El lecho de muerte no es favorable para encontrar vida eterna

John D. Wells (1815-1903)

Con firmeza y gustosamente, afirmo que muchos pecadores son llamados, justificados y salvados en su lecho de muerte. Con la esperanza de que el número aumente significativamente por la bendición de Dios y los esfuerzos denodados de pastores cristianos y otros, pido que me presten atención en cuanto a esto…

Sea cual fuere la naturaleza de la enfermedad, en ella está la mano de Dios. Las causas secundarias, de las cuales nosotros y otros nos ocupamos tanto, no escapan al control de la Gran Causa Primaria. La malaria y otras dolencias con calamidades de todo tipo, están sujetas a la voluntad divina. Y al Cristo vivo y exaltado le es dado ser “cabeza sobre todas las cosas a la iglesia” (Ef. 1:22). Esta gran verdad debería ser reconocida y apreciada, mucho más de lo que se estima. ¿Qué puede ser de más consuelo cuando nosotros mismos estamos enfermos o en peligro? Igualmente, alentamos los esfuerzos por llevar la salvación a otros que están, o parecen estar, al borde de la muerte. No obstante, la verdad me obliga a decir que el lecho de muerte es el lugar más desfavorable para aferrarse a la vida eterna. Para dar prueba de esto, les pido que me atiendan con toda seriedad:

Las invitaciones y promesas de la Biblia están dirigidas**,** principalmente**,** a personas evidentemente sanas. Es de esperar que los jóvenes recuerden a su Creador en los días de su juventud, antes de que vengan los días malos cuando la mayoría digan: “No tengo en ellos contentamiento” (Ec. 12:1). Tarde o temprano llegan esos días malos acompañados de debilidad física y trastornos mentales. Aunque tarden, al fin llegan, en muchos casos, si no todos, con declinación y decaimiento de espíritu características de la vejez. Es un hecho ampliamente verificado que nos acercamos al Señor y encontramos grandes consuelos de esperanza en el apogeo de la vida: “Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan” (Pr. 8:17). Esta dulce promesa de sabiduría personal concuerda, perfectamente, con lo que Jesús, tomando a los niños en sus brazos, dijo mucho después: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (Mr. 10:14).

El plan revelado para salvar a los perdidos supone que, por lo general, se anuncia públicamente el mensaje de salvación en lugares de reunión. Así fue el día de Pentecostés cuando tres mil fueron agregados a la Iglesia y, poco después, cuando otros miles aumentaron el número de discípulos. Los siervos auténticos de Dios son “embajadores de Cristo” (2 Co. 5:20). Son mensajeros, heraldos autorizados y enviados a dar a conocer los términos de la paz y a publicar las buenas nuevas de gran gozo. Es claro que se les requiere predicar el evangelio de casa en casa, al igual que en lugares públicos; a personas individualmente —jóvenes y ancianos— según tengan la oportunidad. Aun así, su gran comisión presupone que tienen acceso a multitudes donde se reúnen y no precisamente, a cuartos ensombrecidos por la enfermedad. Es cierto que muchos no salvos van a funerales en casas de familia o lugares de adoración pública por respeto al difunto, cuyo cuerpo está próximo a ser sepultado, para ofrecer sus condolencias o por una curiosidad mórbida, y que en estas ocasiones, el evangelio puede ser predicado con fidelidad y sinceridad. Pero creo que, raramente, producen el beneficio de la salvación. Cierto pastor muy devoto y con años de experiencia dio testimonio de que nunca supo de un pecador vivificado que aceptara a Cristo como resultado de haber asistido a un servicio fúnebre. Su explicación es ésta: Aunque es verdad que Dios siempre está atento para mostrar su gracia y que no se complace en la muerte del impío; es cierto también que no permite que lo deshonren, ni que el evangelio de su gracia sea ignorado por los que no se encuentran con Él regularmente en su casa, pero que no están dispuestos a dejar de asistir a los servicios fúnebres por alguna de las razones ya enunciadas.

