La deidad de Cristo en el Antiguo Testamento

Charles Hodge (1797-1878)

La doctrina de la redención es la doctrina distintiva de la Biblia. La persona y la obra del Redentor es, pues, el gran tema de los escritores sagrados. Por la naturaleza de la obra que debía realizar, era necesario que fuera, a la vez, Dios y hombre. Debía participar de la naturaleza de aquellos a quienes vino a redimir y tener poder para someter todo el mal, y dignidad para dar valor a su obediencia y sufrimientos. Por lo tanto, desde el principio hasta el final del volumen sagrado —desde el Génesis hasta el Apocalipsis— un Dios-hombre Redentor es presentado como el objeto de suprema reverencia, amor y confianza para los hijos de los hombres que perecen. Es absolutamente imposible presentar un décima parte de la evidencia que las Escrituras contienen de la verdad de esta doctrina. Esto es a la Biblia lo que el alma es para el cuerpo —su principio vivo y omnipresente, sin el cual, las Escrituras son un sistema frío y sin vida de historia y preceptos morales—. Parece, por tanto, una obra de supererogación1 demostrar a los cristianos, la divinidad2 de su Redentor. Es como probar que el sol es la fuente de luz y calor del sistema del cual es el centro. Sin embargo, como hay hombres que profesan ser cristianos y que niegan esta doctrina, como ha habido y hay todavía hombres que hacen del sol un mero satélite de la tierra, es necesario que una parte, al menos, de la evidencia por la cual se demuestra esta gran verdad, sea presentada y esté a la orden para resistir a los contradictores.

El Protoevangelio3: Inmediatamente después de la apostasía de nuestros primeros padres (Gn. 3:1-6), se anunció que la simiente de la mujer heriría la cabeza de la serpiente (Gn. 3:15). El significado de esta promesa y predicción, ha de ser determinado por las revelaciones posteriores. Cuando se interpreta a la luz de las propias Escrituras, es manifiesto que la simiente de la mujer significa el Redentor y que herir la cabeza de la serpiente significa su triunfo final sobre los poderes de las tinieblas. En este protoevangelio, como siempre se ha llamado, tenemos la revelación naciente de la humanidad y la divinidad del gran libertador. Como simiente de la mujer, se afirma, claramente, su humanidad; y la naturaleza del triunfo que iba a lograr en la subyugación4 de Satanás, demuestra que sería una persona divina. En el gran conflicto entre el bien y el mal, entre el reino de la luz y el reino de las tinieblas, entre Cristo y Belial5, entre Dios y Satanás, el que triunfa sobre Satanás, es y puede ser, nada menos que divino…

Jehová6 y el ángel de Jehová: Sobre esta revelación primaria y fundamental de esta gran verdad, se basan todas las revelaciones posteriores de la Escritura. Como hay más de una persona en la Divinidad, encontramos de inmediato, la distinción que recorre la Biblia con creciente claridad —Jehová como Aquel que envía y Jehová como el Mensajero, un Mediador— entre el Padre y el Hijo como personas coiguales y coeternas. Ésta no es una interpretación arbitraria7 o no autorizada de las Escrituras del Antiguo Testamento. En Lucas 24:27, se dice de nuestro Señor: “Comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”. Por lo tanto, Moisés dio testimonio de Cristo (Jn. 5:45-46) y tenemos una base segura en la que apoyarnos para interpretar los pasajes del Antiguo Testamento que exponen la persona y la obra del gran libertador como referidos a Cristo.

Aquel que fue prometido a Adán como la simiente de la mujer (Gn. 3:15) fue luego declarado [como] la simiente de Abraham (Gn. 12:1-3; 15:1-6). Que esto no se refiere a sus descendientes colectivamente, sino a Cristo individualmente, lo sabemos por la afirmación directa del Apóstol (Gá. 3:16) y por el cumplimiento de la promesa… Abraham, por tanto, vio el día de Cristo y se gozó (Jn. 8:56) y como dijo nuestro Señor: “Antes que Abraham fuese, yo soy” (Jn. 8:58)8. Esto demuestra que la persona predicha como la simiente de la mujer y como la simiente de Abraham, a través de la cual se iba a efectuar la redención, iba a ser tanto Dios como hombre. No podía ser la simiente de Abraham, si no fuera un hombre, y no podía ser el Salvador de los hombres, si no fuera Dios.

