El consuelo de Dios en la enfermedad
Philip Bennett Power (1822-1899)
Tenemos que mantenernos en armonía con los pensamientos de Dios. Tenemos que enfrentar los tenebrosos pensamientos y sugerencias de Satanás acerca de Dios con pensamientos positivos acerca de Él. Porque si no lo hacemos, siempre podrá poner a Dios en nuestra contra. Sea lo que sea que pensemos, el maligno siempre insistirá en decir: “Pero, ¿qué de Dios? Para él, las cosas nunca están bien, y lo que es más, nunca lo estarán”.
Pero si hemos acudido a Dios y nuestros pensamientos acerca de quién es Él son firmes, entonces Dios nunca se nos presentará como una sombra oscura, sino como luz. Lo conoceremos como Padre y, si Satanás se acerca para molestarnos con pensamientos negativos acerca de Él, digamos: “Sabemos quién es Dios: es nuestro Padre que está en los cielos”. Considero entonces, que el carácter de Dios es nuestra gran ayuda para poder creer que es un Dios de consolación. Y, ante todo, podemos llegar a la conclusión de que lo es por el simple hecho de que es generoso. De principio a fin, las Escrituras, nos lo presentan como un Dios de gran corazón. Ezequiel 33:11 dice: “No quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva”. Dice también: “Abre tu boca, y yo la llenaré… nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Sal. 81:10; He. 8:12; 10:17). El profeta Jeremías dice claramente, cuánto más generoso es Dios que el hombre: “¿Has visto lo que ha hecho la rebelde Israel? Ella se va sobre todo monte alto y debajo de todo árbol frondoso, y allí fornica. Y dije: Después de hacer todo esto, se volverá a mí” (Jer. 3:6-7). Otros hubieran dicho: “Apártate”, pero Dios dijo: “¡Volverá!”. Así muestra su gran generosidad. En el primer versículo de ese mismo capítulo, Dios muestra que el hombre trataría muy diferente a alguien bajo circunstancias similares; pero Él es Dios y no hombre, y sus caminos y pensamientos no son como nuestros caminos y pensamientos. Su generosidad sobrepasa totalmente a la nuestra. Al abrir fortuitamente la concordancia en este momento, me encontré con cinco textos, uno tras otro, que dicen que Dios responde positivamente [cuando alguien le pide algo sinceramente]. “Y Dios fue propicio a la tierra después de esto” (2 S. 21:14). “Jehová oyó las súplicas de la tierra, y cesó la plaga en Israel” (2 S. 24:25). “Clamaron a Dios… y les fue favorable, porque esperaron en él” (1 Cr. 5:20). Manasés “habiendo orado… Dios oyó su oración y lo restauró” (2 Cr. 33:13). “Pedimos a nuestro Dios… y él nos fue propicio” (Esd. 8:23). Dios es “misericordioso y clemente, lento para la ira, y grande en misericordia y verdad” (Sal. 86:15). Y la parábola del hijo pródigo muestra, en toda su plenitud, las acciones de un padre generoso: el padre recibe al pobre pecador tal como es y, sin reproches, lo restaura como hijo, lo viste con el mejor vestido y hace matar el becerro gordo para celebrar su regreso al hogar. Ahora bien, si yo necesito algo, es muy alentador para mí pedirlo a alguien que sé que es generoso. Siento que estará predispuesto a ayudarme, que será generoso y bueno conmigo. Y sirva de consuelo este pensamiento: no hay en toda la Biblia ni una sola palabra que sugiera mezquindad de parte de Dios. Podemos estar seguros de obtener de Él lo que ha prometido darnos sencillamente por ser quien es. Y si Dios es generoso, lo demostrará, o sea que su generosidad será siempre abundante. Dios no se contenta simplemente con tener bondad y guardársela para Él. El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, “¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Ro. 8:32). Si tuviéramos que recurrir a una persona para pedirle algo que él precisamente está queriendo dar, qué bueno para nosotros acercarnos a él con el fin de pedirlo. Entonces, ¿puede Dios tener todo lo que nos haría felices y satisfechos y no sernos propicio, dándonos aunque sea una muestra como prueba? ¡Por supuesto que no! Se comunica con nosotros y lo que comunica tiene que ser Él mismo, debe asemejarse a Él y, por lo tanto, ¡tiene que ser bueno! Se dará a sí mismo a nosotros, tal como somos con nuestra necesidad particular. Derramará sus riquezas llenando nuestras áreas vacías, todos nuestros pozos secos, nuestras tierras sedientas y arroyos sin agua; dónde estemos más estériles y más necesitados, es donde vendrá. Entonces, es un gran consuelo considerar que Dios se relaciona con nosotros como un Padre y, dado que por su misma naturaleza realiza todo de la mejor y más perfecta manera, y también en su máxima extensión, ¡podemos estar seguros de que será con nosotros mejor que cualquier padre terrenal puede ser con un hijo!… Tenemos un Padre en los cielos y no dejará de cumplir ni una de sus funciones como tal.
