Jesús y los honores que se le deben a Dios
Thomas Brooks (1608-1680)
La deidad eterna de Cristo puede demostrarse a partir de ese honor y adoración divina que se le debe a Él y que le rinden los ángeles y los santos. El Apóstol muestra que la adoración religiosa no debe rendirse a nadie más que a Aquel que es Dios por naturaleza (Gá. 4:8) y que ignoran al verdadero Dios quienes adoran, religiosamente, a quienes no son dioses por naturaleza. Por lo tanto, si Cristo no fuera Dios por naturaleza y consustancial1 al Padre, no deberíamos rendirle adoración religiosa.
La adoración divina se le debe a la Segunda Persona de esta Trinidad coesencial2, a Jesucristo nuestro Señor y Dios. No hay más que una razón inmediata, formal, propia, adecuada y fundamental de la adoración divina… y es la soberana, suprema, singular majestad, independiente e infinita excelencia de la Divinidad eterna porque, mediante la adoración divina, reconocemos y declaramos la infinita majestad, verdad, sabiduría, bondad y gloria de nuestro bendito Dios. No estimamos digno de honor y adoración divina nada que tenga una gloria finita y creada porque el honor divino es propio y peculiar del único Dios verdadero. [Él] no dará su gloria a ningún otro que no sea Dios (Is. 42:8). Sólo Dios es el objeto adecuado de la fe, la esperanza, el amor y la adoración divina porque todas estas gracias se ejercen y esta adoración se realiza en reconocimiento de su infinita perfección y excelencia independiente. Por lo tanto, no se puede rendir tal adoración a ninguna criatura o cosa por debajo de Dios…
El Padre y el Hijo son uno (Jn. 10:30) —uno en poder, excelencia y naturaleza— un solo Dios y, por lo tanto, deben ser honrados con la misma adoración: “Todos [los hombres] honren al Hijo como honran al Padre” (Jn. 5:23). Toda lengua debe confesar que Jesucristo, Quien es hombre, es también Dios y, por lo tanto, igual a su Padre (Fil. 2:6, 11); y no puede ser ningún robo, ninguna derogación3 al honor del Padre, que le demos igual honor a Él y a su Hijo coigual, Quien subsiste4 en la forma de Dios, en la naturaleza de Dios. Por lo tanto, se observa que la naturaleza divina, la excelencia infinita de Jesucristo, es una base innegable de este honor coigual. Así que, la adoración debida a Cristo como Dios, el mismo Dios con su Padre, es la misma adoración, tanto por tipo como por grado, que se debe al Padre. Pero, para una mayor y más clara introducción al tema, considera:
(1) Primero, que toda la adoración interna se le debe a Cristo. Como, [1] Creyendo en Él. La fe es una adoración que sólo le pertenece a Dios, ordenado en el Primer Mandamiento (Éx. 20:3) y, contra la confianza en el hombre, se anuncia una maldición (Jer. 17:5-6). Pero Cristo nos manda creer en Él: “Creéis en Dios, creed también en mí” (Jn. 14:1); “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna” (Jn. 6:47). “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3,16). “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehusa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn. 3:36). El mismo respeto que los cristianos le dan al Dios Padre, deben darlo también al Hijo, creyendo en Él; [esto] es un honor que sólo se le debe a Dios. Creemos que existen las demás criaturas —hombres y ángeles— pero no creemos [descansamos o confiamos] en ellas. Esto los convertiría en dioses; esto sería nada menos que idolatría.
[2] Amando a Jesucristo con todo el corazón. [Esto se] ordena por encima del amor, incluso hasta el aborrecer, a padre, madre, esposa, hijos, sí, y a nuestra propia vida (Lc. 14:26). El que no está dispuesto, cuando estos amores son incompatibles, a aborrecer al padre y a todas las demás relaciones por amor a Cristo, no puede ser de los suyos. Debo amar, entrañable y tiernamente, a padre y madre —la Ley de Dios y la naturaleza me lo exigen— pero preferir al querido Jesús, que es Dios bendito por los siglos (Ro. 9:5), antes que nada y por encima de todo, como han hecho antes que yo, Pablo, los cristianos primitivos5 y los mártires. “Tu casa, tu hogar y tus bienes, tu vida y todo lo que siempre has tenido”, dice aquel mártir6, “te lo ha dado Dios como muestras de amor para amonestarte de su amor, para ganar tu amor hacia Él de nuevo. Ahora probará tu amor, si te fijas más en Él o en sus señales”. Cuando las relaciones o la vida compiten con Cristo y su Evangelio, deben ser abandonadas, aborrecidas, etc. Pero,…
(2) En segundo lugar, toda la adoración externa se le debe a Cristo. Como, [1] La dedicación en el bautismo es en su nombre. “Bautizándolos en el nombre7 del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19), iniciándolos en el nombre por ese rito y recibiéndolos en la profesión del servicio a un Dios en tres Personas, y de depender sólo de Cristo para la salvación. Bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es consagrarlos al servicio sincero de la sagrada Trinidad.
