El que amas está enfermo
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
“Señor, he aquí el que amas está enfermo” (Juan 11:3).
Jesús amaba a María, a Marta y a Lázaro. Es motivo de gozo ver a toda una familia viviendo en el amor de Jesús. Estos hermanos formaban un trío favorecido y, aun así, tal como la serpiente irrumpió en el Paraíso, entró el sufrimiento a su tranquilo hogar en Betania. Lázaro estaba enfermo. Todos sentían que si Jesús hubiera estado allí, la enfermedad huiría de su presencia. ¿Qué era lo mejor que podían hacer ahora, sino hacerle saber su problema? Lázaro se encontraba en el umbral de la muerte, por lo que sus cariñosas hermanas se lo reportaron inmediatamente a Jesús, diciendo: “Señor, he aquí el que amas está enfermo”. Desde entonces hasta ahora, ese mismo mensaje se le ha dado a conocer a Jesús porque, en múltiples casos, Él ha “escogido en horno de aflicción” a su pueblo (Is. 48:10). Del Señor se ha dicho: “Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mt. 8:17) y, por lo tanto, no es cosa rara que los miembros se conformen, en este asunto, a su Cabeza.
Notemos, en primer lugar, un hecho mencionado en el texto: “Señor, he aquí el que amas está enfermo”. Las hermanas se muestran algo sorprendidas de que esto fuera así porque la expresión “he aquí”, sugiere asombro. “Nosotros lo queremos y lo curaríamos inmediatamente. Tú lo amas y, aun así, sigue enfermo. Tú, con una sola palabra, lo puedes sanar. Entonces, ¿por qué está enfermo el que amas?”. ¿No le ha sucedido, querido amigo enfermo, que, a menudo, se ha preguntado por qué su enfermedad dolorosa o larga no puede ser consistente con el hecho que ha sido llamado y hecho uno con Cristo? Me atrevo a decir que esto lo ha desconcertado grandemente y, no obstante, la realidad es que nada tiene de extraño, sino que es algo de esperar.
No nos debe asombrar que el hombre que el Señor ama está enfermo, porque es sólo un hombre. El amor de Jesús no nos exime de las necesidades y enfermedades comunes de la vida humana. Los hombres de Dios siguen siendo hombres. El Pacto de Gracia22 no es una carta de exención del reumatismo, tuberculosis o asma. Los males físicos a los que estamos sujetos debido a nuestra carne, nos acompañarán hasta la tumba; Pablo lo dice así: “Los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia” (2 Co. 5:4).
Aquellos a quienes el Señor ama son los más propensos a enfermarse porque se encuentran bajo una disciplina singular. Escrito está: “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (He. 12:6). La aflicción, del tipo que sea, es una de las características del auténtico hijo de Dios, y sucede con frecuencia, que la prueba se manifiesta por medio de una enfermedad. ¿Nos extrañaremos entonces, de que tenemos que cumplir nuestro turno de estar enfermos? Si Job, David y Ezequías tuvieron que sufrir, ¿quiénes somos nosotros para asombrarnos porque tenemos mala salud?
Tampoco es extraño estar enfermos si reflexionamos en el gran beneficio que, a menudo, surge de esa prueba. No sé de qué forma habrá mejorado Lázaro específicamente como resultado de su enfermedad, pero lo cierto es que muchos discípulos de Jesús hubieran sido de poco provecho si no hubieran sufrido una dolencia. Los fuertes tienen la tendencia de ser duros, soberbios y egocéntricos, por lo que necesitan ser puestos en el horno para ser ablandados. He conocido mujeres cristianas que nunca habrían sido tan amables, tiernas, sabias, de tanta experiencia y santas, si no hubieran sido sensibilizadas por el sufrimiento físico. Existen frutos en el huerto de Dios que nunca maduran hasta ser magullados. Las mujeres jóvenes que tienden a ser volátiles, presumidas o muy locuaces, a menudo, se convierten en mujeres llenas de dulzura que aprenden a sentarse a los pies de Jesús como resultado de sufrir una enfermedad tras otra. Muchas han podido decir con el salmista: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos” (Sal. 119:71). Por esta razón, aun la más favorecida y bendita entre las mujeres, puede que sienta que una espada le atraviesa el corazón (Lc. 1:28; 2:35).
