Jesús y los nombres de Dios
Octavius Winslow (1808-1878)
Procedamos, entonces, a mostrar cómo Cristo se presenta investido con… los nombres que son dados a Dios. La idea que transmiten a la mente los nombres Jehová, Señor [y] Dios son la autoexistencia, la omnipotencia, la infinita y absoluta perfección. De hecho, incluyen todos los asombrosos atributos que pertenecen a la naturaleza divina. Ahora, nuestro argumento, entonces, es el siguiente: Jehová es el… nombre del Dios eterno que existe por Sí mismo. Si se puede demostrar en las Escrituras, de verdad, que Cristo se llama Jehová, Señor [y] Dios, entonces, Cristo es Dios.
Comencemos con Números 21:5-6: “Y habló el pueblo contra Dios… Y Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo; y murió mucho pueblo de Israel”. Ahora, compara este pasaje con 1 Corintios 10:9: “Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes”1. ¿A qué conclusión nos conducen estos pasajes, sino a que la bendita persona a la que tentaron los israelitas rebeldes, Quien infligió el castigo y Quien juró que no entrarían en su reposo, era el Hijo Eterno de Dios, Jehová Jesús?
De nuevo, Isaías 6:1-5: “En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos”. Y desde el octavo versículo: “Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí. Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad”. Compara estos pasajes con Juan 12:39-41: “Por esto no podían creer, porque también dijo Isaías: Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón; para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane. Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y habló acerca de él”. ¿De quién era la gloria que vio [Isaías] y de quién habló? Era la gloria del Hijo unigénito de Dios y de Él hablaba. Era la gloria de Cristo como el Rey Jehová de los ejércitos —el Anciano de días— el que había de venir. Aquí, querido lector, hagamos una pausa y adoremos al gran Jehová por esta gloriosa revelación de Sí mismo. ¡Bendito Emanuel! Danos, por la enseñanza de tu Espíritu, una visión clara, cercana y humilde de tu excelsa Persona. Mantén nuestras almas firmemente ancladas en esta verdad: Que Tú eres Dios en nuestra naturaleza.
Pero prosigamos. Consideremos la declaración del evangelista [en] Juan 1:1: “En el principio era el Verbo2, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. ¿Qué puede probar, más clara y concluyentemente, la verdadera deidad de nuestro querido Señor que estas palabras del Espíritu Santo? No sólo se declara que el Verbo era Dios —incluso esto, habría sido abrumadoramente concluyente— sino que el Verbo, a diferencia del Padre y así distinguido, es declarado Dios de manera tan absoluta como el Padre mismo fue declarado Dios.
Otro caso en el que el término Dios se aplica a Cristo se encuentra en Romanos 9:5: “De los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén”. Aquí hay una declaración clara de la compleja persona de nuestro Señor. Tocante a su humanidad, Él vino de los judíos; en cuanto a su deidad, Él es Dios sobre todos. ¿Puede el lenguaje ser más explícito?
1 Timoteo 3:16: “Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” 3. Aquí se declara que Cristo es el Jehová visible —Dios encarnado en Cristo— claro, tangible para nuestro entendimiento. ¿No bastará este solo pasaje para disipar toda duda?
Tenemos aún, otra evidencia igualmente concluyente. ¿Es Jehová el gran Dios? También lo es Cristo: “Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tit. 2:13)4.
¿Es Jehová el verdadero Dios? Cristo también lo es: “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Jn. 5:20).
¿Es Jehová el Dios Fuerte? Cristo también lo es: “Un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Is. 9:6).
¿Cuál fue la declaración de Tomás, después de que sus dudas se desvanecieron y su mente recibió la plena convicción de la verdad? “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn. 20:28).
De nuevo, 2 Pedro 1:1, “Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra”…
Una vez más, comparemos la Palabra de Dios con ella misma. Isaías 8:13-14: “A Jehová de los ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo. Entonces él será por santuario; pero a las dos casas de Israel, por piedra para tropezar, y por tropezadero para caer”. Observa que la piedra de tropiezo y la roca que hace caer, es el propio Señor de los Ejércitos. Pero esta piedra de tropiezo y roca que hace caer, como se desprende del lenguaje de Pedro, no es otra que Cristo. 1 Pedro 2:6-8: “Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en él, no será avergonzado. Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, la piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo; y: Piedra de tropiezo, y roca que hace caer”. ¿Quién, con una mente no endurecida contra la verdad, sino abierta a la convicción, puede dudar de que el mismo ser que se llama SEÑOR [Jehová] de los Ejércitos en el Antiguo Testamento, es el Señor Jesucristo en el Nuevo? Para los judíos orgullosos e incrédulos, Él fue piedra de tropiezo y roca que hace caer; pero para nosotros que creemos, Él es precioso.