En consecuencia, a lo largo del Antiguo Testamento, se menciona, constantemente, a una persona distinta de Jehová como una persona a la que, sin embargo, se le atribuyen9 los títulos, los atributos y las obras de Dios. Esta persona es llamada “el ángel de Jehová”10. Él reclama la autoridad divina, ejerce [derechos exclusivos] divinos y recibe el homenaje divino. Si esto fuera un asunto casual, si en uno o dos casos, el mensajero hablara en nombre de Aquel que lo envió, podríamos suponer que la persona así designada era sólo un ángel o un ministro de Dios. Pero cuando ésta es una representación predominante de la Biblia; cuando encontramos que estos términos se aplican, no primero a un ángel y luego a otro indistintamente, sino a un ángel en particular; que la persona así designada, también es llamada el Hijo de Dios (Dn. 3:25), el Dios Fuerte (Is. 9: 6); que la obra que se le atribuye a Él es atribuida en otras partes a Dios mismo y que, en el Nuevo Testamento, este Jehová manifestado, Quien dirigió a su pueblo bajo la economía del Antiguo Testamento, es declarado como el Hijo de Dios, el logos11, Quien se manifestó en la carne, es seguro que por “el ángel de Jehová” en los primeros libros de la Escritura, debemos entender una persona divina, distinta del Padre.

El libro del Génesis: Así, ya en Génesis 16:7, el ángel de Jehová se le aparece a Agar y le dice: “Multiplicaré tanto tu descendencia, que no podrá ser contada a causa de la multitud” (Gn. 16:10). Y Agar, según se dice, “llamó el nombre de Jehová que con ella hablaba: Tú eres Dios que ve” (Gn. 16:13). Por lo tanto, se declara que este ángel es Jehová y promete lo que sólo Dios podría realizar. De nuevo, en Génesis 18:1, se dice: “Después le apareció Jehová [a Abraham] en el encinar de Mamré”, Quien le prometió el nacimiento de Isaac. En el versículo 13, se le vuelve a llamar Jehová. [Él] dijo: “¿Hay para Dios alguna cosa difícil? Al tiempo señalado volveré a ti, y … Sara tendrá un hijo” (Gn. 18:14). Cuando los ángeles se volvieron hacia Sodoma, uno de ellos, llamado Jehová, dijo: “¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer?” (Gn. 18:17). “Entonces Jehová le dijo: Por cuanto el clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo, descenderé ahora, y veré…” (Gn. 18:20-21). El texto añade que “Abraham estaba aún delante de Jehová” (Gn. 18:22). A lo largo de toda la intercesión de Abraham en favor de las ciudades de la llanura, se dirige al ángel como Adonai12, título que sólo se da al Dios verdadero, quien habla como Jehová y asume la autoridad de Dios para perdonar o castigar según le parezca. Cuando se menciona la ejecución de la sentencia pronunciada sobre Sodoma, se dice: “Entonces Jehová hizo llover… azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos” (Gn. 19:24).

Con respecto a ésta y otras expresiones notables similares, la pregunta no es: “¿Qué pueden significar?”, sino: “¿Qué significan?”. Tomadas por sí mismas, pueden explicarse; pero tomadas a la luz de las revelaciones conectadas de Dios sobre el tema, se hace evidente que Jehová se distingue como una persona de Jehová y, por lo tanto, que en la Divinidad hay más de una persona a la que pertenece el nombre “Jehová”. En este caso, las palabras azufre y fuego pueden estar conectadas con las palabras de Jehová, en el sentido de “fuego de Dios” como una expresión figurativa para el relámpago. El pasaje significaría, entonces, simplemente: “Jehová hizo llover relámpagos sobre Sodoma y Gomorra”. Pero esto, no sólo va en contra de la puntuación autorizada del pasaje como indican los acentos, sino también en contra de la analogía de la Escritura13. Es decir, es una interpretación antinatural y pone este pasaje en conflicto con aquellos en los que se indica, claramente, la distinción entre el ángel de Jehová y Jehová, es decir, entre las personas de la Divinidad.