[2] La invocación8 divina se hace a Jesucristo. Esteban invoca al Señor Jesús para que reciba su espíritu (Hch. 7:59). “Todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 1:2). “El mismo Dios y Padre nuestro, y nuestro Señor Jesucristo, dirija nuestro camino a vosotros” (1 Ts. 3:11). “Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Ef. 1:2). El sello de los santos es que son aquellos que invocan al Señor Jesús (Hch. 2:21; 9:14; 2 Co. 12:8-9; 1:2; 1 Ts. 1:1; 2 Ts. 1:1-2). Pero,…
[3] Las alabanzas son ofrecidas a nuestro Señor Jesucristo: “Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido9 para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Ap. 5:9). “Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Ap. 5:11-13). He aquí una confesión católica10 de la naturaleza y el poder divinos de Cristo. Todas las criaturas, tanto las racionales como las que no lo son, en cierto modo, despliegan alabanzas a Cristo porque, en cierto modo, sirven para ilustrar y declarar su gloria. Aquí se ve que Cristo es adorado con adoración religiosa por todas las criaturas, lo cual prueba, evidentemente, que Él es Dios.
Puesto que todas las criaturas lo adoran con adoración religiosa, podemos concluir con seguridad y confianza acerca de su deidad. Aquí hay tres partes que participan en este nuevo canto: (1) los redimidos del Señor; quienes cantan en la última parte del octavo verso y en los versos noveno y décimo. Luego, (2) siguen los ángeles, en los versos 11 y 12. (3) Todas las criaturas son traídas, uniéndose a este nuevo cantico, en el verso 13. Esa noble compañía de la Iglesia triunfante11 y de la Iglesia militante12, que entona las alabanzas del Cordero, puede satisfacernos, suficientemente, en cuanto a la divinidad del Cordero. Pero,…
[4] También se le rinde adoración divina. “He aquí vino un leproso y se postró ante él” (Mt. 8:2). Marcos dice que hincó su rodilla y Lucas dice que se postró con el rostro en tierra (Mr. 1:40; Lc. 5:12). Mostró reverencia en su gesto. “Señor, si quieres puedes limpiarme”. Reconoció un poder divino en Cristo al decir que [Jesús] podía limpiarlo, si quisiera. Este pobre leproso yacía a los pies de Cristo, implorando y suplicándole como un perro a los pies de su amo, según Zanchi13 interpreta la palabra, se muestra que este leproso consideraba a Cristo como más que un profeta o un hombre santo y que, creyendo que Él era Dios y que podía sanarle si Él quisiera, le rindió adoración religiosa. No le dice a Cristo: “Señor, si ruegas a Dios o a tu Padre por mí, seré sano”, sino “Señor, si quieres puedes limpiarme”. Reconoce que la lepra puede ser curada por Cristo, sabiendo él y todos los hombres que era incurable por otros, lo cual era un claro argumento de su fe. Como observa Avicena14 [sobre Mateo 2:11], “aunque los sabios de oriente, que vieron a Herodes en toda su realeza y gloria, no lo adoraron, sin embargo, si se postraron ante Cristo”… ¿Es probable que ellos adoraran a un pequeño bebé que por su infancia no entiende nada, si no hubieran creido que había algo divino en Él?
[5] Cuando Jesucristo fue anunciado al mundo, Dios ordenó, incluso a los ángeles más gloriosos, que lo adoraran como su Hijo natural y coesencial, Quien fue engendrado desde los días de la eternidad en la unidad de la Deidad. Pues, cuando trajo al mundo a su Hijo primogénito y unigénito, dijo: “Adórenle todos los ángeles de Dios” (He. 1:6)15. Los gloriosos ángeles rechazan que se les conceda el honor divino: “No lo hagas”, dice el ángel a Juan cuando éste se postró a sus pies para adorarle; “yo soy consiervo tuyo” (Ap. 19:10; 22:9). Sin embargo, dan y deben dar, divino honor a Cristo (Fil. 2:9-11). La humanidad por sí misma, no podría ser adorada de esta manera porque es una [creación], [excepto] cuando es recibida en unidad de persona con la deidad y tiene una participación asociada con ella, según su medida en la obra de redención y mediación. Todo el honor que se le debe a Cristo, según su naturaleza divina, se le debía desde toda la eternidad. No hay ningún honor divino que se le deba por y a causa de su naturaleza humana, ni ninguna perfección que pertenezca, verdadera y propiamente, a Cristo como hombre. Aquel que nació de María, debe ser adorado con adoración divina: no por esta razón —porque nació de María— sino porque Él es Dios, el Hijo coesencial y eterno de Dios. De lo que se ha dicho, podemos argumentar así: Aquel a quien, verdaderamente, se le presenta la adoración religiosa es el Dios altísimo. La adoración religiosa se le presenta, verdaderamente, a Cristo; [por lo tanto,] Cristo es el Dios altísimo16.