Con frecuencia, las enfermedades de aquellos que el Señor ama, son para bien de otros. A Lázaro se le permitió enfermar y morir, a fin de que por su muerte y resurrección, los apóstoles se beneficiaran. Su enfermedad fue “para la gloria de Dios” (Jn. 11:4). A lo largo de estos diecinueve siglos que han pasado desde la enfermedad de Lázaro, todos los creyentes se han beneficiado de ella y nosotros, hoy por hoy, nos beneficiamos porque languideció y murió. La Iglesia y el mundo pueden derivar mucho bien de los sufrimientos humanos. Los indiferentes pueden ser vivificados, los que dudan ser convencidos, los impíos ser convertidos, el que llora una muerte puede ser confortado por nuestro testimonio en tiempo de enfermedad y si esto es así, ¿vamos a querer evitar el sufrimiento y la debilidad? ¿Acaso no estamos dispuestos a que nuestros amigos digan también de nosotros: “Señor, he aquí el que amas está enfermo”?
No obstante, nuestro texto, no sólo relata el hecho, sino que menciona un informe de ese hecho. Las hermanas enviaron un mensajero a avisar a Jesús. Mantengamos una correspondencia constante con nuestro Señor contándole todo… Jesús sabe todo de nosotros, pero igual es un gran alivio poder derramar nuestros corazones ante Él. Cuando los atribulados discípulos de Juan el Bautista vieron la decapitación de su líder, “tomaron el cuerpo y… fueron y dieron las nuevas a Jesús” (Mt. 14:12). Es lo mejor que pudieron haber hecho. En toda dificultad, enviemos un mensaje a Jesús y no nos guardemos nuestro dolor. Cuando de Él se trata, no hay necesidad de mantener la reserva, no hay temor de que nos trate con fría soberbia, despiadada indiferencia ni cruel traición. Él es un confidente que nunca puede traicionarnos, un amigo que nunca nos rechaza.
Tenemos esta esperanza segura cuando le contamos a Jesús nuestros problemas: que de seguro nos sostendrá. Si nos acercamos a Jesús y preguntamos: “Señor misericordioso, ¿por qué estoy enfermo? Creía que era útil cuando estaba sano y ahora no puedo hacer nada, ¿por qué me sucede esto?”. Es muy posible que, con gusto, nos diga por qué; si no, nos dará las fuerzas para soportar su voluntad con paciencia, sin saber la razón. Puede hacernos recordar su verdad para alegrarnos, fortalecer nuestro corazón con su presencia, enviarnos consolaciones inesperadas y darnos glorias en nuestras aflicciones. “Oh pueblos; derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio” (Sal. 62:8). No en vano María y Marta enviaron a decírselo a Jesús y, no será en vano, si buscamos nosotros su rostro.
Recordemos también, que es posible que Jesús dé sanidad. No sería sabio vivir con una supuesta fe y dejar a un lado al médico y sus medicamentos, tal como no lo sería no recurrir al carnicero y al sastre y, luego, esperar ser alimentados y vestidos por fe; aunque esto sería mucho mejor que olvidar totalmente al Señor y confiar sólo en el hombre. La sanidad del cuerpo, al igual que del alma, debe ser buscada en Dios. Podemos hacer uso de medicinas, pero estas nada pueden hacer sin el Señor “que sana todas [nuestras] dolencias” (Sal. 103:3). Podemos contarle a Jesús los males que nos aquejan, nuestras declinaciones graduales y tos seca. Hay los que oran para pedir el perdón de sus pecados, pero no se atreven a pedirle al Señor que les quite el dolor de cabeza; sin embargo, si Dios cuenta cada cabello de nuestra cabeza, seguramente se interesará también por calmar el dolor punzante en la cabeza. Nuestras cosas importantes deben ser poco para un Dios tan grande y nuestras cosas pequeñas no pueden ser mucho menos. Es prueba de la grandeza de la mente de Dios que, mientras gobierna cielo y tierra, no está tan absorto en ello que se olvida del más mínimo dolor o necesidad de alguno de sus pobres hijos. Podemos acercarnos a Él con nuestros problemas de respiración porque Él nos dio los pulmones y la vida. Podemos contarle de los ojos que cada vez ven menos y de los oídos que cada vez oyen menos, porque Él los creó. Podemos mencionarle la rodilla hinchada, la coyuntura artrítica, el cuello duro y la torcedura del pie porque Él creó nuestros miembros, los redimió a todos y los levantará a todos de la tumba. Acudamos sin demora y digamos: “Señor, he aquí el que amas está enfermo”.