En Génesis 22:2, Dios ordena a Abraham que ofrezca a Isaac como sacrificio. El ángel de Jehová detiene su mano en el momento de la inmolación14 y dice: “…ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (Gn. 22:12). Y en Génesis 22:16-17, el ángel de Jehová dijo: “Por mí mismo he jurado, dice Jehová… de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia”. “Y llamó Abraham el nombre de aquel lugar, Jehová proveerá15” (Gn. 22:14). Aquí Dios, el ángel de Jehová y Jehová son nombres dados a la misma persona, Quien jura por Sí misma y promete la bendición de una numerosa posteridad a Abraham. El ángel de Jehová debe ser, por lo tanto, una persona divina.

En la visión de Jacob, registrada en Génesis 28:11-22, él vio una escalera que llegaba hasta el cielo, “y he aquí, Jehová estaba en lo alto de ella, el cual dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Será tu descendencia como el polvo de la tierra…”. Aquí, la persona que, en otro lugar, es llamada el ángel de Jehová y Quien había dado la misma promesa a Abraham, es llamada “…Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac”. En Génesis 32:24-32, se dice que Jacob luchó con un ángel que lo bendijo y, al verlo Jacob, dijo: “Vi a Dios cara a cara”. Refiriéndose a este acontecimiento, el profeta Oseas dice: “Venció al ángel, y prevaleció; lloró, y le rogó; en Bet-el le halló, y allí habló con nosotros. Mas Jehová es Dios de los ejércitos; Jehová es su nombre” (Os. 12:4-5). El ángel con el que Jacob luchó era Jehová, Dios de los ejércitos.

Otros libros históricos del Antiguo Testamento: En Éxodo 3, tenemos el relato de la revelación de Dios a Moisés en el monte Horeb. “El ángel de Jehová”, se dice, “se le apareció… en una llama de fuego en medio de una zarza” (Éx. 3:2). Moisés se volvió para ver esta grande visión. “Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza,… Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios” (Éx. 3:4-5).

Aquí, el ángel de Jehová es idéntico a Jehová y se declara que es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. La distinción personal entre Jehová y el ángel de Jehová —entre el Padre y el Hijo como se designa a estas personas en otras partes y, generalmente, en las Escrituras posteriores— es claramente presentado en Éxodo 23:20, donde se dice: “He aquí yo envío mi Ángel delante de ti para que te guarde en el camino, y te introduzca en el lugar que yo he preparado. Guárdate delante de él y oye su voz, no le seas rebelde, porque él no perdonará vuestra rebelión, porque mi nombre está en él” (Éx. 23:20-21). La última frase es equivalente a “Yo estoy en Él”. Por “el nombre de Dios” se entiende, a menudo, Dios mismo manifestado. Así se dice del templo: “Mi nombre estará allí” (1 R. 8:29), es decir, “allí habitaré”. Así como en el Nuevo Testamento, se dice que el Padre envió al Hijo y que está en Él, aquí se dice que Jehová envió al ángel de Jehová y está en Él. Y como el Hijo del Hombre tenía potestad en la tierra para perdonar el pecado, así el ángel de Jehová tenía autoridad para perdonar o castigar según su voluntad…