Además, Isaías 44:6: “Así dice Jehová, Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios”. Compárese con Apocalipsis 22:13: “Yo [Jesús] soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último”. Estos títulos se limitan a Él solo, fuera de Quien no hay Dios. Jesús ha asumido estos títulos para Sí mismo. [La] inferencia, estrictamente lógica, es que Jesús es Dios.
Dirigimos también al lector, a esa notable profecía que se cumplió plenamente en Cristo, registrada por Zacarías 11:12-13: “Si os parece bien, dadme mi salario [precio]; y si no, dejadlo. Y pesaron por mi salario [precio] treinta piezas de plata. Y me dijo Jehová: Échalo al tesoro; ¡hermoso precio con que me han apreciado5! Y tomé las treinta piezas de plata, y las eché al tesoro en la casa de Jehová”. ¿Quién es el orador en este pasaje? Jehová. ¿Quién fue vendido? Jehová Jesús. ¿A qué precio? Por treinta piezas de plata. Que el lector se dirija para el cumplimiento exacto de esta profecía a Mateo 27:3-10: “Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú! Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó. Los principales sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron: No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre. Y después de consultar, compraron con ellas el campo del alfarero, para sepultura de los extranjeros. Por lo cual aquel campo se llama hasta el día de hoy: Campo de sangre. Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel; y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor”.
La última prueba que citamos es Isaías 45:23: “Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua”. Compara esta profecía con Romanos 14:11. El Apóstol argumenta que toda la creación debe hacer honor a Cristo: “Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios”. ¿Cuál es la solemne inferencia? Que el Dios que predica que todos los hombres le darán cuenta y estarán ante Él, es el mismo al que se refiere el décimo versículo: “Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo”. Así hemos demostrado, por el simple testimonio de la Escritura, que Cristo es, sin calificación ni disminución, Jehová, Señor, Dios.
Tomado de La expiación y la cruz (Atonement and the Cross), Tentmaker Publications, www.tentmakerpublications.com.
Footnotes
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Nota del editor – Aquí, Pablo afirma que algunos de los israelitas en el desierto, pusieron a prueba a Cristo y advierte a los corintios que no cometan el mismo error… Por lo tanto, debemos entender que Pablo ha estado afirmando que Cristo existía durante el tiempo en que los israelitas vagaban por el desierto. Además, lo que Pablo dice aquí sobre Cristo es lo que el Antiguo Testamento decía sobre el Señor Dios: Que los israelitas lo habían puesto a prueba (Nm. 14:22; 21:5-6; Sal. 78:18-20; 95:9). Una vez más, el Nuevo Testamento afirma, no sólo la preexistencia de Cristo, sino también su preexistencia divina (Bowman & Komoszewski, Poniendo a Jesús en su lugar [Putting Jesus in His Place], 95). ↩
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Verbo – (Latín = verbum y en griego = λόγος, logos). En su acepción general, el “verbo” es esa palabra que es la parte de la oración con la que se expresan acciones, procesos, estados o existencia que afectan a las personas o las cosas, pero, en otra de sus acepciones, equivale a “Palabra”, que es la que se usa teológicamente y a la que el autor (igual que “Word” en la versión en inglés de la Biblia King James) se refiere en su artículo original en inglés, aplicándola a Cristo en el Evangelio de Juan. La versión RVR 1960, la cual usamos generalmente, conserva la derivación del latín, “Verbo” como equivalente a “Palabra”, al igual que algunas versiones tradicionales de la Biblia en español como la LBLA y la NVI y a diferencia de algunas traducciones más nuevas que usan “Palabra”. Por consiguiente, tanto “Verbo” como “Palabra” pueden usarse igualmente y usaremos ambas en este Portavoz. ↩
