (1 Ti. 4:4), siempre y cuando se use debidamente, pues aun sus mejores creaciones son dañinas si se usan al exceso. Dios ha provisto una gran variedad de cosas en la naturaleza y cada uno tiene que aprender por sí mismo, lo que mejor le conviene y privarse de lo que le perjudica.
Tomado de Divine Healing: Is It Biblical?, en inglés (Sanidad divina: ¿Es bíblica?), disponible en Chapel Library.
Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia, autor; nacido en Nottingham, Inglaterra.
Cristo es médico. Uno de sus títulos es: “Yo soy Jehová tu sanador” (Éx. 15:26). Es sanador del cuerpo: Dio vista a los ciegos, limpió a los leprosos, sanó a los enfermos, resucitó a los muertos (Mt. 8:16). Es Él quien da virtud a la medicina y la hace sanadora. Y Él es el médico del alma: “Él sana a los quebrantados de corazón” (Sal. 147:3). Nosotros, como muchos otros, somos impotentes enfermos: Uno tiene fiebre; otro, un miembro paralizado; otro, hemorragia porque está bajo el poder de alguna corrupción hereditaria. Ahora Cristo es el médico del alma: sana estas enfermedades. —Thomas Watson
Sanarse de una enfermedad debiera siempre adjudicarse a Dios. Sea cual fuere la parte que cumpla el médico —y con frecuencia es una parte muy importante— quien da al médico sabiduría y habilidad es Dios, y a Él le corresponde el mérito. —Charles Spurgeon
Me atrevo a decir que la bendición terrenal más grande que Dios puede darnos es buena salud, con la excepción de la enfermedad. La enfermedad ha sido, a menudo, más provechosa para los santos de Dios que la buena salud. —Charles Spurgeon