A lo largo de mi ministerio, ha sido mi meta que los servicios fúnebres sean provechosos para los vivos, de consuelo para familiares y amigos de la persona fallecida y para salvación de los perdidos. En un solo caso, en que realicé el servicio para el sepelio de un hombre de negocios que se había quitado la vida, tuve razón para pensar que uno de sus vendedores se conmoviera para salvación bajo el influjo de las palabras dichas y la solemnidad extrema de la ocasión. Fue recibido en la comunión de nuestra iglesia, pero después de algunos años de vivir consecuentemente en relación con nosotros, desapareció y no sabemos dónde está ni si todavía vive14.

Es de suponer que las personas a las que el evangelio llega con poder salvífico, estarán activas y al servicio agradecido de su nuevo Señor. Es así que estando ociosos a cualquier hora, son llamados a trabajar en la viña del Señor y recibir el salario que nunca deja de dar a aquellos que le sirven. Dotados de talentos, sea uno o muchos, de acuerdo con su habilidad particular, deben usarlos para adquirir ganancias, a fin de poder rendir cuentas con gozo y no con tristeza, y ser de influencia en su comunidad (Mt. 20:1-16).

Ocupados en el trabajo honesto de sus campos o sus negocios, o aun satisfechos con disfrutar de sus familias, son llamados a un banquete, “una gran cena” (Lc. 14:16), por Aquel que no pone obstáculo a las ocupaciones honorables y la felicidad doméstica, sino que con sus generosos e inmerecidos banquetes de amor, prepara a sus convidados para un servicio activo y les otorga grandes recompensas. En ésta y otras parábolas de nuestro Señor, no hay nada que sugiera enfermedad y la interrupción de los trabajos propios de la vida.

Es una realidad histórica que la familia de Dios sobre la tierra tiene su principal aumento entre los que son fuertes y gozan de buena salud. En los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles, encontramos muchos casos de individuos que acudieron al Señor durante el ministerio de Cristo y el de aquellos que le servían en los primeros años de este ministerio del Espíritu. No fueron personas conducidas a la sobriedad y la piedad por una enfermedad grave con peligro de muerte. Los milagros de sanidad realizados por Jesús tenían mayormente, la intención de mostrar que el Hijo del Hombre tenía poder sobre la tierra para perdonar pecados y preparar testigos que harían públicas las alabanzas de Aquel que, no sólo los había sanado de una enfermedad, sino que los había llamado de muerte a vida.

Cuando el Espíritu Santo fue dado a los once y sus asociados, hombres y mujeres piadosos, pronto se les abrió un camino para alcanzar a la gente de Samaria y Cesarea, de Antioquía y las ciudades de Asia, de Macedonia y Acaya, y otras partes de Europa.

Hasta el día de hoy, como “hostias sacramentales”, [es decir, sin levadura de pecado] somos comisionados y, bajo el mandato de nuestro Señor, se nos requiere vestirnos con toda la armadura de Dios para luchar contra nuestros enemigos, que son también los de Él, y marchar adelante, tomando posesión de aldeas, ciudades, continentes y el mundo, en nombre de nuestro Señor.

Considerando todo el panorama, casi pareciera que el Dios de salvación perdió de vista el lecho del enfermo al buscar a sus hijos para integrar su familia sobre la tierra.

Como prueba adicional de que el lecho del enfermo y de muerte no es un lugar favorable para encontrar la salvación de Dios, recordemos la naturaleza del evangelio. Se trata de las buenas nuevas de salvación por la fe en Jesucristo. Pero es también una colección de verdades preciosas que tenemos que aprender, creer y vivir. Se relacionan con el ser, el carácter y las perfecciones de Dios; con la espiritualidad de su Ley, a la persona, los oficios y la obra redentora del Hijo amado de Dios, nuestro Señor Jesucristo; con la persona y obra del Espíritu Santo, a quien le corresponde convencernos de pecado, de darnos vida juntamente con Cristo, convencernos y capacitarnos para aceptarlo, tal como nos lo ofrece el evangelio.