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Nota del editor – Muchas traducciones modernas y críticos textuales, prefieren la lectura: “Se manifestó en la carne”. Charles Hodge escribió: “El pasaje más importante, sin embargo, en estas epístolas pastorales, es 1 Timoteo 3:16… Cualquiera que sea la lectura que se adopte, ya sea θεός [Dios], ὁς [quién] o ὁ [cuál], todas las cuales aparecen en diferentes manuscritos, el pasaje debe referirse a Cristo. Él fue quien se manifestó en la carne, fue justificado por el Espíritu y fue recibido en la gloria. (3) Sea cual sea la lectura que se adopte, el pasaje supone o afirma la divinidad de nuestro Señor. Con los escritores apostólicos, la doctrina de la encarnación se expresa diciendo que el logos ‘fue hecho carne’ (Jn. 1:14); o ‘Jesucristo ha venido en carne’ (1 Jn. 4:2); o Aquel que es el resplandor de la gloria de Dios participó de la carne y la sangre (He. 2:14); o Aquel que era ‘igual a Dios’ fue ‘hecho semejante a los hombres’ (Fil 2:6-7). La misma verdad, por lo tanto, se expresa, ya sea que digamos: ‘Dios se manifestó en la carne’, o ‘El que se manifestó en la carne’ o que ‘el misterio de la piedad se manifestó en la carne’. (4) Las autoridades externas están tan divididas que los editores y críticos más competentes difieren en cuanto a cuál es el texto original… (5) La evidencia interna, en cuanto a la perspicuidad [claridad] del pasaje y la analogía de la Escritura están, decididamente, a favor del texto común [Dios fue manifestado…]. Hay algo notable en el pasaje y es que es traído, aparentemente, como una cita de un himno como algunos piensan, o de una confesión de fe como otros suponen, al menos, como una fórmula familiar en la que las principales verdades relativas a la manifestación de Cristo se exponen de manera concisa: 1. Él es Dios. 2. Se manifestó en la carne o se hizo hombre. 3. Fue justificado, es decir, sus pretensiones de ser considerado como Dios manifestado en la carne fueron probadas como justas por el Espíritu (es decir, ya sea por el Espíritu Santo o por el pneuma [espíritu] o la naturaleza divina que se revela a Sí misma en Él; (cf. Jn. 1:14). 4. Él fue visto por los ángeles. Ellos lo reconocieron y le sirvieron. 5. Fue predicado a los gentiles, dado que vino a ser el Salvador de todos los hombres y no sólo de los judíos. 6. Se creyó en Él como Dios y Salvador; y 7. Él fue recibido arriba en la gloria, donde ahora vive, reina e intercede.” (Hodge, Teología Sistemática [Systematic Theology], Vol. 1, 518-519). Hodge añade: “El dr. [Ebenezer] Henderson ha vindicado, hábilmente, la lectura θεός [Dios] en su escrito ‘El gran misterio de la incontrovertible divinidad; examen crítico de las diversas lecturas de 1 Tim. 3:16’ (‘The Great Mystery of Godliness Incontrovertible; Critical Examination of the Various Readings in 1 Tim. 3:16’), Repositorio Bíblico 2 (1832), 1-56.” Los lectores interesados, también pueden consultar John William Burgon, La revisión revisada (The Revision Revised), 424-520 y Dios se manifestó en la carne: Examen de un pasaje discutido (God Was Manifest in the Flesh: Examination of a Disputed Passage), Sociedad Bíblica Trinitaria. ↩
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Nota del editor – Los términos “Dios y Salvador” se refieren a la misma persona, Jesucristo. Ésta es una de las afirmaciones más claras del Nuevo Testamento sobre la deidad de Cristo. La construcción en griego se conoce como la regla de Granville Sharp, que lleva el nombre del filántropo-lingüista inglés que articuló, claramente, la regla por primera vez en 1798. Sharp señaló que en la construcción artículo-sustantivo-kai-sustantivo (donde kai = “y”), cuando dos sustantivos son singulares, personales y comunes (es decir, no son nombres propios), siempre tienen el mismo referente. Ilustraciones como “el amigo y hermano”, “el Dios y Padre”, etc., abundan en el Nuevo Testamento para demostrar el punto de Sharp. La única cuestión es, si términos como “Dios” y “Salvador”, podrían considerarse sustantivos comunes, como opuestos a nombres propios. Sharp y otros que le siguieron… demostraron que un nombre propio, en griego, era uno que no podía ser pluralizado. Dado que, tanto “Dios” (theos) como “salvador” (soter) se encontraban, ocasionalmente, en plural, no constituían nombres propios y, por tanto, sí se ajustaban a la regla de Sharp. Aunque ha habido 200 años de intentos de remover la regla de Sharp, todos los intentos han sido inútiles (NET Bible Notes). ↩
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Apreciado – Valorado. ↩