Que el ángel de Jehová es una persona divina, se manifiesta, además, en el relato que se hace en Éxodo 32-33 de lo que Dios dijo a Moisés después de que el pueblo pecara al adorar el becerro de oro. En castigo a esa ofensa, Dios advirtió con no atender más, personalmente, al pueblo. Como consecuencia de esta manifestación del desagrado divino, toda la congregación se reunió ante la puerta del Tabernáculo y se humilló ante Dios. Y Jehová descendió “y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero” (Éx. 33:11). Y Moisés intercedió por el pueblo y dijo: “Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí” (33:15). Y Jehová dijo: “Mi presencia (es decir, Yo mismo) irá contigo, y te daré descanso” (Éx. 33:14). Esto demuestra que una persona divina —Jehová— había guiado, previamente, al pueblo y que, ante su arrepentimiento, prometió continuar con él. Esta persona, llamada el ángel de Jehová, Jehová mismo, es llamado en Isaías 63:9, “el ángel de su faz” [de Jehová]16, es decir, el ángel o el mensajero, Quien es la imagen de Dios. Difícilmente, puede dudarse, por lo tanto, que este ángel era el Hijo de Dios, enviado por Él y, por consiguiente, llamado “su ángel”. En Isaías 63, [Él] es designado como el Salvador de Israel (63:8) y el Redentor de Jacob (63:16), Quien vino a revelar a Dios. Él era “el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia” (He. 1:3) en Quien estaba su Nombre. Se expresa en el Nuevo Testamento [como] “la plenitud de la Deidad” (Col. 2:9), Quien, en la plenitud de los tiempos, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, se hizo carne y reveló su gloria como Hijo unigénito “lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14).

En períodos posteriores de la historia del pueblo de Dios, esta misma persona divina, aparece como líder y Dios de Israel. Él se manifestó a Sí mismo a Josué (5:14) como “principe del ejército de Jehová”; a Gedeón (Jue. 6:11) como “ángel de Jehová” y le habló… es decir, Jehová le dijo: “Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas” (6:14). En el versículo 16, se dice de nuevo: “Jehová le dijo: Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre”. Cuando Gedeón se dio cuenta de Quién era el que le hablaba, exclamó: “Viendo entonces Gedeón que era el ángel de Jehová, dijo: Ah, Señor Jehová, que he visto al ángel de Jehová cara a cara. Pero Jehová le dijo: Paz a ti; no tengas temor, no morirás” (6:22-23). El mismo ángel se le apareció a Manoa, le prometió un hijo y se reveló a Sí mismo como lo había hecho con Gedeón al hacer brotar fuego de una peña y consumir el sacrificio que se había colocado sobre ella. Cuando Manoa supo que era el ángel de Jehová, dijo a su mujer: “Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto” (Jue. 13:22)…

Los libros proféticos… Isaías 6:1-5, contiene un relato de la visión del profeta de Jehová en su santo templo, rodeado por las huestes de ángeles adoradores que lo adoran día y noche. La persona así declarada como Jehová, el objeto de la adoración angelical, nos dice el apóstol Juan [en Juan 12:41]17 que no era otro que Cristo18, a quien todos los cristianos y todos los ángeles adoran ahora.

En los capítulos 7-9, se predice el nacimiento de un niño cuya madre era virgen. Que este niño era el Hijo eterno de Dios, igual al Padre, se demuestra: (1) Por su nombre Emanuel, que significa “Dios con nosotros”, es decir, Dios en nuestra naturaleza. (2) Se dice que la tierra de Israel es su tierra. (3) Se le llama Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre de la Eternidad y Príncipe de Paz. (4) Su reino es eterno y universal. (5) Las consecuencias de su advenimiento y de su dominio son tales que sólo se derivan del dominio de Dios. En el capítulo once, tenemos otra descripción de la perfección de su Persona y de su Reino, lo cual sólo es aplicable a la persona y al reino de Dios. La paz, la santidad y la bendición que acompañan a la venida del libertador anunciado, sólo se encuentran donde Dios reina. El mismo argumento puede extraerse del relato profético del Mesías y de su Reino, contenido en la última parte de Isaías, desde el capítulo cuarenta hasta el sesenta y seis. Este Mesías debía llevar a cabo la redención de su pueblo, no sólo del cautiverio en Babilonia, sino de todo mal: Asegurarles el perdón de pecados y la reconciliación con Dios; el predominio de la verdadera religión hasta los confines de la tierra y, finalmente, el completo triunfo del reino de la luz sobre el reino de las tinieblas. Ésta es una obra que sólo una persona divina podría realizar…