En esto, por lo tanto, hay un llamado para que el hombre pecador oiga, aprenda, crea y practique la verdad. Felizmente, esto no depende de la agudeza de su intelecto. Conocí a un joven quien no se destacaba precisamente por su inteligencia, cuya naturaleza entera parecía desmoralizada —si no es que endemoniada— que fue llevado a los pies del Salvador y al servicio de su Maestro bajo el ministerio del joven sr. Malcom, alumno de este seminario mientras estaba yo allí, y fue de mucho provecho en un gran avivamiento que resultó en la salvación de muchas almas.

Aun así, es obvio que las personas debilitadas por sus enfermedades físicas y, a veces, con su mente confusa por demencia o torturadas por fuertes dolores, no se encuentran en una condición favorable para recibir instrucción, ni siquiera para escuchar las invitaciones más agradables que pueden llegar a sus oídos.

**Debemos agregar aquí una palabra sobre la relación entre el cuerpo y la mente.**Constituyen una persona. La muerte los separa, pero sólo por un tiempo. Sea cual fuere el cambio, serán reunificados en la resurrección del día final. Hasta la muerte, se mantienen unidas por un lazo que ningún cirujano con su bisturí puede cortar. Suéltese “el cordón de plata” y el cuerpo volverá a la tierra de donde es y el espíritu volverá a Dios que lo dio (Ec. 12:6-7). Aun así, la personalidad no se destruye, aunque no es lo que será cuando el cuerpo sea levantado y adecuado para sus nuevas condiciones; en luz o tinieblas, con Cristo donde Él está o separado de Él, por elección y por el juicio justo del Señor.

En vista de esto, ¡qué profunda es la unión del cuerpo y el espíritu durante esta vida mortal! “Mente sana en un cuerpo sano” ha llegado a ser un proverbio; su verdad debería llamar la atención y cautivar a todos los que buscan almas y a todos los que todavía no han encontrado la vida eterna en Jesucristo o mueren en sus pecados.

Hay algunas enfermedades y sufrimientos físicos que tienen un efecto tan doloroso sobre el sistema nervioso, que el enfermo no puede contener sus gritos de agonía y pierde la capacidad de pensar. A pesar del cuidado tierno de sus seres queridos y del pastor, estos tienen que admitir que es inútil instarle que acepte al Salvador. Job, hombre paciente, exclamó: “Me quebrantó de quebranto en quebranto; corrió contra mí como un gigante” (Job 16:14).

Hay enfermedades de desequilibrio químico en el cuerpo por las que el enfermo se debilita y pierde el deseo de vivir. La sangre corre lentamente por las arterias y las venas. Puede ser por secreciones insalubres desde adentro o de sustancias tóxicas del exterior. Los labios pierden su color y los ojos su brillo. Los terrores nocturnos asaltan al paciente y en su alma todo es tiniebla. Se olvida de comer su pan de cada día. Uno trata en vano de reanimarlo con las buenas nuevas de salvación o algunas otras buenas noticias y, en esta condición, su cuerpo puede dormir su último sueño.

En el caso de que viva, es de esperar que no le invada la sombra de una melancolía opresiva. Aun en sus mejores momentos, puede morir en su corazón la esperanza de algún cambio para bien. He conocido cristianos de años de experiencia en estas circunstancias que se sienten compelidos a decir que, si su salvación dependiera de realizar algún esfuerzo para recibir el evangelio, morirían. Sólo pueden esperar sin temor que pase su enfermedad, sabiendo a quién han creído y están seguros que es poderoso para guardarlos hasta la segunda venida (2 Ti. 1:12). De hecho, yo mismo me he encontrado en esa situación.