Tercero, notemos en el caso de Lázaro, un resultado que no hubiéramos esperado. Sin duda, cuando María y Marta mandaron a avisar a Jesús, esperaban que Lázaro se recuperara en cuanto el mensajero llegara al Señor a darle el mensaje, pero no fue así. El Señor permaneció en el mismo lugar por dos días y no fue hasta saber que Lázaro había fallecido que habló de ir a Judea. Esto nos enseña que Jesús puede conocer nuestras dificultades y, aun así, actuar como si le fueran indiferentes. No podemos esperar que, en todos los casos, nuestra oración pidiendo sanidad sea contestada porque, de ser así, nadie que tenga hijo o hija, amigo o conocido que ore por él, moriría. En nuestras oraciones por la vida de los hijos amados de Dios, no olvidemos que hay una oración que puede estar cruzándose con la nuestra se porque Jesús ora: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria” (Jn. 17:24). Oramos que se queden con nosotros, pero cuando reconocemos que Jesús los quiere en las alturas, ¿qué nos queda más que reconocer que esto sobrepasa nuestro deseo y decir: “No sea como yo quiero, sino como tú” (Mt. 26:39)? En nuestro propio caso, aunque oremos que el Señor nos sane, a pesar de que nos ama, puede permitir que empeoremos más y más y, al final, fallezcamos. A Ezequías le otorgó quince años más de vida, pero eso no quiere decir que a nosotros nos otorgue un día más. Nunca nos empecinemos tanto en pedir por la vida de alguien que amamos, ni por la propia, que nos rebelemos contra el Señor. Si exigimos tanto que un ser querido siga con vida, nos castigamos a nosotros mismos, y si amamos demasiado nuestra propia vida terrenal, nos estamos asegurando una muerte espinosa. A menudo, los hijos son ídolos y, en esos casos, los que tanto los aman son idólatras. Daría lo mismo que se hicieran un dios de barro y lo adoraran, como dicen que hacen los hindúes, que es lo mismo que adorar a otro ser humano porque, ¿qué somos más que barro? ¿Amaremos tanto al polvo que por él contenderemos con Dios? Si nuestro Señor nos deja sufrir, no nos quejemos. Él tiene que hacer lo mejor por nosotros porque nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos.
¿Dicen ustedes: “Sí, Jesús permitió que Lázaro muriera, pero le devolvió la vida”? Respondo que Él también es para nosotros resurrección y vida. Sea un consuelo en cuanto a los que partieron: “Tu hermano resucitará” (Jn. 11:23) y todos nosotros, cuya esperanza es en Jesús, participarán en la resurrección del Señor. No sólo vivirán nuestras almas, sino que nuestros cuerpos también se levantarán incorruptibles. La tumba servirá como crisol y este cuerpo vil ya no volverá a serlo. Algunos cristianos disfrutan mucho pensar que vivirán hasta que el Señor venga y, por lo tanto, escapar de la muerte. Confieso que no pienso que esto sea ganancia alguna porque, lejos de tener alguna ventaja sobre los que duermen, los que estén vivos hasta su venida, se perderán un privilegio único: El de morir y resucitar como su Señor (1 Ts. 4:15-17). Amados, “todo es vuestro” y ese “todo” incluye, expresamente, la muerte (1 Co. 3:21-22); por lo tanto, no la temamos, sino “ansiemos la noche para desvestirnos, para poder descansar en Dios”.
Concluiré con una pregunta: “Amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Jn. 11:5). ¿Te ama Jesús a ti en un sentido especial? Lamentablemente, muchos enfermos no tienen ninguna evidencia del amor especial de Jesús por ellos porque nunca han buscado su rostro, ni confiado en Él. Jesús les dirá: “Nunca te conocí” porque rechazaron su sangre y su cruz. Querido amigo, respóndele esta pregunta a tu propio corazón: “¿Amas a Jesús?”. Si tu respuesta es afirmativa, lo amas porque Él te amó primero. ¿Confías en Él? Si respondes que sí, esa fe tuya es prueba de que Él te ha amado desde antes de la fundación del mundo porque la fe es la muestra de que Él es fiel a su compromiso contigo.
Si Jesús te ama y estás enfermo, deja que todo el mundo vea cómo glorificas a Dios con tu enfermedad. Deja que amigos y enfermeros vean cómo el Señor alegra y conforta a sus amados. Deja que tu aceptación santa de la enfermedad, los asombre y los lleve a admirar a tu Amado, quien es tan generoso contigo y te hace feliz en medio del dolor, y te ayuda a mantenerte gozoso, aun en el umbral de la muerte. Si de algo vale tu religión, te sostendrá en ese momento y forzará a los inconversos a ver que aquel que el Señor ama está mejor en la enfermedad que los impíos cuando están rebosantes de salud y vigor.
Si no sabes que Jesús te ama, te falta la estrella más brillante que puede alegrar la noche de la enfermedad. Espero que no mueras tal como estás ahora y que pases a otro mundo sin disfrutar del amor de Jesús. Eso sería una verdadera calamidad. Busca su rostro sin demora y puede ser que tu enfermedad presente sea parte del camino del amor por el que Jesús te lleve a Él. Señor, sana a todos los enfermos del alma y del cuerpo. Amén.
Tomado de un sermón predicado ante una audiencia de damas inválidas en Mentone.
Chales H. Spurgeon (1834-1892): Predicador bautista inglés influyente; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra, Reino Unido.