Los seis primeros capítulos de las profecías de Zacarías son una serie de visiones que prefiguran el regreso de los judíos de Babilonia, la restauración de la ciudad y la reconstrucción del templo; la posterior apostasía del pueblo; el advenimiento del Mesías; el establecimiento de su Reino y la dispersión de los judíos. Desde el capítulo nueve hasta el final del libro, se predicen los mismos acontecimientos en el lenguaje profético común. Jerusalén es llamada a regocijarse por el advenimiento de su Rey. Él debía ser manso y sencillo, [humilde] y pacífico (9:9), y también, su dominio, universal. En el capítulo 11, Él es representado como un pastor que hace un último intento de reunir su rebaño. Será rechazado por aquellos a quienes vino a salvar y vendido por treinta monedas de plata. Por esta atrocidad, el pueblo será entregado a una larga desolación; pero al final, Dios derramará sobre él, el Espíritu de gracia y de súplica y “mirarán a mí [dice Jehová], a quien traspasaron, y llorarán” (Zac. 12:10). Este pastor es declarado compañero, asociado o igual a Dios. Su Reino triunfará, será universal y la santidad prevalecerá en todas partes…

Está claro, incluso a partir de este [apresurado] repaso, que el Antiguo Testamento predice, claramente, el advenimiento de una persona divina, vestida de nuestra naturaleza, Quien sería el Salvador del mundo. Él sería la simiente de la mujer, la simiente de Abraham, de la tribu de Judá, de la casa de David; nacido de una virgen; un varón de dolores y pondría “su vida en expiación por el pecado” (Is. 53:10). Sin embargo, no se declara menos claramente que Él es el Ángel de Jehová, Jehová, Elohim, Adonai, el Dios Fuerte, que ejerce todas las prerrogativas19 divinas y tiene derecho a la adoración divina de los hombres y de los ángeles. Tal es la doctrina del Antiguo Testamento en cuanto a lo que sería el Mesías y ésta es la doctrina del Nuevo Testamento, en cuanto a lo que, de hecho, es Jesús de Nazaret.

Tomado de Teología Sistemática (Systematic Theology), Vol. 1, Teología, 483-521.


Charles Hodge (1797-1878): Teólogo presbiteriano estadounidense.

Sobre el asunto de la divinidad de nuestro Señor, no podemos dudar ni por un instante: No sólo creemos que Jesucristo es Dios, sino que arriesgamos nuestro futuro eterno sobre esa verdad. Soy un hombre perdido, lo sé, y para mí no puede haber nada más que la destrucción eterna ante la presencia del Señor, si el Salvador, Cristo, no es divino. Pero Él es divino. Esto lo mantendremos ante todos los hombres como nuestra confesión de fe —Jesucristo, el Hijo del Altísimo, Dios verdadero de Dios verdadero, es mi Señor y mi Dios—. —C. H. Spurgeon

Footnotes

  1. Supererogación – Más allá de lo requerido o esperado.

  2. Nota del editor – Los escritores teológicos suelen utilizar, a menudo, deidad y divinidad como sinónimos. Sin embargo, muchos escritores antitrinitarios, usan divinidad para decir que Cristo es como Dios, pero no es Dios en esencia. Deidad parece ser el término más fuerte, aunque ambos son legítimos. “Por ‘deidad’ se entiende más que por ‘divinidad’, dado que este último término es empleado por diferentes clases de antitrinitarios. Los arrianos [seguidores de Arrio de Alejandría (250/56-336 d.C.), quien enseñó que Jesús no era Dios]… enseñaban la divinidad del Hijo en el sentido de una semejanza de naturaleza entre Él y el Padre. Esta semejanza es mayor y más cercana que la de cualquier otro ser, hombre o ángel, pero no es idéntica en esencia… Es como tal, pero no es tal. El Hijo tiene divinidad, pero no deidad” (Shedd, Teología Dogmática [Dogmatic Theology], 3ª ed., 258).

  3. Protoevangelio – Primer Evangelio; la advertencia de Dios a la serpiente (Gn. 3:15) de que habría enemistad entre su descendencia y la de Eva, y que su descendencia aplastaría la cabeza de la serpiente, se considera el primer anuncio del Evangelio de Jesucristo.