Tomado de La llave dorada para abrir los tesoros escondidos (The Golden Key to Open Hidden Treasures) en Las obras completas de Thomas Brooks (The Complete Works of Thomas Brooks), Vol. 5, de dominio público.
Thomas Brooks (1608-1680): Predicador puritano no conformista inglés y defensor del congregacionalismo; enterrado en Bunhill Fields, Londres, Inglaterra.
Footnotes
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Consustancial – Perteneciente a la propia naturaleza de alguien o de algo, e inseparable de ella. Dicho de una de las tres Personas divinas, es decir, que comparte la misma sustancia con las otras dos. ↩
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Coesencial – Que es uno en esencia o naturaleza. Término aplicado a las tres Personas de la Trinidad. ↩
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Derogar – Quitar, retirar. ↩
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Subsiste – Existe como una entidad real. ↩
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Primitivos – Los más antiguos. ↩
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John Bradford (c.1510-1555) – En el Libro de los Mártires (Acts and Monuments) de John Fox, Vol. 7, 238. La reina María I de Inglaterra (1516-1558), católica romana, mandó quemar a Bradford en la hoguera por negarse a renegar de su fe. ↩
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En el nombre – (Griego = εἰς τὸ ὄνομα). ↩
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Invocación – Pedir la ayuda de Dios. ↩
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Nota del editor – El acto de redención es propio de Dios en el Antiguo Testamento. Se utilizan dos palabras hebreas y ambas aparecen en Oseas 13:14: “De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte”. De nuevo, en Salmos 130:7-8: “Porque en Jehová hay misericordia, y abundante redención con él; y él redimirá a Israel de todos sus pecados”. Un paralelo directo a esto se encuentra en Tito 2:13-14 con la diferencia de que ahora Cristo es identificado con Dios (Ver v. 10): “Nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad”. Un verbo griego diferente para redención se encuentra en Gálatas 3:13: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley”. De nuevo, en Apocalipsis 5:9: “Porque tú [el Cordero] fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Bruce & Martin, La deidad de Cristo [The Deity of Christ], 11-12). ↩
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Católica – Universal; no en el sentido de católico romano, sino que significa “común a todos”. ↩
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Iglesia triunfante – Parte de la Iglesia que ha vencido a este mundo y ha entrado en la gloria. ↩
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Iglesia militante – Iglesia en la tierra en su lucha contra los poderes del mal. ↩
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Girolamo Zanchi o Jerónimo Zanchius (1516-1590) – Reformador y escritor italiano. ↩
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Avicena o Ibn Sina (973-1037) – Filósofo y científico persa. ↩
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Nota del editor – Que [el autor de Hebreos] cree en la plena deidad de Jesús es claro: Jesús es descrito como la representación perfecta de la gloria y la naturaleza de Dios (1:3); Él no sólo existía antes de aparecer en la tierra (10:5), antes de Melquisedec (7:3), antes de que comenzara la historia humana (1:2) o antes de que el universo fuera creado (1:10), sino que Él también existía y existe eternamente (7:16; 9:14; 13:8); al igual que su Padre, puede ser llamado Señor; es creador (1:10), sustentador (1:3) y heredero del universo (1:2), es decir, de todo lo que hay en el tiempo y el espacio… Él es adorado por los ángeles (1:6) y es el objeto de la fe humana (12:2); Él es soberano del mundo venidero (2:5) y los pasajes que se refieren a YHWH en el A.T. se aplican a Él (Harris, Jesús como Dios [Jesus as God], 225). ↩
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Nota del editor – La evidencia de la deidad de Cristo es bastante convincente. El Hijo debe ser honrado como nosotros honramos al Padre (Jn. 5:23). Se le da gloria en doxologías modeladas de las doxologías del Antiguo Testamento a Dios (1 P. 4:11; 2 P. 3:18). Él es el objeto de la adoración que se expresa en las palabras de las referencias del Antiguo Testamento a la adoración de YHWH (He. 1:6) o en las escenas en las que toda la creación adora a Cristo junto a Dios en el cielo mismo (Ap. 5:8-14). Él escucha y responde a las oraciones por la salvación, por la salvaguarda del espíritu en el momento de la muerte y por otras necesidades (Jn. 14:14; Hch. 7:59-60; Ro. 10:12-13; 2 Co. 12:8-9). En su honor, se entonan cánticos religiosos (Ef. 5:19; Ap. 5:9-10). Él es el objeto de la fe religiosa, tanto como lo es Dios (Jn. 14:1; Ro. 10:11). Debemos temerlo o reverenciarlo (Ef. 5:21; 1 P. 3:14-16), servirlo (Dn. 7:14) y amarlo (Jn. 14:15, 21) como a Dios (Bowman & Komoszewski, Poniendo a Jesús en su lugar [Putting Jesus in His Place], 270-271). ↩