Consolémonos pues, con el pensamiento de que de Aquel con quien tratamos en todas las esferas y con quien gozamos de una relación de hijos, podemos depender para obtener lo que necesitamos. Si nuestro Padre no nos consuela, ¿quién lo hará? Es la persona de la que más probablemente, recibiremos consolación; por lo tanto, la más adecuada a la cual recurrir para obtenerla. Y porque es Padre, podemos esperar un entrañable consuelo. Es por “la entrañable misericordia de nuestro Dios” que “nos visitó desde lo alto la aurora” (Lc. 1:78). Santiago nos dice que “el Señor es muy misericordioso y compasivo” (Stg. 5:11). El mandato de ser benignos los unos con los otros, ser misericordiosos y perdonarnos los unos a los otros se basa en hacerlo “como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Ef. 4:32). Si en lugar de tener nuestros ojos fijos en Dios y en todo lo que de Él proviene por lo que Él es, nos miramos a nosotros mismos y todo lo que merecemos, no recibiremos ningún consuelo. El consuelo nunca nos llegará por este camino. Hemos de mirarnos a nosotros mismos esperando encontrar todo vacío y sin ningún interés por mejorar ni un ápice nuestra condición. No debe sorprendernos, ni alarmarnos ni desanimarnos, al darnos cuenta de este vacío. Simplemente, surge de que somos lo que somos… En cambio, todo lo que descubramos de Dios será plenitud; y en comprender y en unir nuestros vacíos con la plenitud de Dios radica nuestro consuelo. Entonces, saturemos de Dios nuestros pensamientos. Seamos ricos en Dios, pobres en nosotros mismos, pero ricos en Él. Contemplemos lo que Él es; toda su naturaleza, sus palabras y sus obras son un consuelo. No un consuelo para el incrédulo, ni para el independiente, tampoco para el que cree que no necesita nada, sino para todos los que anhelan ser humildes, necesitados de ser satisfechos por algo fuera de sí mismos. Digamos lo siguiente en nuestras reflexiones con nosotros mismos: “¿Quién mejor que Él mismo puede conocerse? Todo lo que nos ha dicho tiene como fin, consolarnos. Denigraría a Dios si sólo esperara cosas sombrías de Él. No adoptaré la opinión de Satanás acerca de Él. ¿Qué otro interés puede tener más que injuriarlo? No adoptaré las especulaciones acerca de Él de mi propio corazón engañoso, desconfiado e ignorante porque viniendo de mi pobre naturaleza caída8, sin duda, son distorsionadas. Me entregaré de lleno a Dios, tal como se ha revelado a sí mismo. Mantendré mis ojos fijos en Él y los cerraré a todo lo demás. Me atendré a lo que Él ha revelado. Sólo puedo ser lo que soy: vacío; y Él sólo puede ser lo que es: el que llena esa vaciedad. De su plenitud, entonces, recibiré y, porque es lo que es, tendré la gracia de su ayuda en cada momento de necesidad.
Tomado de The Sick Man’s Comfort Book(El libro de consuelo del enfermo), de dominio público.
Philip Bennett Power (1822-1899): Clérigo anglicano y autor; nacido en Waterford, Irlanda, Reino Unido.