  4. Subyugación – Conquista; poner bajo dominio.

  5. Belial – El espíritu del mal personificado; el diablo.

  6. Jehová – A diferencia de la Biblia en español, versión Reina Valera 1960, la cual lo usa abundantemente, el nombre Jehová, aparece sólo cuatro veces de forma independiente, en el Antiguo Testamento de la versión en inglés, King James (KJV, Biblia usada por el escritor de este texto) (Éx. 6:3; Sal. 83:18 e Is. 12:2; 26:4) y otras tres veces como compuesto: Jehovajireh (Gn. 22:14; Jehová proveerá); Jehovahnissi (Éx. 17:15; Jehová es mi estandarte) y Jehovashalom (Jue. 6:24; Jehová es la paz). El nombre de Dios en las Escrituras hebreas, consta de cuatro consonantes, YHWH o JHVH (hebreo = יהוה), comúnmente conocido como el Tetragrámaton (“cuatro letras”). La KJV lo traduce como SEÑOR (LORD), lo que informa al lector que se está utilizando el nombre de Dios en hebreo. Los eruditos modernos prefieren usar Yahvé, en lugar de Jehová, aunque el Anchor Bible Dictionary dice: “La pronunciación de yhwh como Yahvé es una conjetura de los eruditos”. Daniel I. Block, también dice: “Aunque la pronunciación original del nombre es incierta, hoy en día, los eruditos no judíos… prefieren traducir el nombre como “Yahvé”, el cual es, también, una forma hipotética”. Block continúa diciendo: “Debido a la incertidumbre de la vocalización original del nombre… yo traduzco el divino nombre, simplemente con… YHWH” (Block, Para la gloria de Dios [For the Glory of God], xv).

  7. Arbitraria – Basada, únicamente, en deseos o sentimientos personales y no en razones o principios.

  8. Nota del editor – Jehová, la… traducción bien establecida de las consonantes hebreas YHWH, fue considerada por los judíos como demasiado sagrada para ser pronunciada y fue reemplazada por una variedad de sustitutos, tales como “Señor” (Adonai) o “El Nombre”. Ya no podemos decir con certeza cómo se pronunciaba, pero, a partir de Éxodo 3:14, sabemos que se derivaba del verbo “ser”: “Y Dios dijo a Moisés: YO SOY EL QUE SOY; y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me ha enviado a vosotros”. Ahora, en más de una ocasión, nuestro Señor [Jesús], se refiere a Sí mismo, usando “Yo soy”, de una manera que apunta, inequívocamente, a este título de Jehová del Antiguo Testamento. En una controversia con los judíos, Él declaró: “Antes que Abraham fuese, yo soy” (Jn. 8:58). Si hubiera sido, simplemente, un Ser preexistente, entonces, habría tenido que decir: “Antes de que Abraham fuera, yo era”. Que la asombrosa implicación de su afirmación no se les escapó a los judíos, queda claramente demostrado por la extrema violencia de su reacción al intentar apedrearlo hasta la muerte por supuesta blasfemia. Otra ocasión en la que Él la utilizó, fue en el momento de su arresto. A su pregunta a los captores que se acercaban: “¿A quién buscáis?”, ellos respondieron: “A Jesús nazareno”, a lo que Él contestó: “Yo soy”. El efecto que esta breve declaración tuvo sobre ellos fue dramático: “Retrocedieron y cayeron a tierra” (Jn. 18:4-6). El mero sentido literal de estas palabras, difícilmente podría haber producido este extraordinario efecto. También, en la etapa crucial de su juicio, Jesús, al ser interrogado por el sumo sacerdote sobre sus pretensiones mesiánicas, respondió: “Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Mr. 14:62). La violenta vehemencia que esto suscitó en el sumo sacerdote y en la compañía, sólo puede explicarse si fue entendida por ellos como una pretensión de deidad personal, una blasfemia a sus ojos de tal magnitud que sólo podía ser expiada con la muerte (F. F. Bruce, W. J. Martin, La deidad de Cristo [The Deity of Christ], 7-8).