Otras enfermedades producen excitación y ansiedad. Algunos padecimientos y muchas fiebres son propensos a esto. La circulación se acelera. El cerebro y todo el sistema nervioso producen una actividad inusual. La mente puede llenarse de pensamientos que nada tienen que ver con la realidad. A menudo, esto es seguido por delirios descabellados y el paciente vive por un tiempo en un mundo al que no tienen acceso ni sus amigos más íntimos. Es doloroso ser testigo de tales divagaciones mentales, aun cuando uno tiene razón de creer que la vida está escondida con Cristo en Dios, porque, a veces, parecen dar muestras de un carácter contrario al que normalmente tiene el doliente. Es más que doloroso —hasta espantoso— saber que, en estas circunstancias, algunos han dado señales de interés en el Salvador y, aparentemente, llegan a ser discípulos amantes, pero, aun así, al volver a la normalidad no recuerdan sus pensamientos, emociones o palabras. Muchos pastores y médicos me han contado de enfermos que han pasado por todas las etapas de vivificación, convicción, conversión y gozosa confesión de Cristo como su Salvador. No obstante, al recobrarse, no recuerdan nada y, por su manera de vivir, es evidente que no hubo en ellos un cambio para salvación.

En un caso, compartido por el Rev. Benjamin Holt Rice, D.D., en aquel entonces pastor de la iglesia presbiteriana en Princeton, una joven que era la belleza del lugar, alegre y mundana, enfermó de tifoidea. En aquel entonces, el Dr. Rice era un pastor joven y, al ser llamado para visitarla, lo hacía todos los días. Al final, pensaban que estaba próxima a la muerte. Creyendo que así era, ella pidió la presencia de sus familiares, que conocían la vida vana que había vivido. Les dijo que había encontrado paz en creer, que creía que sus pecados habían sido perdonados en nombre de Cristo y que estaba a punto de partir para morar con Él para siempre. Despidiéndose de todos, les rogó que se encontraran con ella en el cielo y luego, esperó silenciosamente su final.

Su pastor no tuvo la menor duda de que fuera una pecadora salvada por gracia. Se despidió de ella con la grata esperanza de encontrarla un día y para siempre entre los redimidos en el cielo. El día siguiente acudió a su casa, suponiendo que ya había fallecido, pero para su sorpresa, se encontró con que la crisis de su enfermedad había pasado y que estaba convaleciente. Por lo tanto, le pareció mejor interrumpir sus visitas diarias por un tiempo. Cuando fue a verla de nuevo y le habló del cambio en su manera de pensar y en sus sentimientos, se horrorizó al oír de los propios labios de ella que no recordaba, en absoluto, sus visitas, ni nada de lo que dijo que le había hecho pensar a él y a su familia que era una hija de Dios. Volvió a sus malos pasos y fue sólo después de muchos años que buscó de corazón al Salvador.

No puedo terminar este mensaje sin hacer notar en relación con esto, una realidad que todo pastor conoce para su tristeza: Cuando algunas personas se enferman y ansían recuperarse, no aceptan que se les hable sobre religión ni que se eleven oraciones en su presencia porque estos actos les sugieren que probablemente no se recuperarán. No piensan que un pastor, aunque sabio y fiel, sepa mucho acerca de las enfermedades y, si no se lo impiden, se les acerca y son de poca o nada de ayuda. Y quizá no saben todavía que la esperanza de vida eterna es un remedio maravilloso para el cuerpo que sufre. Lamento tener que agregar que algunos médicos desconocen esto y, si pudieran, hasta excluirían a los pastores de los cuartos de sus pacientes.

Entonces, tenemos esta anomalía —es peor, creo que es una artimaña del diablo— que los hombres saben que, en algún momento, se enfermarán y deciden esperar hasta entonces para considerar seriamente la verdad de la Palabra de Dios y la salvación de sus almas. Luego, cuando llega la enfermedad, no quieren escuchar el mensaje de salvación ni la oración de fe, no sea que se vean obligados a pensar que podrían morirse sin estar preparados para el gran evento de la eternidad. Entonces, rechazan todas las oportunidades de salvación. Si se recuperan, corren el peligro de endurecerse y no arrepentirse ni creer. Al morir, parten sabiendo que comparecerán ante Dios sin estar preparados.

Tomado de El pastor en el cuarto del enfermo(The Pastor in the Sick Room). (Vestavia Hills, AL: Solid Ground Christian Books, 2004), 17-30, solid-ground-books.com.


John D. Wells (1815-1903): Pastor presbiteriano norteamericano.