  9. Atribuyen – Considerado como perteneciente a.

  10. El ángel de Jehová – En la Biblia en inglés, versión King James (KJV), usada por el autor de este artículo, dice el ángel del SEÑOR. Pero en la Biblia RVR 1960, en español, se usa, generalmente, “Jehová”, en lugar de SEÑOR. Así, los ángeles de Jehová aparecen solos o en grupos. Cuando se les ve por primera vez, se suele considerar que son hombres, pero, al final del encuentro, se evidencia que uno de ellos es Dios (Gn. 18:2, 22; Jue. 6:11-22; 13:3-22). Cuando, como en este caso, el texto habla simplemente de un solo ángel de Jehová, debe entenderse como Dios mismo apareciendo en forma humana, casi siempre para traer buenas noticias o salvación (Gordon J. Wenham, Génesis 16-50, Vol. 2, 9).

  11. Logos – (Griego = λογος); “palabra” o traducida al español mejor como “verbo”. Logos tiene varios significados. El más obvio es “una comunicación por la que la mente encuentra expresión” (BDAG). También, significa “discurso, dicho, alocución, instrucción, razón”, entre otros. Louw y Nida definen “logos”, en este contexto, como “un título para Jesús en el Evangelio de Juan como referencia al contenido de la revelación de Dios y como un eco verbal del uso de los verbos que significan ‘hablar’ en Génesis 1 y en muchas expresiones de los profetas: ‘Palabra, Mensaje’” (Louw & Nida, Léxico griego-inglés del Nuevo Testamento: Basado en dominios semánticos [Greek-English Lexicon of the New Testament: Based on Semantic Domains], 399).

  12. Adonai – (Hebreo = אֲדֹנָי); traducido en la Biblia, versión Reina Valera 1960, como el Señor, término que sólo se usa como nombre propio de Dios (Concordancia Strong).

  13. Analogía de la Escritura – Interpretación de pasajes poco claros, difíciles o ambiguos de la Escritura por comparación con pasajes claros e inequívocos que se refieren a la misma enseñanza o acontecimiento.

  14. Inmolar – Matar u ofrecer como sacrificio.

  15. Jehová proveerá – Jehová-jireh.

  16. Ángel de su faz – Ésta es una traducción literal del hebreo. En la versión King James en inglés, equivale a “el ángel de su presencia [pānîm]”. “La [palabra pānîm], por lo tanto, no debe tomarse objetivamente en el sentido de ‘el ángel que ve su rostro’, sino como explicativo, ‘el ángel que es su rostro o en quien se manifiesta su rostro’. El ‘su’ que sigue, no apunta al ángel, sino a Jehová, que se revela así” (Keil y Delitzsch, Comentario al Antiguo Testamento [Commentary on the Old Testament], vol. 7, 600).

  17. Nota del editor – Isaías dijo esto cuando vio su gloria y habló acerca de Él (Jn. 12:41). “‘Su’ se refiere a Cristo —es ‘su gloria’— como confirman las palabras finales del versículo 41: ‘Habló acerca de él’. El evangelista no quiere decir que Isaías ya previó la gloria (posterior) de Jesús, sino que la gloria de Dios, tal como el profeta la previó en su visión, no era otra que la que el Hijo de Dios tenía con el Padre, antes de que el mundo fuera y que iba a manifestarse ante los ojos de todos en la encarnación del Verbo (17:4; 1:14, 18)”. (Ridderbos, El Evangelio de Juan: Un comentario teológico [The Gospel of John: A Theological Commentary], 445).

  18. Nota del editor – Uno de los temas recurrentes en [el Evangelio de Juan] es la “gloria” divina; atribuida tanto a Dios como a Jesús. Una de las referencias más extraordinarias se encuentra en 12:37-43. Después de describir la incredulidad de los contemporáneos de Jesús en 12:37-38 como cumplimiento de las palabras de Isaías 53:1, el autor (en 12:39-40) cita Isaías 6:10 como explicación adicional de esta incredulidad. Luego, se nos dice en 12:41 que Isaías “vio su gloria y habló acerca de él”. En el contexto inmediato, el antecedente de “su” y “él” tiene que ser Jesús (Hurtado, Señor Jesucristo [Lord Jesus Christ], 374).

  19. Prerrogativas – Derechos exclusivos; privilegios.